El médico y escritor Roberto Leal.

Cualquier enfermedad se puede abordar con poesía: Roberto Leal

Mucha luz en los pasillos…

Roberto Leal Ortega (Mérida, Yucatán, 1981) es médico con especialidad en neurología. A la par de sus estudios científicos en universidades de México, Argentina y España, se dedica a la literatura. Es autor de libros de poesía y narrativa; el más reciente de ellos —Hay mucha luz en los pasillos— acaba de salir, valga la redundancia, a la luz bajo la edición de unasletras, acaso el sello literario con mayor visión y apertura de Yucatán. En la contraportada del volumen, se apunta: “El poeta es un médico que alivia pesares sopesándose a sí mismo como poeta, dualidad entrañable por la indudable sensibilidad que permea a estos dos oficios, finalmente curativos del alma”. Porque, después de todo, “la literatura no designa a sus hacedores, sino los creadores, de cualquier oficio, son los que eligen, y erigen a su vez, a la literatura”. Hemos conversado con él, ya que además presentará su libro el próximo sábado 6 de febrero.


Lo más sagrado: la Palabra

Hay mucha luz en los pasillos acaba de salir, valga la redundancia, a la luz bajo la edición de unasletras, acaso el sello literario con mayor visión y apertura de Yucatán. El término “hay mucha luz en los pasillos” se escucha cotidianamente en los centros hospitalarios porque de ahí procede el autor de este poemario.

Roberto Leal Ortega nació en Mérida, Yucatán, en 1981. Es médico con especialidad en neurología. A la par de sus estudios científicos en universidades de México, Argentina y España, se dedica, con admirable atingencia, a la literatura. De hecho, antes de esta luz en los pasillos, Roberto Leal publicó, en 2019, el poemario Coyota carva.

En su nuevo libro, en la poesía “Hervidero”, dice:

Los hombres están otra vez en guerra.
Los hombres siempre han estado en guerra.
Los hombres siempre en guerra contra todos y contra todo.
Parece que Dios creó al hombre para guerrear.
Parece que la materia prima del hombre es la guerra, la destrucción.
Ahora ya casi no se disparan misiles nucleares.
Esos los tienen guardados para la inmolación final.
Ahora se juega cruelmente con lo más sagrado: la Palabra.

“No podía pensar nada más que en eso…”

Es un libro que trata, por supuesto, de la pandemia que nos acomete en estos tiempos tan cambiantes y tan azarosamente complejos. Es lo que nos dice en entrevista…

—¿Cuándo comenzó a escribir estas luces poéticas en los pasillos?, ¿por qué abordar esta enfermedad con la poesía?

—A principios de 2019 comencé a escribir un poema que expresara lo complejo e importante que han sido para mí 20 años de dedicar mi vida a la medicina. Este poema lo titulé simplemente “El médico” e intenté darle un significado más allá de lo claramente perceptible en los versos: basándome en muchas de mis mayores alegrías (la cultura maya, la historia, la mitología, la propia poesía) decidí hacerlo en endecasílabos y con un número específico (en cada sección y en la totalidad) de versos que se basan en numerología maya. Estaba en este trabajo cuando comenzó la pandemia. Fue cuando decidí hacer un poemario completo, añadiendo la realidad actual con esta enfermedad y la historia pasada que encontré en poemas escritos hace más de 15 años. Creo que cualquier enfermedad se puede abordar con poesía; ésta, en particular, nos ha afectado más por la extensión global del problema (no hay persona que no haya sido afectada de una u otra manera). Era el momento de escribir de ello, no podía pensar nada más que en eso, así fue el trance. En junio de 2020 terminé el poemario.

El Médico (fragmento)


Una luz muy blanca, un corazón late,
llanto agudo que se convierte en música,
cuartos fríos, risas angelicales,
la sangre combinada con el polvo
de manos gruesas mas sabias muy cálidas,
el bostezo, la pinza, la nalgada,
la ominosa voz de sirena alada,
cuna pálida para la ictericia,
la perilla, el habano, el listón blanco,
el resguardo al fin de la teta-chopo,
manantial ecoico que se eterniza
entre las caudas del par de hipocampos
—retumbantes infaustos compañeros
de remoquetes, odio y salvación,
los reverberantes de la memoria
que tantas veces regirán tus noches.

Sobreviviste pronósticos rosas,
la caída, las ganas de abortarte.
Sobreviviste al viejo dinosaurio
con la verruga azul en el mentón,
los latidos del fruto desvirgado,
la cruz doliente, la nube sangrante,
la primera bocanada del día.
Sobreviviste al tiempo mercenario
del sida, del gran pájaro ecuménico.
Naciste entre torrenciales de julio:
Gilbertos, Isidoros y Patricias
y otros siniestros que burlaron islas
(pero descalabraron dos penínsulas
y ciudades de gente pantanosa).
Naciste predilecto para el cónclave
de Asclepio en Epidauro, ofidios de
lengua doria, laureles y bastones
serán tu signo, perennes recuerdos
de Imhotep, de Quirón, de las estrellas
de Oficuo, tu luz en las largas noches,
pero eternamente tendrás el rayo
de Zeus condenando, sí, tu destino,
tu Hipólito te hará tomar las llaves
de un misterio reservado a los dioses,
tu niña Panacea será deseada
por el chamán, el charlatán, el cáncer,
héroe del bando aqueo en la nueva Troya,
la quijada edéntula de Itzamná
mascullará tu nombre titubeante
(sabrás que valió la pena esperar),
el telar de Ixchel fue puesto en la mesa
fastuosa de K’nich Kakmó que vuela
con el fuego de la sabiduría
del año en que nacen los elegidos,
los sobresalientes que croan al cielo,
al glifo del maíz.

En el principio, Benedetti y Sabines

El médico dará a conocer su poemario en Mérida, ciudad donde vive, el próximo sábado 6 de febrero, a las 18 horas —con las indispensables medidas sanitarias—, en las instalaciones de la casa editorial, propiedad de Eugenia Montalván Colón, que ha publicado el libro.

—¿Cuándo comenzó usted Roberto Leal, a escribir poesía?, ¿mientras estudiaba medicina?, ¿qué escritores lo deslumbraron entonces?

—En la adolescencia comencé a escribir. Tendría unos 13 años. No conservo nada de esa época, pues eran arranques de adolescente. La poesía relacionada con medicina la empecé a escribir en la Facultad de Medicina, entre 2000 y 2006. Empecé a leer a Benedetti y a Sabines sobre todo para usar en mis enamoramientos (ahora me parecen tan cursi), pero pronto un maestro de literatura me presentó a Borges y a Paz. Luego Pacheco, Efraín Huerta. Un poco después Whitman, Pessoa, Eliot. Estos son los autores que recuerdo de esa época. Supongo que a muchos de mi generación les han influenciado algunos de esos nombres. Desde entonces los tengo presentes, me siguen deslumbrando y recurro a sus consejos con frecuencia.

Un barco en el mar de la soledad…


El libro consta de 22 capítulos. En “La muerte”, el poeta escribe:

Luz… blanca luz, un corazón que muere,
mortaja que levita entre la bruma,
asciende, gira, retorna a su origen:
árboles con silbidos maternales,
pirámides en el jardín de ficus,
miel rebosante del vaso preñado,
la voz consejera de la hojarasca,
el reencuentro con la luna en el puente,
un disco atravesando el universo,
un barco en el mar de la soledad,
un alma que nace y se vuelve verso,
un niño que sueña bajo la lluvia,
es feliz, toma un libro.

“Soy médico y poeta”

—Según la lectura de su poemario, a usted le dicen el médico poeta, ¿es usted médico y poeta, o poeta y médico?

—Pregunta muy capciosa. Soy médico y poeta.

—¿Cómo ha afectado su vida cotidiana la pandemia?, ¿en qué lugar ha quedado la escritura en estos momentos tan complejos en la medicina?

—Como a tanta gente, mi vida cotidiana se afectó, pero estoy seguro de que no tanto como la de otros. No me puedo quejar de nada. Tengo a mi familia sana, trabajo estable, proyectos… Que se hayan perdido comodidades, sociabilidad y viajes es algo que no me importa mucho. De hecho, el encierro me permitió terminar varios proyectos que no podía terminar por falta de tiempo. Lo que sí me afecta mucho es el sufrimiento de la gente (responsable) que ha sufrido pérdidas, en especial las pérdidas del personal de salud y los adultos mayores. La escritura, durante 2020, fue la piedra angular para que llevara mejor la pandemia. Siempre las letras salen al rescate.

El miedo (fragmento)


parálisis sofoco
sangre coagulada
pieles rojas calientes
noches de pan duro
latir de las arterias
que reclaman igualdad

hay un viejo amigo que surge
como raíz del hombre
que me ha tocado ser:
bajo el ardor de los días
el cáliz de amores
la secreta fuerza que espera salvar
el mar de naufragios
el río del lamento

hay un viejo amigo
que aguarda en la esquina
pacientemente aguarda

el miedo es el no movimiento⠀⠀⠀⠀ la rigidez
nudo de silencio
llanto bajo el agua
ira ignorancia cuchillo
hiel cisma discriminación
poemas idénticos
tos seca…

“Trato de mantener integridad y coherencia al escribir…”

—¿Para qué escribir en estos tiempos en crisis humanitaria?, ¿qué lo alienta a ello?, ¿qué le dicen en su gremio sobre su inusual actitud literaria?

—Pienso que escribir es una respuesta apropiada y sobria ante la crisis humanitaria que está tan de la mano de la crisis de las comunicaciones y la sociabilidad humana. Trato de mantener integridad y coherencia al escribir, de no perderme tanto entre tanta maraña de información, noticias, falsedades, banalidades. Quiero darle significado a mi tiempo de vida escribiendo.

“Tímida e inseguramente, a pocos compañeros del gremio les he compartido mis textos, pues creo principalmente que no les interesarían. A los que les he dado mis poemas (gente que he percibido que tiene la sensibilidad adecuada), en general me dicen algo así como: bien, no dejes de escribir”.

—Hay algunos planteamientos en su libro verdaderamente agobiantes, ¿cómo los fue cronicando en su escritura?, ¿no fueron arduos esos momentos en la soledad poética?

—Durante meses fue fluyendo automático, fue el trance. Después, así solito (así como llegó), se fue. ¿Sabes cómo escribo muchas veces? Voy manejando, yendo o regresando del trabajo, con mi libretita de apuntes a un lado, voy frenando en cada esquina o alto y apunto lo que “se me dictó”. Así voy llenando libretitas. Luego me siento a ordenar, pulir, rechazar, confirmar. No me incomoda la soledad, creo que siempre fui algo solitario, la considero necesaria para poder escribir; pero por momentos sí fue difícil la soledad al hacer los poemas, especialmente el 1, el 4 y el 10.

El poema 4: Doctor Knows Best

No está dentro de mi memoria
el porqué de esta inmovilidad.
Habla mi alma por lo que queda de mi cuerpo,
aunque creo que no te llega mi lenguaje silencioso.

No puedo verme,
pero intuyo mis ojos cerrados.
No siento nada,
pero mis manos seguramente están frías.
Mi cuerpo dolorido.
No recuerdo mi rostro.

Leí alguna vez que una vocación asumida a fondo
puede ser insaciable y eterna,
la única disposición del espíritu
que puede derrotar al amor.
¿Lo tuyo es vocación?
¿Estoy confundiendo locuciones?
¿O las drogas desguarnecen mi cerebro?
¿Y si te dijera que existe la vocación de vivir?

Tal vez dejarías toda esa ciencia
al lado de tus zapatos
y descubrirías que al cerrar la puerta
destruiste mi autonomía,
el poema que recitaría mañana,
el rosal que riego en mis sueños,
mi jardín de nubes sobre el desierto.

No moriré de pena ni de miedo,
no moriré con el reloj en la mano.
Moriré de ti
porque (no sé cómo no recuerdo)
me apresó esta abstrusa parálisis,
el vil lenguaje silencioso.

Al cerrar la puerta
apartas la dimensión,
pues entras decidido a despedirte.

Ya escucho acordes de luz
(son guitarras de luz).
Es luz muy blanca.

“Mis pesares se alivian mucho con la literatura”

—Como poeta y como médico, ¿vislumbra alguna laxitud pronta en la sociedad con estos medicamentos emergidos de Europa?, ¿ha pensado en escribir una segunda parte de este doloroso proceso?, ¿lo alivia, de algún modo, imbuirse en la literatura para decirnos simbólicamente pasajes de su vida?

—Pienso que estamos cerca de que la sociedad vuelva a reunirse con relativa seguridad, en especial los círculos cercanos, las familias, lo cual es bueno. Eso, gracias a las vacunas y los tratamientos. Masivamente, creo que a la humanidad le va a faltar años para regresar a una “normalidad” como la que conocíamos. Quizá quedemos restringidos muchos años más. Ya somos una generación marcada por la pandemia. Si no cambiamos definitivamente esta no va a ser la primera, habrá más en este siglo clave.

“Creo que he terminado de decir lo que quería decir con este poemario. Una segunda parte no está contemplada, pero no la descarto. A ver qué dice la musa. Mi mente ya cambió hacia otro proyecto. Se me hace difícil regresar a algo que he dejado atrás.

“Claro, mis pesares se alivian mucho con la literatura. Que las palabras sean tu mejor medicina, ¡pero no dejen de consultar al médico si se sienten mal! Saldremos adelante de esta y muchas más”.

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