Guillermo Rubio, un policía metido a novelista

Del arma a la pluma.

El caso del novelista Guillermo Rubio y de Vizcarrondo es muy extraño en el mundo de la literatura mexicana. Durante la mayor parte de su vida trabajó en diferentes cuerpos de policía y, al entrar en la tercera edad, cambió el arma por la pluma. Vicente Francisco Torres —ensayista, narrador y profesor-investigador en la UAM (Azcapotzalco)— nos habla y nos acerca a la obra de este escritor mexicano.


Uno

El caso del novelista Guillermo Rubio y de Vizcarrondo es muy extraño en el mundo de la literatura mexicana. Durante la mayor parte de su vida trabajó en diferentes cuerpos de policía y, al entrar en la tercera edad, cambió el arma por la pluma. Cuando el diario La Jornada estaba en la calle de Balderas, tuvo lugar un incidente: dos jóvenes que repartían propaganda subversiva llevaron sobres para diferentes colaboradores del periódico. Mientras uno esperaba a bordo de un coche, el otro llegó hasta la recepción y dejó la propaganda. Una empleada iba a colocar la correspondencia en los casilleros de los destinatarios y advirtió que había sobres para personas que no trabajaban en el periódico; pidió al policía de guardia que alcanzara al muchacho para que se llevara los sobres que había dejado erróneamente. El uniformado salió corriendo y como el joven que esperaba en el coche pensó que perseguía a su compañero, le disparó. Por el ruido salió otro policía que colaboró en la fiesta de las balas.

Los muchachos huyeron por la calzada de Tlalpan y uno de ellos sintió necesidad de orinar. Detuvieron el coche, bajó el que necesitaba serenar su vejiga pero pasó una patrulla y los detuvo. Luego se supo que ellos habían sido los protagonistas de la balacera en La Jornada.

Como resultado de lo dicho arriba se buscó un guarura chofer para Carlos Payán, el director del diario. Y aquí es donde aparece Guillermo Rubio, quien empezó a llevar a Payán a reuniones con políticos, artistas y premios Nobel. Pero el director se jubiló y Rubio, antes de quedar sin trabajo, solicitó la ayuda del ex director que, lo único que pudo hacer, fue conseguirle el puesto de chofer de Gabriel García Márquez. Su trabajo en La Jornada le granjeó entre sus ex colegas el sobrenombre de Comandante de papel.

Cuando Rubio platicaba con sus patrones, contaba todas las experiencias que había tenido y, naturalmente, siempre le decían que escribiera todo eso. Rubio puso manos a la obra y, para librar los primeros escollos en su trabajo de narrador, tuvo la ayuda de José María Espinasa y Ana María Jaramillo, esposa de Chema.

Pronto estuvo lista su primera novela, Pasito tun tun, que fue presentada en el bar La Faena. Esta novela y las siguientes (El Sinaloa, Visitando al diablo, Una noche de suerte y otras inéditas suyas que he podido leer), me llevaron a escribir este texto. Su obra está llena de sadismo y violencia, no sólo porque Rubio estuvo sumido en ese ambiente y vio muchas cosas, sino porque tiene una imaginación desbocada en la que él mismo se convierte en personaje narrador para clasificarse, jocosamente, como “miembro de la primera generación de escritores egresados de la mafia”. Sin embargo, Rubio no es el único ex policía que escribe: otro oficial, egresado de la Academia de la Policía Federal Preventiva publicó, bajo el seudónimo de Tomás Borges, un libro memorioso y ensayístico, Maquiavelo para narcos (2008). Borges dio datos para la escritura de otro libro: García Luna, el señor de la muerte, (2020), de Francisco Cruz.

Dos

La aparición, en 2006, de Pasito Tun tun, coctel de crueldad y humor negro, fue una mojonera en la literatura mexicana. Era una novela negra escrita por un hombre que conocía, por sus labores desempeñadas a lo largo de muchos años, el mundo criminal desde sus entrañas. Cierto que Dashiell Hammett había sido detective y sabía de lo que hablaba, pero el caso más próximo al de Guillermo me parece el del novelista francés José Giovanni, quien se desempeñó algún tiempo como policía, delincuente y acabó convertido en un exitoso novelista y director de cine. En lengua española lo difundió Ricardo Piglia desde Buenos Aires, en la Editorial Tiempo Contemporáneo.

Pasito tun tun parte del asesinato de José Francisco Ruiz Massieu (aquí Juan Félix Rueda Madrigal) y alude tangencialmente al crimen de Luis Donaldo Colosio (León Daniel Corona). De los originales, Rubio suele conservar las iniciales en los nombres de sus personajes de ficción.

Aunque no se entregan pruebas ni nombres reales, el autor intelectual del asesinato de Ruiz Massieu es Raúl Salinas de Gortari (Román Santiago Gawiz), hermano del entonces presidente, Carlos. El crimen no resultó como se esperaba porque Román hace el encargo a un político que, para quedarse con la paga, contrata a un matón sin experiencia. A esto hay que agregar que el azar jugó su parte: el homicida en fuga se topó accidentalmente con un policía de crucero que lo aprehendió.

Toda la novela será entonces la persecución del político que falló en su encomienda, porque no debía haber testigos.

Aparece un matón de verdad, Canuto Corella Bowie, alias el Yaqui, comandante de la Policía Judicial Federal. Él reina en un mundo de diabolismo, crueldad y sadismo: asesina a diestra y siniestra, tiene relaciones sexuales con su madre, con un transexual, practica la sodomía y, mientras prepara licuados con peyote, coñac y el corazón de sus enemigos, tararea o silva la tonada de “Pasito tun tun”, canción que sirvió de fondo en varias películas mexicanas humorísticas colmadas de mujeres en traje de baño: La risa en vacaciones. Hace años yo pensé que el uso de esta canción servía de contrapunto a la crueldad y al duelo de un sepelio —en la novela entierran a un narco con esta canción—, pero el autor ha dicho que eso fue un episodio real: en Toluca, cuatro árabes que conocía pidieron que uno de ellos fuera llevado al cementerio, e inhumado, con “Pasito tun tun” como música de fondo, tal como sucede en la novela.

Esta obra empieza en la Ciudad de México y luego se convierte en una novela de aventuras por la costa del Pacífico mexicano y llega a Estados Unidos, porque los políticos, lo mismo que los traficantes, tienen residencias, yates, casas en la playa y propiedades en Estados Unidos.

Aquí están los episodios que hemos visto sobradamente en la realidad: cuando asesinan al compadre del Yaqui, le dan tantos tiros que lo dejan sin carne. Como el matón debía entregar el cadáver a la viuda, ordena que compren un cuerpo en el Servicio Médico Forense para que completen el de su compadre. Pero al enviado le da flojera ir al depósito de cadáveres y asesina a un lechero que tenía la talla del muerto.

El cinismo y la furia del Yaqui se enfatizan con sus pensamientos, mismos que aparecen como epígrafes en los distintos capítulos de esta novela que Rubio lanzó sin mayores ambiciones cultitas: “sería una novelíta entretenida, digna cuando menos de estar en el baño, lugar donde son leídos los libros o revistas”[1] .

El Sinaloa (2012), su segunda novela, es importante para Rubio porque siente que por fin ha tenido, como los novilleros, la alternativa. Para los lectores significa una arista más del mundo de sevicia que ya le es propio y le ha dado un lugar en la literatura mexicana. Dicho de otra manera, Rubio es un escritor típico del momento que nos ha tocado vivir. En nuestros días en que se habla de neopolicial y novela del narco, no estaría mal incorporar la expresión colombiana sicariato, no para etiquetar, sino para describir un tipo de narrativa centrada en las terribles actividades con que nos desayunamos todos los días. El padre de Isaac Bashevis Singer le reprochaba a su hijo que leyese el periódico todas las mañanas, porque sentía que el futuro gran escritor desayunaba un vaso de veneno. Algo semejante nos pasa a nosotros, toda proporción guardada, con las muestras de crueldad que Rubio ha decantado en sus novelas.

El Sinaloa basa su argumento en el encargo de un asesinato, hecho que luego se complica y adereza con múltiples incidentes que nos recuerdan la novela de aventuras tipo Emilio Salgari, en donde cada episodio tiene un valor en sí mismo, más allá de la línea dominante del argumento. Entrar en las páginas de este libro es como si fuéramos invitados a ver las mansiones de los narcos, a mirar sus carreras de caballos y sus peleas de gallos. Como si metiéramos la cabeza a los clósets para mirar su ropa, sus botas, sus alhajas, sus maletas llenas de dólares, sus armas de fuego y escuchásemos sus conversaciones en donde hablan de comilonas, fiestas y múltiples amantes. Pese a todo esto, su mundo es sombrío y sórdido.

El Sinaloa es una novela iluminadora porque muestra que la convivencia de políticos, empresarios, policías, militares y narcos no puede generar más que corrupción. No hay solución posible porque la autoridad, que detiene o decomisa, queda atrapada en la misma telaraña. De este modo tenemos a alguien más dentro de la corrupción y la clandestinidad, pero también de la opulencia de la que ya no puede ni quiere salir; queda atrapado en la telaraña pegajosa del crimen que tiene el olor de los billetes verdes.

Una espesa nata se cierne sobre todos los personajes: la traición. De aquí se desprende un hecho: nadie sale del negocio si no es con los pies por delante. Y el ejemplo es el personaje central de la novela. Quiso huir para vivir como un tranquilo padre de familia, pero acabó cumpliendo lo que José Revueltas llamó realismo dialéctico. El Sinaloa saca de trabajar a una joven colombiana, empleada de una casa de citas —como Lucrecia con el Muñeco, en Los errores, de José Revueltas— y se va con ella a Sudamérica, hasta donde lo alcanza el brazo del crimen organizado como sugiere el final abierto de la obra.

A mi juicio, son dos los valores de la novela y de la obra toda de Rubio: la vívida recreación del mundo de policías y narcotraficantes, y la caracterización del habla de esos personajes, que es violenta y escatológica y ofrece una aproximación a ese grupo terrible que tiene de cabeza a nuestro atribulado país.

Visitando al diablo (Universidad Autónoma de Puebla, 2014) es una delirante fantasía autobiográfica porque el autor se imagina paseando a su perro y después sentado en un restaurante chino de la calle de Dolores. Aparece un ex colega que le dice que el Jefe de Jefes, Arturo Beltrán Leyva, lo quiere ver. Rubio narrador argumenta que ya tiene 60 años y está retirado, viviendo con privaciones porque ni muerto recibirá una beca del Conaculta. Lo llevan a una mansión en la que Heriberto Lazcano, el Lazca, Dámaso López, el Licenciado, Nacho Coronel y Juan José Esparragoza Moreno, el Azul, departen con el Jefe de Jefes. Saben que Rubio se hizo escritor y, además de recibir ejemplares autografiados de Pasito tun tun, celebran con carcajadas un artículo donde el escritor le sugirió al presidente Felipe Calderón poner a los narcos en las diferentes secretarías de estado: al Chapo lo pondría en Salud, al Mayo en Economía y así por el estilo, como cuando Tony Camargo, en su canción “El partido por la mitad”, sugería carteras en el gobierno para Tongolele, María Victoria y Agustín Lara.

Inhalan cocaína y beben tequila como locos cuando entra una llamada que los interrumpe: es el presidente —la historia transcurre en diciembre de 2009— que le dice al Jefe de Jefes que no puede detener la extradición a Estados Unidos de su hermano Alfredo Beltrán Leyva, el Mochomo. Arturo le echa en cara a Felipe Calderón Hinojosa que ellos han cumplido limpiándole de mafiosos el país y él los está traicionando, pero las cosas no van a quedar así. Tienen detenida a Elba Esther Gordillo y a Genaro García Luna (Jermán Sol, quien “venía del Cisen”) y los van a echar a un tigre que tienen hambriento y enjaulado. Secuestrarán diario a un panista si el Mochomo es extraditado. Originalmente, esta novela se llamaría Yo traiciono, tú traicionas, porque se juntan personajes que se han puesto zancadillas y después se abrazan.

Abren la jaula y meten en ella a una secretaria de Elba Esther, e irrumpe el humor macabro porque llegan técnicos a filmar la masacre para subirla a la red. Cuando la fiera desgarra a la mujer, brotan bolsas de silicón de senos, muslos y nalgas.

Rubio sale de la mansión con una maleta llena de euros y dólares que los malosos le regalan para que pueda seguir escribiendo y termine sus días sin sobresaltos económicos.

A Rubio se le va haciendo recurrente el sueño de que los narcotraficantes lo hacen millonario para que viva bien y siga escribiendo. En Una noche de suerte (2016), el autor hace una novela negra que es, nuevamente, una novela de aventuras. Imagina que lo secuestran, no para soltarlo hasta que vacíen su tarjeta de débito, sino para que pague su ingreso y consumo en Todos Felices, un búnker al que llegan alcohólicos y drogadictos a consumir como locos y a dar rienda suelta a sus preferencias sexuales. Tiene representantes de la Procuraduría General de la República, la Policía Federal Preventiva, la Secretaría de Salubridad y Asistencia y la DEA. Es una especie de Oceánica para reventados.

Esta loca utopía funciona para que los adictos, alcohólicos y maniáticos sexuales se harten y no causen problemas a los demás.

En el interior, como en cualquier plaza comercial o universidad privada que se respete, hay sucursales de los mejores restaurantes y cafeterías de México.

Todos felices está patrocinado por el Estado y otros accionistas que resultan ser ex policías y narco traficantes porque, como allí también hacen filmaciones sexuales y sadomasoquistas para vender, sus ex compañeros reconocen a Rubio y le encomiendan recoger, en el aeropuerto de Toluca, al principal operador financiero del Chapo Guzmán [2]. Y aquí arranca la novela de aventuras porque Rubio narrador recoge al administrador y empieza una huida desaforada. Huyen porque sus perseguidores pueden ser policías o mafiosos, que para el caso son lo mismo. Y Rubio conocerá, en valle de Bravo, una de las casas del Chapo llena de albercas, bares, puertas de caja fuerte, sótanos, elevadores, tiendas de ropa, tabaquerías, relojerías, drogas de todo tipo y mujeres hermosas. Para quien logra entrar en este sancta sanctorum, todos los consumos y objetos son gratuitos. Este curioso detective maloso desdeña a las ninfas que se le ofrecían en la casa y prefiere a la cocinera del Chapo; con ella emprende un desenfrenado viaje sexual. Este episodio sacado de Naranja mecánica o de Un mundo feliz sirve para que Rubio conozca y conviva con el mismísimo Chapo Guzmán.

El  autor  narrador, que monologa y hace guiños al lector, lleva al contador de Valle de Bravo a Santa Fe —Ciudad Gótica, le llama— y de aquí sale a bordo de un coche europeo que le regalan, lleno de maletas con dólares.

Tres

Por razones que no vienen a cuento, tuve la oportunidad de leer dos libros inéditos de Rubio y me parece que ellos superan en crueldad y sadismo todo lo que había publicado antes. Sin piedad y La acción causa reacción son dos novelas cortas protagonizadas por un ex policía federal de Tepito, Rafael Gamboa; estas dos aventuras bien podrían ser partes de una misma novela.

Ante la incapacidad de la policía oficial, que no quiere o no puede resolver el secuestro de un junior, le encargan el caso a Gamboa quien, aprovechando los nexos que tiene con militares y agentes, usando los carísimos y complicados dispositivos que sólo ellos tienen, identifica a los secuestradores. Está a punto de salvar a Pascual García Naranjo, pero el padre comete el error de pagar el rescate con el previsible resultado.

En la segunda historia Gamboa, mercenario y justiciero, se encargará de ejecutar la venganza del padre empresario, quien le ofrece pagar por la muerte de cada uno de los familiares de los secuestradores de su hijo. Gamboa toma el asunto al pie de la letra y hace una escabechina que sólo puede soportar un lector con el estómago fuerte. Niños, padres, esposas, hermanas y suegras son asesinadas con bárbara crueldad. Gamboa arrebata joyas, autos, escrituras de casas y terrenos, y no perdona aunque haya barrido con cuantos bienes habían acumulado los humildes sirvientes que, antaño, escucharon a sus patrones hablar de la facilidad con que los habían secuestrado. Y aquí se cumple una de las premisas de Rubio: en lo secuestros casi siempre tienen que ver los trabajadores y sirvientes.

Al final de la historia, el empresario se horroriza con lo que hizo Gamboa; incluso tiene miedo cuando lo recibe para pagarle… pero días después lo llama para encargarle otro trabajo.

Espartaco explora otra arista del mundo criminal: el secuestro de migrantes mexicanos y centroamericanos que, buscando llegar a Estados Unidos, pasan toda clase de penalidades ocultos en camiones y tráileres. En esta novela, un grupo de hondureños es capturado por un grupo de zetas que los secuestra y los hace pasto de crueldades sin cuento. A las mujeres las violan y a los hombres los hacen desmembrar cadáveres para hervirlos y después enterrar los huesos o disolverlos en ácido. Pero antes de morir organizan peleas a muerte como si fueran gladiadores romanos. Hacen una especie de coliseo, con gradas improvisadas, y dotan de trancas a los contrincantes. Graban esos terribles torneos y los transmiten en vivo. Toda la crueldad que los mismos combatientes no saben que habita su interior, sale a flote en esta especie de confirmación de la ley de la selva. Se golpean con puños y palos, se patean y se arrancan las orejas. En este sanguinario espectáculo destaca el pescador hondureño Ranulfo Mojica, apodado el Chile largo quien, agarrándose a la vida con todos sus dientes, resulta triunfador en el brutal torneo; de aquí obtiene su sobrenombre, Espartaco, como el gladiador griego. Toda la fuerza y la brutalidad de que fue poseído le sirvieron para asesinar incluso a su primo con quien venía desde Honduras. Cortó dedos y manos, ahorcó, decapitó… Incluso el gran pene que tenía le sirvió para dejar ciegos a sus enemigos y complacer a uno de los técnicos que hacían las snuff movies. Su crueldad y la fama ganada en sus filmaciones lo convierten en zeta y aquí da rienda suelta a la perversidad que descubre en su interior. Secuestra, asesina, vende protección, trafica migrantes, cobra derecho de piso y de paso, entra en las redes de prostitución, vende órganos humanos, traiciona, trabaja en la burocracia del grupo criminal, organiza duelos a muerte entre sus víctimas, corta testículos, entra a las prisiones para sacar a quien quiere…

Y escribe, escribe un diario en donde cuenta cómo se siente poseído por un demonio, habla con él y también con un ángel. Estos diálogos con el ángel y con el demonio Zepar podrían parecer producto de su ingesta de alcohol y cocaína, pero Rubio insiste en llevar este recurso a un terreno parecido a lo diabólico fantástico porque, después de asesinar al zeta que lo capturó, y a toda su familia, regresa a su tierra, Puerto Castilla, Honduras, y entrega al diablo al sacerdote de su pueblo.

Si Diego Enrique Osorno ha dicho que el periodismo infrarrealista, basado en anécdotas y hechos elocuentes, sirve para hacer pensar a sus lectores, Rubio consigue con creces estos fines porque en lo que narra siempre hay guiños a la realidad y también contiene elementos informativos o ensayísticos, como la breve historia de los zetas que hace en Espartaco, su más reciente novela.

Vicente Francisco Torres. Ensayista y narrador.
Profesor-investigador en la Universidad Autónoma Metropolitana (Azcapotzalco).

Fuentes de consulta

BORGES, Tomás, Maquiavelo para narcos, México, Editorial Planeta, 2008.

CRUZ, Francisco, Genaro García Luna, el señor de la muerte, México, Editorial Planeta, 2020.

RUBIO, Guillermo, Pasito tun tun, México, Tiempo Extra Editores, 2006.

—Visitando al diablo, México, Universidad Autónoma de Puebla, 2014.

—Una noche de suerte, México, Universidad Autónoma de Puebla, 2016.

—Sin piedad, La acción causa reacción y Espartaco, inéditas.

NOTAS AL PIE

[1] Guillermo Rubio, Pasito tun tun, México, Tiempo Extra Editores, 2006, p.6.

[2] “Mira, soy el contador principal del Chapo, conozco hasta donde está el último peso, dólar, euro, kilo o tonelada que se mueve. De su organización, los diseños de contabilidad son míos. Hay negocios que el Chapo sabe que existen pero no los conoce físicamente; es más, yo tampoco…” Guillermo Rubio, Una noche de suerte, México, Universidad Autónoma de Puebla (Asteriscos), 2016, p. 115.

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