El hombre, esencialmente corruptible

A propósito de Isaac Bashevis Singer…

Aunque no está del todo claro su fecha de nacimiento, se le adjudica el 21 de noviembre de 1902 en Polonia. Isaac Bashevis Singer fue hijo y nieto de rabinos y vivió en el barrio judío de Varsovia hasta 1935, cuando emigró a Estados Unidos (ante la creciente amenaza de invasión alemana). Su obra, sin embargo, tuvo siempre a Polonia como horizonte: el tema más socorrido en las novelas y cuentos de Singer es, justamente, la vida en aquel país en diferentes períodos históricos, con particular atención a la vida cotidiana de las comunidades judías. Recibió el Nacional Book Award en 1974 y el Premio Nobel de Literatura en 1978. Murió en Estados Unidos en julio de 1991, exactamente hace tres décadas…


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Murió en Estados Unidos hace tres décadas, el 24 de julio de 1991, a la edad de 88 años. Aunque no está del todo claro su fecha de nacimiento, se le adjudica el 21 de noviembre de 1902 en Polonia. Es Isaac Bashevis Singer, Nobel de Literatura en 1978.

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Si Isaac Bashevis Singer, en su novela Meshugah, pone dolorosamente en duda la existencia de Dios dadas las visibles crueldades en la Tierra, y su prueba irrefutable es la mezquina presencia de Hitler y el ardoroso sufrimiento del pueblo judío, para Enrique Maza, según consta en su libro intitulado El diablo (Océano, 1999), no hay vuelta de hoja: “Dios creó al hombre y le dio el don de la vida por amor, pero tuvo que hacerlo necesariamente limitado, imperfecto, semilleno, semivacío, libre ante sus opciones, porque no quería que fuera un robot incapaz de hacer sino aquello para lo que está programado”.

Por supuesto, la de Bashevis Singer es una visión literaria del mundo. Por eso conmueve y conmociona, levanta sospechas y animadversión, insta a las coincidencias y a la fascinación, al encono y al titubeo. En cambio, 16 años después (si tomamos en cuenta que Bashevis Singer terminó su novela por entregas en el periódico Forward en 1983, aunque fuera publicada ya en forma de libro en 1994, pasados tres años luego de la muerte de su autor), Maza entrega un ensayo, que es una excesiva homilía en realidad, para convencernos —sacerdote jesuita que era, a final de cuentas, fallecido en 2015 a la edad de 86 años— de la existencia de Dios, si bien trata, aunque le gana indudablemente su condición cristiana, de revestirse de periodista, que es decir de plantar en tela de juicio las grandes interrogantes de la humanidad: “Nadie conoce a Dios en este mundo. La realidad es que no sabemos nada de Dios. Para nosotros es siempre el gran silencio y el gran misterio de la vida humana, el incomprensible, el inalcanzable. Simplemente no está a nuestro alcance intelectual y cognoscitivo. Pero el hombre intenta, a veces en maravillosas excursiones intelectuales, penetrar ese misterio y decir algo de Dios. La filosofía, la teología, las ciencias de las religiones lo intentan. Todos los pueblos del mundo y de la historia tienen su palabra sobre Dios. También los ateos la tienen, porque finalmente son ateos de lo que no conocen”; sin embargo, el predicador que tenía muy adentro suyo lo rebasaba, y el libro, que en apariencia es un tratado de interés cultural, se transforma, conforme se avanza en la lectura, en un manual de cristianismo: “Muchos estamos convencidos y decimos que Dios no puede crear a otro Dios. Bastaría que fuera creado para que no fuera Dios. Dios es el increado, el que siempre ha existido y nunca empezó a existir; el que siempre existirá y nunca dejará de existir. Un dios creado empezaría a existir en el momento en que lo crearan. Ya no sería Dios, sino un absurdo, y Dios no hace ni puede hacer absurdos”.

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El religioso no se permite la duda. No tiene derecho a ella. ¿Por qué Dios no puede hacer absurdos? Porque no puede, sencillamente. Esas vaguedades que se las cuestione un literato como Singer, pero no un sacerdote como Enrique Maza, y que el lector se convenza de las afirmaciones del predicador (¿pero no el Dios que Maza loa y Singer cuestiona ha sido asimismo creado por los hombres?). “Dios sólo puede crear a seres limitados que —precisa Maza—, en su misma limitación y por su misma limitación, llevan en sí la perfección, el vacío, la añoranza de lo que carecen, la necesidad de escoger sólo entre cosas que nunca llenan”.

La lógica tiene una correcta secuela: “Dios le hace saber al hombre la razón por la cual lo creó [¿no que Dios era increado?], la razón de su vida y los caminos por los que debe andar, para que se cumpla el fin que tuvo al crearlo. Como ser inteligente que es, Dios no crea al azar, sino por un fin y con un objetivo. Como crea por amor, su fin es el amor y la felicidad, pero quiere que el hombre se gane esa felicidad y merezca ese amor. Y le marca el camino, para que lo siga o no, porque no le dio una libertad ilusoria, sino real, verdadera, que le respeta en serio. El hombre puede y debe decidir seguir ese camino o no seguirlo. Es la decisión entre el bien y el mal”.

Dice Maza que ante la “insensatez” de inculpar a Dios el origen del mal, como lo insinúa el literato Singer, “pero terco en no asumir su propia responsabilidad por el mal que hace, el hombre decide atribuírselo a dioses inferiores, a seres intermedios, a mensajeros de Dios o a seres superiores caídos. Y empiezan la angelología y la demonología a desarrollar un teatro fantasmagórico para darle forma al mal y para explicar el drama interno del hombre entre el bien y el mal, entre la limitación y el ansia de infinito, entre el sufrimiento y la felicidad, entre la libertad y la obligación, entre la vida y la muerte”.

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La palabra “Satán”, en la Biblia, “describe frecuentemente una función de adversario, no a una persona concreta”; en el fondo “eran la duda y la necesidad de explicar el mal, tantas veces ininteligible, no como intervención de Dios, sino como producto de un ser inferior a Dios pero superior al hombre”.

El diablo no existe, dice Maza, a diferencia de Dios. El demonio (llamado también Rahab, Leviatán, Satán, Belcebú, Semihazah, Azazel, Belial, Diablo, Luzbel, Lucifer, Príncipe de las Tinieblas) tiene dominio sobre los pensamientos de los corazones humanos: “Se trata de la ambivalencia moral y de la vulnerabilidad de todo ser humano, esencialmente corruptible y, en cierta medida, ya corrompido”.

Hay una hermosa versión, supuestamente atribuida a Henoc (hijo de Caín, nieto de Adán y Eva), que dice que los ángeles “fueron creados por Dios como sus servidores. Dios les puso una prueba. Un grupo, capitaneado por Luzbel, se negó a obedecer. Dios creó entonces el infierno para Luzbel (convertido en Lucifer) y para sus ángeles malos. Nacieron los demonios, servidores del mal y empeñados en la caída del hombre. Henoc fue un gran promotor del diablo”.

En esta tesitura, Hitler era una especie de ángel diabólico (del griego diábolos, “el que espera, el calumniador, el tentador”) que sembraba división. No existe el mal, porque Dios no pudo haberlo creado, sino existe el malo. Pero no sólo están estos líderes del mundo que castigan a sus semejantes como los representantes idóneos de la maldad, sino también los hombres adinerados (“¡Con qué dificultad van a entrar al reino de Dios los que tienen dinero!”, dijo Jesús). Porque no se entra al reino de Dios sólo por cumplir los diez mandamientos, dice Maza. Los hombres incapaces de abandonar su dinero también son seducidos por los demonios.

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Pero si Augusto Pinochet estaba convencido de que con la tortura defendía la civilización cristiana, y no había Dios que le indicara lo contrario a él, que era un fervoroso creyente de Dios (como lo es Trump, como lo son, o lo han sido, casi todos los dictadores del mundo), entonces los conceptos de la bondad y de la maldad se vuelven un crucigrama, un galimatías, un laberinto, un meandro, una quimera, una utopía, un rompecabezas, un archipiélago Gulag.

Si Isaac Bashevis Singer hubiera oído el sermón de Maza y la sencillez con la que solucionaba las definiciones de los misterios del orbe, seguramente sus libros hubiesen sufrido severas transformaciones que nunca lo habrían conducido a la obtención del Nobel de Literatura, que se adjudicara en 1978 y lo hiciera ingresar, de un plumazo, a la opulenta clase de los enriquecidos, dinero que no compartiera, por cierto, con los desheredados, lo cual nos hace suponer que el buen literato no anda, en estos momentos, en el reino de Dios sino compartiendo la otra vida con los endemoniados ángeles del infierno…

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