The Bite (1914), obra de Edvard Munch. / Art Institute of Chicago.

Vivo junto al hombre que amo; alimento de dioses son sus labios…

Poesía de Coral Bracho.

Qué difícil es hilvanar una selección con la poesía de Coral Bracho (1951). Y es que, desde su primer libro —Peces de piel fugaz (1977)— hasta el más reciente en el que aborda el alzheimer —Debe ser un malentendido (2018)—, la escritora ha mostrado y demostrado ser una de las voces más singulares e inconfundibles de la poesía mexicana; y, con el tiempo, también de Hispanoamérica. Poeta, traductora y académica, Coral es hoy por hoy una de las autoras más importantes de su generación. Porque, desde un inicio, la suya ha sido una poesía que ha quebrado moldes y ha transgredido las normas acostumbradas en la expresión femenina. Tomando como punto de partida el poder de los sentidos, en su discurso poético se habla abiertamente del deseo, del disfrute de la mujer, se hace patente la piel de los amantes. Hablamos de una poesía incendiaria y erótica; pero, también, por momentos una poesía cercana a su contexto social y cultural. Aprovechando que hace unos meses Ediciones Era puso en circulación Poesía reunida 1977-2018, con la autorización del sello editorial dejamos aquí una breve selección de poemas de Coral Bracho.


En la humedad cifrada

Oigo tu cuerpo con la avidez abrevada y tranquila
de quien se impregna (de quien
emerge,
de quien se extiende saturado,
recorrido
de esperma) en la humedad
cifrada (suave oráculo espeso; templo)
en los limos, embalses tibios, deltas,
de su origen; bebo (sus remansos despiertos
y desbordados; en tus costas lascivas
-termas bullentes- landas) los designios musgosos,
tus savias densas
(parvas de lianas ebrias) Huelo
en tus valles profundos, expectantes, las brasas,
en tus selvas untuosas,
las vertientes. Oigo (tu semen táctil) los veneros, las fraguas,
(ábside fértil) Toco
en tus ciénegas vivas, en tus bosques: los rastros;
en su trama envolvente; los indicios
(Abro
a tus muslos ungidos, rezumantes; escanciados de luz) Oigo
en tus légamos agrios, a tu orilla: los palpos, los augurios
—siglas inmersas; blastos—. En tus atrios:
las huellas vítreas, las libaciones (glebas fecundas),
los hervideros.

Sus brillos graves y apacibles

Vivo junto al hombre que amo;
en el lugar cambiante;
en el recinto que colman los siete vientos. A la orilla del mar.
Y su pasión rebasa en espesor a las olas.
Y su ternura vuelve diáfanos y entrañables los días. Alimento
de dioses son sus labios; sus brillos graves
y apacibles.

Tus lindes: grietas que me develan

Has pulsado
has templado mi carne
en tu diafanidad, mis sentidos (hombre de contornos
levísimos, de ojos suaves y limpios);
en la vasta desnudez que se ahonda,
que se imanta y se acendra,

(Como una esbelta ventana al mar;
como el roce delicado, insistente,
de tu voz.)
Las aguas: frondas que te reflejan (celaje inmerso), tu afluencia, tus lindes:
grietas que me develan.

—Porque un barniz, una palabra espesa, vivos y muertos,
una acritud fungosa, de cordajes, de limo, nos recorre,
nos pliega; ¿alguien;
alguien hablaba aquí?

El mar:
Sobre esta playa, entre rumores dispersos y vítreos.
Has deslumbrado, reblandecido

¿En quién revienta esta luz?

Renazco, como un albino, a ese sol:
distancia dolorosa a lo neutro que me mira, que miro.

—Has forjado, delineado mi cuerpo a tus emanaciones,
a sus trazos escuetos. Has colmado
de raíces, de espacios;
has ahondado, desollado, vuelto vulnerables (porque tus yemas tensan
y desprenden,
porque tu luz arranca —gubia suavísima— con su lengua, su roce,
mis membranas —en tus aguas; ceiba luminosa de espesuras abiertas,
de parajes fluctuantes, excedidos; tu relente) mis miembros.

Miro con ojos sin pigmento ese ruido ceroso
que me es ajeno.

¿A quién unge, a quién refracta, a quién desdobla?

(En mi cuerpo tu piel yergue una selva dúctil
que fecunda sus bordes;
una pregunta, viña que se interna y enciende los recodos, los cruces:
De sus tramas, de sus cimas: la afluencia incontenible.
Un cristal que penetra, luminoso, candente, en las vastas pupilas ocres
del deseo, las transparenta; un lenguaje minucioso.)
Has ahondado, has urdido
—¿Y quién se desplaza aquí? ¿quién desliza
entre las sombras, los ecos?

Su flama, siempre multiplicada, siempre henchida
y secreta; sus lindes

—Has ahondado, has vertido,
—¿Y quién,
quien murmuraba aquí? ¿Quién lo estrecha, quién lo besa?
¿Quién lo habita?

La penumbra del cuarto

Entra el lenguaje.

Los dos se acercan a los mismos objetos. Los tocan
del mismo modo. Los apilan igual. Dejan e ignoran
las mismas cosas.

Cuando se enfrentan, saben que son el límite
uno del otro.

Son creador y criatura.
Son imagen,
modelo,
uno del otro.

Los dos comparten la penumbra del cuarto.
Ahí perciben poco: lo utilizable
y lo que el otro permite ver. Ambos se evaden
y se ocultan.

Argumento

El aire es denso para mí
como el agua.
Mi vuelo es real
porque mi sensación del aire
es real, y la cercanía del piso
lo hace factible.

Con abismada transparencia

Para Lorena

Eres el fuego del inicio.
Eres la luz
en el instante sabio
de hacinarse en el agua.
Eres la voz, la transparencia que penetra,
que engendra;
la nota viva y diáfana
que cae,
con el candor de una certeza
en el centro
del alma.

Que caiga esa lluvia fría

En esta oscura verdad
que abre sus mantos y sus ebrias mareas para protegernos,
que abre sus alas tristes para ahuyentarnos,
para decir que sí,
que caiga esa lluvia fina frente al umbral;
que caiga como aleteo, como irrupción brevísima.

Como un mensajero que, empapado y ardiendo en fiebre,
viene de lejos.
Trae los pliegos, trae las palabras.
Pero el dibujo de la lluvia se extiende
y no deja oír. No deja ver
lo que está sucediendo. Y es que
lo que se acerca,
lo que nos habla
y nos agarra de los hombros con fuerza,
lo que nos grita y nos sacude es la lluvia,
es el confín que se desdibuja.

Tiritamos, ardiendo, frente a esa puerta,
frente a ese puente levadizo que nadie baja.
Nadie se apresta a oír.

Esta verdad oscura, esta oscilante levedad
como el murmullo de un sinfín de murciélagos,
todos tanteando,
todos brotando a un tiempo en las despiertas
galerías de la sangre, todos tratando
de salir de las torres.

Para decir que sí,
que caiga esa lluvia fina contra el umbral,
que caiga sobre los muros;

que los vaya borrando.

En los valles despiertos

Tus caricias,
sus caudales desatan esta flama, este viento,
abren con sus luces los campos, los despliegan,
los bañan. Las aves rompen el vuelo.
Sus alas, claros cristales,
sus picos suaves y finos, rasgan y dibujan
—en la yerba; en los valles despiertos
que recorren y habitan— paisajes ígneos,
higueras, flores de savias vivas y luminosas,
páramos,
brotes de arena espesa, yermos que la sed,
lenta noche de sal, que el deseo
regeneran: Los ciervos cruzan por los linderos.

Manifestantes queman un autobús en Oaxaca

Para Antonio Turok

Entre las llamas se encendieron, por un instante, los faros;
crujía el metal,
chirriaba. Quejidos cortos, punzantes,
bajo las explosiones.
Con toses ásperas —y ebrias, convulsas, sacudidas—
el motor quiso echar a andar; una, dos veces.
Largos lamentos; silbidos; quebrantados sollozos;
y luego, desquiciado, estridente,
el estruendo del claxon:
Un aullido descarnado, apremiante, de fiera herida;
de alucinada, pulsante furia
y encendido pavor, lanzó sus últimas tarascadas
—a las sombras, al humo—
como un aviso;
una plegaria.

Dame, tierra, tu noche

En tus aguas profundas,
en su quietud
de jade, acógeme, tierra espectral.
Tierra de silencios
y brillos,
de sueños breves como constelaciones,
como vetas de sol
en un ojo de tigre. Dame tu oscuro rostro,
tu tiempo terso para cubrirme,
tu suave voz. Con trazos finos
hablaría.
Con arenas de cuarzo trazaría este rumor,
este venero entre cristales.
Dame tu noche;
el ígneo gesto de tu noche
para entrever.
Dame tu abismo y tu negro espejo.
Hondos parajes se abren
como fruto estelar, como universos
de amatista bajo la luz. Dame su ardor,
dame su cielo efímero,
su verde oculto: algún sendero
se abrirá para mí, algún matiz
entre sus costas de agua.
Entre tus bosques de tiniebla,
tierra, dame el silencio y la ebriedad;
dame la oblea del tiempo; la brasa tenue
y azorada del tiempo; su exultante
raíz; su fuego, el eco
bajo el ahondado laberinto. Dame
tu soledad.
Y en ella,
bajo tu celo de obsidiana,
desde tus muros, y antes del nuevo día,
dame en una grieta el umbral
y su esplendor furtivo.

(Intuiciones)

Lo último que te aferra
entre el derrumbamiento de la memoria,
lo último que se rompe y se desteje con ella,
es la búsqueda
de sentido; reconocerte en ti;
y una ávida, estrecha liga
con la especie:
captar e imaginar lo que otro siente; seguir los tonos
del lenguaje; nombrar
y concebir lo abstracto: el amor,
la injusticia; sentir y disfrutar la belleza,
la música.

Una gran parte de la obra de Coral Bracho la pueden encontrar en Ediciones Era.

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