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Los adultos siguen caminos, los niños exploran

Julio, 2022

“Los recuerdos de la infancia quedan cubiertos u oscurecidos por las cosas que sucedieron después, como juguetes olvidados en el fondo del armario de un adulto, pero nunca se borran del todo”, escribe el inglés Neil Gaiman en la novela El océano al final del camino, una historia entrañable que convoca a la nostalgia a través de los ojos de un niño que nos demuestra, como apunta Libia Brenda Castro en la guía de lectura de la obra, que “eso que llamamos magia puede ser simplemente otro tipo de universo con el que no estamos familiarizados, pero existe”.

La nostalgia está hecha de sonidos, de voces, de aromas, de formas, de sensaciones, de caminos, de palabras. La nostalgia está hecha de tiempo. Es un tiempo transfigurado, deformado, en el que los sucesos, acaso inventados, recreados, confusos, están uno encima de otro. La nostalgia es la reinvención del pasado sin dolor ni amargura ni rencores. Es ese refugio en el que nos resguardamos, cuando los años pasan, de la tristeza y del sufrimiento, pero también de los excesos de alegría y de luz. Quizá la nostalgia nos resulta dulce porque es la mejor prueba de que seguimos vivos. Es como pellizcar la memoria, el corazón o el alma y reaccionar con un pequeño salto que nos confirma que el presente está aquí. Así le sucede al protagonista de El océano al final del camino, esa hermosa historia que Neil Gaiman publicó en 2013 (The Ocean at the End of the Lane) y que circuló en español traducida por Mónica Faerna (Roca Editorial).

Es una novela en la que no sabemos quién nos habla, pero bien podría ser el mismo Neil. Un Neil que escribe para recomponer, con la literatura, con las palabras, con los recuerdos que guarda, una infancia que se nos presenta como un enorme océano a veces furioso, a veces en calma, a veces aterrador, a veces capaz de brindar la paz más generosa; una infancia que es como un océano que hay que cruzar para llegar a la vida adulta, aunque ese océano no haya sido en realidad más que un pequeño estanque. Porque a veces, como nos dice el protagonista de esta novela, “los recuerdos de la infancia quedan cubiertos u oscurecidos por las cosas que sucedieron después, como juguetes olvidados en el fondo del armario de un adulto, pero nunca se borran del todo”.

Mientras se flota por el mar de palabras de El océano al final del camino uno quisiera que todo lo que ahí sucede existiera. Sobre todo que existiera la pequeña Lettie Hempstock, para que nos salvara de nuestra propia estulticia y de la de los demás; pero también uno quisiera que por ahí anduvieran, en algún lugar del mundo, la señora Hempstock y la anciana señora Hempstock. Uno quisiera que todas ellas existieran y siguieran viviendo en esa vieja granja que figura en el Domesday Book, el primer padrón de Inglaterra, elaborado a instancias del rey Guillermo I y completado en 1086. Uno quisiera tener la posibilidad (por muy remota que fuera) de encontrarse algún día, por ejemplo, con la anciana señora Hempstock simplemente porque ella tiene la edad suficiente como para recordar el momento en que se hizo la luna, porque puede saber la edad de los electrones y los neutrones o porque es capaz de hablar con las bacterias para que no nos piquen los dientes.

El océano al final del camino nos hace vivir una nostalgia por la infancia, pero no del modo en el que a la cultura contemporánea le encanta mostrarnos ese periodo de la vida humana: lleno de felicidad, juegos, diversión, amor y cariño de nuestros padres, sino de una manera en la que si bien no éramos felices, sabíamos estar contentos: “Los adultos siguen caminos —nos dice el narrador de la historia—. Los niños exploran. A los adultos les gusta recorrer siempre el mismo camino, cientos de veces, o miles; puede que nunca se les ocurra salirse de su ruta, arrastrarse bajo los rododendros, encontrar huecos en las vallas. Yo era un niño, lo que significaba que conocía mil y una maneras de salir a la carretera sin pisar siquiera el sendero que llevaba hasta la puerta”.

Neil Gaiman, conocido por muchos gracias a Coraline (novela que publicó en 2002 y que adquirió mayor fama tras la excelente cinta de animación del mismo nombre que se estrenó en 2009 dirigida por Henry Selick), presenta, en El océano al final del camino, el relato de un hombre adulto que, para asistir al funeral de su padre, vuelve al sitio donde pasó su infancia y es llevado por una voluntad inconsciente (tal vez la misma que guía nuestros pensamientos cuando divagamos mentalmente a placer) hacia el sendero que lo conduce a la granja de las Hempstock: el lugar donde en su infancia, cuando tenía unos siete años, conoció a la pequeña Lettie. A pesar de las décadas que han transcurrido desde entonces, poco ha cambiado en la granja. Quien ahí lo recibe es, según cree, la madre de Lettie, la señora Hempstock, sin embargo nota que la mujer se parece más a aquella persona que de niño conoció como la anciana señora Hempstock: “Recordaba a la señora Hempstock, la madre de Lettie, como una mujer corpulenta. Aquella anciana era delgada como un palillo, y tenía un aspecto delicado. Se parecía a su madre, a la mujer que yo había conocido como la anciana señora Hempstock”. Guiado por esta mujer, atraviesa el sendero que lo encamina hacia el estanque de los patos, ese lugar que la pequeña Lettie Hempstock llamaba océano. Lo mira y, al hacerlo, estallan los recuerdos.

Así surge la voz del niño que nos lleva por sucesos que ante la mirada de los adultos resultan extraños: “Conocía a los adultos lo suficiente como para saber que si les contaba lo que me había sucedido no me creerían. De todos modos, los adultos rara vez me creían cuando contaba la verdad. ¿Por qué iban a creer algo tan insólito?”. ¿Por qué creerían, en efecto, en una historia en la que un estanque es un océano, en la que dos lunas observan desde el cielo, en la que tres mujeres (una niña, una señora y una anciana) parecen existir desde toda la eternidad, en la que un minero muerto es el portal para que una cosa gris y andrajosa de otro mundo tome forma humana en Ursula Monkton y aparezcan los pájaros del hambre que atacarán al niño y a Lettie pero que, del mismo modo, podrían haber destruido este mundo sin que pasara nada, pues “al fin y al cabo no es más que un mundo, y los mundos son como granos de arena en el desierto”? ¿Por qué los adultos creerían en todo aquello que yace bajo el fino telón de gasa pintada de la realidad?

La nostalgia es precisamente eso: el viaje hacia un mundo que no tiene presente ni tampoco una forma definitiva, que va cambiando conforme nosotros mismos vamos teniendo nuevas experiencias, deseos y expectativas. La nostalgia es un universo que se transforma, aunque nos guste creer que es siempre el mismo. En este sentido El océano al final del camino resulta, entre otras muchas cosas, una invitación a extraviarnos sin miedo para poder llegar a ese estanque donde finalmente podremos encontrarnos a nosotros mismos con tranquilidad, en paz, conscientes de que no todo lo que hallaremos en nuestro interior, o en el reflejo que nos devuelve al agua, será agradable: hay estupidez, hay errores irreparables, hay miedo, hay actos irracionales, hay temores, pero también hay conocimiento, aciertos, valor, mesura, alegría y gratitud. Es decir, El océano al final del camino detona esa nostalgia que no es sino el afán, decía Novalis, de encontrarse en todas partes como en casa.

En la introducción de su estudio Sobre la nostalgia / Damnatio memoriae (Alianza Editorial), el profesor de ética y filosofía política de la Universidad Autónoma de Madrid,  Diego S. Garrocho, nos recuerda que las cosas fueron, pero nadie nos dijo que fueron, precisamente, a condición de que algún día dejaran de ser: “Sólo entonces aquello que ya no está, que algún día dejará de estar, podrá entonces retornar en forma de regreso o de nostalgia. Incluso la estructura de la esperanza, sea ésta cual sea, habrá de justificarse en una palabra dicha hace ya mucho tiempo. Sólo la palabra antigua puede hacernos creer en un tiempo nuevo”.

Sí, algo nos falta, siempre. Algo se ha quedado atrás. Y aunque no sepamos exactamente qué es, lo echamos de menos. Así que no se equivoca esa voz que, desde la nostalgia por el océano al final del camino, dice con firmeza: “No echo de menos ser un niño, pero echo de menos el placer que me producían las pequeñas cosas, por más que las cosas importantes se estuvieran desmoronando. No podía controlar el mundo en que vivía, no podía huir de las cosas, de la gente o de los momentos que me hacían daño, pero disfrutaba como un enano de lo que me hacía feliz. La salsa de vainilla era dulce y cremosa, las oscuras y gordas pasas de Corinto contrastaban perfectamente con la blanda cremosidad del pudín, y puede que estuviera a punto de morir, puede que nunca volviera a mi casa, pero la cena era espléndida, y tenía fe en Lettie Hempstock”.

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