El escritor Roald Dahl. / Foto: página web oficial.

Roald Dahl, 30 años después

Un narrador británico perdurable.

Roald Dahl fue espía, piloto de combate, historiador del chocolate e inventor médico. También fue el autor de libros como Mi tío Oswald, El gran cambiazo, Historias extraordinarias, Relatos de lo inesperado, Charlie y la fábrica de chocolate, Matilda, el poemario ilustrado Puchero de rimas y muchas más historias geniales. Dahl era uno de esos autores capaz de desorientar a cualquiera: el hombre poseía la fórmula para enternecer a niños de todo el mundo y, al mismo tiempo, podía escribir novelas de tipo erótico. Hace tres décadas, el 23 de noviembre de 1990, fallecía este novelista, cuentista, poeta y guionista británico. Dejamos estas líneas para recordarlo.


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Hace tres décadas, el 23 de noviembre de 1990, moría el fabulador británico Roald Dahl, autor de numerosas historias (sobre todo) infantiles, si bien dejó también bastantes relatos para adultos. Falleció a los 74 años de edad en el país que lo viera nacer el 13 de septiembre de 1916 en Llandaff, Cardiff, Reino Unido.

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Matilda es una niña que no se sabe muy bien de dónde ha salido, pero ante la indiferencia de sus padres ha tenido que llevar una vida propia, independiente, al margen de las costumbres familiares. Aprendió a leer desde los cuatro años de edad y sola se dirigía a la biblioteca para literalmente devorar cuanta lectura le cayera en sus manos. A diferencia de la tradición casera, Matilda (el libro fue editado en 1988) no veía la televisión porque encontraba en la literatura el medio idóneo para satisfacer sus necesidades culturales.

El bello cuento de Roald Dahl fue llevado a la pantalla cinematográfica, en 1996, por Danny de Vito, quien supo plasmar en esas imágenes dahlneanas una hermosa película infantil. Luego se estrenarían otras dos cintas, en remakes de inspirado aliento, basadas en las narraciones del escritor británico: James y el durazno gigante (publicada en 1961), dirigida en 1996 por Henry Selick, y Charlie y la fábrica de chocolate (escrita en 1964), filmada por Tim Burton en 2005. Y una más completamente nueva de Steven Spielberg, en 2016, por otro libro de Dahl: Mi amigo el gigante, editado en 1982, sin olvidar, por supuesto, que la cinta Gremlins, de Joe Dante estrenada en 1984 con producción también de Spielberg, se inspiró en el libro del mismo nombre que Dahl había publicado cuatro décadas atrás, en 1943, ¡cuando contaba con sólo 27 años de edad!

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Si bien Roald Dahl es conocido mundialmente como escritor de historias para niños (y las películas referidas son buenos ejemplos de su talento), no por ello deja de ser reconocida, asimismo, su propuesta narrativa en un contexto más amplio. Su libro Mi tío Oswald (editado en Londres por Michael Joseph Ltd en 1979, traducido al castellano por Enrique Hegewicz en España para la barcelonesa Anagrama en 1983) cuenta las peripecias de un “millonario, esteta, bon vivant y en especial un Don Juan infatigable, cuya vida amatoria deja en pañales a la del mismísimo Casanova”.

El tío de Dahl, Oswald, empieza a amasar su fabulosa fortuna desde muy joven: “Con polvo de escarabajo sudanés inventa unas píldoras de extraordinarias virtudes afrodisiacas. Luego, en asociación con un sabio desconocido que ha descubierto un revolucionario procedimiento de conservación, funda un banco de esperma (¡en 1919!) y en compañía de la excitante Yasmin parten en busca de genios y celebridades de la época, cuyo semen congelado será adquirido a precio de oro por acaudaladas clientas ansiosas de tener retoños con pedigree. En este particular safari —se lee en la contraportada— las aventuras picarescas, a veces escabrosas, otras delirantes, se suceden a un ritmo trepidante. Yasmin, armada con las infalibles píldoras, seduce a Stravinsky, Renoir, Picasso, Nijinski, Joyce, Freud, Einstein, Conan Doyle, Proust… y a una apreciable colección de testas coronadas”.

Sin embargo, Yasmin no pudo con Albert Einstein.

—Los cerebrales se detienen y piensan —dijo Yasmin a Oswald, el tío de Dahl—. Tratan de averiguar qué diablos está ocurriéndoles y por qué les ocurre. En cambio los artistas no se preocupan de eso y, simplemente, se zambullen directamente en la lujuria.

—¿Cuál ha sido la reacción de Einstein? —le pregunta Oswald.

—No podía creerlo —dijo Yasmin—. De hecho, se ha olido que había truco. Es el primero de todos ellos que ha sospechado que le habíamos hecho alguna trampa. Esto demuestra lo inteligente que es.

—¿Qué te ha dicho?

—Se ha quedado muy quieto y, mirándome desde debajo de esas cejas tan pobladas que tiene, me ha dicho: “Fräulein, aquí hay gato encerrado. Esta no es mi reacción normal cuando recibo la visita de una joven guapa”.

Los efectos del escarabajo desquiciaron a Einstein, mas se sobrepuso.

“Yo me había tendido en el sofá —dijo Yasmin a Oswald— adoptando una actitud seductora y esperaba que él se decidiera a actuar, pero no, Oswald, no había modo. Durante cinco minutos enteros sus procesos investigadores han bloqueado totalmente sus deseos carnales o como quieras llamarlos. Casi podía oír el zumbido de sus sesos mientras trataba de entender lo que le pasaba”.

La novela, de corte erótico, retrata a su vez las composturas, miedos, fobias y deleites del mundillo intelectual.

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Pero Dahl no se quedó ahí. Cinco años antes de ésta que fue su primera novela (My uncle Oswald), escribió un libro de cuatro cuentos intitulado Switch bitch, en 1974, que fue también traducido por Anagrama en 1981 por Jordi Beltrán, mas con un título modificado: El gran cambiazo, mismo que fuera galardonado en su momento con el Grands Prix de I’Humeur Noir. Y, ciertamente, Dahl posee un fino humor negro —como el de su connacional Tom Sharpe (nacido en Londres en 1928 y fallecido en España a los 85 años de edad en 2013), ese hilarante creador de Wilt—, que fortifica las visiones libertarias del hombre enriquecido espiritualmente (¿no hay humor negro más bello y alimentador y estimulante que observar a la pequeña Matilda del filme cómo asusta a la represora directora de su colegio por medio del arte mental dominador de los objetos?).

Roald Dahl, para la editorial Anagrama, es un escritor que “pone en  evidencia las fisuras de la normalidad… Con sus relatos crea ácidas parábolas sobre la fragilidad del amor, la fatuidad del eterno masculino y la tenebrosa incertidumbre de la existencia”.

En la película Matilda se aprecia el lento proceso del aprendizaje de la integración a la vida mediante el derrumbamiento de la injusticia, esa nefasta particularidad que hace selectivos a los hombres. Matilda, mediante la inventiva de Dahl, se va sacudiendo las distintas etapas autoritarias de su vida gracias a su inteligencia formada rigurosamente por los libros. Dahl, en su libro, proclama vítores a la ilustración: es una templada fábula contra la represión.

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Portada del libro Boy, relatos de infancia.

Su libro Boy, relatos de infancia (Alfaguara, traducción de Salustiano Masó), editado  originalmente en 1984, seis años antes de su fallecimiento, no es, como se podría suponer, una autobiografía, según confiesa el propio Dahl en el breve prólogo, porque él nunca escribiría una historia de sí mismo: “Durante mis días mozos en la escuela y nada más salir de ella me sucedieron unas cuantas cosas que jamás he olvidado. Ninguna de estas cosas es importante, pero todas causaron en mí una impresión tan viva que ya nunca he sido capaz de quitármelas de la cabeza”.

Dice Dahl que no ha tenido que esforzarse mucho por recordarlas: “Algunas son divertidas. Otras son lastimosas. Las hay desagradables. Supongo que a ello se debe el haberlas evocado siempre tan a lo vivo. Todas son verdad”.

Está claro que, para Dahl, los sucesos de la infancia no conforman, en definitiva, la biografía de los hombres sino, quizás, apenas el esbozo de una vida por vivirse. Y con ese mismo desenfado que le era tan propio para narrar sutilmente las cosas más gravosas, el libro transcurre con impecable fluidez, tal como si fuera un viejo álbum de fotos, cuyas 90 ilustraciones incluidas, entre gráficas y dibujos, ayudan a mantener grata la lectura.

Dice Dahl que su padre, de ascendencia noruega, “sustentaba una curiosa teoría en cuanto al modo de desarrollar el sentido de la belleza en las mentes de sus hijos. Cada vez que mi madre se quedaba embarazada, esperaba hasta los tres últimos meses de embarazo y entonces le anunciaba que debían comenzar los ‘paseos esplendorosos’. Estos paseos esplendorosos consistían en llevarla a sitios de gran belleza de paisaje y pasear con ella por espacio de más o menos una hora cada día a fin de que absorbiese el esplendor del entorno. Su teoría era que si los ojos de una mujer encinta observaban constantemente la hermosura de la naturaleza, esta hermosura se transmitiría de alguna manera a la mente del hijo por nacer, y éste sería luego un amante de las cosas bellas”.

Pero cuando Astri, la hija mayor de los Dahl, murió de apendicitis a los siete años (la misma edad que tenía Olivia, la hija mayor de Roald, cuando falleció debido al sarampión 42 años después), se llevó consigo también a su progenitor: “Astri era con mucho la predilecta de mi padre —cuenta Roald—. La adoraba más allá de toda medida, y su muerte inopinada le dejó literalmente sin habla durante días y días. Tan abrumado estaba por la pena que cuando él mismo cayó con pulmonía al cabo de aproximadamente un mes no parecía importarle gran cosa vivir o morirse”.

El paciente tenía que luchar por sobrevivir, ya que en aquella época no se contaba aún con la penicilina. “Mi padre se negó a luchar —narra Dahl—. Pensaba, estoy seguro, en su hija querida, y deseaba reunirse con ella en el cielo. Así que se murió. Tenía 57 años”. La madre, en un lapso de pocas semanas, se había quedado sin esposo y sin una hija. “Dios sabe lo que debió de ser el sufrir una doble catástrofe como ésa. Tenía cinco hijos que atender, tres de ellos propios y dos de la primera esposa de su marido, y para complicar aún más las cosas esperaba otra criatura que había de nacer dentro de dos meses”.

Sin embargo, la joven mujer decidió quedarse en Inglaterra (y no retornar a su Noruega, donde sus padres la esperaban deseosos de ayudarla) porque le resonaban en un eco profundo las palabras de su marido: “Las escuelas inglesas son las mejores del mundo”.

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El libro, si hacemos a un lado el capítulo dedicado a sus padres, que sirve de preámbulo para abrir lo que a Dahl realmente le interesa contar, narra sus años estudiantiles, desde el parvulario hasta la etapa universitaria, desde los seis hasta los veinte años de su edad. Las anécdotas son hermosas. Acompañadas lo mismo de un recalcitrante humor que de una inmensa ternura, las vivencias de Dahl son un cuento efectivamente de hadas urbanas.

En la primaria, un condiscípulo suyo, llamado Thwaites, le decía que no se comiera los cordones de regaliz, un suculento dulce, porque estaban hechos de sangre de ratas. Así lo decía el médico Thwaites a su hijo durante una conferencia sobre dicho dulce al sorprenderlo comiendo uno en la cama: “Los cazadores de ratas llevan sus ratas a la Fábrica de Cordones de Regaliz, y el gerente les paga dos peniques por pieza. Muchos cazadores de rata se han hecho millonarios vendiendo sus ratas muertas a la fábrica”.

A los que se comen muchos cordones de regaliz se les ponen los dientes muy afilados y puntiagudos, y les crece una cola corta y mocha. Y la ratitis no tiene cura, sentenciaba el médico para disuadir a su hijo de la glotonería. A todos los niños les divertía la historia del  doctor Thwaites, pero, a excepción del hijo del médico, ningún otro niño se privó de comprar su dote generosa de cordones de regaliz. Tampoco el pobre Thwaites se comía los rascagaznates porque, según otra vez su padre, los rascagaznates estaban saturados de cloroformo. “Si mi padre tiene que serrarle a alguien una pierna —decía el hijo del médico—, vierte cloroformo en una almohadilla y la persona lo aspira y se queda dormida y mi padre le sierra la pierna sin que lo sienta siquiera”.

Pero, preguntaban los niños a su compañerito Thwaites, interesados en la historia pero sin dejar de comer sus rascagaznates, ¿por qué vierten el cloroformo en los caramelos y nos los venden? Ustedes han de suponer, dice Dahl, que una pregunta como ésta desconcertaría a Thwaites, pero Thwaites no se dejaba desconcertar jamás:

—Dice mi padre que los rascagaznates los inventaron para dárselos a presos peligrosos que están en la cárcel —decía el niño—. Les dan uno con cada comida y el cloroformo los adormece e impide que se amotinen.

Roald Dahl. Ilustración de Quentin Blake.

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Dahl no fue feliz en las escuelas. Sufrió diversas y variadas represalias, que iban desde la tortura física (a veces, debido a los golpes de castigo, lo herían de gravedad) hasta los remordimientos morales. No en balde Dahl escribió ese maravilloso cuento Matilda, una diatriba mordaz contra la —acaso aún superviviente, mas por el momento confinada al silencio debido a esta espantosa epidemia mundial— tiranía escolar.

Por cierto: en estos días fue estrenada Las brujas, adaptación del libro infantil de Roald Dahl. Se trata de una nueva versión —en 1990 el director Nicolas Roeg filmó La maldición de las brujas— en la que la actriz Anne Hathaway se mete en la piel de la Gran Bruja. Como se puede leer en las notas de producción oficiales del filme, Robert Zemeckis, su director, tenía ganas de reinventar la novela por su “historia diabólica” y también por su carácter subversivo.

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