Un dolor de cabeza: todo el tiempo molestando con aprender o enseñar

Desde los años ochenta, el INEHRM publica una serie de libros dirigida a niños con la biografía de personajes importantes en la historia y la literatura mexicanas. En un nuevo formato, la colección sigue creciendo, llegando a más de sesenta títulos disponibles en línea. Así, podemos conocer de manera breve y amena la vida de hombres y mujeres como Vicente Guerrero, José María Pino Suárez, Francisco I. Madero, Venustiano Carranza, Leona Vicario, Emiliano Zapata, Ignacio Manuel Altamirano, Hermila Galindo, Dolores Jiménez y Muro, Héctor Victoria y Sor Juana Inés de la Cruz. Justamente sobre la monja jerónima nos habla el siguiente texto, a partir del libro Estate, Juana, del escritor Luis Aguilar.


para Ana Karen, quien todo lo quiere saber

La inquietud de los niños es irrefrenable. Su curiosidad es explosiva y produce una ola expansiva que no pocas veces pone al borde del colapso a los adultos. Mientras ellos —los adultos— caminan tan firmes en sus certezas, tan conocedores del mundo, tan heroicos en sus batallas contra el día a día, no quieren aprender más sino, sencillamente, capitalizar lo que ya saben (o creen que saben). Por eso no les interesan las preguntas, sino apenas unas cuantas respuestas. Por eso no tienen tiempo para detenerse en nimiedades, para responder a los tantos y tantos “¿por qué?; ¿y por qué?; ¿y por qué?” de los niños. El mundo es un mundo de adultos y, en esta época, corre a una velocidad vertiginosa: no hay tiempo que perder. El tiempo es oro. El tiempo es dinero. El tiempo no se detiene. El tiempo es el bien más preciado… Así que “estate, niño”; “estate, hija”; “estense los dos”.

Pero ése no saber cómo estarse que pone de cabeza a los adultos es, precisamente, una de las cualidades más naturales y valiosas de los niños. Si no, anden, pregúntenselo a Juana, quien está segura de que la frase que más escuchó durante su infancia fue: “Estate quieta, Juana”. Con mayor razón porque era niña. En aquel entonces a las mujeres no se les permitía aprender muchas cosas. Si acaso, las más privilegiadas podían tener un tutor en casa, pero jamás ir a la escuela; un tutor que les enseñaba algo de aritmética, un poco de costura y a leer y escribir. No más.

Sin embargo, Juana “quería saber de los griegos y sus barcos y batallas, de lo que había en el cielo, de las historias y los descubrimientos, de lugares lejanos; quería saber muchas más cosas”. Y lo logró. ¿Cómo lo hizo? Eso es lo que nos cuenta el poeta y narrador tamaulipeco Luis Aguilar (1969), en el pequeño y entretenido volumen Estate, Juana, el cual es apenas uno de las decenas de ejemplares que el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM) ha publicado en la colección “Biografías para niñas y niños”. Antes llamada, nada más, “Biografías para niños”.

La pequeña Juana, nos dice Aguilar, nació en Nepantla, Estado de México, el 12 de noviembre de 1648, cuando la luz eléctrica ni en sueños existía. Y desde muy pequeña le gustaba andar por todos lados para ver qué podía aprender de aquí y de allá. Y ni hablar de lo preguntona que era: por qué esto, por qué lo otro, hasta que, claro, se cansaban de ella y le decían: “Estate quieta, Juana”. Pero ella nunca hizo caso. Sucede, entonces, que a los tres años aprendió a leer. Porque quería saber qué decían esas figuras que, como plumas de pavorreal, se mantenían enlazadas unas con otras sobre las páginas de los libros. Pidió, así, que le permitieran tomar clases con la maestra que le enseñaba a su hermana mayor. Ya adivinaron lo que le dijeron: “Estate quieta, Juana”. Pero ya saben que Juana no se estuvo. Molió tanto, le dio tanta lata a todos y a todas horas que, al final, su mamá y su abuelo, quien siempre la consentía, aceptaron.

No sólo eso: a la mismísima maestra la pequeña Juana la machacó hasta el cansancio para que le enseñara las letras y dejara de enseñarle cosas que, le decía la maestra, eran propias de niñas (por ejemplo, cómo tomar el vestido al levantarse, para dónde había que mover el abanico cuando hacía calor o los modos de andar y hablar). En apenas dos meses ―nos enteramos gracias a Luis Aguilar― la pequeña Juana ya estaba leyendo solita. Tanto leyó y leyó que en la primavera de 1656, cuando apenas tenía poco menos de ocho años, ya soñaba con entrar en algún momento a la universidad. Pero en la época que le tocó vivir a Juana sólo los hombres podían hacerlo. Fácil, pensó, ¿y si llegado el momento se disfrazaba de hombre para ir a la universidad? “¡Estás loca!”, le dijeron, “eso es imposible”. Sin embargo, ya saben, eso no detuvo a Juana.

Siguió aprendiendo y aprendiendo. Mucho más ahora: Juana había heredado la biblioteca de su abuelo. Aprendió tanto que un día el virrey de la Nueva España —que en ese entonces así se llamaba nuestro México— quiso poner a prueba a Juana frente a unos señores que sabían mucho. Al final, les ganó: demostró que podía discutir al tú por tú con todos ellos, sobre cosas profundas de arte, literatura, filosofía y ciencia. Ya la gente sabía que Juana nunca se quedaba callada, que preguntaba sin miedo y, sobre todo, que decía sin miramientos aquello que le parecía mal. A veces, era tal su osadía, que ella misma se decía: “Estate quieta, Juana”. Pero eso era algo que nada más no sabía hacer.

Por eso mismo pensó que si quería cumplir con su verdadera vocación, vivir para los libros, la mejor salida que le brindaba aquella época era la de ser monja. Del otro único camino que podía tomar, no quería saber nada: casarse y llevar la vida normal de las mujeres de su tiempo. Para entonces, Juana ya había escrito poemas, cartas, canciones. Para entonces, Juana ya se había dado cuenta de que la palabra escrita le daba la posibilidad de un diálogo con ella misma, que le permitía esclarecer ideas, que la llevaba a encontrarse con lo más hondo de su pensamiento y de lo que sentía.

No fue sencillo: “Desde el primer día en el convento de las monjas jerónimas dicen que fui un dolor de cabeza para la madre superiora y para mis hermanas que, aunque me tenían paciencia y cariño, se desesperaban igual que antes mi nana, mi abuelo y mamá, porque estaba todo el tiempo molestando con aprender o enseñar […] Me parecía injusto que los hombres pudieran acaparar el saber. Y contra ello puse mi empeño. Seguí escribiendo poemas, sonetos, liras y villancicos”. También aquí los demás le decían: “Estate, Juana”. Sobre todo cuando decía cosas que no eran apropiadas para una mujer de su época. ¡Y menos para una monja!

Poco a poco, Juana fue adquiriendo no sólo conocimiento, sino harta fama. En su celda del convento de las monjas jerónimas recibía a ilustres visitantes tanto del país, como del resto de América y de España: virreyes, virreinas, arzobispos, obispos, intelectuales. Y, en efecto, Juana seguía sin saber estarse: sostuvo una polémica con el obispo de Puebla, defendió el derecho de las mujeres al conocimiento y escribió, entre otras obras, su famosa carta intitulada Respuesta a Sor Filotea (en la que defiende su labor intelectual y argumenta que las mujeres son tan capaces, como los hombres, de abordar cualquier tema).

Hoy recordamos a la pequeña Juana, mejor conocida, bien lo saben, como Sor Juana Inés de la Cruz, quien falleció el 17 de abril de 1695, a causa de una enfermedad llamada tifus. Y si la recordamos es porque ni muerta hace caso cuando le dicen: “Estate, Juana”: “Con todo y eso, y aun pasando un siglo y otro, he visto desde acá, desde donde ahora estoy, que las cosas que escribía encuentran ahora más y más lectores y eso siempre da gusto”.

Pueden consultar, leer en línea o descargar los libros de la colección “Biografías para niñas y niños” en el siguiente enlace: Jóvenes y niños – INEHRM.

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