El dramaturgo y periodista cultura Fernando de Ita. / Foto: Facebook.

“El periodismo cultural no se enseña, pero se aprende”

Fernando de Ita: medio siglo de trayectoria.

Fernando de Ita ha sido parte del fenómeno teatral desde diferentes trincheras. Ha sido crítico, ensayista, investigador, también ha escrito teatro y ha dirigido algunas de su obras. De hecho, inició su carrera como dramaturgo antes de ser periodista. Nombre esencial e imprescindible en el periodismo cultural mexicano, Fernando de Ita cumple medio siglo de trayectoria periodística en este 2020. El periodista y escritor Víctor Roura ha conversado con él.


Fernando de Ita (Hidalgo, 1946) es uno de esos periodistas que si deja de escribir el mundo carecería de sentido. Cronista de lujo que no está incorporado en la antología de la crónica mexicana A ustedes les consta, de Carlos Monsiváis, sólo porque De Ita no amistaba con el autor de aquel libro que, en su momento de edición (la década de los ochenta del siglo XX) fue convertido, el volumen, en una especie de Biblia del periodismo nacional. De Ita no estaba en esa selección, pero todos los periodistas —con excepción de Monsiváis— sabían que debía de estar allí. Alguna vez lo comenté, con ligereza, con Monsiváis, pero con la misma ligereza pasó a otro tema en nuestra conversación. Sin embargo a Fernando de Ita esas liviandades no le importan: lo suyo es reportar todo lo que mira, auscultar las minucias de la vida, escarbar en el arte y en los artistas hacedores de la cultura cotidiana. No en vano se ha convertido, por mérito propio, en el crítico más respetado del arte escénico en México. En este 2020 cumple medio siglo de trayectoria periodística. Con Fernando de Ita es el diálogo.

 Una crónica neoyorquina

—A los 24 años de edad, el aspirante a reportero Fernando de Ita llega en 1970 a Excélsior, dos años después de que Julio Scherer García tomara la dirección de ese diario. ¿De dónde había salido este joven periodista, cómo se aproxima a ese periódico, fue sencillo o complicado ese proceso, qué lo llevó a las letras?

—En 1970 fui a estudiar y a trabajar en Nueva York. Llegué literalmente con una mano atrás y otra delante, pero a casa de un compa en Brooklyn, y con chamba en un parkin lote. En la Biblioteca Central de la 5a Avenida de Manhattan descubrí a estudiantes de Latinoamérica que igual que yo tenían como seña de identidad la literatura. Se estaba gestando el boom que pondría a Cortázar, Fuentes, Vargas Llosa, García Márquez en los cuernos de la Luna. Escribí entonces una crónica sobre la batalla verbal que sosteníamos aquellos emigrantes ilustrados para ver qué país era el campeón de la narrativa en lengua española. Se la mandé a Álvarez del Villar, el director del suplemento cultural de Excélsior, y para mi sorpresa fue publicada. Sin saberlo, comenzaba mi camino hacia el periodismo literario.

De las misiones cristianas a Nueva York

—Pero para haberla escrito se necesitaban previamente ciertas armas escriturales. Eso es lo que me inquieta. ¿De dónde surge la escritura de De Ita? ¿Qué lecturas lo anteceden? ¿Qué autor fue determinante en su búsqueda de estilo propio? Jesús Luis Benítez, el malogrado autor de La Onda fallecido a los 30 años de edad el 3 de marzo de 1980, antes de escribir sus cuentos vendía en las calles frutas sin dejar de leer a José Revueltas. ¿Qué escritores leía De Ita antes de ponerse a escribir la crónica neoyorquina?

—Mis primeros tres años de vida los pasé en la hacienda de Zotoluca, una pequeña propiedad de mi abuelo materno, y los siguientes seis en Chimalpa, una de las grandes haciendas pulqueras de los Llanos de Apan que compró mi tío Nicolás Núñez, quien llegó de Cantabria huyendo del hambre y a trabajo limpio se hizo rico sembrando cebada porque la cerveza ya había desplazado al pulque como bebida popular.

“Era una hacienda enorme con trojes, establos, caballerizas, jardines e iglesia propia, pero era un lugar de trabajo; es decir, nada que ver con las haciendas turísticas de hoy. De día era un campo de aventuras para los niños de la casa, pero de noche era el reino de las sombras. Como sólo había luz eléctrica de 7 a 9 de la noche, simplemente ir al baño más tarde podría ser aterrador. Con 200 años de historia sus muros guardaban murmullos y leyendas que nuestros mayores exageraban para pudrirnos de miedo. Ahora sé que fue ahí donde la imaginación se sobrepuso a la realidad para el resto de mi vida.

“Pero sucedió que a los once años me enamoré de mi maestra de primaria, una monja muy bella que una sola vez me dio un beso santo en la boca. Eso bastó para que a los 13 años me empeñara en seguir los pasos de Cristo como seminarista de Los Misioneros del Sagrado Corazón de Jesús, una orden jesuita que aún mandaba sacerdotes a los países infieles para mostrarles al verdadero Dios. El rigor de aquel seminario era tremendo. En la Cuaresma se guardaba silencio los 40 días con sus noches y una vez por semana había que flagelar el cuerpo para redimirlo de sus tentaciones. Por algún raro extravío de mi mente infantil imaginé que ahí también habría monjas dando clases. Como mi vocación eran las monjas y no los padres, me corrieron al segundo año de latín, no sin antes castigarme con harta frecuencia por mis faltas encerrándome en la biblioteca del Seminario. Ahí descubrí la lectura.

“Ya en el mundo seglar comencé con Salgari, Dumas padre y Dumas hijo, Verne, Víctor Hugo, Dickens. De ahí  pasé al siguiente nivel de la novela de aventuras: Kipling, Stevenson, Conrad, Twain, Stendhal, Balzac. Para llegar a dos portentos de la conmoción existencial: Tolstoi y Dostoievski, a quien sigo leyendo hasta la fecha para descansar de la banalidad literaria. Sin embargo, fue el descubrimiento de Sartre y de Camus en mis años 20 lo que me empujó a escribir mi primer texto dramático. Era un fusil descarado del Calígula, de Camus, que para colmo intitulé La soledad. Por un mero azar el texto se publicó en la Editorial Finisterre y quienes no habían leído a Camus lo consideraron original. Ahora bien, el autor que me pescó de la entrepierna fue Henry Miller. Leí su Trópico de Cáncer en mi primera visita al infierno del desamor y de los celos y escribí un texto perturbador que me atreví a mandárselo a Emmanuel Carballo porque leí que era el editor de los jóvenes iconoclastas. Muy gentil el crítico que dictaba el canon literario de los años sesenta y contando me comentó que esa literatura tan crispada no era lo suyo pero me mandó con Carlos Monsiváis. Carlos leyó el texto y me citó en las oficinas de la revista Siempre! en la que el suplemento cultural ‘La Cultura en México’ tenía su guarida. Ya en la puerta de la vieja casona donde José Pagés Llergo ejercía como el santón más lépero de la libertad de expresión, di la media vuelta y me fui a Nueva York. Veinticinco años después, cuando ocurrió la ruptura en el unomásuno, comencé a escribir en las páginas del suplemento”.

El amor a cambio de un camello

—Yo no miro, por ninguna parte, a un Fernando de Ita impulsando la creencia de Dios mientras espera soterradamente el beso de una monja extraviada, sin embargo mucho bien le hizo al periodismo cultural esos castigos divinos encerrado a ese hijo enamorado en una biblioteca con magníficos libros de literatura. Bien. Te vas a Nueva York, ¿a qué, a hacer qué, a trabajar en qué? Era el justo momento de las comunas amorosas. Sé, porque lo has escrito en algún lado, que la experiencia fue determinante en tu vida. ¿Pero Fernando de Ita continuó en las lecturas o se introdujo más en la escritura para sacudirse a Camus de una vez por todas?

—En efecto, Nueva York me abrió las ventanas al mundo. Mi padre fue doctor y por algunos años también dirigió El Sol de Ciudad Sahagún. Mi relación con él fue tensa y distante, pero cuando me fui a Nueva York puso a ocho columnas: “De Apan a Nueva York”. Sin aquella experiencia habría llevado en los Llanos de Apan una vida convencional. Por el contrario, de Nueva York me fui a viajar tres años por el mundo, literalmente. Yo no busqué el viaje. Lo hice azuzado por Sergio Maldonado, un querido y fallecido amigo que siendo contador y teniendo una carrera prometedora sufrió una decepción amorosa y decidió cambiar de país y de vida. Como yo estaba igualmente tocado por la separación de mi primera esposa me fui con él que tenía un pariente poblano que ya nos había conseguido trabajo en una cadena de estacionamientos. Estudiaba yo inglés en las mañanas y en las tardes aprendí a manejar con el acelerador a fondo y el freno controlando los movimientos del auto. Como todos los carros eran automáticos, así manejaban los puertorriqueños y dominicanos que dominaban esa fuente de trabajo. Por un año vivimos de las propinas y ahorramos el salario para irnos a Europa. Ayudó que mi amigo halló la manera de expropiarle al imperialismo gringo entre 20 y 30 dólares diarios. Como a los tres meses de su llegada ya era el responsable de las cuentas y era un contador entrenado en México, conmigo en el piso estacionando autos fue fácil utilizar el mismo boleto de estacionamiento varias veces.

“A Europa me llevé dos libros gruesos en forma y contenido: Decadencia y caída del Imperio Romano, de Gibbon, y El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell, mi primer libro de cabecera. Como el segundo escritor inglés, viví varios meses en Grecia, en Hydra, una isla que ahora es famosa como Centro Gay pero que en los años setenta era una isla de pescadores. Me acompañó Sara Butson, una chica canadiense de 19 años que sin ser judía iba a Israel a cultivar jitomates en el desierto. Vivíamos en una casa blanca sin electricidad y pozo de agua por la que pagamos cuatro dólares por mes. Ahí intenté escribir mi primera novela, pero bastaba leer una página del Cuarteto para destruir el trabajo de semanas. Ahora sé que fui intensamente feliz cogiendo con Sara día y noche y mirando en el Mediterráneo la batalla de Salamina en la que la flota griega comandada por Temístocles derrotó a la armada persa de Jérjes I compuesta por 1,200 navíos.

“La inmensa novela de Durrell compuesta por cuatro libros ofrece el paisaje geográfico y humano de la ciudad de Alejandría en los años treinta, cuando varios mundos y por lo menos cuatro religiones se entrecruzaban en aquella joya de la historia antigua convertida para entonces en un lupanar en el que se fornicaba, conjuraba y se escribía en diversos idiomas. El Cuarteto es un fresco de la decadencia de Occidente y el surgimiento de la Independencia Árabe. Con esa carga llegué a la ciudad de Alejandro pasadita la Guerra de los Seis Días, cuando en 1967 los israelíes derrotaron penosamente al ejército egipcio. En el Cuarteto Durrell tiene como personaje emblemático al ‘poeta grieg’ que no es otro sino Konstantinos Petrou Kavafis, autor del poema que todos los viajeros llevamos como escapulario: Ítaca.

“Mi viaje por Turquía, Líbano, Siria, Egipto y Marruecos en camiones y trenes del siglo XIX que eran los más baratos, estuvo marcado por los intentos de todo tipo que sus habitantes hicieron para acostarse a Sara Butson. Como el tema de esta entrevista es otro, sólo diré que en Tánger un viejo árabe me ofreció un camello a cambio de la mujer y lo que lo dejó perplejo es que yo no aceptara una transacción tan ventajosa para mí. En fin, lo que quiero decir es que los libros y la vida a veces son la misma cosa”.

Corría el año 1974

—La literatura y la vida. Las viviste, ciertamente, con intensidad (¿qué será de Sara?, me pregunto). Pero esta entrevista, ciertamente, tiene otros tintes u objetivos. ¿Cómo entonces de pronto apreciamos a Fernando de Ita como reportero en los diarios de México, primero en Excélsior y después, a partir de noviembre de 1977, en unomásuno? ¿Cómo se decide el retorno y por qué? ¿Cómo se da cuenta De Ita de que es capaz de escribir describiendo correctamente lo que mira y oye? ¿Fue complicado o sencillo introducirse al medio periodístico? ¿Qué se necesitaba entonces para ser periodista cultural? ¿Por qué cultural y no, digamos, político?

—Como ya dije, mi primera obra publicada fue una obra de teatro, pero en realidad yo perseguía el relato, la novela. Viajar por el Mundo me dio la crónica. Entre 1970 y 1973 escribí una docena de notas de viaje en El Sol de Ciudad Sahagún. Cuando regresé a México comencé a hacer televisión. Grabé un programa piloto para Canal 13 que ingenuamente llamé: En otras manos. Sí, Chucha. A pesar de que mi aval fue la Presidencia de la República porque en uno de los domingos que Luis Echeverría recibía en Los Pinos a jóvenes emprendedores, le dije que yo venía de estudiar en la BBC de Londres, y a los ocho días tenía una Unidad Móvil para grabar en los Llanos de Apan un programa desenfadado de poesía y putas que nunca salió al aire porque el director de Canal 13, un argentino de apellido Domenech, lo consideró subversivo. El caso es que para sobrevivir le escribí a Luis de Llano padre unos “dulcecitos”, como él llamaba a los textos sobre las ciudades de las que se transmitían los juegos de futbol. También para De Llano hice un programa musical con la familia Bermejo, igualmente grabado en los Llanos de Apan que al menos alcanzó cinco o seis capítulos que sí se transmitieron por Canal 13.

“Encontré a Margie Bermejo en los Edificios Condesa. Yo vivía en el departamento de María Rojo y su marido, mi primo hermano Juan Allende, su nombre artístico. Margie se había separado del actor Octavio Galindo e hicimos clic de inmediato. Juan estaba ensayando una obra de teatro con su hermano Nicolás Núñez en Casa del Lago y me pidieron ser su asistente. Me gustó estar entre bambalinas y como lo mío era la escritura escribí mi primera reseña de teatro para ‘El Gallo Ilustrado’, el suplemento cultural del periódico El Día. Resulta que el director del suplemento, Jorge Alberto Lozoya, estaba buscando talento joven y me dio la oportunidad de hacer un número especial con escritores primerizos, por eso soy el padrino de tinta de mí paisano Agustín Ramos. Corría el año 1974”.

Fernando de Ita. / Foto: Facebook.

La técnica, la tecnología y el virus chino

—Vivías con la cantante Margie Bermejo cuando nos conocimos en la redacción de aquel buen periódico unomásuno. De todo el plantel resaltaban tu escritura y tu ánimo, si bien tu inclinación era ya cubrir el asunto teatral. ¿Por qué el teatro y no los pinceles o las partituras? ¿Cuándo el reportero fue atraído por el arte escénico? ¿Fue el teatro europeo, fue una obra en particular, un director fundamental? La especialización te ha convertido en el crítico más respetado y arrojado del teatro en México, no sólo como periodista ya que incluso has incursionado en el género como director y como dramaturgo. ¿Por qué el teatro ha movido y conmovido al periodista?

—Con Margie escribí textos para sus espectáculos y dos obras de teatro: Broadway y La eterna desventura de vivir. En uno de los shows que escribí y dirigí para los hermanos Bermejo en Casa de la Paz conocí a Carlos Payán, quien años después me invitaría a participar en la fundación del unomásuno. Ya estaba inoculado por la ficción dramática, por esa imitación de la vida que nos permite vivirla más plenamente porque se edita. De ahí que dos horas de espectáculo puedan ser más intensas y reveladoras que toda una vida. Como es fama, Los Condesa fue y es hogar de muchos y notables artistas, entre ellos gente de teatro de primer nivel y de diversas generaciones. Gracias a Margie traté a Julio Castillo y su pandilla de actores. Julio era un genio de Santa Julia, imaginativo y alcohólico a más no poder. Con ellos conocí el teatro desde sus entrañas y comprendí que el proceso creativo puede ser más importante y formativo que su resultado escénico. Como la mayoría de los críticos de los setenta eran críticos de butaca, ya en el unomásuno el conocimiento que menciono me ayudó a llamar la atención de la gente de teatro en particular y de los lectores en general, porque suplía mi vasta ignorancia como crítico con desplantes literarios y sangre, harta sangre desparramada en las páginas del diario que, como recordarás, muy pronto se convirtió en el periódico de la clase media ilustrada, entre otros lectores.

“Luego el teatro me permitió regresar al Mundo. Viajé a los más antiguos y celebrados festivales escénicos de Europa. Fui testigo del nacimiento de los festivales internacionales de teatro en México, Colombia, Venezuela, Uruguay y Argentina. Para mi sorpresa, mis colegas de la rama mexicana de la Asociación Internacional de Críticos de Teatro me nombraron presidente de dicha representación cuando yo mismo estaba seguro que elegirían a Rafael Solana, quien desde su ‘anónima’ tribuna de la revista Siempre! dictaba el canon de la crítica nopalera. Quien me ayudó a ser su contraparte fue Juan Miguel de Mora, un tipazo, como te consta. Él me mandó a desburrar a los talleres que dio la AICT en Ámsterdam y Burdeos en los años ochenta y me propuso como miembro del Buró internacional, dominado por los europeos. Como reportero de cultura atendí la producción de las otras bellas artes, pero el teatro se convirtió en el centro de mi vida laboral y creativa. El Festival Internacional Cervantino fue otro de mis foros, con tan buena fortuna que me gané el Gallo Pitagórico por la crítica que le hice al montaje de Juan Ibáñez a Moctezuma, un texto más poético que dramático de Homero Aridjis. Lo penoso para mí fue que Ibáñez retrasó la conferencia de prensa para anunciar su montaje hasta que llegara De Ita a la sala de prensa del FIC, y yo le di un palo tremendo. Para contrarrestar mi opinión, el director invitó a su amigo Luis Buñuel a ver la obra en la Ciudad de México. Don Luis se durmió a los cinco minutos, pero a la salida declaró que era una pieza surrealista.

“Cuarenta y siete años después de mi primera reseña de teatro creo haber avanzado en el conocimiento del arte dramático y escénico, sobre todo, en la forma de expresar esa experiencia. Demasiado tarde, porque el teatro dio un giro de 360 grados en el nuevo milenio. Del postdrama al teatro narrado y de la narraturgia al teatro expandido, el teatro se brincó dos mil quinientos años de historia como esos niños de antaño que se ponían de burro para que saltaran sus compañeros sobre sus espaldas. La verdad es que el teatro ha sobrevivido así, saltando de una forma a otra teniendo como garrocha primero a la técnica, luego a la tecnología. Lo que nadie imaginó fue que un virus chino iba a desafiar su propia naturaleza. Por 25 siglos el teatro occidental ha sobrevivido a todos sus desafíos, porque es (¿era?) un arte vivo, presencial, efímero, que se cumple en el aquí y el ahora y que sólo sucede realmente en la mirada del Otro. La pandemia actual cerró los teatros y separó a la gente de teatro de su público. Se hacen esfuerzos heroicos para mitigar esa mortal distancia, pero aun los más logrados intentos de streaming, zoom y demás puestas en pantalla lo que más nos provocan es la necesidad de regresar no digo al escenario porque el teatro de hoy se hace fuera de los teatros, sino de retornar al contacto de los cuerpos en el tiempo y el espacio donde la ficción se realiza como un coito; esto es, como un intercambio de fluidos mentales y físicos. Ciertamente, como enseñó maese Gurrola, el teatro es una simulación de lo real, pero precisamente porque todo arte es simulado requiere de la presencia mental y física del espectador para convertirlo en una certeza compartida. Hoy, los cuadros de Vincent van Gogh se reproducen en tercera dimensión para deleite de los internautas que se quedarían fríos ante el lienzo original porque no se mueve, ni se avivan los colores, ni se transforma en otra cosa que no sea la esencia de la naturaleza humana”.

Un periodista se hace leyendo

—Sí, la vida nos la ha transformado el virus invisible, ¿pero de veras cree que esta modificación llegue a constreñir las esencias del arte escénico?, ¿tan compleja es la situación del drama, digamos que el drama es realmente dramático? La tecnología, de algún modo, había empezado a modificar las comunicaciones en el mundo, por ejemplo, ¿pero esta inesperada y contrita combinación pandemia-tecnología será capaz de permutar el arte, de dirigirlo a conceptos nuevos, aún no manejados por el hombre? ¿Dónde va a quedar, o dónde está quedando, el periodismo cultural?

—Sin duda el teatro será otro después de la pandemia porque ya se estaban modificando sus formatos, sus conceptos y sus acciones. De hecho, una joven dramaturga, Fernanda del Monte, ya tenía entre nosotros una cátedra virtual para escribir teatro internáutico. Ocurre, por otra parte, que ya hay hacedores y espectadores de teatro nativos del Internet para quienes la presencia del Otro, que es la razón de ser del teatro convencional, ya no es indispensable. Con todo, tengo la certeza de que el teatro humanista que nos heredaron los griegos no sucumbirá porque las emociones, los pensamientos, las vivencias fundamentales de la raza humana ocurren cuerpo a cuerpo, mirada a mirada, beso a beso, sexo a sexo.

“Soy muy breve con un tema en el que ya he empleado hartos caracteres discutiendo en diversas plataformas el porvenir del teatro, porque me interesa más responder ampliamente el final de tu pregunta: ¿dónde va a quedar o dónde está quedando el periodismo cultural?

“El diarismo cultural en el que tú y yo nos formamos, en el pasado. Y no me refiero únicamente al olor a tinta que tenía aquella práctica sino a la idea de que el periodismo cultural era la forma de conocer y divulgar los entretelones del proceso artístico. Siempre consideré que mi oficio consistía en indagar lo que ignoraba sobre la creación de un libro, un disco, una película, un cuadro, una coreografía, una obra de teatro. Siempre anhelé que mi trabajo fuera tan creativo como el de los creadores que admiraba. Si un escritor se hace leyendo, un periodista también. Porque su herramienta fundamental es la escritura. El narrador la utiliza para hacer ficción, el periodista para develar la realidad sobre esa inventiva. ¿Cómo escribió García Márquez Cien años de soledad? Para decir cómo y para consignarlo, el lenguaje es esencial.

Dibujo de Katja Hoffmann.

“El arte no se enseña, pero se aprende. Este apotegma también es válido para el periodismo cultural. La pirámide invertida enlista las partes estructurales de una noticia, pero no resuelve su contenido. Recordarás que en el primer unomásuno Rodolfo Rojas Zea era un editor obseso por esa regla. Ahora se lo agradezco porque me forzó primero a cumplirla y luego a romperla creativamente, buscando que el sentido de las respuestas estuviera por encima de la mecánica del lied. Aunque estoy hablando de las manzanas y no del árbol. Tú, más que nadie, como el editor más precoz y más longevo del periodismo cultural en México sabe que los medios son de sus dueños y rarísima vez los dueños son los periodistas. En general estamos a merced del medio. Ahora se ha diversificado el panorama. En nuestros días de reporteros el nombre del medio determinaba la orientación política, económica y cultural del mismo. Sin saberlo, ayudamos a formar el Nuevo Periodismo Mexicano y una de sus características fue el diarismo cultural. Hasta el unomásuno de 1977 ni el Excélsior dirigido por Scherer tenía una sección cultural que siguiera el día a día de la creación artística. Vivimos la creación, el auge y la decadencia de aquel nuevo periodismo que le dio a la cultura en general y a la invención artística en particular un lugar que no tenía en los medios informativos.

“El Internet ha modificado el sentido de la comunicación no sólo de los medios informativos sino la comunicación misma. Hace apenas diez años era inconcebible que el presidente del país más jodidamente poderoso del mundo gobernara por Twitter. Todavía a finales del siglo XX te suspendían en tu medio si colabas una noticia falsa. El nuevo siglo privilegió la imagen sobre la palabra en los medios impresos (salvo en tus publicaciones culturales), imposibilitando la crítica de la actividad artística porque no se puede debatir una película en 1,700 caracteres o 250 palabras. Lo más que se puede lograr con esa limitación verbal es una reseña. Mirar más y pensar menos. Precisamente porque vivimos la captación y reproducción virtual del mundo hace falta la hermenéutica de esa vorágine visual; la interpretación razonada, imaginativa, referencial, verídica (en lo posible), de esa realidad sometida al encuadre del celular, al número de pixeles que tenga la cámara, al prodigio y la mistificación de la tecnología. Sucede, sin embargo, que los teléfonos inteligentes no piensan por sí mismo, presentan los hechos, no los analizan ni los explican y cuando lo hacen utilizan la letra, la palabra, el lenguaje escrito.

“El periodismo cultural de la era virtual tiene que utilizar las herramientas de su lugar y de su tiempo recordando que hasta un niño de tres años puede captar una imagen pero no puede interrogarla, discernirla, relacionarla, valorarla, criticarla, expandirla. Esa es una facultad de la mente humana y la forma que tiene para lograrlo es el idioma, la palabra, el lenguaje. Si la poesía es la más alta, rica, compleja, clara, oscura, entrañable, cerebral, metafórica manera de celebrar la dicha y la congoja de ser humano, busquemos la poesía que hay en nuestro oficio de testigos y relatores de la cultura, y la única manera de lograrlo es honrando el instrumento que puede hacerlo: la palabra.

“Termino con un dato realista: el periodismo cultural debe tener su propia agenda y propiciar el periodismo de investigación. Cubrir la agenda oficial y privada sólo es digna del boletín informativo. No investigar a fondo ciertos temas es quedarse en la superficie, en la farándula artística”.

Hasta que llegó el/la selfie…

—Mirar más y pensar menos. Es una sentencia contemporánea del periodismo, ciertamente, que desdice por completo el apotegma idóneo de Kapuscinski sobre los cinco sentidos del buen periodismo: estar, ver, oír, compartir y pensar. Acaso por ello los buenos periodistas o van desapareciendo o dejan de surgir. Porque ahora los supuestos han suplido, o van supliendo, a la información verídica. Libros como El arte en persona que tú publicaste al inicio de la década de los noventa nos están haciendo falta, pero a nadie parece importarle. ¿Cómo se hace un cronista, qué necesita un cronista para serlo, cómo saber mirar lo que nadie mira? Sí, como bien dices, todo el secreto está en saber usar la palabra, pero sobre todo en saberla escribir. A 50 años de tu inicio periodístico, y a pesar de los asombrosos adelantos tecnológicos, el periodismo parece estar detenido en una abulia informativa, o en un desinterés lingüístico. Ya las palabras no importan, sólo hay que mirar el mundo. Y para eso están las numerosas pantallas digitales. Mirar más y pensar menos.

—Los hombres de tinta somos una especie en peligro de extinción, kamarada Roura. Sólo una persona alucinada por su oficio vende, como tú, su biblioteca para pagar las deudas que ocasionó trabajar para la colmena. Porque a diferencia del escritor de ficciones, los periodistas no escribimos para nosotros sino para los demás. El poeta o el narrador puede tardar media vida en terminar un texto, lo puede reescribir, pulir, rehacer. Los periodistas no. Generalmente tenemos 24 horas para publicar. De ahí que todos nuestros sentidos deben estar alertas, como dices que dijo Kapuscinski, quien hacía un periodismo “de largo aliento”. Esa apertura de los cinco sentidos es una de las características de la crónica que los internautas han convertido en tik tok. ¿Para qué esforzarse en percibir el mundo y describir esa visión si puedes grabarlo con tu celular? La virtud de la crónica está en referir y recrear la atmósfera del evento que vas a relatar. Una buena crónica está en los detalles, como sabía García Márquez. Decir, por ejemplo, que el reloj de la iglesia daba las 11 en punto cuando entró el amante despechado para acuchillar a la novia en el altar. Hay imágenes que hablan solas, que dicen, en verdad, más que un discurso. Pero qué imagen te dice: “Soy hombre: duro poco / y es enorme la noche. / Pero miro hacia arriba: / las estrellas escriben. / Sin entender comprendo: / también soy escritura / y en este mismo instante / alguien me deletrea”. Si algo nos hace humanos es la palabra.

“Cuando hacía mis pinitos como reportero, Héctor Azar me pidió que lo visitara en el CADAC de Coyoacán a donde fue a refugiarse cuando perdió el doble trono que tuvo muchos años como director de la actividad teatral en el INBA y la UNAM. Ahí me dijo:

“—De Ita, usted es peligroso; conoce el peso de las palabras.

“La verdad es que sólo a la edad que tenía Azar cuando me dictó esa sentencia… es decir, de viejo, sé, con Borges, que si el nombre es arquetipo de la cosa/en la letra de la ‘rosa’ está la rosa/y todo el Nilo en la palabra Nilo. Por eso ahora me atrevo en dar talleres de periodismo literario. Porque no sólo entendí sino comprendí que el lenguaje es el tesoro mayor de ser humano.

“Ya establecido como crítico de teatro gocé de la amistad del dramaturgo Sergio Magaña. Era una cruz y un deleite irlo a buscar a su covacha en la calle de Santa Veracruz, a espaldas de la iglesia hundida del mismo nombre, a un costado de la Alameda Central de la Ciudad de México. El calvario era levantarlo y meterlo a un baño de vapor del rumbo. Ya repuesto, la delectación comenzaba con la primera copa de tequila, cuando su mente recobraba su vigor y literalmente cada frase era un apotegma, un adagio, un aforismo, un axioma, un teorema, una síntesis de lo pensado discernido por el cedazo de lo vivido. ¡Jolines! ¡Qué manera de concretar la mente con la faringe y la tráquea para que cada palabra que salía por su boca fuera un acontecimiento! Duraba poco la iluminación del maestro. Al cuarto tequila comenzaban los reclamos, las incoherencias, la borrachera. Y había que sumergirse en el surrealismo de cantina.

“Otro conversador formidable fue el también dramaturgo Hugo Argüelles, en otro registro muy distinto al de Magaña porque el autor de Los cuervos están de luto hablaba para dos cosas: alabarse a sí mismo y vituperar al prójimo. Ambos temas con maestría. Aunque fue Elena Garro quien me mostró el lenguaje de las pitonisas, las vestales, las diosas griegas. Como tú sabes, fui el ‘agente secreto’ que propició el regreso de la autora de Los recuerdos del porvenir a México. El crédito se lo llevaron José María Fernández Unsaín, presidente de la Sogem, y Rafael Tovar y de Teresa, por entonces director del INBA. Está bien, ellos pusieron el boleto de avión y los gastos de la estancia, yo nada más y nada menos que la venia de Octavio Paz para que Víctor Flores Olea, primer presidente del Conaculta, autorizara su retorno a la Patria. El caso es que Elena y su hija Helena eran una pesadilla en la vida diaria. Ambas estaban seguras de que las iban a matar o por lo menos mandarlas a chirona, como repetía Helena la chica. Chirona, voz gitana para cárcel. Por el contrario, estábamos en el Hotel Francia de cinco estrellas en la capital de Aguascalientes y cuando Helena la pequeña se guardaba en su habitación, Elena la grande oficiaba de oráculo. Ella no hablaba, profetizaba. Utilizaba muy pocos adjetivos, su discurso era de verbos y sustantivos. Un prodigio de la idea puesta en signos en donde el significante y el significado no eran un dictado de la mente sino una revelación del inconsciente, porque cuando Helena la pequeña aparecía, Elena la grande volvía a ser la más trivial de las mujeres.

“Ahora que lo pienso, Monsiváis hablaba con claridad e ingenio, pero escribía intrincadamente, embrollando la lectura de sus textos. Tenías que volver a la frase por lo menos una vez más para seguirle el hilo. En contrario, José Emilio Pacheco era claro como el agua. Cristalino. Clásico. Sin la presencia universal de Monsi sus textos ya no tienen la pertinencia literaria de la que gozan los poemas, la narrativa y esa lección de periodismo literario que son los Inventarios de Pacheco, publicados por Proceso. Yo lo traté sólo profesionalmente, pero nuestro mutuo amigo Agustín Ramos comenta que era insoportable en la vida diaria porque era incapaz de amarrarse las agujetas de los zapatos, para metaforizar su impotencia ante los hechos cotidianos. Entre nuestros jóvenes contemporáneos, si me permites el oxímoron, quedé admirado por la forma de hablar de Juanito Villoro. Pensé: ‘Habla como escribe, estructuralmente’. Que no es poca cosa, sobre todo ahora que ante la ausencia de Carlos Monsiváis él tiene que ser el ajonjolí de todos los moles.

“Termino esta larga perorata lamentando que el periodismo cultural haya perdido su admiración por la palabra, el don que según todas las religiones fue el regalo de los dioses para que el mono hablara y se hiciera humano. A estas alturas del lenguaje, lo cierto es que esa facultad de la naturaleza les permitió a los hombres crear a los dioses porque cuando aquel ancestro pudo conjugar un verbo lo primero que concibió fue que hablar sólo podía ser un don divino. Hasta que llegó el selfie. Hoy, aquí y ahora, los primates ya tienen la potestad de ser changos con IPod”.

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