Amy Winehouse.

“El amor es un juego en el que siempre se sale perdiendo”

Amy Winehouse, una década después…

El 23 de julio de 2011 Amy Winehouse murió en su casa del barrio londinense de Camden. La cantante británica, cuyo largo historial de consumo de drogas y alcohol había malogrado su salud, falleció por una intoxicación etílica. Tenía 27 años y con solo dos discos publicados se había convertido en una estrella del soul en Reino Unido; pero, sobre todo, se había convertido una estrella mediática debido a sus excesos. Víctor Roura nos habla de ella…


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[Creo que, en este específico caso, es importante anotar que el siguiente texto lo escribí y publiqué en el periódico El Financiero el jueves 10 de julio de 2008, tres años y trece días antes de la muerte de la cantante británica Amy Winehouse, nacida el 14 de septiembre de 1983. El artículo lo reproduzco tal cual, sin modificar tiempos ni actualizarlo.]

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Sé de antemano que no debo confiarme de las informaciones que reproducen las secciones periodísticas de espectáculos, pero a veces trato de romper el maleficio de este escepticismo que, lo sé, cada vez me aparta más del enajenante entorno en que nos vemos rodeados, percudido de miserias mediáticas. Por ejemplo, leía acá y acullá sobre una mujer enferma de temores, drogadicta, alcohólica, insegura de sí misma, medrosa, carente de criterios, inculta, pero, ¡ah!, poeta y cantante, lo cual significaba estar bajo los reflectores, que es lo que apantalla, finalmente, a los reporteros, o que se dicen tales, que cubren la zona de la música comercializada. Amy Winehouse se llama esta chica quien, de haber sido mexicana, con toda seguridad recibiría el apelativo de emo, que, para su mal —y para colmo suyo—, se dice enamorada de un muchacho, también emo, ahora encerrado en la cárcel británica por agresivo y sobornador, situación que, arguyen los que saben de amores, la ha sumido en un indescriptible fatalismo que la ha orillado, millonaria que es (se afirma que, ¡sólo por haber compuesto una decena de vaporosas canciones!, es la décima joven del pop más rica del orbe en estos momentos), a recluirse en un centro psiquiátrico de cinco estrellas que sólo utilizan los jeques y la realeza.

Hasta el rotativo madrileño El País cayó en estas trampas de la propaganda mediática. El domingo 22 de junio [de ese mismo 2008] publicó, en dos páginas, un desplegado firmado por Joseba Elola donde se manifiesta incondicional de esta mujer que sólo ha grabado un disco: Back to black (los australianos integrantes de AC/DC grabaron en 1980 una placa con un título semejante: Back in black, pero esto a quién diablos le importa), que, según la disquera Universal, ha vendido, ya, algo así como diez millones de copias: fue el segundo más adquirido en las tiendas durante 2007, después por supuesto de High School Music 2. De ahí que se le empezara a prestar atención a esta muchacha, que, para el jolgorio de la prensa rosa, era, es, adicta y extraviada de sí (después de todo es más sencillo manipular a las conciencias desorientadas que a los criterios educados). Por eso el corresponsal en Londres, el referido Elola, apunta que cuando Amy Winehouse (¡hasta su apellido colabora para el necesario escándalo periodístico: Casadevino, o Vinatería, o Vinata; todo, pues, a pedir de boca!) tenía 13 “añitos” escribió un “ensayo” donde se describía: “Toda mi vida he sido gritona hasta el punto de que me tenían que mandar callar. La única razón que he tenido para ser tan gritona es que en mi familia hay que gritar para que te escuchen”.

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¿Y? ¿Tiene algo de asombroso este informe? ¿En cuántas familias en el mundo no hay una niña que grite para ser escuchada? Sin embargo, Elola tiene la misión de exaltar a esta millonaria chica. Y lo hace bien: dice que en esos documentos, escritos en 1997, Amy “hace gala de su talento para escribir, de su ambición e incluso de una precoz ironía”.

No, pues sí.

“Por qué deseo no haber jugado nunca. / Vaya desastre el nuestro. / Y ahora, la última imagen. / El amor es un juego en el que siempre se sale perdiendo”, canta Winehouse en la pieza “Love is a losing game”. Pero, por si no lo sabía Elola, ya antes de ella esta idea había sido reproducida en numerosas ocasiones, incluso por grandes, modestos y discretos poetas, encerrados igualmente, tal vez, en centros psiquiátricos, sólo que éstos ni siquiera de dos estrellas. Elola en busca de la consagración definitiva de su ídolo: “Billie Holiday también ponía todo su dolor en cada canción. Nunca ocultó su adicción a la heroína. Cantaba su vida en cada frase, con toda la intensidad de su sufrimiento. Salvando todas las distancias con la que fue una de las tres grandes reinas del jazz, a Amy la comparan con la Holiday. Parece que la cantante judía estuviera escribiendo su biografía emulando los pasos de otros mártires de la música, refugiándose en la analgesia [la desaparición, natural o provocada, de cualquier sensación de dolor] que proporcionan las drogas”.

Musicalmente, eso sí, aclara Elola, “se la compara más con Sarah Vaughan por el timbre de voz”. Winehouse recoge esa herencia del “descarrío” y la hace suya con unas letras que “rebosan autenticidad, estampas de abandono y melancolía, guiños al sexo y a las drogas sin tapujos”.

Vamos, toda una promesa.

La Jornada, otro ornato de la prensa de espectáculos, resaltó en una página la aparición de esta Winehouse en el Festival de Rock en Río hace unos cuantos días [recuérdese que estamos ubicados en julio de 2008]. Que opacó a todos los demás. Que todos le hicieron sombra.

Las proezas creativas, pues, de la adicción.

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Y ahí está Víctor Roura dejándose vencer por estas inserciones propagandísticas. ¿Quién es esta mujer veinteañera que sólo consigue despabilar loas y admiraciones? Y como si no supiera de estos artificios del sector periodístico rosa, que sólo —lo he dicho mil veces, pero no deja por ello de ser una verdad manifiesta y cruel— busca enriquecer, y continúa enriqueciendo, a los enriquecidos, he ahí que me voy a comprar, ¡maldita sea!, el dichoso compacto Back to black (que en AC/DC bastante elocuencia tenía el título, editado en 1980, ya que retornaban a los estudios de grabación luego de la infausta muerte, por alcohol, de su cantante Bon Scott, fallecido el 19 de febrero de ese mismo 1980… ¡pero Amy Winehouse no ha regresado de ningún sitio musicalmente, mucho menos de luto!) sólo para encontrarme —¿cómo no pude haberlo intuido, como si fuese nuevo en el oficio, carajo?— con un disparejo y disparatado disco donde se puede percibir, apenas, la “inestimable ayuda” (y aquí sí le sobra la razón al periodista español Joseba Elola) del productor Mark Ronson, que hizo milagros en la diminuta variación compositiva de Winehouse, cuya voz es afín, digamos, a Joss Stone o a Norah Jones, pero muy por debajo de, por ejemplo, Ani DiFranco o de Alanis Morissette o de la inigualable Toni Childs, incluso de Tori Amos (¿y qué me dicen de la insuperable Polly Jean Harvey?), pero sin las portentosas imaginaciones de estas insignes damas.

Y lo puse en el modular, el disco de Winehouse, de veras con la esperanza de escuchar algo inquietante, que me madreara, que me destornillara (sí, su voz tiene esa aspereza que atrae, tal vez con esa tesitura natural que ya abunda en el mercado fonográfico: ¿no a la esposa de Sarkozy [entonces presidente de Francia, el vigesimotercer mandatario de ese país, cargo que ocupara hasta 2012], Carla Bruni, empiezan a catalogarla como poseedora de una voz de “terciopelo ronco” y “gemidos insinuantes”; no ya la Bruni por fin, enriquecida que ahora ya es, va a comenzar a vender millones de discos y a tener espacios en los medios de comunicación?, pero, digo, la voz de Winehouse tampoco derrama, como dicen, superioridades desafiantes), pues ya no hay discos, me parece, que sorprendan artísticamente. Los grupos de rock ahora son demasiado frágiles, timoratos, reiterativos a la quinta pieza, melcochosos, sin ideas distintas, ocurrentes. Lo cierto es que la industria transnacionalizada Universal decidió impulsarla porque carece, en estos momentos, de talentos que justifiquen su labor discográfica. Y, ya se sabe, ninguna emisora va a negarse a las imposiciones de ese imperio musical: los programadores de la radio no deciden, nunca, qué canciones van a transmitir sino proyectan las que el emporio fonográfico elige. Y hoy la industria, ni modo, quiere que la reina sea esta endeble Winehouse, y todos los periodistas, que es un decir, así lo acatan, y así lo hacen ver, y así nos quieren, ja, convencer.

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[La prensa rosa entonces siempre se refería a Winehouse como la chica problemática, acaso deseando más escándalos provocados por ella para poder seguir explotando su figura trágica. Escribí, en otro artículo, que volverían a darle páginas enteras cuando esta frágil cantante se matara. Lamentablemente así sucedió, el 23 de julio de 2011, hace ya una década, a sus 27 años de edad en el país que la viera nacer: el Reino Unido.]

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