Al burro

Entre blanco de mofas y siglos de trabajo…

Burro, asno, jumento, borrico o equus africanus —como se le denomina científicamente— es un animal doméstico que tradicionalmente ha colaborado con los humanos en tareas relacionadas con la agricultura, la carga o el transporte. En la actualidad, y como consecuencia de la mecanización de las labores de las que solía ocuparse, su población se ha visto disminuida de manera notable, sobre todo en Europa. En el siguiente texto, Sergio Vicario hace un breve y fugaz acercamiento sobre este animal. Después de todo, es tan larga la historia del uso de burros por los humanos que hay un gran número de referencias sobre éste no sólo en la literatura, también en la cultura popular…


No me refiero a la modalidad de preparar el sabroso spaguetti (el cual lleva mantequilla, ajo, sal, queso parmesano y albahaca), sino al animal que puede pesar de 80 a 480 kilogramos, y medir hasta 1.6 metros de altura, que es peludo y suave, de pelaje corto, generalmente gris o pardo y cuyas orejas alargadas, a semejanza de las de los conejos y canguros, fueron copiadas para ser usadas, deleznablemente, y ridiculizar a los burros de la clase con orejas de papel, según los escarnios escolares no autorizados y conforme al mito del rey Midas, aquel que cuenta que fue jurado en un concurso de tocar la flauta que organizó el dios Apolo, quien competía contra el semidios Pan; Midas falló a favor de Pan, pese a que fue mejor ejecutante Apolo, así que éste se enojó y lo castigó diciéndole:

—Te jactas de ser un rey justo y sabio, pero has demostrado tu ignorancia en tu labor de juez. Por eso, si tanto te deleitas de la labor de este engendro mitad hombre mitad cabra, tú también gozarás de una anatomía mitad humana mitad bestia.

Entonces Midas sufrió de dolores en su cabeza y poco a poco le brotaron sendas orejas de burro, ridiculizándolo. Es por demás decir que, por ello, algunos dioses son muy quisquillosos.

Entonces me refiero al cuadrúpedo de origen africano, pero cuya nacionalidad, como animal del mundo, es bien merecida. Por lo menos es bien acogido en España y en México, donde es muy alta su estima y valía. Así que entonces al burro, jumento o borrico van estas líneas, las cuales de antemano sé que, por obvias razones, no podrá leer ni conocer el muy burro. Porque los burros, pese a todas sus cualidades y gracias, todavía, hasta donde sé, no saben leer.

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El burro o borrico, del latín tardío burricus (no sé qué tan tardío) que significaba “caballo pequeño” o, mejor aún, como su pomposo nombre científico lo expresa: Equus africanus. Es decir, que tiene parentesco con la cebra y el caballo, que igualmente provienen de aquel continente, cuna también de la humanidad, o al menos eso indican los vestigios más remotos de los homínidos, como el caso de Lucy, nuestra remota ancestra común. Pero esa es otra historia.

El hecho es que el burro, señoras, señores, merece todo nuestro respeto, lo digo sinceramente, y lo repito: merece todo nuestro respeto y no por aquello de que alguna vez tocó la flauta, ni tampoco por si apareció o inspiró el hermoso cuento-poema de Juan Ramón Jiménez, el de Platero y yo. No por ello, que si bien es meritorio hay que evidenciar que si tocó la flauta fue porque el burro estaba muerto de aburrimiento y andaba curioseando en el corral hasta que se topó con el carrizo y, después de husmearle, le sopló y sonó, entonces se sintió músico, pero fue por pura casualidad. En el caso del cuento, pues sí, lo mereció, dado que le provocó un amor tan tierno al autor que no había mejor forma que hacer una narración de él y de sus ojos de espejo de azabache.

Pero no por ello nada más, ni por otras razones y situaciones que iré exponiendo es que merece nuestro respeto, sino porque esta humilde creatura, vilipendiada y maltratada, ¡transportó en ancas al mismísimo Jesús, el hijo de Dios!

Claro, antes de nacer, pues aun el nazareno iba en el vientre de María, su madre, quien huía, junto con su esposo José, de Nazaret por el temor del rey Herodes acerca de los rumores del nacimiento de un primogénito que, según los presagios de los astrólogos, sería el nuevo rey, por lo que Herodes se cuestionó: “¿Cómo es esto posible?”

Pero así era, ¿cómo se atrevía este nonato a pretender, aun antes de nacer, a ser rey?, ¿y cómo se iba a atrever a quitarle poder a un tan noble monarca como él?

Como bien consignara el profano José Saramago, ese entrañable portugués que en su novela El evangelio según Jesucristo describió el hecho de que esa escogida familia huyó, una noche —como ya he referido—, en ancas de un burro mientras numerosos primogénitos que no pudieron escapar se convertían en mártires y en un lastimoso eco de dolor.

Pero no sólo el burro transportó a Jesús casi al nacer, sino también antes de morir (me refiero al Señor, no al burro, lo aclaro por aquello de la anfibología). Entonces el burro llevó al buen Jesús en ancas aquel Domingo de Ramos cuando entró a Jerusalem y caminó sobre palmas, el burro, pero recibiendo todas las loas el Señor, y el osana, cuyo significado, en hebreo, es salve. Pero no, el Señor no se salvó. Poco tiempo después, como se sabe, fue detenido por Poncio Pilatos, juzgado y crucificado. Pero bueno… pero esa también es otra historia.

De aquel burro que cumpliera dignamente su papel ya no hubo más descripción o detalles, tampoco se sabe si se hizo bendito o si su estirpe, si es que la tuvo, fue favorecida de alguna manera; lo más probable es que lo regresaran al lugar de donde salió y al mismo trabajo que había dejado.

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Entonces sí, por aquel inconmensurable honor de llevar —en símbolo de humildad y mansedumbre— al mismísimo portador de la Fe, merece nuestro respeto; pero, como si eso no fuera suficiente, el burro aparece en la propia historia de la humanidad como un magnífico animal de carga, porque los burros siempre andan con grandes cargas, ¡y qué joda! Pero es así, podrían considerarse, incluso, burros-hormiga por cargar más de su propio peso y por ser adiestrados para el trabajo.

Imaginemos, por un momento, desde aquellos remotos tiempos en que el burro se domesticó y empezó a ser utilizado como animal de carga, imaginemos por un instante que la carga de todos los burros de todos los tiempos se fuera depositando en un solo lugar (costales de trigo, cebada, leña, piedras para construir caminos, templos o ciudades; cargar con ahínco y fatiga cuerpos de jinetes o cuerpos heridos durante la batalla, cargar maderos, alforjas, cántaros de agua o de pulquito, más costales, arcones, barriles de pólvora, vestuarios, pan, basura, huacales, armas, más leña, mazorcas, cañas de azúcar, piedras, armas, en fin, todo aquello que han cargado con mucho esfuerzo y sufrimiento a lo largo y ancho de los siglos)… si todo eso lo reunimos en un solo lugar, “tranquilamente”, y lo expreso así, entrecomillado, porque no fue nada tranquilo el viaje de cada animal con su carga, pero tranquilamente habrían movido, todos juntos, una montaña como, por ejemplo, la del Everest.

Y en su lomo el burro cargó a Sancho Panza, y acompañó a Rocinante en sus trémulas hazañas de aquel ingenioso caballero; cargó a la “india” María, a la taoísta Zhang Guolao, cargó a papas y a plebeyos, campesinos, soldados, niños y damas casaderas; bueno, ha cargado a medio mundo, pero no por ello se dice que ves burro y se te antoja viaje, no, para nada.

Antes de mencionar las consabidas atribuciones del burro, debo decir que, en su nombre, muchos niños, particularmente de la Ciudad de México, en las décadas de los cincuenta, sesenta y aun setenta (del siglo XX) jugaban al “burro castigado” o al “burro entamalado”: el primero se jugaba entre dos o más personas que se agachaban casi en cuclillas mientras otros jugadores saltaban por encima de ellas recitando una frase de acuerdo al número que le tocara, por ejemplo: uno, por mulo, y el que iba a brincar le daba una patada en las asentaderas “al burro” para luego saltar; dos, patada y cos, y ahora de regreso, previa patada al trasero del que está en el otro extremo de la línea. El burro entamalado era más tremendo, pues se trataba de meter la cabeza en la entrepierna de un muchacho o niño recargado en la pared, a modo de que los hombros pegaran con los muslos del que estaba parado. Luego otro se metía atrás del que estaba agachado, y otro más. Total, que era una hilera de muchachos agachados y conectados por la cabeza y el trasero. Y el equipo contrario tenía que saltar y caerles en la espalda. Por eso expresé que era tremendo. El asunto era que al burro se le tenía que mover para hacer caer a los jinetes y entonces invertir los papeles, pero si no sucedía así era un sufrimiento y un lastimadero de a de verás.

Había otro juego: el burro seguido, donde los niños se iban saltando sucesivamente uno al otro para detener nunca su avance. Y no podemos olvidar el famoso Ponle la cola al burro, que en las fiestas infantiles de ya hace algunos ayeres fue divertido, según. Consistía en estar vendado de los ojos, recibir la cola de papel del burro e intentar pegársela en el sitio que le correspondía. Ganaba el que le atinaba colocarla en su debido sitio.

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Además de ser nobles y gentiles, están curtidos, no sin daño, para el trabajo. Tanto así que su nombre es utilizado, de manera informal, como sinónimo de trabajo excesivo, de ahí que digamos: ahora sí, trabajé como un burro. Incluso su condición de bestia de carga se emula en el hogar a la hora del planchado con el “burrito de planchar”. No hay hogar que no cuente con uno en los trebejos caseros, a menos que se lleve todo a la tintorería.

Y así como hay un spaguetti en las artes culinarias, también existen los burritos, que no son otra cosa que una tortilla de harina que envuelve carne u otro guiso. Por cierto, muy popular entre los norteamericanos.

Hay que decir que en México hay un poblado (Otumba, en el Estado de México) donde el 1 de mayo, paradójicamente en el Día del Trabajo, a los burros se les disfraza de las más inverosímiles formas y se les hace competir en una singular carrera. Incluso hay un museo dedicado a ellos. Y eso es respeto, sin lugar a dudas, honor a quien honor merece; como el mismo burro blanco del Politécnico que, aseguran, les atraía la suerte a los de uniforme guinda y blanco en sus justas deportivas.

Pero si de honrar a los burros se trata, qué mejor que a través de un apellido de abolengo entre la barriada: La familia Burrón, que si bien don Gabriel Vargas, cuando inició esta historieta en 1938, no contemplaba rendirle un homenaje a estos cuadrúpedos, de hecho era una forma de sarcasmo a quienes nunca logran lo que quieren, que si bien no son tontos no lo logran por burros o por burrón, socarronamente. Esta divertida historieta de La familia Burrón (o la vida de perro) representó una constante alegoría a la vida dura que nos deja el capitalismo salvaje. La familia Burrón fue, es, sin lugar a ninguna dudas, durante la segunda mitad del siglo XX, una entretenida y cáustica historieta que llegó a tener un tiraje de medio millón de ejemplares.

Entonces, cómo no recordar a estos entrañables personajes: a don Regino Burrón, a doña Borola, a Foforito, al aspirante de escritor Avelino Pilongano y a su amiga la poetiza Olga Zanna y a aquel beodo Susanito Cantarranas, que siempre andaba trole o bien burro por aquello del aguamiel.

El burro, debo comentarlo, también es motivo de envidia, y ha tenido momentos de gloria. Por ejemplo, en películas como Shrek o El miedo no anda en burro, o aquella del burrito Donkey King. La película de Un borrico en Navidad, o el personaje de burro, en Winnie the Pooh. Pero, sin lugar a dudas, el que uno “ande como burro en primavera” es ya sinónimo de excitación y fogosidad; porque, sí, efectivamente el burro tiene lo suyo. Y vaya que así es. Incluso, se dice que cuando rebuzna se escucha, su rebuzno, a más de dos kilómetros de distancia… digo, no sé si lo sepan.

En fin, en mi reconocimiento al burro debo agregar que, musicalmente, el burro también tiene su lugar: ahí está el burrito sabanero, a ritmo de cumbia, o el Arre que llegando al caminito, akimichu, akimichu / ah qué mi chula mi burrita aunque vaya enojadita… que cantara en “La burrita” el mismísimo Pedro Infante.

El Burro, señores y señoras, está en peligro de extinción (como todos, aunque de unos haya más que de otros), y así como existe un Jueves de Corpus Christi (se le conoce así por el Día de las Mulas o de los Manuel, cuyo significado en hebreo de Emanuel es “Dios con nosotros”), realmente debería entonces de haber un Día del Burro, sin mulas ni Manueles. Un día para agradecerle por siglos enteros de trabajo, y no ser nada más blancos de mofas y ridiculeces, o de motivaciones humorísticas involuntarias.

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