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La emancipación es la lucha por el tiempo libre: Jorge Moruno

Autor de «No tengo tiempo», en esta conversación el sociólogo español disecciona la noción del tiempo y lo que su distribución representa para un régimen social.

Agosto, 2022

Jorge Moruno, sociólogo y escritor español, combina la investigación sobre las transformaciones del trabajo con la práctica laboral, donde entre otras cosas ha sido teleoperador, informador turístico o administrativo. Es autor de dos libros: La fábrica del emprendedor / Trabajo y política en la empresa-mundo, y el más reciente No tengo tiempo / Geografías de la precariedad. Precisamente en esta conversación con el periodista Jordi de Miguel, Jorge Moruno disecciona la noción del tiempo y lo que su distribución representa para un régimen social. Aquí es claro: “La relación entre el tiempo y la vida es una relación de poder y conflicto entre cómo se distribuye y entre quiénes se distribuye.

El sociólogo Jorge Moruno (Madrid, 1982) explica que, gracias a los tiempos muertos y a la tecnificación de su trabajo como guía del Bus Turístic de Barcelona, pudo profundizar en muchas de las lecturas que han hecho de él un agudo analista de la relación entre capitalismo, precariedad y tiempo. Diputado de Más Madrid en la Comunidad de Madrid (España), Jorge Moruno es autor de No tengo tiempo (Ediciones Akal). Con él es la entrevista.

—¿Que la Revolución Francesa estableciera el día de 10 horas y un nuevo calendario es la prueba más evidente de que el tiempo es fruto de una relación sociopolítica concreta?

—La manera de ordenar el tiempo determina el tipo de régimen político asignando y distribuyendo lugares, roles y funciones a cada una de las partes de la sociedad. Por ello, toda revolución pasa por reordenar el reparto y el sentido del tiempo. No es casual que en la Revolución Francesa los sans-culottes destrozasen los relojes de ayuntamientos e iglesias. Pasó lo mismo en la Comuna de París.

—Se hace difícil pensar que otro orden del tiempo es posible.

—Está naturalizado como una segunda piel. Por eso es importante la mirada histórica, porque nos permite comprobar que no todas las sociedades se han regido siempre por la misma dinámica temporal.

—¿Por ejemplo?

—Antes, las distintas acciones tenían distintos referentes: el tiempo que se tarda en hacer un arroz, en rezar un padrenuestro… El tiempo de la edad media fue, en gran medida, el de la Iglesia. Poco a poco, la protoindustria empezó a regirse por los ritmos de las campanas, pero no existía una abstracción basada en un concepto del tiempo que aglutinara todos los tiempos distintos. Con la sociedad capitalista se instaura un solo tiempo, un poder ciego que sobredetermina y subordina a los sujetos, las acciones y los distintos tiempos concretos a una misma lógica, la del crecimiento del capital sin medida y sin término. Pero el tiempo burgués no se impone hasta que se establece la hora cero y se homologan los distintos tiempos, incluso entre ciudades de un mismo país, para alisar el espacio del comercio y de la movilidad. La modernidad se cierra en un contrato social basado en el tiempo gastado y en el trabajo remunerado.

—El eje regulador de ese tiempo moderno, sin embargo, está ahora en crisis.

—Con la entrada del neoliberalismo en los años ochenta, se empieza a dinamitar la sociedad del empleo que surgió después de la II Guerra Mundial. Entra en crisis un pacto entre paz social y derechos que ligaba la condición de ciudadanía a la de tener un empleo y ofrecía una serie de garantías y expectativas en el medio y largo plazo para organizar la vida. Cada vez resulta más difícil obtener esas garantías a través de un trabajo, aunque, paradójicamente, tener uno sigue siendo la única posibilidad de ser ciudadano. Hemos pasado de un continente a un archipiélago: temporales, falsos autónomos, parciales, freelance… Se empieza a aplicar al ámbito laboral la lógica de los bolos: según van surgiendo cosas, trabajas.

—Y el tiempo de vida y el tiempo de trabajo se empiezan a mezclar.

—A pesar suyo, el capitalismo aumenta el tiempo libre. El problema es que, en lugar de democratizarlo, lo utiliza para subordinar con más fuerza a la población. Cuando el trabajo no garantiza seguridad e ingresos estables y suficientes, todo el tiempo de vida se convierte en tiempo disponible para las oportunidades de mercado que pueden aparecer. La economía colaborativa es un ejemplo claro de ello. Te dicen: “¿Tienes un coche? Utiliza esta aplicación y alquílalo. Vende tus cosas aquí, hazte conductor de Uber. Utiliza el tiempo muerto de otros trabajos para obtener más ingresos”. El teléfono móvil se convierte en una cadena de montaje que hace indistinguible la separación entre el tiempo de trabajo y el tiempo de no trabajo.

—¿Por eso tal vez estamos siempre promocionándonos, consciente o inconscientemente, en las redes sociales?

—Todos somos creadores de nuestra propia marca, sometidos a una dinámica acelerada constante para no caer al precipicio. Nos convertimos en accionistas de nosotros mismos, necesitamos actualizarnos constantemente para ser atractivos, exponernos y promocionarnos por lo que pueda surgir. Como si fuéramos activos financieros que ofrecen expectativas a los inversores, los ingresos que podamos o no obtener son concebidos como los resultados de nuestra habilidad para colocarnos en el mercado de valores. Esto tiene grandes consecuencias en términos de estrés, de soledad, de inestabilidad y de salud mental. Somos como un teléfono móvil permanentemente enchufado, en espera, pero nunca apagado o desenchufado de la producción. Tienes que estar siempre activo. ¿Qué estás pensando?, te pregunta Facebook. ¿Qué pasa?, te pregunta Twitter. Cuéntame, actualízate. Los lapsos temporales de la necesidad de actualizarse son cada vez menores.

—Incluso irrumpen en nuestras horas de sueño. The New York Times contaba hace poco que con la pandemia se está recuperando el dormir por ciclos. Algunos ejecutivos se despiertan a las 03 h para trabajar un rato, aparentemente desconectados; otros, para hacer yoga y recuperar el tiempo que no tienen.

—El capitalismo es como el monstruo de las galletas: cuantas más parcelas de vida se come, más hambre tiene. Jonathan Crary habla del capitalismo “al asalto del sueño”: es el 24/7, la búsqueda del sujeto insomne. Todos tenemos que aparentar o estar ocupados (businessman viene de busy, ‘ocupado’) y haciendo negocios (neg-otium, ‘negar el ocio’). Nos exhortan a aprovechar el tiempo muerto, a estar disponibles y a ser flexibles. Esta idea del time management, de llevar milimétricamente los tiempos, te lleva a un nivel de tensión que no es sano.

—Cada vez la batería nos dura menos.

—“Pues habrá otra, la repondremos”, te dicen. Y tú te vas a la mierda. Según el coaching, tú eres el responsable de tu éxito y de tu fracaso. Te dicen que no puedes cambiar las cosas, pero sí tu actitud. Si pides una mejora salarial, tienes una mala actitud e introduces mal rollo. Mal rollo significa no querer dedicar un sábado a hacer team-building y sí a tu familia. No es de extrañar que España sea el líder mundial de consumo de ansiolíticos, hipnóticos y sedantes. Cada vez soportas más cuotas de precariedad y estás sometido a más tensión.

—Pero al margen de la búsqueda de trabajo, también hay una enorme tensión en relación con el tiempo libre. Buscamos horas desesperadamente.

—Sin parar. Cada vez le dedicamos más tiempo a intentar ganar tiempo. Cada vez más esferas de nuestra vida se mercantilizan. Como no tienes tiempo para cocinar, tienes que pedir el tiempo de alguien para que te traiga la comida. O para que pasee a tu perro. O para que cuide a tu hijo. Proliferan las aplicaciones que realizan servicios que te permiten ganar un tiempo para dedicárselo a otras cosas. Es una especie de jerarquía donde tienes que trabajar más para pagar el tiempo de otros, que vale menos. Toda la estructura de la sociedad se relaciona conforme a la compra y uso del tiempo del otro sobre una base estructural que define al capitalismo: la necesidad de que siempre haya gente lo suficientemente necesitada como para aceptar las condiciones miserables que se le ofrecen.

—¿Qué rostro tiene ese otro?

—El tiempo que menos vale es siempre el de las mujeres dedicadas a tareas que están menos reconocidas. Las mujeres que cuidan, que limpian o que trabajan en el campo tienen los peores horarios, los peores salarios y las peores condiciones de trabajo: son siempre las últimas de la fila.

—¿Por eso el feminismo es clave para repensar nuestras sociedades en base a un nuevo orden del tiempo?

—Sí, porque plantea una serie de variables que nos hacen observar con distancia la manera en la que funcionamos. Muestra los límites de un modelo laboral basado en los ingresos derivados del trabajo y la pensión contributiva en una sociedad que no valora ni reconoce actividades fundamentales, salvo que se conviertan en trabajo, esto es, en mercancía. El feminismo introduce así una crítica a la economía política, a lo que entendemos por la riqueza y a los roles y funciones que, como decía, asigna el orden del tiempo. Abre la puerta a plantear otra manera de ser en sociedad en la que encontrar reconocimiento y presencia en el espacio público no se dé sólo por la vía de tener un trabajo.

—Garantizar un tiempo mínimo para la población contribuiría a ello, dices.

—Un tiempo mínimo para que puedas dedicarlo a otras cosas, sin estar sometido a la dinámica del tiempo abstracto de la aceleración constante. La emancipación es la lucha por el tiempo libre. Una sociedad que garantiza el derecho al tiempo a la población es una sociedad que funciona mejor y posibilita que se desarrolle más talento e innovación. El término griego skholè, de donde deriva la palabra escuela, significa ‘ocio’ y ‘tiempo libre’, y designaba la condición propia de los ciudadanos libres, que eran iguales entre sí porque contaban con la posibilidad de evadirse y dedicarse al estudio. Libre era quien podía tener tiempo libre para evadirse. ¿Qué es lo que tienen en común nombres como Charles Darwin, Adam Smith, Virginia Woolf o Aristóteles? Tiempo libre. Las matemáticas nacen porque había una casta sacerdotal en Egipto que tenía tiempo libre. Sólo sobre la base de ese tiempo libre es posible la creación de la ciencia. Lo que propongo es ampliar el espectro de gente que puede acceder a esa liberación del tiempo como una forma de desvincular la asociación entre riqueza, poder y saber. El tiempo, escribía Marx, es el espacio donde se desarrolla el hombre, y no disponer de un tiempo propio nos convierte en menos que bestias de carga. La relación entre el tiempo y la vida es una relación de poder y conflicto entre cómo se distribuye y entre quiénes se distribuye.

—Pero, teniendo en cuenta la abrumadora hegemonía capitalista, ¿no es muy osado pensar que sólo con un poco más de tiempo libre se van a modificar grandes estructuras del sistema?

—Es muy importante determinar quién es el agente de la liberación del tiempo, porque puede haber un tiempo libre como resultado de la desindustrialización: ese es un tiempo no emancipado. Yo me refiero al tiempo que se conquista. Por lo pronto, sabemos, por ejemplo, que el 70 % de padres y madres reconocen que les gustaría tener más tiempo para dedicarlo a sus hijos, y que el 82 % de niños de 10 años no juegan lo suficiente al aire libre, y eso tiene un impacto en su desarrollo sensorial y cognitivo. A qué se dedica ese tiempo es una batalla política y cultural por el sentido de ese tiempo. Aristóteles identificaba los regímenes políticos en función de cómo distribuían el tiempo, y la democracia se correspondía con la libertad: esta se asociaba al tiempo libre de los pobres que, al liberarse de la dependencia de un tercero, podían tener tiempo para acudir a las asambleas. Si los barrios populares son los que menos votan es porque sus habitantes tienen menos tiempo disponible, porque sus vidas están subordinadas a la necesidad de pagar facturas o de obtener trabajos con los peores horarios. Por eso, el tiempo es la dimensión que fusiona por igual la economía y la política.

—Para garantizar ese tiempo libre tú apuestas por la renta básica universal.

—La renta básica no es una finalidad en sí misma, también es una disputa por su sentido. Yo la veo no sólo como una manera de acabar con la pobreza, sino como una manera de ampliar el margen de libertad, a la ofensiva, junto con toda otra serie de garantías, como el acceso a la vivienda. Creo que hay que garantizar un mínimo de ingresos para poder desarrollar múltiples actividades que quieras hacer: ganar tiempo libre para gozar, crear e innovar. Pero esta renta básica tiene que estar inscrita en la perspectiva de ir construyendo una sociedad que entienda la igualdad como premisa y punto de partida, no como una promesa. Eso tiene que ver también con el hecho de garantizar recursos, bibliotecas, ingresos económicos, ambientes culturales, buena alimentación… Está demostrado que alguien que vive en la pobreza tiene un deterioro cognitivo más acusado que alguien que no duerme. En el momento que ofreces garantías, se amplía la capacidad de la gente que no tiene un tiempo propio y la dinámica se transforma. Con derechos garantizados de partida, a lo mejor la temporalidad o la jornada parcial no tienen por qué ser sinónimo de precariedad, y puedes utilizar esos trabajos parciales para dedicar un tiempo seguro a sacar proyectos adelante o a otras cosas. Lo que está claro es que en las sociedades donde mejor se vive se trabaja menos, no al revés. Si la ciudadanía del siglo XX se vinculó con el derecho al trabajo, la del siglo XXI tiene que hacerlo con el derecho al tiempo: el derecho a vivir con dignidad como algo garantizado al margen de la situación laboral. El derecho a la existencia garantizada que haga posible todas las promesas incumplidas por el liberalismo.

[Entrevista publicada originalmente en la revista catalana Crític. Es reproducida aquí bajo la licencia Creative Commons.]

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