Fotograma de Kids (1995), película de Larry Clark.

Clark y la envidiable adolescencia

Veinticinco años de «Kids / Vidas perdidas».

La película Kids cumple 25 años. El debut cinematográfico del fotógrafo Larry Clark era una desoladora, pesimista y privilegiada (por su cercanía) visión de la sociedad a través de diversos adolescentes que disfrutan de un día en Nueva York bebiendo, fumando, drogándose, practicando sexo bareback, robando y peleando. Para los alarmistas culturales de la era Clinton de la década de los noventa, el filme fue polémico debido (sobre todo) a la falta de moralismos con respecto al sexo, la violencia y las drogas. Mucho tuvo que ver el guión de un jovencísimo Harmony Korine (22 años), que puso al Sida planeando sobre estos personajes hedonistas que viven al margen del bien y el mal, y retratados con una crudeza y un realismo casi documental. Al igual que con su libro de fotografías Tulsa (que muestra a jóvenes de su ciudad natal armados, pinchándose o teniendo sexo), Larry Clark intentaba mostrar con esta contundente cinta el lado oculto del sueño americano encarnado en una juventud rota. Desde luego, las reacciones virulentas sólo reforzaron su importancia y reafirmaron aún más lo especial que era el filme. Recuperamos este análisis del maestro Jorge Ayala Blanco —decano de la crítica cinematográfica—, en el 25 aniversario de la (controvertida) película.


Kids-Vidas perdidas (Kids),
película estadounidense de Larry Clark,
con Leo Fitzpatrick, Justin Pierce, Chloe Sevigny (1995)

Kids o los chicos de arriba. Deambulaciones callejeras muy precisas, en busca del sexo y sin término, que pasan de lo grotesco a la violencia innombrable, ronda de autodestructiva/destructiva monstruosidad sidosa que se ignora, noche de frenesí enervado y desespero insondable de un puñado de pululantes chavos de ambos sexos, noche transfigurada sin nunca haberse configurado en su brutal desfiguro esencial. Con producción independiente regida entre otros por Gus Mi camino de sueños Van Sant y guión de Harmony Korine sobre un argumento elaborado por el realizador en colaboración con sus pequeños actores principales, la opera prima archineoyorquina del excamarógrafo ya muy madurón pero con mente mimetizada adolescente Larry Clark (n. en Tulsa en 1943) es una severa crónica sicosocial sin concesiones ni a maquillajes ni a glamourizaciones hollywoodenses que desemboca ahora si en A Hard Day’s Night (Lester 64) pero cuán inimaginablemente ruda y descompuesta, una cinta de culto instantáneo para la chaviza suprasubdesarrollada deseosa de identificarse/añorar/vivir catárticamente la cotidiana noche de Walpurgis y la depresión de cualesquiera chicos que vivan arriba, un retrato shocking en frío de los indiferenciados adolescentes de los 90s que a nadie deja indiferente, un émulo de La vida en el abismo (Boyle 96) con habitantes vertiginosos de una sorda Liliput, un subproducto de El odio (Kassovitz 95) que no alcanzó para resentimientos de clase, un Clockers (Lee 95) sin traficantes victimables ni aspiraciones redentoras del neothriller urbano, una toma de temperatura al desencanto de los chavos del aquí y ahora (envidiable adolescencia de Gombrowicz!) con feroces desplantes y urgencias adultas que hacen empalidecer a los adultos.

Kids o la adicción al sexo. Desatado, falsamente tierno y vagando sin cesar con su lentón amigo inseparable Casper (Justin Pierce) por el barrio neoyorquino en torno a la calle 78 donde vive el larguiducho chavo apenas dieciseisañero Telly (Leo Fitzpatrick) no parece tener otro obsedente proyecto de vida desechable pero verbalizada que desvirgar a cuanta jovencita se le antoja, por ello ha iniciado su jornada tirándose a una rubita anónima (Sarah Henderson) y quiere terminar su día de locura tomando el virgo de la linda hermanita treceañera de un compañero llamada Darcy (Yakira Peguero), para lo cual se prepara inhalando droga en el depto-de-arriba del cuate negro exhibicionista Harold (Harold Hunter), conectando mota en el parque para quemarla colectivamente, hostilizando homosexuales cariñosos que pasan tomados de la manita, mediomatando a patadas tan gratuita como montoneramente a un tipo negroide que ha respondido a sus bravatas, metiéndose clandestinamente a nadar con sus camaradas en la solitaria piscina de un club privado, evitando caer por la noche a la habitual discotheque atestada a la que apodan la NASA y cumpliendo religiosamente su culminante labor de seducción entre chavos entregados a una ácida orgía sórdida dentro de la alcoba paterna del depto super de otro cuate, todo ello sin saber que una de tantas rubiales quinceañeras naconas que ha desvirgado, de nombre Jennie (Chloe Sevigny), por andar acompañando a hacerse pruebas antiSIDA a su amiga morena Ruby (Rosario Dawson), se ha enterado de su condición de seropositiva a consecuencia de su relación única con Telly y se ha pasado todo arduo día noqueada por la noticia, buscando a su seductor/vehículo de contagio, consolada hasta por un taxista con actitudes nihilistas (Joseph Knofelmacher), tronada en la disco, metiéndose pastas a lo bestia y acabando su día violada sin apenas darse cuenta por un Casper que abusa de su radical seminconsciencia. Sexoadicción, adicción al puro/bienoliente/intocado sexo ajeno y sus consecuencias, adicto a la desvirgación. Quizá sólo porque la mejor droga sigue siendo el sexo, aunque después de meterse cualquier cantidad de estupefacientes debe de hacerse un esfuerzo colosal para reconocer con quién se está copulando o simplemente despertar como Jennie durante su cogida de alto riesgo.

Kids o la estructura paralela. Atropellante operación de síntesis que resume todo el hoy ingenuo Gazapo de Sainz en la secuencia de arranque. Eternizados besotes moluscos que parecen querer comerse al mundo, planos fijos moderadamente abiertos, cámara vertiginosa de cine-reportaje. Forma sin forma, prodigio de libertad y frescura, espontaneidad equivalente a playera guanga/mochilita a la espalda/cachucha beisbolera al revés. Cínico paralelismo por montaje entre la plática desmadrosa de los chavos alardeando sus prepotencias sexuales y las chavas ostentando aparte sus gustos en marranadas genitales. Paralelismo además entre la seducción de la mañana y la de la noche. Paralelismo por alternancia secuencial entre la velada de Telly habilidoso y Jennie trastornada buscándolo en su descenso a los infiernos (disco, depto-paisaje después de la batalla). Paralelismo entre un enfático patetismo de parias (acordeonista ciego en la acera, nena solitaria con muñequita en una entrada, limosnero sin piernas en el metro, náufrago tirado en la banqueta madrugadora) y el desamparo fundamental/crucial/insalvable de los chavos. Paralelismos múltiples, paralelismos en serie y en batería, paralelismos sobre paralelismos. La estructura paralela de Clark hace detonar inagotables contrastes y paradojas citadinas.

Kids o la búsqueda del absoluto. Cero juicio moral, aunque el problema del SIDA y su contagio se plantean como cuestiones de ética individual y comunitaria. Seductor/transmisor sí, infectado infectador infecto jamás: sólo un minipersonaje sadiano que acomete su búsqueda degradada de valores de inocencia y pureza prístinas en un mundo intrínsecamente degradado. Devaluando y anacronizando cualquier tradicional/clásica/actualizada figura de Don Juan treintón o incluso veinteañero, en ningún momento se enfoca ni aduce al héroe como un degenerado, ni un perverso, ni un libertino de opereta vienesa, ni un casanova afectado de mórbido narcisismo, ni un desahuciado moral. Telly tiene su retorcida filosofía y la recita a la menor provocación (“No están fofas, no apestan, jamás harán eso así con nadie, lo recordarán toda su vida y lo platicarán a sus nietos a los 50 años, dejan oliendo a caramelo”) para perfeccionarla retorciéndola aún más (“Cuando eres joven sólo te queda la imaginación”), en voz off o recitada a su Leporello vuelto Casper el fantasma amistoso, tanto en el prólogo, para despertar apetitos, como en el epílogo, para extenderlos al infinito. Inicio de epopeya exaltada, desarrollo de ominoso delirio, final de tragedia subterránea con nuevo amanecer tipo La dulce vida (Fellini 60). Seducción peor que violación moral, intoxicación de lucidez. Suprema aristocracia virtual del dandismo, armonización de lo múltiple: ¿Será el seductor el propio falo?, ¿El dominio provisional, la potencia periódica?, ¿el gasto inútil?, preguntaba Kristeva en sus Historias de amor. En el mundo neobolzaciano en descomposición de las ilusiones perdidas sólo vuelve a tener sentido la búsqueda del absoluto, en una sublevante ausencia de toda culpa.

Texto tomado del libro El cine, juego de estructuras, publicado por el Conaculta en su colección Periodismo Cultural. Lo reproducimos aquí con la autorización de su autor.

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