Obra de Andreas Cellarius. (Fragmento)

Una historia del tiempo


Para mis sobrinas Alexia y Katia

Hace muchos, muchos años, muchos más años de los que nadie puede imaginarse; muchos más años de lo que el más viejo de todos los viejos puede siquiera adivinar; muchos más años de todos los años que han transcurrido a lo largo de la historia de nuestra Tierra; mucho antes de que hubiera dinosaurios y animales sobre la superficie del planeta; muchísimo antes aun de que nuestro planeta existiera y hubiera sol y estrellas en el firmamento; muchísimo antes, incluso, de que hubiera firmamento y galaxias en el espacio, existió un año. Sí, un año. Sólo que ese año, digamos, era muy distinto a todos los años que había habido hasta entonces. Era un año, mmm, ¿cómo decirlo?, rebelde… Sí, un año rebelde. Nadie supo cómo ni por qué surgió este año, ni quién lo había diseñado, ni cuál era la causa o el motivo de su existencia, ni para qué estaba presente. Sólo se sabía que estaba ahí y seguía su marcha imparable. Todos los otros años se sentían incómodos con él y no podían soportar su presencia. No lo toleraban. Y la razón de ese rechazo se puede aclarar fácilmente.

Como todo el mundo sabe, los años cuentan con trescientos sesentaicinco días (a veces, trescientos sesentaiséis), se dividen en doce meses que, a su vez, constan de treinta o treintaiún días (según sea el caso), con excepción de febrero, el cual, como es de todos conocido, tiene veintiocho días o, en el caso de los años bisiestos, veintinueve. Cada día, por su parte, está compuesto de veinticuatro horas; cada hora, de sesenta minutos y, finalmente, cada minuto, de sesenta segundos. Pues bien, ese año del que se está hablando no cumplía con ninguno de los requisitos para ser un año y, no obstante, era sin duda un año y así se hacía llamar.

Aunque parezca increíble reconocerlo, el año del que estamos hablando no constaba de trescientos sesentaicinco días, ni se dividía necesariamente (a veces sí, aunque sólo por capricho) en doce meses, ni tenía meses de treintaiún, treinta, veintinueve o veintiocho días, ni mucho menos contaba con días de veinticuatro horas, ni con horas de sesenta minutos ni, finalmente, con minutos de sesenta segundos. Ese año era totalmente variable. A veces (para que se entienda lo que estamos diciendo) duraba sólo trescientos días y se dividía en veinte meses; otras, por el contrario, se alargaba tanto que parecía que nunca iba a terminar y sólo contaba con un mes; en otras ocasiones, cuando estaba muy cansado y no quería trabajar mucho, duraba tan sólo unos cuantos minutos. Una vez, el año fue tan corto que, cuando los otros años que se encontraban festejando el fin del anterior (porque se debe anotar que en ese entonces no había personas ni ningún otro ser viviente en el espacio, sino única y exclusivamente años) apenas habían terminado de brindar y se disponían a comer la gran cena de fin de año que uno de ellos había cocinado para todos, el nuevo año había concluido definitivamente sin avisarle ni pedirle permiso a nadie, de tal modo que los concurrentes a la gran comilona terminaron despidiendo dos años totalmente distintos y celebrando, simultáneamente, el comienzo de dos años nuevos. Al salir de la fiesta, los celebrantes podían afirmar que habían llegado dos años antes y salido, literalmente, dos años después.

Lo que, sin embargo, terminó colmando la paciencia de todos y exacerbando los ánimos, fue la ocasión en la que aquel año decidió extenderse indefinidamente a lo largo de un único minuto. Quizá sea muy difícil imaginarse actualmente que un minuto se puede extender indefinidamente, pero hay que entender primero que en ese entonces las cosas eran muy distintas de lo que son ahora y que las leyes cósmicas funcionaban de una manera muy extraña. Así pues, en ese año no hubo ni días, ni semanas ni mucho menos meses, sino tan sólo un minuto, que en otro año normal hubiera representado, tal vez, unos cuatrocientos días (aunque nadie puede asegurarlo con precisión). Ya se podrá imaginar el caos originado por el capricho de ese único año. Los años que, por ejemplo, tenían una cita muy importante a las cero horas con dos minutos, no pudieron realizar nunca su encuentro, porque el muy simpático año estaba decidido a no avanzar más que un minuto, sin pasar de él.

Al principio, varios años, sobre todo los más viejos, trataron de aplacar los ánimos diciendo que el año en cuestión terminaría por cansarse de su necedad y daría marcha normal a los minutos, las horas, los días, las semanas y, finalmente, los meses. Pero eso no sucedió, y el tiempo siguió su marcha indetenible dentro de las fronteras de un solo minuto. Al ver que nada cambiaba y que los distintos años se estaban impacientando, los más viejos de todos decidieron llamar a una reunión urgente para resolver el problema. Quizá surja naturalmente la pregunta de por qué los demás años no decidieron poner fin a la locura de ese simple año obligándolo a transcurrir de manera normal. Pero eso estaba totalmente prohibido dentro de la sociedad de los años. Allí se respetaba la independencia de los distintos años y no se obligaba a nadie a hacer algo por la fuerza. Por ello fue que los más viejos de todos los viejos convocaron a una reunión para pensar juntos lo que se podía hacer en ese caso.

Durante la reunión, que fue citada a las cero horas (porque, como ya se dijo, en ese año todo sucedió en un solo minuto) y a la que asistieron, sin falta, todos los años del mundo, con excepción del que estaba en curso, se vertieron muchas opiniones sobre lo que se debería hacer para poner fin a aquella terquedad gigantesca. Muchas ideas fueron discutidas en dicha reunión y, tal vez, un día llegue la ocasión de comentarlas una por una. Pero lo que se decidió fue una única cosa. Para tratar de acabar con la aberración de aquel año, los distintos años congregados a las cero horas, decidieron por primera vez en la historia de los años escribir un calendario que estableciera las pautas a seguir en un futuro y definiera claramente las reglas a las que todos habrían de someterse. Así fue como, por primera vez, se estableció, sin más, que los años contarían con trescientos sesentaicinco días (aunque cada cuatro, con trescientos sesentaiséis), se dividirían en doce meses, que, a su vez, constarían de veintiocho, veintinueve, treinta y treintaiún días, según el caso, y que los días durarían veinticuatro horas; cada hora, sesenta minutos, y cada minuto, sesenta segundos. Así se estableció para siempre, de un solo plumazo, que los años no podrían durar ya nunca un único minuto, y que los minutos no podrían alargarse indefinidamente como pretendía aquel año rebelde y caprichoso.

Una vez que se acordó lo anterior, todos se apresuraron a transmitirle lo decidido al año en curso y a pedirle, por favor, que cambiara inmediatamente su conducta para poder vivir el año de la manera más normal posible, según las nuevas reglas. Éste oyó atentamente las palabras de todos los años que se juntaron a su alrededor a las cero horas, pero al final, de la manera más atenta, se negó a hacerles caso y continuó aferrado a durar un único minuto. Desesperados por dicha respuesta, algunos años, sobre todo los más jóvenes, quisieron obligarlo a respetar las nuevas reglas consensadas en el cónclave de años, pero los más viejos de todos detuvieron inmediatamente esa pretensión porque ellos sabían bien que nunca se debía obligar a un año a hacer lo que no quería. De esta manera, se tuvo que convocar, con carácter de urgente, a una nueva reunión para decidir qué hacer con ese año que se negaba rotundamente a cambiar su curso.

La nueva cita, por supuesto, se realizó a las cero horas, lo cual representó un problema al momento de redactar el acta de la sesión, ya que la anterior reunión se había celebrado igualmente a esa misma hora. El pequeño incidente se resolvió escribiendo el segundo exacto en el que inició la reunión, evitando así confundirla con la anterior. Así, aquella asamblea comenzó a las cero horas con cincuentaidós segundos (porque hay que aclarar que a esas alturas el año ya estaba un poco avanzado). Como sea, lo importante es que los años se volvieron a reunir para darle solución final al problema. Todos acordaron permanecer reunidos hasta que se hubiera encontrado una última y definitiva medida para acabar con la locura de aquel año. Y así se pusieron a pensar. La discusión se alargó mucho tiempo (quizá todo un segundo de aquel año) y se vertieron muchísimas ideas interesantes que, tal vez, un día valga la pena relatar. La cuestión es que nadie encontraba una solución terminante al problema, por lo que una y otra vez surgía la voz de un año joven y desesperado que clamaba por imponer un castigo ejemplar al año rebelde. Pero como nadie podía aceptar esa solución, ya que en la sociedad de los años estaba estrictamente prohibido obligar a alguien a hacer lo que no quería, se terminaron censurando dichas intervenciones.

Finalmente, cuando parecía que nunca se iba poder resolver el problema y los años estarían condenados a vivir para siempre dentro de un único minuto, se elevó la voz de un año que hasta entonces había permanecido en silencio.

—¿Y si hacemos como si ese año no existiera?

—¿Qué quieres decir con eso? —dijeron todos al unísono.

—Sí. Si hacemos como si el año en curso no existiera, podríamos vivir según nuestras propias reglas y el otro año podría seguir haciendo lo que quisiera, aunque para nosotros carecería de valor.

A nadie se le había ocurrido que la solución fuera tan sencilla. Cierto, si decidían regirse por sus propias reglas y dejaban que el otro año siguiera encaprichado, podrían vivir en normalidad, atendiendo únicamente al curso coherente del tiempo, sin que, además, se obligara al año rebelde a cambiar nada. Era la solución perfecta. No obstante, cuando parecía que ya todo estaba resuelto, alguien preguntó:

—Pero ¿no sería una mentira? Porque, de una u otra forma, el año en curso continuará siendo de un solo minuto y sólo acabará hasta que decida darle paso a un año nuevo.

Todos se quedaron pensativos por un momento. Pero nadie quiso responder. La decisión estaba tomada. ¿Qué importaba, en realidad, que el año fuera de un minuto y que el tiempo pudiera dividirse arbitrariamente de mil maneras distintas? Lo que a los años les interesaba era vivir con seguridad y tranquilidad según las reglas acordadas, para no tener preocupaciones y realizar las actividades de su vida cotidiana sin alteración alguna.

Desde entonces, los años comenzaron a transcurrir sin prestar atención a lo que ese año hacía y tomaron la forma que actualmente tienen y bajo la cual nosotros los conocemos en el calendario (que todos colgamos en las paredes de nuestra casa o portamos cómodamente en una división de la cartera). Aquel año rebelde, sin embargo, siguió existiendo y aunque un día concluyó su minuto y volvió a durar irregulares lapsos de tiempo, nadie le volvió a prestar atención. A partir de ese momento, el tiempo comenzó a durar sólo lo que nos dicen los calendarios y relojes, pero no necesariamente lo que en verdad dura. Nadie lo puede saber con exactitud. Tal vez un día muy lejano, cuando la gente se canse de medir el tiempo como lo hace y decida aventurarse a otras formas de contarlo y medirlo, se podrá prestar de nuevo atención a ese año rebelde. Pero eso es algo que tampoco se puede saber con certeza en estos días.

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