Abril, 2026
La cápsula Orion ya ha vuelto a casa. Diez días, más de un millón de kilómetros y cuatro astronautas que se han sumando a la historia. Artemis II, la primera misión tripulada a la Luna en más de medio siglo, ha concluido con éxito, y con ella vuelven a la Tierra las grandes paradojas de siempre y algunas de nuevo cuño. Y es que, como apunta el periodista de ciencia Juan F. Samaniego, desde que la misión Apolo 8 acercó al ser humano a la Luna en 1968 han pasado muchas cosas en nuestro planeta a nivel medioambiental (y no todas han sido negativas, aunque casi).
“Ustedes están y viajan en una nave espacial llamada Tierra […] Quizá la distancia que nos separa los haga pensar que lo que hacemos nosotros es especial, pero estamos a la misma distancia. Lo que estoy tratando de decirles es que también ustedes son especiales”.
Desde el espacio, las palabras de Victor Glover —uno de los astronautas que ha viajado a la Luna en la nave de la misión Artemis II— estaban cargadas de significado. Tras una ligera pausa, añadió:
“En todo este vacío, en esto que llamamos universo, ustedes tienen un oasis, un lugar hermoso donde podemos existir juntos. Esta es una oportunidad para recordar dónde estamos y quiénes somos, que somos lo mismo y que tenemos que superar las cosas juntos”.
Desde lejos, la Tierra parece algo distinto. La aparente inmensidad de sus montañas y sus océanos desaparece y todo queda reducido a una bola de intenso color azul, rodeada de una fina capa de gases, protegida por un escudo magnético todavía más fino. Nuestro planeta, de repente, parece frágil. Este cambio cognitivo, llamado efecto perspectiva, es algo habitual en casi todos los astronautas que han viajado al espacio.
Tal y como recuerda la física y divulgadora española Isabel Moreno en un video, este término fue acuñado por el filósofo del espacio Frank White. Según relata Moreno, White habló con multitud de astronautas sobre su experiencia y “nunca se encontró a nadie que le dijera que la Tierra estaba condenada, que debíamos abandonar este planeta porque no merecía la pena luchar por él. Al contrario, volvían con un sentimiento de urgencia por contribuir a preservar el mundo”.
Así que las palabras de Victor Glover sólo han llegado para recordarnos algo que sabemos desde hace más de 50 años: la Tierra es la única casa que tenemos.

La Tierra en los últimos 50 años
El 24 de diciembre de 1968, el astronauta William Anders de la misión Apolo 8 (la primera que acercó al ser humano a la Luna) hizo una foto que iba a marcar a la humanidad. Bautizada como Earthrise, la imagen [arriba de esta líneas] nos permite sentir también el efecto perspectiva a todos aquellos que no hemos abandonado nunca la superficie terrestre. De hecho, se considera que esta fotografía influyó en gran medida en el auge del sentimiento ecologista en todo el planeta…
Pero volvamos a la superficie, ¿qué ha pasado aquí abajo desde entonces? ¿Qué rumbo ha tomado el planeta desde que la última nave tripulada alcanzase nuestro satélite en 1972, poniendo fin al programa Apolo?
“En el último medio siglo la población humana se ha multiplicado por dos. No es sólo que lo hayamos logrado, sino cómo lo hemos hecho: reventando los límites planetarios, generando una profunda inestabilidad en el ciclo del agua y el del carbono, cambiando el clima… De la mano de un sistema socioeconómico completamente insostenible que ha aumentado la huella ambiental per cápita de una manera disparatada”, reflexiona Fernando Valladares.
Científico y divulgador medioambiental español nacido en Mar del Plata, Argentina, Valladares es, entre otras cosas, experto en ecologismo y cambio climático, publicando regularmente artículos en variados medios de comunicación y participando en diversos foros y conferencias en numerosas universidades y centros de investigación de todo el mundo; además, tiene en su haber varios libro ya publicados. Actualmente es profesor de investigación y director del grupo de Ecología y Cambio Global del Museo Nacional de Ciencias Naturales (España).
Pero desglosemos lo que señala el biólogo y divulgador.
Empecemos por uno de los límites planetarios mejor comprendidos: el cambio climático. La concentración de dióxido de carbono en la atmósfera (uno de los principales gases de efecto invernadero de origen humano y el más abundante) ha pasado de 320 a 430 partes por millón entre 1968 y la actualidad. Esto ha provocado que la temperatura media del planeta sea hoy 1,2 °C más alta que cuando las primeras misiones Apolo llegaron a la Luna. Y ha alimentado eventos meteorológicos cada vez más extremos, el deshielo de glaciares y casquetes polares o la degradación de los océanos.
La integridad de la biosfera, esa fina capa de vida que sostiene todo lo que hacemos los humanos, se ha visto también comprometida en el último medio siglo. De las casi 170.000 especies analizadas por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), más de 48.000 están en peligro de extinción. Unas 900 especies han sido oficialmente declaradas como extintas, y eso teniendo en cuenta que el número de plantas y animales analizado es solamente una pequeña fracción de la biodiversidad planetaria. De acuerdo con el Informe Planeta Vivo, basado en 5.500 especies, el tamaño promedio de las poblaciones de vida salvaje se ha reducido un 73 % desde 1970.
“Hay tres crisis medioambientales muy importantes, la crisis climática, la crisis hídrica y la crisis de biodiversidad, y las tres están estrechamente relacionadas”, señala Valladares. “La más grave es la de biodiversidad, aunque le hayamos prestado menos atención. El cambio climático ha cogido una dinámica exponencial que hace que en los últimos años estemos sobrepasando los peores escenarios previstos. Asociado con todo ello está la crisis del agua: el último informe de la ONU habla ya de bancarrota hídrica. Cada vez más países no tienen agua para cubrir las necesidades esenciales de la gente y en otros muchos no tenemos agua para mantener todas las actividades económicas e industriales. Como consecuencia, los conflictos bélicos por el agua se han disparado”, añade el ecólogo.
La gran crisis medioambiental que estamos causando en la Tierra tiene también otras caras. Hemos alterado los ciclos del nitrógeno y del fósforo, hemos cambiado los suelos a través de la urbanización y la agricultura, y hemos llenado el planeta de sustancias artificiales: el 80 % de las más de 9.000 millones de toneladas de plástico producidas en la historia todavía se acumula a nuestro alrededor, alcanzando los rincones más remotos del globo.
“La sensibilidad desarrollada por los astronautas que ven la Tierra desde el espacio es muy conmovedora, lo fue en los primeros viajes y lo es ahora, aunque quizá ya no suene tan potente como en su día”, asegura Fernando Valladares. “Pero en estos 50 años la gente ha aprendido a esconder más la cabeza en el suelo y a taparse los oídos. El mensaje de los astronautas es muy potente, pero permea relativamente poco en la humanidad en general. Mucha gente permanece ajena a lo que está pasando”. Como admite la también meteoróloga Isabel Moreno en su análisis del efecto perspectiva: “Sé que desde aquí abajo a veces cuesta tener ese sentimiento de unión o de fe en la humanidad”.

¿No hemos hecho nada bien?
Batalla geopolítica, guerra de egos en plena guerra fría, búsqueda de la supremacía de Occidente, afán de explorar las fronteras del ser humano, propaganda… La carrera espacial que nos llevó por primera vez a la Luna en 1968 tiene muchas lecturas (al igual que hoy las tiene la misión Artemis II). Pero hay una especialmente potente: el poder de la colaboración. “La tecnología que se desarrolló en aquel entonces para llevar al ser humano a la Luna, de la cual todavía hoy nos estamos beneficiando, fue un trabajo de miles de personas durante años, un inmenso trabajo colectivo”, explica Valladares.
El poder de este trabajo colectivo ha quedado claro en muchas otras ocasiones desde entonces. Por ejemplo, en 1986 la mayoría de países aceptó prohibir la caza de cetáceos, después de que estos casi desaparecieran de los océanos. Hoy, la mayoría de las especies se recupera a buen ritmo. En 1989, entró en vigor el Protocolo de Montreal para frenar la contaminación que estaba destruyendo la capa de ozono (el escudo natural de la Tierra frente a la radiación). Hoy, empieza a dar las primeras señales de recuperación.
En 1972, en el seno de la ONU, se creó el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente para dar una respuesta coordinada a los desafíos ambientales. En 1988, se fundó el panel de expertos para el cambio climático (IPCC, por sus siglas en inglés), que ha dado forma a todo el conocimiento científico acumulado sobre el calentamiento global. Su trabajo influyó en la firma del Protocolo de Kioto (1997) y del Acuerdo de París (2015) para tratar de frenar las emisiones de gases de efecto invernadero y contener los peores efectos del cambio climático.
En 1968, las energías renovables representaban una ínfima porción del consumo energético global, totalmente ligado a los combustibles fósiles. Hoy, la eólica, la fotovoltaica, la hidráulica y la biomasa generan el 32% de la electricidad consumida en todo el mundo, según la Agencia Internacional de la Energía. La lista de cosas positivas que hemos logrado en las últimas décadas podría continuar, aunque quizá sea algo más corta que la de las cosas negativas. Especies recuperadas y ecosistemas regenerados, nuevas formas de generar energía, cultivar alimentos o construir ciudades, y mucho más conocimiento sobre las soluciones que tenemos a nuestro alcance.
“Si no hacemos lo suficiente para corregir el rumbo de colapso y sufrimiento evitable que llevamos, es porque no nos da la gana. Miles de científicos en todo el mundo estamos intentando que la humanidad abra los ojos, todavía hay mucho que podemos hacer”, concluye Valladares. “Necesitamos entender lo que hay en juego, lo que podemos ganar y lo que podemos perder”. ![]()



