El hombre que pudo describir el infierno

Las memorias de Hampartzoum Mardiros Chitjian…

El pasado 24 de abril, designado como el Día del Recuerdo del Genocidio Armenio, se hizo oficial por parte de la administración de Joe Biden el reconocimiento por Estados Unidos de uno de los capítulos más negros del siglo XX: el genocidio perpetrado por el Imperio otomano contra los miembros del pueblo armenio que vivían en su seno. De acuerdo con múltiples historiadores, entre 1915 y 1923 se estima que un millón y medio de armenios fueron asesinados o murieron de hambre a manos de los turcos otomanos. A pesar del amplio consenso académico de que estas atrocidades equivalían a un genocidio, la república turca —que sucedió al Imperio otomano después de la Primera Guerra Mundial— siempre ha rechazado el término y el número de víctimas, argumentando que se produjeron asesinatos en masa en ambos bandos. Con la publicación del comunicado para conmemorar el 106 aniversario del inicio de esa masacre —ocurrido el 24 de abril de 1915 y conocido como Domingo Rojo—, Biden se convirtió en el primer presidente estadounidense en ejercicio que reconoce formalmente lo ocurrido como tal, como genocidio, algo que sus predecesores habían evitado para no poner en riesgo su crucial alianza con Turquía. Guadalupe Flores Liera ha querido recuperar este texto sobre el libro de memorias de Hampartzoum Mardiros Chitjian, justamente un sobreviviente del genocidio…


A los 74 años, Hampartzoum Mardiros Chitjian intentó poner por escrito su testimonio como sobreviviente del genocidio armenio, hecho conocido entre su pueblo como Charrt y Godoradz. Cincuenta páginas más adelante suspendió la escritura, imposibilitado para continuar narrando el horror que conoció a los catorce años. Cuando perdió a su amada esposa Ovsanna —en 1998—, también como él sobreviviente, logró vencer el dolor y las lágrimas para hablar de los mártires asesinados y del destino de los sobrevivientes. El exterminio perpetrado por los neoturcos entre 1915 y 1923 costó la vida a un millón y medio de armenios, un pueblo que había vivido por generaciones —si bien subyugado— en lo que fue el imperio otomano y se transformaba en ese entonces en la moderna república turca.

Hampartzoum nació en 1901, fue uno de los nueve hijos de Mardiros y Tervanda, habitantes del poblado de Perri, en la provincia de Kharpert, en el centro de Anatolia. Compartían la vivienda con el abuelo paterno y llevaban la vida sencilla y hogareña propia del campo, hasta el momento en que el gobierno turco decidió expulsar o exterminar a las poblaciones a su juicio inasimilables y, por tanto, ajenas al nuevo proyecto de nación.

Consciente de la importancia de su contribución a la conservación de la memoria de la tragedia de su pueblo, Hampartzoum Mardiros venció el dolor para contar y señalar que nadie sobrevive a un genociodio y que narrar es descender otra vez al infierno y volver a sentir en toda su crudeza el horror: “Físicamente, es posible escapar, pero la mente y el alma sufren un tormento permanente. Cuando alguien visita el infierno, queda marcado de por vida” (p. 31).

Narrar ese genocidio es hacer un repaso de las imágenes imborrables del asesinato selectivo, las violaciones, los maltratos, el despojo, el miedo que precedió a las matanzas y las marchas de la muerte organizadas por el gobierno de Turquía para expulsar de su territorio a los indeseables. Es hablar en nombre de quienes no pudieron hacerlo.

Los armenios habían habitado esas regiones por más de tres mil años, en cuestión de semanas perdieron todo lo que habían construido y amado para luchar convertidos en parias por la supervivencia. No era la primera vez que este pueblo sufría la masacre y el atosigamiento, sólo que hasta entonces no había ocurrido de forma organizada y orquestada desde las altas esferas con el fin de ser completamente exterminados: “Aunque siempre simpaticé con mi madre cuando la veía llorar consumida por los recuerdos de cuando tenía ocho años, nunca se me ocurrió pensar que un día yo también viviría afligido por la misma dolorosa existencia a causa de los bestiales turcos por el resto de mi vida: ¡atormentado para siempre!” (p. 41).

Aunado al dolor y el nudo de silencio que lo oprimió siempre, Hampartzoum tuvo también que soportar la negación, pues hay países, México por ejemplo, que todavía no han reconocido el genocidio armenio, acaso por razones políticas y económicas o porque esperan que primero lo haga Estados Unidos para actuar en consecuencia. Curiosamente, México fue el país de adopción de Mardiros por una década, antes de que emigrara a Estados Unidos para reunirse con algunos de sus hermanos sobrevivientes. Como escribe en el Prefacio su hija Zaruhy Sara Chitjian, editora de la obra en armenio e inglés: “Si el Genocidio Armenio hubiera sido resuelto con justicia en 1915, esa parte del mundo estaría en paz ahora. Los problemas actuales del mundo son una continuación de la avaricia y las acciones egoístas del pasado” (p. 29).

Así pues, antes de abandonar este mundo con el secreto de lo que llevaba en «el fardo», Mardiros Chitjian se armó de valor para dejar su testimonio del tiempo en que “un Dios inmisericorde le dio la espalda a los armenios” y dejó que las sombras se extendieran sobre sus destinos. Hampartzoum declara que en el lugar más recóndito de su memoria guardó los recuerdos de las atrocidades y las experiencias aterradoras porque entonces sólo tenía tiempo “¡para sobrevivir! (p. 32). Cuando se sintió seguro, las imágenes guardadas comenzaron a acudir en forma de pesadillas y el dolor no amainó porque no hubo reparación del daño ni justicia. Algo con lo que no pudo nunca contemporizar fue con la idea de que la fe inamovible en Dios que caracteriza a su pueblo de formación cristiana se había visto defraudada, una vez y otra repite “¿Dónde estaba Dios? ¿Cómo podía darle la espalda a quienes creían en Él tan fervientemente? ¿Cómo podía Él permitir actos tan inicuos?” (p. 41).

Porque, verdaderamente, ¿qué puede semejarse más al infierno que ver a un ser humano convertido en el objeto del odio inexplicable y ciego de otro ser con el que se compartía el mismo espacio vital hasta hace un momento?

Con asombrosa acuciosidad, Mardiros Chitjian acompaña su relato con mapas y dibujos que describen las costumbres, forma de vida, vestimenta, distribución del vecindario, plano de su hogar, del pueblo; describe cómo era el día a día, las tradiciones, los eventos que llenaban la vida social, los cantos y poemas que acompañaron los añorados tiempos de su paradisiaca infancia, hasta que en 1909 el gobierno de Turquía decidió “reclutar a los armenios en su ejército” —en realidad una maniobra oculta para utilizarlos como esclavos con una cobertura legal. Obligados a convertirse en mano de obra forzada construían carreteras, caminos y vías de tren hasta que caían muertos de agotamiento y sus cuerpos eran abandonados en los barrancos y las cunetas. Hacia 1913 el clima se había enrarecido, porque los funcionarios turcos no sólo no evitaban los ataques que los armenios sufrían, sino porque “animaron a los kurdos a infligir tanto daño como fuera posible contra los armenios para de esta manera crear animosidad entre ambas minorías para avanzar la agenda turca” (p. 88).

En la primavera de 1915, la época en la que cultivaban sus viñedos, Hampartzoum acompañó a su padre al campo a realizar las tareas de preparación, quitar raíces y piedras, sembrar nuevos brotes, remover la tierra, a medio camino del regreso a casa siendo casi de noche un vecino que huía los alertó: “Se detuvo apenas lo suficiente para advertir a mi padre. Con la voz ahogada le dijo: ‘¡Mardiros Agha, no vayas a Perri! Los turcos han matado a golpes a todos los maestros y dejaron sus cuerpos expuestos como amenaza a todos los demás. ¡Nos van a matar a todos! Están buscando armas. No regreses. ¡Te matarán también!’” (p. 131). La detención de su padre significó la disolución de su familia, la separación brutal de los miembros desamparados, los días siguientes fueron de confusión y de pánico para el poblado entero. “La palabra genocidio fue acuñada en 1945 por Raphael Lemkin para describir la campaña organizada cuyo objetivo era la eliminación de los armenios dentro de sus propios pueblos y ciudades” (p. 142).

Las páginas que continúan son sobrecogedoras —el acoso, el despojo, la rapiña, los asesinatos masivos, los cuerpos insepultos, la huida— y el relato es tan vivo que el lector queda petrificado de miedo igual que el narrador y las preguntas son las mismas: ¿cómo fue posible?, ¿cómo es posible que hechos así continúen sucediendo? Por seis años Hamparzoum luchó para sobrevivir a veces escondido y solo, de pueblo en pueblo, y en ocasiones protegido por gente misericordiosa que lo ayudó a localizar a algunos de sus hermanos y conocidos. Al mismo tiempo que describe su descenso al infierno, Hampartzoum deja constancia de seres como el pequeño Mihrab Mirakian o el doctor Mikahil Hagopian que lograron vencer el miedo para proteger a sus semejantes “durante el periodo más ominoso de su historia” (p. 207).

Mardiros Chitjian murió en Los Ángeles en 2003 a los 102 años, después de cumplir con la obligación que se impuso de que el relato de las injusticias sufridas a su pueblo no quedara enterrado en las fosas comunes o en los barrancos donde quedaron expuestos a la descomposición miles de compatriotas suyos: “Siempre me he preguntado por qué sobreviví yo mientras que tantos otros perecieron. De nuevo, recuerdo las palabras de mi padre: ‘Sólo por voluntad divina se mueven las hojas de los árboles’. ¿Escapé tan sólo para poder contar mi experiencia como superviviente?” (p. 138).

Armenios, griegos, chipriotas, asirios, kurdos han compartido y comparten todavía esta misma suerte. Hampartzoum declara que para él es un misterio sin solución el hecho de que Turquía se haya vuelto en contra de los pueblos con los que compartió la misma tierra por siglos con el fin de exterminarlos. Actualmente ese país hace despliegue de intolerancia y comete abusos contra los países vecinos sin que las naciones poderosas reaccionen —Chipre, por ejemplo, lleva 45 años esperando que Turquía ponga fin a la ocupación del 38% de su territorio y en sus tierras de origen los kurdos sufren la persecución y la negación de sus derechos básicos. Por esta razón Hampartzoum escribió sus memorias, como parte de su titánica lucha por conseguir justicia y la imposición de la verdad, convencido de que su testimonio puede ayudar a que el silencio y la negación de hechos criminales se reviertan con el fin de que empiece a prevalecer la justicia.

Como afirma en la Presentación el doctor Carlos Antaramián Salas, editor de la presente versión en español, investigador mexicano de origen armenio que ha registrado la trayectoria de la inmigración armenia en México en importantes artículos, libros y documentales: “La extraordinaria memoria de Chitjian es ejemplar, no sólo como testimonio de una experiencia terrible que no debe ser repetida sino también porque, como un amanuense que escribe por aquellos que no tienen la capacidad de hacerlo […], su testimonio no es sólo suyo sino que se ha convertido en voz de su comunidad, tanto de los nativos de Perri o de Jarpert (Kharpert) como de aquellos que migraron y se instalaron en México. Este testimonio es parte de la memoria colectiva armenia” (p. 21).

Al filo de la muerte / Las memorias de Hampartzoum Mardiros Chitjian / Sobreviviente del Genocidio Armenio (Aip-Pen-Kim Ediciones, 2014) se puede conseguir en el Museo Memoria y Tolerancia en avenida Juárez en el centro de la Ciudad de México.

Este texto se publicó originalmente en la revista electrónica El Comité 1973, agosto-septiembre de 2019.

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