Moacyr Scliar, una década después

Salomón y la letrada…

Moacyr Jaime Scliar, también conocido como el Judío de Porto Alegre, nació en dicha ciudad brasileña en 1937. Médico de profesión y escritor por vocación, en el mismo año en que se graduó (1962) publicó su primer libro de cuentos, Historias de un médico en formación. A partir de ese momento nunca dejó de escribir, dejando un legado de más de 70 títulos publicados, entre novelas, ensayos, cuentos, literatura infantil y juvenil, además de notables crónicas e innumerables artículos periodísticos. Considerado por el escritor Fernando Verissimo como uno de “los mayores escritores brasileños”, Moacyr Scliar, de padres judíos emigrantes de Rusia, falleció el 27 de febrero de 2011, a los 73 años de edad. Precisamente Verissimo, uno de sus mejores amigos, dijo que Scliar no había muerto, pues sus obras permanecen vivas “recorriendo las librerías de medio mundo”. Y tiene razón: ahora que se cumple una década de su partida, aquí lo recordamos…


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A los 73 años de edad, el 27 de febrero de 2011, muere el narrador Moacyr Scliar en Porto Alegre, Brasil, la misma ciudad que lo viera nacer el 23 de marzo de 1937. Hace una década las letras portuguesas perdieron a otra de sus grandiosas plumas literarias.

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El pobre maestro de historia se convirtió, de pronto, en un popular terapeuta de vidas pasadas. “Cuando me entrevistan en la televisión o en la radio —dice—, declaro, con intención reticente, que llegué a esto por azares del destino. En general, el resultado es muy bueno, pues se traduce en exclamaciones de admiración de los entrevistadores y del público eventualmente presente. Destino es una palabra que gusta mucho a las personas; la asocian a lo sobrenatural, a los astros, a las cosas que siempre impresionan. Aprovechando el estremecimiento, me lanzo. Al principio con estudiada dificultad, pero después con creciente entusiasmo, revelo que mi profesión era originalmente otra: profesor de historia. Lo que nuevamente es una sorpresa: en general, me creen psicólogo o médico”.

En un comienzo le gustaba enseñar, así que consiguió un empleo como profesor en una escuela pública. “El salario era bajo, la escuela pobre y sin recursos, pero lo que más me fastidiaba era el hecho de que los alumnos no tuvieran la menor disciplina. Para qué necesitamos saber de los egipcios, preguntaban, de los faraones; esos tipos se murieron hace mucho tiempo. Eran insoportables, ya les estaba cogiendo rabia y quería mandar todo a la mierda. Sin embargo, antes de abandonar el colegio, decidí hacer un último intento. Se me ocurrió hacer una obra en la cual cada alumno debía representar un personaje histórico. Para mi sorpresa, el proyecto entusiasmó a la muchachada. Era el tema de moda en la escuela: reyes, condes, generales, los alumnos no hablaban de otra cosa. Los demás profesores, admirados, me felicitaban por la idea. Y fue así que sucedió”.

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Luisito, que se había entregado de lleno a la tarea de ser un príncipe cualquiera, cambió tan de súbito que la madre, preocupada, fue a reclamarle al profesor el ogro en que había convertido a su adorado hijo. De ser un niño con la cabeza gacha, los ojos bajos, retraído, encogido, pasó a tener aires de príncipe. “Con cautela —dice el profesor—, le pregunté si se había percatado de ese cambio y a qué lo atribuía. De entrada me respondió de forma arrogante (no necesitaba dar explicaciones, quién era yo, un profesorcito mediocre), pero de pronto enseñó el juego. Sí, algo había sucedido, algo extraordinario. Él no sólo estaba representando un papel; estaba viviendo una existencia diferente. Había vuelto al pasado, y al hacerlo descubrió que en realidad había sido no un príncipe, como modestamente había supuesto, sino un rey, un rey poderoso y cruel, de aquellos monarcas que no dudan en mandar a matar a sus enemigos”.

Luisito le contó con detalle una de sus ejecuciones, “realizada en el gran patio del castillo real y presenciada por una multitud. Me describió cómo el verdugo había puesto el pescuezo del condenado en el cepo, cómo lo había decapitado con un golpe de hacha, la sangre chorreando sobre las personas que estaban enfrente”.

El profesor quedó impresionado.

“No sabía ni qué pensar —indica—, pero en seguida me di cuenta de las maravillosas posibilidades que el caso del chico me proporcionaba. Se abría frente a mí un nuevo camino: me descubría como terapeuta de vidas pasadas”.

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En este nuevo proceso profesional fue que conoció a la muchacha cuya prodigiosa historia nos cuenta en La mujer que escribió la Biblia (Alfaguara).

Es el libro que en 2001, diez años antes de su muerte, publicara Moacyr Scliar, sobresaliente y cautivo narrador brasileño, con el relato, de un humor incontrolable, de la más que probable primera feminista de que se tenga memoria en los anales de la historia: en los tiempos de la hermosa reina de Saba. La novela trata de la mujer más fea que se haya aposentado en la tierra. La vez que se percató de ello, al arrebatarle un espejo a su hermana (que había sacado quién sabe de dónde, pues no tenían uno solo en casa, quizá para no desengañar a la joven), no daba crédito a lo que sus ojos miraban. Tenía, apenas, 18 años.

“La farsa no podía sostenerse más —dice la mujer—. Una vez enfrentada con la realidad, no podría escapar de ella. ¡Ah!, si pudiera volver el tiempo atrás. ¿Por qué me miré en ese espejo?, me preguntaba, golpeándome el pecho con incontenible furia; ¿por qué cedí a la maldita curiosidad, a la maldita vanidad? ¿Por qué Jehová no me arrancó de la mano aquel revelador y funesto objeto?”

Eran inútiles sus recriminaciones.

“Ya nada podía hacerse. Me había visto al espejo y ya: jamás olvidaría lo que había visto. Pero necesitaba, si no un consuelo, por lo menos una explicación. Tenía que saber la razón por la cual me había correspondido a mí semejante porción de fealdad. Al configurar mi rostro, la naturaleza no podía haber procedido en vano. Aquello era seguramente el castigo de un pecado, de un crimen”.

Hizo revisión de su pasado. Nada. Había sido una chica normal, relajienta como todas, pero hasta ahí.

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Sin embargo, poco tiempo tuvo para sus cavilaciones. Un emisario del gran rey Salomón se presentó a su hogar para reclamarla: de acuerdo con la tradición y la ley, el padre se veía obligado a ceder a la hija mayor como esposa del rey para consolidar la alianza entre la casa real y la tribu dirigida por el progenitor. No había otro remedio. La muchacha se martirizó con la petición: “¿Y si el rey me rechaza? ¿Si me manda de regreso diciendo: no quiero feas, esta mujer no es una esposa, es una provocación, no recibo cascajo en prenda de alianza? Esa sí que sería una situación difícil. Rey o no, mi padre no podría aceptar la devolución, que inevitablemente se consideraría como una ofensa o, lo que es peor, una burla; a fin de cuentas, como su hija, yo era un producto suyo, del patriarca”.

No obstante, tenía una virtud —que no lo era en su tiempo—: sabía leer y escribir, tarea entonces exclusiva de los hombres, que le fuera administrada por el escriba de su padre, a escondidas del patrón, por supuesto (cuando el hombre se enteró de este desacato, demasiado tardíamente, se alteró con la primogénita: “Se lo dije a tu madre: ésa no es labor de mujeres, la labor de las mujeres es otra, en la cama. Ni siquiera yo, que soy jefe, sé leer y escribir. ¿Por qué tenías que meterte a letrada? No te bastaba tu fealdad, ¿tenías que navegar con bandera de inteligente?”).

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La mujer se agregaba como una más de las 700 esposas y 300 concubinas que ya poseía Salomón. Una más, pero la más fea de todas, razón suficiente para que Salomón pospusiera indefinidamente su obligación marital, la cual hacía arder de impaciencia a la letrada, que la llevó incluso a planear un mitin en rebeldía por la incompetencia demostrada por el rey ante su numerosa corte conyugal.

“¡Ya basta de que nos traten como objetos sexuales! ¡Alto a la sumisión! ¡Alto a la opresión!”, clamaba la fea al frente de las otras mujeres, por primera vez levantadas en protesta por el abandono en que las tenía su amo y señor. “¡Por una total igualdad de derechos sexuales! ¡De ahora en adelante el rey tendrá que recibir a cada una de nosotras”, gritaba la fea. Lo único que logró (ella, tan enamorada de Salomón, como el otro casi millar de mujeres) fue que el rey la entretuviera en una exclusiva misión: escribir la historia de su pueblo y su Dios, que ella asumió con honda responsabilidad, libro que no terminaría, por cierto, a causa de una inesperada tragedia (la “Biblia”, la había intitulado ella por su significado etimológico griego).

La fea, entonces, se sumergió en la literatura con tal de ser favorecida en el lecho del amor.

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