David Bowie, un lustro después

“No soy sino una colección de las ideas de otros”.

Sigue desafiando al tiempo. Y si figura, ni duda cabe, es una referencia ineludible en la cultura pop. David Bowie murió el 10 de enero de 2016 tras luchar durante 18 meses contra un cáncer. El legendario músico inglés falleció dos días después de lanzar Blackstar, su premonitorio álbum final. Tenía 69 años, y dejó una obra descomunal que sigue influyendo a músicos de todos los rincones del planeta y conmoviendo a viejos y nuevos seguidores de todo el mundo. Tras su deceso, sus herederos iniciaron una campaña de reediciones discográficas y rescates de su archivo, en múltiples formatos. Hoy, a cinco años de su partida, su creatividad continúa funcionando como un faro artístico global. Aquí lo recordamos…


1

Hace más de medio siglo la empresa Decca puso en el mercado discográfico la primera grabación, de tres (1965-1966, todos ellos singles con una canción en cada lado), de los King Bees con David Jones a la cabeza, un muchacho que había nacido en Brixton, Inglaterra, en 1947. Pero el sencillo no produjo ningún efecto haciendo que el grupo se disolviera rápidamente. Luego, Jones crearía a The Lower Third, un conjunto también demasiado fugaz. En 1966, año en que aparecía el último single de la “Abeja Reina”, Kenneth Pitt —su primer productor serio— viaja a Estados Unidos para contactar con Andy Warhol. Ahí presencia el nacimiento del aparato promocional que el consorcio Screem Gems prepara: la fabricación de Los Monkees, un cuarteto que, de entrada, tuvo su propio programa de televisión para tratar de disminuir, finalmente en vano, la popularidad de los ingleses Beatles.

“Pero la verdadera noticia que Pitt le lleva a David —cuenta Esteban Leivas en su libro David Bowie (Ediciones Júcar, España, 1977)— es que en ese grupo figura un joven actor inglés, de baja estatura, flequillo saltón y cara aniñada, que se llama también David Jones”.

2

“Panic in Detroit” (Pánico en Detroit – fragmento)

Era muy parecido al Che Guevara. Conducía una diesel. Mantuvo su arma en petrificada soledad, como un hombre humilde. El único sobreviviente de la Brigada Nacional.

Pánico en Detroit.

Pedí un autógrafo. Quise permanecer en casa. Desearía que alguien telefoneara. Sonrió a las sirenas accidentales que rompieron la oscuridad de la tarde. La policía había notificado de las repercusiones. Siguieron a nadie demasiado pronto. Unos pocos extraños fueron a los que dejaron vivos.

Pánico en Detroit.

Me vestí con lo que fuera y salí hacia la escuela y encontré a mi maestro escondiéndose en su overol, grité y corrí a romper mi máquina tragamonedas favorita. Brinqué los coches silenciosos que dormían delante de los semáforos. Habiendo logrado un trillón de dólares, corrí de vuelta a casa. Lo encontré desplomado en la mesa. Un arma y yo solos. Corrí a la ventana. Me había dejado un autógrafo. “Déjame coleccionar polvo”. Desearía que alguien telefoneara.

3

De dónde proviene su nuevo apellido es un misterio aún no esclarecido del todo, ni por el propio compositor. Sin embargo, Ralph Horton, ex manager de Moody Blues y primero de Bowie, cree tener la razón cuando sugiere que la idea “le vino a la mente a David recordando un famoso pionero del oeste norteamericano, certero cazador que se convirtiera en importante ente político, de nombre Jim Bowie. Su cuchillo, el Bowie Knife, lo hizo famoso por la destreza en el manejo contra los demás”.

Al disolverse The Lower Third, Bowie (ya sin el fastidioso Jones para no confundirse con el gracioso monkee) comienza su carrera solitaria y, desde un principio, no se parece a nadie, por lo que las disqueras se complican la vida al no saber cómo encasillarlo.

“Por esa época se vincula con algunos músicos interesantes del espectro pop británico. Fundamentalmente Marc Bolan, quien por esos días escribía extraños poemas para su grupo Tyrannosaurus Rex, y Sid Barret, cuyas ensoñaciones, plasmadas con el Pink Floyd de primera hora, fijarán una línea poética para siempre en Bowie”. Kenneth Pitt cuenta lo difícil que fue el inicio precisamente porque Bowie ya acuñaba, quizá sin saberlo aún, una personalidad que rebasaba al común de los roqueros.

“Ahora parecía ser, casi, un folk singer —relata Pitt—, sólo con su guitarra y con poses semejantes a Bob Dylan. Fue terrible la onda Dylan para David. Vestido todo de negro, negándose a sonreír en las fotografías y diciendo cosas de Buda. Un desastre. Yo había arreglado un contrato para él en una importante agencia londinense. El director de la agencia, que me conocía muy bien, me llamó por teléfono y me dijo:

“—¿Qué te crees que estás haciendo enviándome a alguien con ese aspecto?

“David se volvió terriblemente introvertido y eso fue muy malo. Porque si estás planeando una carrera y trabajando para convertirte en un artista que domina el escenario en cualquier faceta de los negocios tienes que ceder, vestirte bien y ser enteramente extrovertido, ofreciéndote a la audiencia, invitándolos a ser cálidos contigo, a nadie le gustan las personas oscuras. El joven David recibía con tristeza y desilusión la apatía con la que todo el mundo acogía sus esfuerzos musicales; él estaba seguro de que era bueno”.

A su vez, Bowie decía a los periodistas con una firmeza admirable:

—Rechazo ser tomado como un mediocre. Si soy mediocre, abandonaré el negocio.

4

“Changes” (Cambios – fragmento)

Todavía no sé qué es lo que esperaba y mi tiempo corría salvajemente. Un millón de callejones sin salida y cada vez que pensaba que ya tenía la solución en mis manos su sabor no era tan dulce, de modo que me volteaba a ver nuevamente, pero nunca pude vislumbrar cómo ven los otros al falsificador.

Cambios. Voltear y encarar al extraño en nuestro propio rostro. Cambios.

Sólo tengo que ser un hombre diferente. El tiempo puede cambiarme, pero no puedo seguir el rastro del tiempo. Tiempo: extraña fascinación, fascinándome. Muy pronto serás un viejo. He visto cambiar los murmullos sus medidas, pero nunca dejar la corriente de cálidas impermanencias y entonces los días huyen a través de mis ojos. Pero aún los días parecen los mismos y todos esos niños a los que usted escupe mientras intenta cambiar sus mundos son inmunes a sus consultas, son perfectamente conscientes de lo que están atravesando. El tiempo puede cambiarme, pero no puedes seguirme la huella.

5

No es sino hasta 1969 cuando, por fin, Bowie es aceptado discográficamente con su Space Oddity, resultado de una experiencia cinematográfica: después de ver 2001, una odisea en el espacio, de Stanley Kubrick, el compositor transmite la idea del filme a la música. Entonces Bowie se introduce en el rock sin permitir que manos ajenas toquen su obra. Está convencido de lo que hace. A los 22 años Bowie camina por el rock dominándolo, no siendo dominado por la música que exigen los patrones discográficos.

—Musical y emotivamente —dice Bowie— yo siempre he sido un instigador más que un artífice.

Sus veintiséis discos de estudio lo comprueban y su discurso es enteramente original:

—Soy un producto sintético. La primera estrella de rock sintética. Personalmente, puedo decir que la música, por sí sola, nunca me ha interesado. Lo que he estado haciendo a lo largo de toda mi carrera ha sido, y es, interpretar personajes a través de mis canciones.

De ahí, asimismo, que los discos de Bowie sean tan eclécticos, tan diferentes uno del otro pero a la vez extrañamente cercanos. No en balde algún crítico estadounidense lo denominó el camaleón del rock para la satisfacción mórbida de la industria discográfica, que ya tenía el apelativo idóneo para un músico que se le escapaba de sus poderes abrasivos. “Las continuas metamorfosis que gusta frecuentar el cantante, y que lo distinguen de modo singular —sostiene Esteban Leivas—, pertenecen a la órbita de la expansión de una imagen y un canto para vender pero también para convencer. Nadie en la década de los setenta alcanzó el despliegue de efectos, luces, colores, maquillajes, escenografías y demás dislates como lo hiciera Bowie transformando el escenario en un gran guiñol, en un circo interplanetario”.

6

“Sons of the Silent Age” (Hijos de la era silenciosa – fragmento)

Los hijos de la era silenciosa se levantan en plataformas, la mirada perdida y sin libros. Se sientan en las filas traseras de los límites de la ciudad, se tiran en la cama yendo y viniendo por sus cuartos de la dimensión de una celda. Se levantan por un año o dos y entonces hacen la guerra buscando a través de sus pensamientos de una pulgada. Entonces deciden que no puede hacerse.

Los hijos de la era silenciosa buscan en los bares y lloran solamente una vez, hacen el amor sólo una vez, pero sueñan y sueñan. No andan, sólo pasan dentro y fuera de la vida. Nunca mueren, solamente van a dormir un día.

7

Bowie fundó el rock teatral e incluso cinematográfico. Antes de él, el rock no contaba historias. Podía, sí, inmiscuirse en la poesía como lo sabía, y sabe aún, hacer Bob Dylan, pero las historias fílmicas las introdujo Bowie con narraciones dignas de una buena ciencia ficción (sus imágenes corren con premura, como negativos de una película con intermedios pero sin final, como en los filmes donde actuara, más de una docena comenzando en 1976 con El hombre que cayó a la Tierra dirigida por Nicolas Roeg). El francés Jean-Michel Varenne, en su libro Los poetas del rock (traducido al castellano en 1979 por Juan Giner y editado por la barcelonesa revista, ya desaparecida, Vibraciones), dice que Bowie se ha fundido enteramente consigo mismo. A pesar de su desarrollo metamórfico, “Bowie nunca ha dejado de distanciarse de Bowie”.

—A veces no me siento en absoluto como una persona —dice a su vez Bowie—, no soy sino una colección de las ideas de otros.

Bowie interpreta el papel de un actor que encarna a un cantante de rock.

—Freud hubiera pasado un buen rato conmigo —dice el compositor—. No he madurado mucho. Soy el mismo de cuando tenía catorce años.

Interesado también en las concepciones ideológicas que hacen rodar al mundo, Bowie ha sabido sumergirse con puntualidad en los climas tensos de los movimientos sociales. En 1970 se declaró, por ejemplo, gay (dando, de paso, a esta declaración el nacimiento de una volátil corriente roquera: la gay rock, que ha llenado alteros de volúmenes en las librerías). “Fue una medida inteligente —escribió Eduardo Haro Ibars en su libro Gay rock (Ediciones Júcar, 1975)—: los homosexuales que comenzaban a liberarse de su complejo de culpabilidad le tomaron como paladín, y se convirtió en el símbolo viviente de una nueva moral sexual. Adquirió una nueva importancia, más sociológica que musical, como había ocurrido con Los Beatles a principios de los sesenta… Por otra parte, aunque se había hablado mucho de la bisexualidad de Bowie, y se le había aclamado por su honestidad al proclamarla, las letras de sus canciones no hacían ninguna mención de esto; el gay rock, recién inventado, no parecía expresar ningún contenido ideológico similar al del Gay Liberation Front: era todo cuestión de vestuario, de oropeles, de máscaras; quizá más efectivo en cuanto tácito”.

Pero Bowie cambiaba demasiado aprisa. Cuando lo alcanzaban, él ya corría en otro sentido…. acaso los menos imaginados, totalmente opuestos a las rutas de los éxitos asegurados. Es más, Bowie se dio el lujo incluso de desaparecer del escenario cuando se hartaba de las excesivas manipulaciones de los empresarios (o se inventaba grupos fantasmas para divertirse de otra forma, como el denominado Tin Machine), y luego volvía exhibiendo una aureola de virginidad roquera: rebosando lozanía y frescor. En 1995 escribió un cuento policíaco que grabara en un álbum que dejó inconcluso: Outside. Después, sus 50 años, cumplidos el 8 de enero de 1997, lo sorprendieron en la grabación de su disco Earthling, que prácticamente lo obligó a salir de gira y visitar, por cierto, por primera y única vez México.

“Me estoy divirtiendo tanto con la gente venenosa —escribió Bowie en su canción ‘Candidate’— desparramando rumores y mentiras e historias que inventan. Algo te hace cantar y algo te hace gritar. Uno desea que nunca hayas sido visto”.

¿No ser visto en un mundo como el de hoy, que basa su éxito justamente en la visualización?

Sin duda, una broma más del irreverente compositor.

8

En su último disco, Black Star, que sale a la venta el 8 de enero, justo cuando David Bowie se está muriendo (a principios de 2016), dice que, finalmente, sólo pudo ser una estrella negra, derrotada, desplomada, pero nadie le creyó. Luego de cumplir 69 años de edad, dos días después, el 10 de enero de 2016, abandona este mundo. En su última grabación, actor como era, incluso deja que escuchemos, por un instante, su agonía, que enchina el cuerpo. Un hijo muy ruidoso, sin duda, de la era silenciosa.

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