“Tengo libros, como otras personas tienen ratones”

Poemas de Diane di Prima (1934-2020).

El mayor oficio de la poeta Diane di Prima fue ir en contracorriente de la sociedad y su arma de batalla fueron las letras. Originaria de Brooklyn, Estados Unidos, nació el 6 de agosto de 1934 y es reconocida por ser una de las pocas escritoras destacadas de la generación Beat. De hecho, se resistió a ser un mero complemento de Allen Ginsberg, William Burroughs y Jack Kerouac y defendió su obra y la de otros poetas de vanguardia, como la de su amiga la escritora y activista afro-queer Audre Lorde (1934-1992). Autora de más de una treintena de libros, Diane siempre escandalizó debido (sobre todo) al libre lenguaje y al relato de los lúdicos encuentros de hombres, mujeres y homosexuales beats en sus aventuras amorosas, relaciones sexuales relatadas con todas sus señas particulares y el permanente gozo (después de todo, como dijo el propio Kerouac, “el sexo es sagrado”). Pero, también, escandalizaba por abordar todo tipo de temas: escribió poemas sobre el aborto, sobre la menstruación o la crianza de sus cinco hijos: “Soy una mujer y mis poemas/ son los de una mujer: fácil de decir/ esto. La hembra es dúctil/ y/ (golpe tras golpe)/ construida para masoquista/ calma”. Diane di Prima murió el pasado 25 de octubre en San Francisco, a los 86 años, como consecuencia del Parkinson que padecía hace unos años. Le hemos dedicamos este homenaje…


Poemas de Diane di Prima / versiones de Lillian van den Broeck


Luces de la ciudad 1961
Ir por primera vez allá.
Era mucho más pequeño entonces
ese piso de abajo atestado de poesía:
estanterías de revistas destartaladas contra la pared,
esas desvencijadas mesas blancas donde la gente se sentaba a leer/escribir.
El Vesubio era como una oficina adjunta.
Al llegar de nuevo, un año después, dos niños en el remolque.
Lawrence me dio una gran cantidad de sus publicaciones.
“Tengo libros”, dijo, “como otras personas tienen ratones”.
Y North Beach nunca dejó de ser misteriosa
cuando me mudé aquí en 1968.
La oficina editorial en Filbert & Grant era una meca,
un lugar para reunirme con mis hijos si nos separábamos
durante una de esas innumerables manifestaciones
(aunque Lawrence se preocupaba, me decía que los mantendría lejos del peligro, en casa).
Creía que tenían que aprender
lo que fuera que estábamos aprendiendo.
La oficina está a la vuelta de la esquina de la tienda de abalorios
donde diariamente iba a recoger material.
Cuántas noches la pasamos en la tienda
comprando montones de nuevos poemas de todos los rincones de la Tierra
y luego nos dirigíamos a Tower Records lleno de drag queens
y revolucionarios para conseguir algunas canciones.
Y qué buena onda, City Lights sigue aquí, como un viejo faro.
Aunque todo el resto se ha ido,
la poesía se ha trasladado al piso de arriba.
La oficina editorial
ahora también ahí, y multitudes de personas
de un tercio de mi edad o menos rondan las pilas de libros
buscando voces de todas partes
del globo.

Carta Revolucionaria #1
Me acabo de dar cuenta de que lo que está en juego soy yo misma.
No tengo más
dinero de rescate, nada que romper o intercambiar, excepto mi vida,
mi espíritu dosificado, en pedazos, esparcido sobre la ruleta recupero lo que puedo.
No hay nada más que poner debajo de las narices del maestro del juego
nada que tirar por la ventana, ninguna bandera blanca.
Esta carne es todo lo que tengo que ofrecer para hacer el juego con
esta jugada, a ver qué sale, mi movida…
mientras nos deslizamos sobre este tablero de go, pisando siempre
(esperamos) entre las líneas.

Canción de año nuevo budista
Te vi en terciopelo verde, amplias mangas holgadas.
Sentado frente a una chimenea, nuestra casa
lo hacía de alguna manera más amable, y decías…
“Hay estrellas en tu pelo”,  era la verdad
que traía conmigo
a este sombrío y sucio lugar que hay que convertir en oro,
hacerlo valioso y mítico de alguna manera, es nuestra naturaleza,
y es verdad que llegamos aquí, te lo dije,
de otros planetas
donde fuimos lores, y nos enviaron aquí
por algún propósito.
 
La máscara de oro que ya había visto,
que te quedaba tan hermosa sobre la cara,
no regresó ni tampoco esa cara de un toro que habías adquirido
entre los pueblos del norte, nómadas, el desierto de Gobi.
 
No volví a ver esas carpas, ni las caravanas
infinitamente lentas sobre las llanuras infinitamente ventosas,
tan frías que cada estrella en el cielo era de un color diferente:
el propio cielo, un tapiz enmarañado que brillaba.
Y casi pude ver el planeta del que habíamos venido.
 
No podía recordar (entonces) cuál era nuestro propósito,
pero recordaba el nombre de Mahakala en el amanecer.
 
En el amanecer se enfrentó a Shiva, la luz fría
reveló los mundos “nacidos de la mente”, así de simple.
Los vi propagarse, fluyendo,
o, de modo más simple, un espejo que refleja a otro.
Entonces rompió los espejos, ya no estabas a la vista
ni ningún propósito, miré fijamente esa nueva negrura:
los mundos nacidos de la mente huyeron, y la mente se apagó:
¿una locura, o un comienzo?

Un ejercicio de amor

⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀para Jackson Allen

Mi amigo trae puesta mi bufanda en su cintura.
Le doy piedras lunares.
Me da conchas y algas.
Viene de una ciudad lejana y me encuentro con él,
Plantaremos berenjenas y apio juntos.
Él me teje telares.
 
Muchos han traído los regalos.
Lo uso para su placer,
seda y colinas verdes
y la garza del color del amanecer.
 
Mi amigo camina suave como un tejido en el viento.
Él ilumina mis sueños.
Ha construido altares al lado de mi cama.
Me despierto con el olor de su pelo y no puedo recordar
su nombre, o el mío.

La ventana
Tú eres mi pan
y la línea del cabello,
ruido
de mis huesos,
eres casi
el mar.
 
No eres piedra
o  sonido fundido.
Creo que
no tienes manos.
 
Este tipo de pájaro vuela hacia atrás
y este amor
se rompe en el cristal de una ventana
donde la luz no habla.
 
No es la hora
de cruzar las lenguas
(la arena aquí
nunca cambia).
 
Yo creo que…
el mañana
te giró con su dedo del pie
y
brillarás
y brillarás
sin desgaste y subterráneo.

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