La inmoralidad de los confinamientos y el cierre de actividades

“Es la hora de despertar”.

En este artículo, Carlos Herrera de la Fuente hace un llamado a reflexionar sobre la adopción de medidas generalizadas como el confinamiento y, por ende, la cancelación indefinida de actividades de todo tipo, así como de derechos y garantías constitucionales, dándole el poder absoluto a los médicos para decidir en todo lo relacionado no sólo a medidas de salud pública, sino también en lo que respecta a la vida económica, política, jurídica, social y cultural de las naciones. “La sociedad no es una entidad biológica a la que hay que mantener con vida, sino una totalidad compleja en la que todos los sectores importan y no pueden ser sometidos a una cancelación indefinida de sus actividades con el único objetivo de sobrevivir. Tratar de curar a los individuos de una sociedad de esa manera puede significar el aniquilamiento de la sociedad misma, su sujeción a una dinámica dictatorial de confinamiento indefinido”, escribe el autor.


Aparentemente, la OMS ha dejado de reconocer el confinamiento como principal medida de contención de la enfermedad covid-19. En entrevista con la revista británica The Spectator, uno de sus asesores especiales, David Nabarro, encargado del combate del coronavirus en Europa, declaró el pasado 12 de octubre que, en la Organización Mundial de la Salud, “no abogamos por las cuarentenas como el principal medio de control de este virus. El único momento en que creemos que una cuarentena está justificada es para ganar tiempo para reorganizar, reagrupar y reequilibrar sus recursos; proteger a los trabajadores de la salud que están agotados. Pero en general, preferimos no hacerlo”. Además, agregó que los efectos de los confinamientos que se han llevado a cabo este año tendrán consecuencias desastrosas: “Mire lo que está sucediendo con los niveles de pobreza; parece que es muy posible que la pobreza mundial se duplique el próximo año”, dijo Nabarro. “Es muy posible que tengamos al menos una duplicación de la desnutrición infantil porque los niños no reciben comidas en la escuela y sus padres, en familias pobres, no pueden pagarlo. En realidad, esta es una catástrofe global terrible y espantosa”.

Las declaraciones desencadenaron, de inmediato, un debate a nivel internacional (no en México, donde nos encontramos en la total inopia respecto a cuestiones relevantes sobre la pandemia), en gran medida porque se recordaba el papel de la OMS al comienzo de la epidemia y su postura de impulsar medidas agresivas de control y restricción de la población mundial para contener el avance del nuevo coronavirus. El mismo Trump, como es su costumbre, escribió sin dilación un tuit donde afirmaba que, finalmente, la OMS le había dado la razón después de varios meses. Muchos, sin embargo, trataron de matizar las declaraciones de Nabarro, arguyendo que la OMS nunca había estado a favor de los confinamientos en primera instancia, y que su recomendación actual no contravenía lo que la institución internacional había expresado a lo largo de todo este año.

Ciertamente, la OMS no “impuso” a ningún país las medidas de confinamiento que la mayoría aplicaron a sus poblaciones sin pensarlo dos veces, pero la mínima revisión de la cronología de las recomendaciones de la OMS como respuesta ante el avance de la covid-19 muestra que desde el comienzo estuvo inclinada por la adopción de medidas generales de confinamiento y restricción de la movilidad. Esta cronología se puede revisar en el sitio en español de la OMS, en la siguiente dirección: https://www.who.int/es/news/item/29-06-2020-covidtimeline.

La primera ocasión que la OMS, en voz de sus representantes internacionales, se pronunció sobre las drásticas medidas de contención de la nueva enfermedad que ya se aplicaban en China, especialmente en Wuhan, origen de la pandemia, fue el 24 de febrero de 2020, cuando los jefes del equipo de la Misión Conjunta OMS-China (entre los que se encontraba el Dr. David Nabarro), advirtiendo sobre la inevitable expansión del SARS-COV-2 por todo el orbe, llamaban la atención a los distintos gobiernos nacionales para asumir medidas de salud pública similares a las que ya se estaban tomando en China. En la rueda de prensa ofrecida ese mismo día, la Misión advirtió: “gran parte de la comunidad mundial todavía no está preparada, ni en mentalidad ni materialmente, para aplicar las medidas que se han ejecutado en China para contener la COVID-19”. ¿Y cuáles eran esas medidas? Las del confinamiento más draconiano del que se tenga memoria en el pasado reciente.

Además, en esa misma fecha, “se recomendó a los países con casos importados y brotes que ‘activaran de inmediato el más alto nivel de los protocolos nacionales de gestión de la respuesta para garantizar el enfoque pangubernamental y pansocial necesario para contener la COVID-19’”. Esto indica que las medidas de  “detección y aislamiento de casos, el rastreo y seguimiento de contactos y su puesta en cuarentena, y la colaboración comunitaria”, como las definía la misma Misión, no pretendían seguir un enfoque puramente individualizado, sino que desde el principio se llamaba a asumir el punto de vista “pangubernamental y pansocial” de movilización generalizada.

Posteriormente, el día 11 de marzo, cuando, ante la evidente expansión mundial de la enfermedad, la OMS declaró finalmente que la covid-19 podía considerarse una pandemia, ésta misma, en rueda de prensa encabezada por su director, el Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus, hizo “un llamamiento a los países para que adopten medidas urgentes y agresivas”. Nótese: urgentes y agresivas. ¿Qué más agresivo que un confinamiento generalizado? Después agregó, insistiendo en la importancia del enfoque “pangubernamental y pansocial”: “Reconociendo que la COVID-19 no es solo una crisis de salud pública, sino que afectará a todos los sectores, reitera el llamamiento de la OMS —enunciado desde el primer momento— para que los países adopten un enfoque pangubernamental y pansocial, en torno a una estrategia integral dirigida a prevenir las infecciones, salvar vidas y reducir al mínimo las consecuencias de la pandemia”. Finalmente, por si no hubiera sido suficiente, el Dr. Tedros Adhanon, según indica el sitio de cronología que citamos, recalcó: “‘no podemos decir esto lo bastante alto, ni lo bastante claro, ni lo bastante a menudo’, al tiempo que hace hincapié en que ‘todos los países están a tiempo de cambiar el curso de esta pandemia’ si se dedican a ‘detectar, realizar pruebas, tratar, aislar y rastrear, y movilizan a su población en la respuesta’”. Aquí se insiste de nuevo en la idea de la “movilización total” (para recordar el título de un viejo libro escrito por Ernst Jünger).

Finalmente, el 16 de abril, la OMS publicó un documento titulado “Consideraciones relativas a los ajustes de las medidas de salud pública y sociales en el contexto de la COVID-19”, en donde aborda directamente el tema de los llamados “aislamientos” o “confinamientos” (lockdown, en inglés, que significa, como lo explicó atinadamente Carlos Fazio en uno de los escasísimos textos críticos de la izquierda mexicana sobre la pandemia, “confinamiento de prisioneros en una celda con el fin de recuperar el control de un motín”; “Pandemia, confinamiento y después”, La Jornada, 5 de octubre de 2020). En ese documento, la OMS dice que, si bien no se tiene claro el impacto que dichas medidas puedan tener en el proceso de contención de la covid-19, y que su aplicación requiere de una evaluación de los efectos económicos y sociales en las distintas naciones donde se ejecute, mientras “no se disponga de intervenciones farmacéuticas específicas y eficaces (por ejemplo, tratamientos y vacunas), los países pueden verse en la necesidad de seguir levantando medidas o de volver a instaurarlas en tanto dure la pandemia”.

En este último documento se reconoce, finalmente, no sólo que la aplicación de medidas de aislamiento y confinamiento generalizado es plausible, sino que las naciones pueden verse obligadas a utilizarlas constantemente mientras no existan tratamientos o vacunas para aliviar la enfermedad. ¿Qué quiere decir todo esto? Que la OMS sí hizo llamados y apoyó la adopción de medidas agresivas, pangubernamentales y pansociales, de contención de la covid-19 a nivel mundial, e incluso promovió el uso constante y discrecional (según los casos específicos de cada país) de medidas de confinamiento y aislamiento poblacional. El mismo 12 de octubre, algunas horas después de publicada la declaración de David Nabarro, el propio Tedros Adhanom reconoció “que, en ciertos momentos, algunos países no han tenido más remedio que emitir órdenes de confinamientos y otras medidas, para ganar tiempo”. No obstante, la declaración que el Dr. David Nabarro realizó a The Spectator representa el primer titubeo de parte de un asesor de la OMS en relación a las medidas que comenzó a recomendar a finales de febrero de este año.

¿A qué se debió el titubeo? La declaración del Dr. Nabarro se dio una semana después de que tres epidemiólogos de renombre internacional, provenientes de algunas de las universidades más prestigiosas del mundo, firmaran y publicaran en Massachusetts, EUA, la “Declaración de Great Barrington”, en la que proponen un cambio de enfoque en relación a las medidas de contención de la pandemia seguidas hasta el momento por la mayoría absoluta de todos los países (confinamiento y aislamiento) y el desarrollo y la aplicación de una estrategia que ellos denominan “protección focalizada” (Focused protection). Esta estrategia consiste en centrar la atención en la protección de los sectores más vulnerables de la población (que, tal como hoy se sabe, están representados por los adultos mayores y los individuos con enfermedades crónicas como la hipertensión, la diabetes y problemas cardíacos), mientras se permite que las demás personas, con pocas probabilidades de desarrollar una enfermedad mortal, vivan una vida normal, generándose así, en pocos meses, la famosa “inmunidad de rebaño”, de tal manera que, en un periodo no muy largo de tiempo, se pudieran reincorporar a la vida normalizada los otros sectores vulnerables, los cuales estarían protegidos por la nueva inmunidad generalizada. Según los firmantes, esta estrategia permitiría salvar más vidas de las que logran los confinamientos, ya que éstos, al no poderse cumplir estrictamente por el 100% de la población y al aplicarse a rajatabla, sin distinciones, a los distintos sectores de la sociedad, terminan impactando por igual a todos, generando más muertes en los individuos más vulnerables. Los doctores que firmaron la declaración son el Dr. Martin Kulldorf (Harvard), la Dra. Sunetra Gupta (Oxford) y el Dr. Jay Bhattacharya (Stanford). (La versión en español, en la que colaboró el autor del presente artículo, se puede revisar en la siguiente dirección electrónica: https://gbdeclaration.org/la-declaracion-de-great-barrington-sp/).

El 12 de octubre, parcialmente corrigiendo a Nabarro, el Dr, Tedros Adhanom respondió, sin señalar directamente su nombre, a la propuesta formulada por la Declaración de Great Barrington, diciendo que “los funcionarios de salud sólo deberían buscar alcanzar la inmunidad mediante la vacunación, no mediante la exposición de las personas al virus”. Y agregó: “Nunca en la historia de la salud pública se ha usado la inmunidad de rebaño para responder a un brote, mucho menos una pandemia. Es científica y éticamente problemático” (Voz de América, “OMS: Perseguir la ‘inmunidad de rebaño’ no es ético”, 13 de octubre de 2020).

¿Científica y éticamente reprobable? ¿Es científica y éticamente aceptable la aplicación masiva de confinamientos y el cierre generalizado de sectores enteros de la economía, con todas las implicaciones sobre el empleo que esto acarrea, así como de oficinas, juzgados, tribunales, escuelas, universidades, museos, etc., y la imposición de una distancia social que implica la cancelación de eventos políticos, manifestaciones, actos culturales, celebraciones colectivas, convivencia pacífica, etc.? ¿Es ética la supresión indefinida los derechos constitucionales de las personas, así como de sus garantías individuales, que no son ningún regalo del poder político estatal ni de las “democracias capitalistas”, sino logros históricos de los distintos pueblos en el proceso de construcción de su identidad? ¿Es ético el aumento calculado, según la ONU, de 130 millones de personas más en riesgo de pasar hambre o la proyección que ella misma hace sobre la posibilidad de que más de 24 millones de alumnos, de primaria a universidad, abandonen sus estudios, lo que acrecentará las desigualdades económicas y sociales a nivel mundial? ¿Es ético, en términos de la salud, descuidar por completo la atención a otras enfermedades, provocando “tasas de vacunación más bajas, empeoramiento en los resultados de enfermedades cardiovasculares, menores detecciones de cáncer y deterioro de la salud mental”, como lo señala la Declaración de Great Barrington? ¿Es ético exponer sólo a los trabajadores que no pueden dejar de laborar para que la sociedad se mantenga con vida o a aquéllos que, como sucede masivamente en los países subdesarrollados, dependen de empleos informales que no pueden dejar de realizar por carecer de un salario fijo o de un ingreso estable? ¿Es ético concebir a la sociedad como un mero ente biológico al que hay que hacer sobrevivir en lugar de entenderlo como una totalidad compleja, en la que los aspectos biológicos, económicos, políticos, jurídicos, sociales y culturales son inseparables, indiscernibles? ¿Es ético todo esto?

Lo peor de todo es que los confinamientos no han podido detener los contagios masivos, ni tampoco el uso generalizado de mascarillas, que los medios liberales y los gobiernos de todo el mundo, en un mantra obsceno, han elevado a objeto de adoración y salvación. España es un ejemplo de eso: el uso de mascarillas es obligatorio en todo espacio público desde el 21 de mayo (de lo contrario se genera una multa) y eso no ha detenido los contagios masivos. ¿Por qué? Porque, como lo explica coherentemente el Dr. Martin Kulldorf, la expansión y difusión de la enfermedad hasta generar una inmunidad de rebaño es algo tan inevitable y científicamente probado como la ley de la gravedad (ver el siguiente enlace: https://www.youtube.com/watch?v=_LUEczXIOmA). La inmunidad de rebaño ocurrirá; el problema, en términos de salud pública, es cómo y cuándo, así como la manera en que se desarrolle generando los menores daños posibles. En un principio, cuando muy poco se sabía del nuevo coronavirus, fue plausible el empleo de medidas momentáneas de confinamiento, principalmente, como lo explicó en México una y otra vez el Dr. López Gatell, para evitar una saturación de los hospitales. Bien, pero una vez pasado ese periodo, que, en palabras recientes del Dr. Nabarro, tenía el sentido de “ganar tiempo para reorganizar, reagrupar y reequilibrar (…) recursos”, era necesario pensar en otras estrategias y permitir a la sociedad continuar su vida, que es mucho más que una simple fenómeno biológico.

La causa fundamental que ha llevado a la adopción inmoral de medidas generalizadas de confinamiento y cancelación indefinida de actividades de todo tipo, así como de derechos y garantías constitucionales, ha sido el darles el poder absoluto a los médicos para decidir en todo lo relacionado no sólo a medidas de salud pública, sino también en lo que respecta a la vida económica, política, jurídica, social y cultural de las naciones. Así como nadie es todólogo (según la expresión del presidente López Obrador) ni puede tomar decisiones informadas en ámbitos en los cuales no es experto, tampoco los médicos pueden abarcarlo todo ni comprender el efecto que sus decisiones acarrearán en los distintos ámbitos del quehacer nacional. La sociedad no es una entidad biológica a la que hay que mantener con vida, sino una totalidad compleja en la que todos los sectores importan y no pueden ser sometidos a una cancelación indefinida de sus actividades con el único objetivo de sobrevivir. Tratar de curar a los individuos de una sociedad de esa manera puede significar el aniquilamiento de la sociedad misma, su sujeción a una dinámica dictatorial de confinamiento indefinido. Esto pesa, con especial fuerza, en el caso de niños y jóvenes preuniversitarios, a los que se les ha cancelado la posibilidad de asistir a sus respectivos colegios, aun cuando ya está más que demostrado que no sólo no se contagian prácticamente entre ellos, sino que tampoco son “supercontagiadores” ni ponen en riesgo a sus maestros, como maliciosamente se afirmó hasta hace algunos meses (ver mi artículo “El severo daño a la infancia en los tiempos de la Covid-19”, en SdE, 2020-09).

Por poner un simple ejemplo para la reflexión: según datos de la OMS, anualmente mueren 1 millón 300 mil personas en accidentes de tránsito, y entre 20 y 50 millones padecen traumatismos no mortales derivados de esos mismos accidentes, lo que significa un promedio de 3 562 muertes y entre 54 794 y 136 986 traumatizados diarios (¿por qué no se hace un conteo diario de estos casos y se presenta masivamente al público?). Si se piensa fríamente, hay una forma de acabar de inmediato con estas cifras espeluznantes: detener en este mismo instante el tránsito mundial. Que ya no circulen más automóviles. De esa manera, nadie moriría por accidentes de tránsito ni quedaría marcado de por vida a consecuencia de ellos. Pero a nadie se le ocurre semejante idea. Parar absolutamente la circulación mundial de automóviles sería aniquilar las sociedades modernas, que dependen de los traslados humanos y de mercancías para sobrevivir. ¿Valen menos las muertes por tránsito que las muertes por covid-19? Evidentemente, no. Todas las muertes valen lo mismo y se sufren igual. ¿Por qué en un caso se está dispuesto a paralizar la vida de una sociedad y en otro no? Y tómese en cuenta que las muertes derivadas de accidentes automovilísticos y carreteros aumentan cada año. Pero la única respuesta que se desarrolla es la de promover una mejor cultura vial. ¿Por qué sí se decide, en cambio, paralizar la vida de todas las sociedades por la pandemia, lo que se va a traducir en mayor pobreza, desempleo, desigualdad, ignorancia, disminución de derechos y, finalmente, más muertes?

El que mejor ha percibido este fenómeno, a pesar de todas las críticas que se le han hecho, sobre todo de parte de una izquierda (ya muerta moralmente en esta pandemia) que decidió aliarse con el pensamiento liberal oficialista, es Giorgio Agamben. En su libro de reciente publicación, el gran filósofo italiano, concluye uno de los ensayos diciendo lo siguiente:

Así como Yan Thomas demostró, en relación con la historia del derecho que el derecho y la vida no deben confundirse, también es bueno que el derecho y la medicina permanezcan separados. La medicina tiene como tarea curar enfermedades según los principios que ha seguido desde hace siglos y que el juramento hipocrático establece irrevocablemente. Si, mediante un pacto necesariamente ambiguo e indeterminado con los gobiernos, se sitúa en cambio como legisladora, entonces esto no sólo conduce, como se ha visto en Italia en la pandemia, a resultados positivos en el plano de la salud, sino que puede conducir a limitaciones inaceptables de las libertades individuales, respecto de las cuales las razones médicas pueden ofrecer, como debería hoy ser evidente para todos, el pretexto ideal para un control sin precedentes de la vida social. (Giorgio Agamben, ¿En qué punto estamos? La epidemia como política, Adriana Hidalgo Editora, p. 29).

Nadie niega la importancia del conocimiento médico y su aporte científico indispensable en las sociedades contemporáneas. Pero ese reconocimiento no se puede traducir en una cesión de los poderes políticos, jurídicos y económicos a aquéllos que detentan el conocimiento médico. Es necesario que los políticos entiendan eso, y si ellos no lo hacen, por intereses ajenos a la sociedad, resulta entonces forzoso que los espíritus críticos (hoy dormidos y callados) despierten y exijan un cambio de paradigma. Nuestras sociedades, apenas si democráticas, se inclinan hoy, cada vez más, por un modelo totalitario de vida. Es ridículo esperar una vacuna que lo cure todo, en gran medida porque no sabemos si podrá ser efectiva en términos masivos ni si lo hará pronto. Si no actuamos hoy, incluso en los países que cuentan con gobiernos de izquierda, nuestros derechos constitucionales (frutos de luchas históricas) podrán ser cancelados indefinidamente. Es la hora de despertar.

1 thought on “La inmoralidad de los confinamientos y el cierre de actividades

  1. Mis felicitaciones al autor por proporcionar un artículo enfático que apunta con bases sólidas y sentido común el desastroso liderazgo no solo en México sino en muchos países del mundo. Siendo mis especialidades médicas en varias de las áreas relacionadas con la crisis global, estoy frustrado por estos nefastos liderazgos, decepcionado por las medidas con miras miopes a corto plazo, preocupado por lo que sucederá en el futuro inmediato y ulterior en ámbitos laborales, sociológicos, médicos, psicológicos y económicos.

    Las medidas actuales solo perpetúan lo inevitable. En un brote causado por un microorganismo altamente contagioso, aunado a un periodo de incubación largo (1.6 a 15.6 días) y con la mayoría de afectados manifestando síntomas leves o siendo asintomáticos, un confinamiento de menos del 100% de la población no detendrá el contagio.

    De hecho, no hay resurgimientos de COVID-19 ni brotes nuevos, sino que es la continuación del mismo brote global, de la misma epidemia en cada región geográfica. Las medidas actuales son con miras a corto plazo sin considerar posibles consecuencias 5, 10 o 20 años en el futuro.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *