El virus de la estupidez

“Es peor que la maldad”…

Filósofos de todas las épocas han intentado definir este defecto humano. La mayoría lo caracterizan no tanto por la falta de inteligencia como por la estrechez de miras y la convicción de estar en posesión de la verdad. De eso no habla Antonio Fernández Vicente en su artículo “¿Qué es la estupidez?”. Por su parte, Victoria de Andrés Fernández en su artículo “La estupidez y la covid-19” contextualiza la reflexión; lo hace, tomando como punto de partida las diversas manifestaciones —en varias partes del planeta— que se niegan a aceptar la existencia del virus. Escribe: el estúpido sería aquel individuo que perjudica a otra persona (o grupo de personas) obteniendo además perjuicio para sí mismo. ¿Encajan en esa definición los negacionistas de la covid-19?


¿Qué es la estupidez?

Antonio Fernández Vicente

Digámoslo así: todos cometemos estupideces. Todos somos estúpidos en un grado mayor o menor. Una vida sin tonterías sería demasiado aburrida, al fin y al cabo. Quizá, discurrir sobre la estupidez sea también una soberana necedad. Pero…

Un mundo estúpido

Si la Humanidad se halla en un estado deplorable, repleto de penurias, miseria y desdichas es por causa de la estupidez generalizada, que conspira contra el bienestar y la felicidad.

La estupidez es la forma de ser más dañina. Es peor aún que la maldad, porque al menos el malvado obtiene algún beneficio para sí mismo, aunque sea a costa del perjuicio ajeno. Nos lo decía el historiador Carlo Cipolla en la Tercera ley fundamental (ley de oro) de la estupidez:

“Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio”.

Llorar o reír

Ante la estupidez, podríamos lamentarnos como hacía Heráclito respecto a la vana condición humana. Pero resulta sin duda más reconfortante una mirada humorística, como la de Demócrito de Abdera.

El filósofo Séneca precisaba en su tratado De la ira: “Uno reía nada más mover los pies y sacarlos de casa, el otro, por el contrario, lloraba”. Es lo que vemos reflejado en el lienzo del pintor Johannes Paulus Moreelse: Demócrito, el filósofo sonriente; Heráclito, el plañidero.

Michel de Montaigne señalaba en sus Ensayos que prefería ese semblante risueño y burlón, “porque es más desdeñoso, y nos condena más que el otro, y me parece que jamás podemos sufrir tanto desprecio como merecemos”.

Ahora bien, ¿qué se puede entender por estupidez?

La estrechez mental

En 1866, el filósofo Johann Erdmann definió la “forma nuclear de la estupidez”. La estupidez se refiere a la estrechez de miras. De ahí la palabra mentecato, privado de mente. Estúpido es el que sólo tiene en cuenta un punto de vista: el suyo. Cuanto más se multipliquen los puntos de vista, menor será la estupidez y mayor la inteligencia.

Es por ello que los griegos inventaron la palabra idiota: el que considera todo desde su óptica personal. Juzga cualquier cosa como si su minúscula visión del mundo fuera universal, la única defendible, válida e indiscutible.

El egoísmo intelectual

El estúpido padece egoísmo intelectual. El estúpido es tosco y aun así fanfarrón. Niega la complejidad y difunde su simplicidad de forma dogmática. Opina sobre todo como si estuviese en posesión de la verdad absoluta. Es un ciego que se cree clarividente.

A través de la filosofía tratamos de valorar otros puntos de vista. Luchamos contra el embrutecimiento. Ampliamos horizontes y ponemos en cuestión nuestro comportamiento y manera de pensar.

De esta forma se intenta atenuar la estupidez: al ejercitar la duda y la autocrítica. Al dejar de enfrascarnos en nuestra propia imagen, como ocurría en el mito de Narciso. El estúpido está enamorado de sí mismo e ignora todo lo demás. Incluso lo desprecia con autosuficiencia.

El totalitarismo de la estupidez

En 1937, el poeta Robert Musil retomó la cuestión sobre la estupidez. En pleno auge de corrientes totalitarias, nos recordaba “la barbarización de las naciones, Estados y grupos ideológicos”.

La estupidez se parece al progreso, a la civilización. Brota no sólo de un Yo exacerbado, sino de un Nosotros acrecentado y envanecido. La estulticia es altamente contagiosa y se alimenta de grandes ideales difusos, de lugares comunes, de proclamas simplistas: todo es negro o todo es blanco.

El único punto de vista legítimo es el de un grupo social determinado, el de una facción concreta: la nuestra. La estupidez se emparenta con la intolerancia y la ausencia de diálogo. Es un hermetismo mental y gregario. Se expande mediante consignas engreídas y sin fundamento, coreadas en un clamor colectivo esperpéntico.

La estupidez funcional

Todos en algún momento podemos ser estúpidos ocasionales. Pero lo que distingue al obcecado funcional, según Musil, es la incapacidad permanente para apreciar lo significativo. ¿Qué es importante y qué no?

En su presunción, el estúpido se obstina con tozudez en lo baladí y accesorio. Es inepto a la hora de jerarquizar prioridades. Como sugería Nietzsche, la estupidez más común consiste en olvidar nuestro propósito.

Se trataría de discernir con rigor y exactitud las complejidades de la vida. Pero las majaderías se extienden con la rapidez del pánico. Podría decirse que hoy en día se viralizan como la pólvora. Adivine usted a qué me refiero…

Uno de los remedios contra la estupidez es la modestia. Así, es inteligente cuestionar lo que uno hace y piensa. Quien vive en el “quizás” en lugar de en las afirmaciones rotundas y contundentes, se aleja de las memeces. Quizás lo que creemos inteligente no sea más que una sandez. Era la duda que planteaba Erasmo de Rotterdam.

Y una buena cura de humildad es la risa inteligente. De Aristófanes y Luciano de Samósata a Jonathan Swift, Mark Twain o Groucho Marx, satirizar la estupidez de nuestra vida siempre es un ejercicio de buen entendimiento. Nos hace ver que las convenciones sociales son en muchos casos absurdas y lerdas.

La pregunta fundamental

Para concluir, quizás usted dirija sus invectivas hacia ciertos grupos sociales o personas. Pero piense que la estupidez puede afectar sin distinción a cualquier persona.

Hay estúpidos en la misma proporción en todos los estratos económicos y culturales, corrientes políticas y geografías. O incluso podría usted pensar que yo mismo adolezco de una estupidez envanecida. Y no le faltaría razón.

La cruzada contra la estupidez está perdida de antemano. Decía Albert Camus en La peste que “la estupidez siempre insiste”.

Puede ser que tuviésemos que formular cada cierto tiempo, como hacía el escritor Giovanni Papini, la pregunta fundamental para acabar de una vez con la estupidez (al menos funcional): ¿soy un imbécil? 

“¿Y si estuviese equivocado? ¿Si fuese uno de aquellos necios que toman las sugerencias por inspiraciones, los deseos por hechos? […] Sé que soy un imbécil, advierto que soy un idiota, y esto me diferencia de los idiotas absolutos y satisfechos”.


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La estupidez y la covid-19

A. Victoria de Andrés Fernández

De la estupidez humana se lleva hablando desde el inicio de los tiempos puesto que, desgraciadamente, siempre ha habido estúpidos. Sin embargo, pocas veces se ha reflexionado sobre ello con tanto acierto, ingenio y brillantez como en el ensayo Allegro ma non troppo que el profesor de economía Carlo María Cipolla publicó en 1988. En él se postulan las cinco leyes de la estupidez humana y se hace una perfecta y cartesiana definición del estúpido que conviene traer a primera plana tras las insistentes manifestaciones de los negacionistas de la covid-19.

¿Qué es la estupidez?

Cipolla, posicionando en abcisas la variable “ganancia para uno mismo” y, en ordenadas, “ganancia para el otro”, acota al estúpido en el cuadrante en que ambas variables tienen valores negativos. De esta manera, el estúpido sería aquel individuo que perjudica a otra persona (o grupo de personas) obteniendo perjuicio para sí mismo. Cuanto más nos alejemos hacia la izquierda y hacia abajo del origen de coordenadas, más estupidez estará concentrada en la persona en cuestión.

Gráfico del profesor de economía Carlo María Cipolla. (Author provided)

Observando este mismo gráfico, se entienden perfectamente las tres categorías básicas restantes en las que los ejes cartesianos dividen al comportamiento humano en relación a estas dos variables.

Así, el inteligente sería quien obtiene beneficios para sí mismo a la vez que genera ganancia a los demás; el malvado ganaría a costa de perjudicar a otros; y el incauto (o desgraciado) beneficiaría a otros pero perjudicándose a sí mismo.

El estúpido pierde y hace perder a los demás

Ateniéndonos a esta segmentación de comportamientos, no hay duda en cuanto a dónde situaríamos a los “negacionistas” de la covid-19 que hemos podido contemplar en varias ciudades del mundo. Su ausencia de protecciones sanitarias mínimas mientras gritaban, así como sus efusivos abrazos y besos, iban dirigidos directamente a su propio perjuicio, a la vez que perjudicaban a toda la sociedad al crear la situación ideal para que el virus se difundiera.

Son ejemplos perfectos del ser estúpido.

Otros ejemplos serían los que se ponen a hacer botellón, o los DJ estúpidos que actúan como aspersores con su boca sobre un público más estúpido todavía.

¿Por qué la estupidez es peligrosa?

En este mismo ensayo, Cipolla aporta unas fascinantes leyes fundamentales de la estupidez. La primera de ellas afirma que: “Siempre e inexorablemente subestimamos la cantidad de estúpidos que hay en circulación”. La segunda (“La probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de esa persona”), hace posible que nos encontremos estúpidos en todas las circunstancias, sin limitaciones por edad, profesión, nacionalidad, nivel de estudios, sexo, raza o religión.

Pero quizás la condición de extremo peligro del estúpido venga de mano de la cuarta ley, que afirma: “Las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas estúpidas. Los no estúpidos, en especial, olvidan constantemente que en cualquier momento, en cualquier lugar y en cualquier circunstancia, tratar y/o asociarse con individuos estúpidos se manifiesta infaliblemente como un costosísimo error”.

Por último, Cipolla tiene en cuenta el hecho de que el estúpido no sabe que es estúpido y, como tal, causará estragos estúpidamente (esto es, sin malicia, sin objetivos, sin remordimientos y sin lógica alguna).

La conclusión es meridiana: los estúpidos son mucho más peligrosos que los malvados, porque su ausencia de método y su actuación, siempre improvisada y errática, irremediablemente desconciertan al inteligente. Por muchas neuronas que éste tenga, nunca acaba de asimilar que la razón (su herramienta de trabajo) brilla por su ausencia en el estúpido.

Mucho peor, pues, que se nos rompa la mascarilla o que se sature la UCI de nuestro hospital es… tener estúpidos cerca.

¿Por qué la estupidez no es respetable?

Aunque Karl Popper, en La lógica de la investigación científica, ya planteó el problema de encontrar un criterio de demarcación único y universal para separar la ciencia de lo que no lo es, el método científico admite como hipótesis de trabajo en ciencia todo aquello susceptible de ser refutado empíricamente.

Así, las hipótesis son sometidas a implacables experimentos encaminados a demostrar que son falsas y, sólo si sobreviven a estas pruebas de fuego, se dan como válidas (aunque siempre con carácter provisional). Los resultados de estos experimentos, sometidos a controles de doble ciego, son enviados a revistas especializadas donde se someten a la revisión por pares. Sólo si superan esta sucesión de rigurosos controles, se publican en revistas especializadas y se ofrecen al conocimiento de la comunidad científica.

Por el contrario, toda afirmación que no sea fruto de este largo y durísimo proceso de criba, quedaría fuera del campo de la ciencia y sería considerada como acientífica. ¡Ojo! Esto que no quiere decir que una aseveración acientífica sea ni verdadera ni falsa, ni buena ni mala, sino, simplemente, que no es científica.

Fuera del ámbito de la ciencia quedarían, pues, disciplinas como el arte, la religión o, en general, todos los campos del conocimiento donde las afirmaciones que se proponen son opinables pero no comprobables. Quiero dejar muy claro que estas cuestiones subjetivas que se incluyen en estos campos no científicos son absolutamente respetables, puesto que forman parte de otros aspectos del pensamiento humano tan importantes como la libertad de creencia de cada persona. Simplemente, no serían ciencia.

Pero lo que considero que no es respetable es la pseudociencia. Es decir, realizar afirmaciones presuntamente objetivas pero que, lejos de ser el resultado del uso del método científico, son fruto del capricho, de la ideología, de la conveniencia, de la corrección política, de la creencia o… de la estupidez. Esto es, precisamente, lo que hacen los manifestantes “negacionistas”: oponerse a las afirmaciones científicas con argumentos arbitrarios. Por eso, desde mi punto de vista, no deberían gozar ni siquiera de denominación específica. Habría que llamarlos, sencillamente, estúpidos.

Antonio Fernández Vicente. Profesor de teoría de la comunicación, Universidad de Castilla-La Mancha.
A. Victoria de Andrés Fernández. Licenciada en Biología y doctora en Biología por la Universidad de Málaga. Profesora Titular en el Departamento de Biología Animal en la misma universidad.

Fuente: The Conversation.

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