Ilustración de Víctor Manuel Félix Morales. / Iberoamérica Ilustra (Catálogo).

Dos silencios


Todos se ríen de José, el retraído de la escuela; tiene un amigo imaginario, que se llama Zep. José se parece a mamá: los ojos grandes, la piel tersa, el cabello negro y siempre está asustado; mis familiares dirían nervioso. Me acerco a él. No quiero hablar, solo observarlo. Dice que Zep quiere darme algo, un beso. Después de golpearse la cabeza con la mano izquierda, abre el maletín del lunch. Le contesto molesta:

—No hay nada.

Me mira con cara de enojo y grita:

—¿No lo ves? Zep está ahí, Isabela; tú necesitas lentes.

Toma molesto el listón que cuelga de mi cabello y me jala; le grito que me lastima, que no hay nadie.

—Déjame, José, no te quiero hacer daño, te podría morder.

Como no hace caso, miento:

—Ya lo vi; Zep se viste mejor que tú.

Me suelta y corro lo más rápido que puedo. En casa, tiro los libros del colegio y voy directo al cuarto de mi hermano. Mamá murió hace muchos años, ahora él ocupa su habitación. Lo beso. Quiere seguirme, pero no puede caminar; tampoco lo puedo cargar: aunque es muy delgado, pesa.

Mientras mi padre lava los trastes, le pregunto por el accidente. Me mira con odio sin contestar nada. Insisto hasta que él rompe un plato sobre el fregadero. Me retiro. Los siguientes días comemos en silencio. No hay forma de hacerlo hablar. Siempre que saco el tema, me observa con desprecio, como si fuera también una retrasada.

Otro día de clases. José viene a sentarse a mi lado. Nuevamente se golpea y sonríe. Yo no puedo devolverle la sonrisa, me duele todo si lo hago. Él abre la lonchera; dice que Zep nos ve, que quiere ser mi amigo. Me convida de su desayuno. Él casi no come; todo está intacto, el sándwich, la fruta y el yogurt. Aunque nunca he tenido amigos, creo que el tarado es lo mejor de la escuela. Se acerca y dice con una sonrisa extraña que Zep quiere lamerme la mejilla. Empieza la transformación: su mirada cambia; los ojos los mueve de una forma extraña; la quijada se le hace para abajo como si volteara la cabeza hacia el lado izquierdo; su voz se vuelve la de una niña. Aparece Zep para jugar conmigo. Siento asco. Lo empujo. José se retira y Zep también.

Llego de nuevo a casa, abro el cuarto de mamá. Ahí mi hermano, sin color, sin poder mover las piernas. Nos besamos largamente. Mi corazón palpita muy rápido. Él huele a medicina y a humedad, un aroma agrio. Lo toco y me recuerda a cuando agarro la escoba para barrer: rígida. Asustada, huyo a la cocina. Me asomo por la ventana: mi padre está encendiendo el carro. Quiero despedirme de él.

—¡Papá, no te vayas! —alcanzo a murmurar. No le puedo decir que lo necesito, que lo quiero. El amor, el odio y la tristeza me los guardo.

José corre y corre a través del patio mal pavimentado de la escuela, se detiene en la cancha de basquetbol y empieza a llorar. Me acerco a él; ahora yo le empiezo a lamer las mejillas. Me confiesa, devolviéndome dos lengüetazos, que Zep se ha caído, y duele, duele. Pienso que papá miente cuando asegura que solo se puede llorar por dolor ante la muerte de algún familiar y por el estómago de hambre. Siempre he pensado que es un hombre extraño. No me di cuenta de que nos estaba observando desde las rejas de la entrada. Cuando salgo, me jala del suéter rojo hasta aventarme al carro como si yo fuera un saco de zanahorias. Todo el camino es silencio. Le pregunto:

—¿Papá, caerse duele?

Él acelera hasta llegar a casa. Toma en sus manos la Biblia, se encierra y lo oigo murmurar algunas cosas. ¿Qué le dirá a Dios? ¿Sobre qué hablarán los hombres serios? Francamente prefiero leer mis novelas de terror que observar a mi padre sintiendo lástima por él mismo. Sale de su habitación con mirada de odio, como una fiera que se asoma desde su escondite y ve a su presa. Yo estoy cenando. Me dice mientras agarra con fuerza mi muñeca para sentarme en la silla vieja de madera, donde mamá nos observaba haciendo la tarea:

—Isabela, ¿quieres saber qué pasó en el accidente? Te lo contaré todo, pero antes debes saber que el pecado es algo muy peligroso con lo que no hay que jugar.

Yo trago saliva; él continúa:

—¿Te acuerdas de tu padrino Enrique? ¿El borracho que siempre tenía problemas de dinero y de amor? Pues la noche del accidente, le dio por lamerle las mejillas a tu mamá, como lo hace el asqueroso tarado de tu escuela contigo. Así que me la llevé de la fiesta en la que el demonio se estaba apoderando de ella. Tu hermano venía con nosotros. Discutíamos mientras yo iba manejando; ella dio un manotazo al volante; perdí el control del auto. Tu mamá murió instantáneamente; tu hermano quedó muy mal de la columna y además se golpeó la cabeza. Ahora es ese hombrecito que alimentamos todos los días. Yo no estoy en contra de la voluntad de Dios, eso y más desata el pecado y el demonio. Así que cuidadito con lo que haces, que nuestro Señor lo ve todo. Ahora, termina de cenar y vete a tu recámara.

Me quedo muda. No puedo imaginar a mi madre poseída por el diablo; a mi padre sí, a ella no.

Salgo con él para comprar la cena. Está muy serio como de costumbre. Yo voy admirando el paisaje: me gusta el sol y ver a la gente en la calle. De repente, pasa un chico corriendo y le quita su cartera, que guarda siempre en la bolsa trasera del pantalón. Me suelta de la mano y corre tras él; yo los sigo desesperada. La iluminación en las calles es tenue. Los alcanzo y veo con horror que mi padre golpea al ladrón. Cuando ya está cansado de maltratarlo, le da un golpe final que lo tira al suelo, y entonces le empieza a pisar la cabeza.

—¡Papá, no!

Me mira con rabia por haberlo interrumpido. Deja tirado al ratero. Yo lloro en silencio, y así llegamos a casa, sin decir palabra.

Donde vivimos es de un solo piso. La luz no entra muy bien, porque papá mandó a tapiar las ventanas de las recámaras cuando mamá murió. Los vecinos no nos hablan. Él los odia: siempre dice que son almas perdidas. Yo no lo entiendo, pero mejor ya no pregunto nada. Me asomo por la única ventana que queda, la de la cocina. Espero ver a José pasar. Ahí está, en una discusión eterna con su amigo. Zep quiere independizarse, hacer su propia vida. Está cansado de ser su sirviente; de alegrarle los días; de enfermarse para distraerlo; de no tener una novia de verdad; de vivir en una lonchera, sin libertad, sin alma, solo siendo parte de José. Cuando él no puede hablar, saca a Zep; cuando ya no puede con su corazón, cuando las piernas le duelen, invoca a Zep.

Nos sentamos en el recreo y, mientras devoro el almuerzo de José, me susurra:

—Zep dice que tienes bonitas piernas.

Saca de su suéter, que siempre lleva al revés, una carta.

—Él te la envía.

La tomo con curiosidad. Empiezo a leer:

Querida Isabela:

Me gusta que comas con nosotros todos los días y que cuides a José. Él no puede ni amarrarse las agujetas de los zapatos. Me gusta verte feliz y que lo ayudes con los problemas de matemáticas, lo suyo no son los números. No nos dejes nunca, por favor.

ZEP

Le he rogado a mi padre que llevemos a José a su casa; lo hace de mala gana. En cuanto subimos al carro, se desata una tormenta. Graniza con furia; el viento golpea con fuerza. Unos minutos después, papá recibe una llamada del trabajo: tiene que ir inmediatamente. Voltea al asiento trasero y dice con tono de burla:

—No te puedo llevar, bájate; puedes lamer las banquetas hasta que alguien venga por ti.

Lo observo. Quiero ver en sus ojos cafés, en sus grandes ojeras, algo de pena por la situación. Solo hay felicidad en ellos. Nos alejamos, y José no se mueve. La lluvia arrecia, y él se queda quieto.

Ilustración de Víctor Manuel Félix Morales. / Iberoamérica Ilustra (Catálogo).

José me ha dicho que arrojemos a Zep de nuestras vidas: es un romántico, llora con facilidad, y aquí el amor estorba. Regreso a probar su piel, me pego a su cuerpo. Es un trapo: los medicamentos lo han desinflado, como a mi hermano. A mí también me gustaría ser boba y lamer a mi padre sin piedad. Diario se levanta y se peina. Usa una brillantina asquerosa, pero me gustan sus manos grandes, su reloj, sus zapatos antiguos, su barba ya canosa. Quisiera que sonriera alguna vez, pero no sabe qué hacer con su corazón.

Es casi la hora de salida. Papá siempre llega tarde por mí. No tengo amigos, así que empiezo a recoger mi mochila con lentitud. En el mural de la maestra dice: “Septiembre, mes de la patria”. Está adornado con austeridad. Las bancas de mi salón son feas, y la fachada de la escuela es gris combinada con amarillo. Ni qué decir de los baños: siempre hay uno que no sirve, no hay papel ni jabón, y las puertas se caen solas.

Escucho unos gritos estremecedores. Corro a la entrada principal del colegio: es José. No me di cuenta de cuándo le habían puesto una rata adentro del suéter. Todos los niños ríen; los maestros no aparecen, han de estar en junta. Él grita de terror. Es horrible escucharlo. Todos lo rodean con sus risas: es el tarado que sufre. Yo los empujo y lo ayudo a quitarse la ropa. Pronto se va calmando mientras se queda desnudo. Me abraza casi sin fuerzas: el pánico lo ha dejado sin voz. De repente, veo a contraluz a mi padre. No entiende lo que está pasando. Se convierte en un animal: me jala de los cabellos hacia una esquina. Se quita el cinturón y empieza a golpear despiadadamente a José. Los niños dejan de reír. Le grita:

—Eres un maldito gusano; te voy a quitar lo tarado.

Llorando, trato de detenerlo. Es imposible; es una bestia. Uno de los maestros por fin lo logra mientras él aúlla que Dios nos castigará a todos; yo me desmayo. Despierto en la casa de una de mis tías. Ella solloza diciéndome que mi padre está detenido. Me ordena que me vista.

—Hoy entierran al tarado.

El dolor se esparce por la cabeza, el corazón y las piernas.

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