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Guerra en Ucrania: cambios de régimen y los altos costos para la población

Dossier: crisis en Europa.

Abril, 2022

La economía europea, desde Lisboa a Vladivostok, sufrirá un serio colapso como consecuencia de la invasión rusa a Ucrania. Eso va a tener, está teniendo ya, consecuencias en los diferentes regímenes políticos de los países implicados, señala el periodista Rafael Poch. Algo similar observa el analista Paul Rogers: a medida que la guerra se arrastra hacia el estancamiento, los más pobres del mundo serán los que más sufran la escasez de alimentos y combustible, el aumento de la inflación y la interrupción del comercio.


Cambios de régimen

Rafael Poch


Llama mucho la atención estos días el tono de la música que nos llega de Moscú. Por ejemplo, la última alocución del presidente Putin advirtiendo contra el “enemigo interior”, la “quinta columna” y los “traidores”.

“Occidente quiere convertirnos en un país débil y dependiente, violar nuestra integridad territorial, fragmentar el país”, dijo Putin. Con ese objetivo se apoyan en la “quinta columna”, esos “traidores nacionales que ganan dinero aquí pero viven allí, no en el sentido geográfico, sino en el mental, de acuerdo con su conciencia de esclavos”. “Esa gente está dispuesta a vender a su madre (…), pero el pueblo ruso sabrá distinguir a los verdaderos patriotas de la escoria y los traidores”. “Tal depuración solo reforzará a nuestro país, nuestra solidaridad, cohesión y disposición a cualquier desafío”.

Nunca hasta el día de hoy se había oído al presidente ruso manifestarse en público en tales términos. A la luz de la historia rusa del siglo XX, la cruzada contra el enemigo interno que se sugiere —y que ya tiene algunas manifestaciones concretas en forma de pintadas en los domicilios de personajes del ámbito occidentalista liberal de Moscú y San Petersburgo— es algo manifiestamente inquietante.

Vienen tiempos duros, augura el politólogo moscovita Dmitri Trenin, que augura un reset, un reinicio, del sistema ruso. “El Estado ruso es prácticamente invencible desde fuera, pero se desmorona hasta en sus fundamentos cuando una masa considerable de rusos se desencanta de sus dirigentes, de las injusticias o de un sistema ineficaz”, dice.

“Los intentos de provocar el conflicto civil dentro de Rusia son nuestro peor escenario y los enemigos de nuestro país apuestan precisamente por ello”, asegura Konstantin Zatulin, vicepresidente de la comisión de la Duma para asuntos del entorno postsoviético. “Lo que ocurre en Ucrania es la guerra civil que en su día se aplazó y no tuvo lugar, cuando la traición de nuestra élite disolvió la Unión Soviética”, añade.

Este inequívoco discurso debe considerarse al lado de las nuevas realidades económicas que las sanciones occidentales determinan. Los oligarcas rusos ya no pueden continuar funcionando como hasta ahora, extrayendo riqueza de Rusia, insertándola en la economía global controlada por Occidente y guardando sus beneficios en paraísos fiscales. El riesgo de confiscación y la imposibilidad de mover el dinero en y hacia Occidente lo cambia todo para ellos.

“El pueblo ruso sigue con interés la devolución al país de los capitales exportados por los oligarcas que temen ser confiscados y detenidos en los países de la OTAN”, dice Sergei Glaziev, un raro consejero de Putin con concepciones económicas que enfatizan el reparto social. ¿Invertirán ahora los oligarcas sus beneficios en Rusia en asuntos productivos? ¿Abandonará Putin el sui géneris neoliberalismo burocrático/oligárquico ruso para abrazar una fórmula de capitalismo más parecida a la china, es decir, menos orientada al beneficio rentista de una minoría de super ricos a la americana y más productiva, con inversiones en infraestructuras, en el bienestar general de la sociedad y con cierta capacidad de reparto? No lo sabemos, pero todo le empuja a ello. La suma de esos dos aspectos, lo que el discurso augura y lo que la economía determina, arroja un resultado inequívoco: un régimen más social y más represivo. La URSS era algo así. Y algo así supondría un “cambio de régimen” en Rusia. Pero, ¿qué pasa con Europa?

Fedor Lukianov, otro politólogo moscovita, también tiene claro que vienen tiempos duros. “Serán malos para nosotros pero también para ellos”, dice, refiriéndose al efecto de las sanciones. “La diferencia es que el pueblo ruso sabe sobrevivir (en condiciones extremas), mientras que los europeos no saben”. “Y ahora estamos realmente en esta situación”, continúa, “veremos qué pasa”. “Para aumentar la presión, tendrán que aplicarnos más castigos, y nosotros responderemos con medidas muy duras hasta cerrar la válvula del gas y del petróleo. Es un juego de eliminatorias, cuya posibilidad hasta hace poco era difícil de imaginar”, concluye.

Las sanciones contra Rusia ya están transformando Europa. Para compensar los 55 000 millones de metros cúbicos de gas que Alemania recibe anualmente de Rusia vía gasoductos, deberían llegar diariamente al país mil barcos con gas licuado, estima Markus Jerger, de la asociación económica de empresas medianas. “Las sanciones no deben perjudicar a los Estados europeos de forma más dura que a los dirigentes rusos”, advierte alarmado el canciller alemán Olaf Scholz. “Casi un 40 % de los consumidores alemanes alegan deterioro de su situación económica y las medidas comerciales ya les están perjudicando”, dice. No es sólo una cuestión de gas y petróleo.

La Federación Agraria Alemana (DBV) augura “aumentos de precios para los productos alimentarios de una escala desconocida”. Rusia tiene importantes posiciones en el mercado de cereales, pero también en el de potasio, paladio, neón, titanio, aluminio… “Al pedir sanciones aun más agresivas, Biden está pidiendo a Europa que se suicide”, dice el diario ruso Kommersant.

El cambio en Alemania

En medio de este shock bélico, Alemania ha llevado a cabo su remilitarización. En el país en el que en una fecha tan cercana como abril de 2018 un 94 % de la ciudadanía valoraba en las encuestas de la agencia Forsa como “importante” el mantenimiento de unas buenas relaciones entre Berlín y Moscú, la conmoción de la guerra de Ucrania ya ha hecho posible un giro cardinal. Los 100 000 millones de incremento del presupuesto militar alemán van a convertir al Bundeswehr, actualmente el séptimo ejército del mundo, en el tercero, solo por detrás de los americanos y de los chinos, y claramente por delante de Francia, algo que necesariamente preocupa en París. En un abrir y cerrar de ojos, la opinión pública más antimilitarista del continente ha sido burlada de un día para otro. El cambio será consagrado en la Constitución.

El acuerdo 2+4 de la reunificación alemana de septiembre de 1990 estableció que “de suelo alemán sólo salgan impulsos de paz” y prometía que “Alemania nunca utilizará ninguna de sus armas, salvo de conformidad con su Constitución y la Carta de las Naciones Unidas”. El artículo 26 de la Constitución Federal establece claramente que “las acciones dirigidas y que tienen por objeto perturbar la vida pacífica de los pueblos, en particular la preparación de una guerra ofensiva, son anticonstitucionales y punibles por la ley”. Todo eso que la guerra de Kósovo, primera participación militar alemana en una guerra desde Hitler, ya apuntó, ahora va a ser consagrado e institucionalizado. El experto chino Zheng Yongnian se pregunta si el rearme alemán no tendrá consecuencias en Japón, donde desde hace años se quiere revisar el artículo antimilitarista de la Constitución.

Oficialmente, Estados Unidos mantiene en Europa unas cien bombas nucleares en Bélgica, Alemania, Holanda, Italia y Turquía, como parte de su sistema de “disuasión nuclear”. De ese total, Alemania alberga una veintena (el número exacto lo desconocen hasta los propios parlamentarios) en la base aérea de Büchel, las llamadas B61. El 82 % de los encuestados se pronuncia a favor de la retirada de esas bombas de Alemania. La opinión mayoritaria de la ciudadanía contradice frontalmente otro compromiso del acuerdo de coalición del actual gobierno: mantener la “obligación” de compartir con Estados Unidos el rearme nuclear de la OTAN, con el estacionamiento de nuevas bombas en Alemania para el año 2025, así como sufragar los 45 aviones bombarderos F-18 encargados de transportarlas, con un coste total de 8 000 millones de euros. El 72 % de los alemanes se declara específicamente en contra de esa participación, que por otra parte viola el compromiso del acuerdo de reunificación de 1990 (2+4) de renunciar a poseer armas nucleares. Oficialmente esas armas no son alemanas, pero en la práctica los aviones alemanes las llevan —y las llevarán aún más— en maniobras nucleares ofensivas como “Steadfast Noon” (2021) encaminadas, según la propia definición de la Alianza, a “garantizar que la disuasión nuclear de la OTAN sea segura y efectiva”.

¿Más disciplina nuclear?

Ya antes de la guerra de Ucrania, el desagrado de la opinión pública alemana hacia el militarismo, su mayoritario rechazo a la presencia de armas nucleares en su país, y el peligro que representaba la posibilidad de que las fuerzas políticas respondieran activamente a todo ello (es decir, el remoto peligro de que se ejerciera la democracia), llevó a la OTAN a incrementar su presión sobre los políticos alemanes. Meses antes de la formación del nuevo gobierno de coalición en Berlín en diciembre de 2021, Estados Unidos, Francia y la OTAN criticaron a Alemania por su estatus de “observador” en la conferencia del Acuerdo para la prohibición de armas nucleares (TPNW, en sus siglas en inglés). Todos los países de la OTAN votaron en contra del TPNW y 122 lo hicieron a favor en la ONU. Solo cuatro Estados europeos —Austria, Irlanda, San Marino y Malta— ya han ratificado el TPNW. Noruega y Alemania son “observadores”, y desde Francia, Emmanuel Macron exigía más independencia militar europea y menos dependencia de la OTAN. El temor a una reacción en cadena con pasos similares en Bélgica y Holanda, llevó entonces a la OTAN a ejercer presión sobre Berlín.

Todos los miembros del bloque militar atlantista, “deben hablar con una sola voz en cuestiones nucleares”, “espero que Alemania gaste más en su ejército”, dijo en noviembre el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg. Ante el peligro de que el acuerdo de coalición concluyera en un consenso por retirar de Alemania las bombas, Stoltenberg chantajeó con la posibilidad de que “la consecuencia podría ser fácilmente que esas armas nucleares se albergaran en otros países de Europa, al Este de Alemania”, lo que resultaría aún más provocador para Rusia.

Todo esto ha saltado por los aires como consecuencia de la invasión rusa de Ucrania. Alemania, como el resto de Europa, ya está firmemente alineada en la disciplina de bloque. Esto también es un “cambio de régimen”.

La inflación y la carestía van a provocar otros cambios en Europa. El ulterior deterioro de las condiciones de vida de la mayoría social que se sumará a las consecuencias de la crisis del 2008 y de la pandemia, ¿a quién beneficiará electoralmente? Cada país de la UE tiene su propio escenario. ¿Qué regímenes administrarán el general deterioro del bienestar en los distintos países de Europa? Parece que no sólo Rusia, y por supuesto Ucrania, sino todos vamos a salir perdiendo con los “cambios de régimen” que la guerra determina.

Posdata: estos días volvemos a escuchar en boca del presidente de Estados Unidos amenazas sobre esas “líneas rojas” que Rusia no puede cruzar sin arriesgarse a una intervención militar de Estados Unidos y la OTAN. Como en Siria, se menciona en ese contexto un fantasmagórico uso de “armas químicas”. Rusia no tiene ninguna razón ni motivo para algo así, de la misma forma en que El Assad no los tenía y menos aún el día en que una misión de la ONU visitaba Damasco. Pero no hay duda de que en Estados Unidos hay fuerzas que desean propiciar tal escenario en busca de un “casus belli”, y en Ucrania no faltarán voluntarios para escenificar algo de ese género, como hicieron en Siria los amigos yihadistas de Occidente. Este escenario debe ser observado con suma atención.


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La guerra en Ucrania perjudicará a la población de todo el mundo, gane quien gane

Paul Rogers


La guerra de Ucrania, en su segundo mes, está cerca de un estancamiento violento. Sin embargo, está causando daños mucho más allá de las fronteras de ese país o incluso de Europa, y no sólo con balas y bombas.

Si el objetivo de la guerra de Putin era convertir a Ucrania en un Estado cliente sometido al Kremlin, esperaba que la guerra iba a ser breve y concluyente. Ganar la superioridad aérea y extender el control territorial a lo largo del corredor Crimea-Donetsk eran importantes, pero un ataque relámpago sobre Kiev era vital para acabar con el gobierno de Ucrania. Esto fracasó desde el principio y toda la operación se ralentizó.

Las fuerzas de Putin han alterado toda su estrategia y ahora se dedican principalmente a los contraataques diseñados para destruir la moral de Ucrania y forzar una crisis de refugiados en los estados vecinos de la OTAN.

Pero el gobierno de Zelensky no da señales de rendición e incluso está recuperando pequeñas bolsas de territorio del ejército ruso. Sin embargo, no puede derrotar a las fuerzas rusas sin un suministro masivo de armas ofensivas que la OTAN no proporciona.

A menos que se produzca una revuelta interna o que Putin experimente un cambio de opinión inusual, lo que le llevaría a la mesa de negociaciones está lejos de ser seguro. Sin embargo, una cosa parece bastante clara: aún no estamos allí y puede que todavía falten meses.

Esto significa que también tenemos que reconocer algunas de las consecuencias mucho más amplias de esta guerra. Algunas de las que ya son evidentes perdurarán durante meses y años, y muchas de ellas tendrán repercusiones en todo el mundo.

Uno de los ganadores son los múltiples complejos militares-industriales del mundo. Ya en enero afirmé que en muchos países del hemisferio norte las industrias armamentísticas saldrían beneficiadas: así se ha demostrado.

Los presupuestos militares aumentan, la OTAN mueve miles de tropas, llegan a Ucrania armas por valor de muchos millones de dólares, las fábricas de armas están ocupadas y sus vendedores están listos para señalar los “éxitos” de sus armas en los campos de guerra.

Como las industrias armamentísticas del mundo están en racha, los inversores ganan mucho, incluidos algunos miembros notables de la Cámara de los Lores. Mientras tanto, el coste de las armas que se utilizan es tan elevado que Rusia no podrá ignorar la creciente carga. Con los misiles de crucero Kaliber lanzados desde barcos que cuestan 1,5 millones de dólares cada vez y los misiles balísticos Iskander que cuestan 10 millones de dólares cada uno, las facturas se acumulan.

En cuanto a Occidente, casi nadie se pregunta por qué la OTAN necesita gastar más cuando colectivamente supera a Rusia en 14:1 y la guerra de Rusia ya está fracasando. Tampoco se discute si los contribuyentes de la OTAN están obteniendo una buena relación calidad-precio, dados los abyectos fracasos de las coaliciones occidentales en sus propias guerras en Afganistán e Irak.

En el supuesto final de la guerra relámpago en Afganistán tras el 11-S, el presidente George W. Bush pronunció su discurso sobre el estado de la Unión en Washington DC en enero de 2002 convencido de que el régimen talibán había terminado. Diecinueve años después, Estados Unidos y sus aliados se vieron obligados a admitir su derrota y se retiraron en medio de escenas caóticas.

El régimen de Saddam Hussein en Irak parecía haberse derrumbado en tres semanas en abril de 2003 y, sin embargo, le siguió casi una década de guerra que dejó un país destrozado. Incluso ahora, los conflictos con el ISIS y Al Qaeda continúan en Oriente Medio, África del Norte y Central, y el sur de Asia.

Si, con suerte, la guerra termina sin el uso de armas nucleares, puede tener al menos un legado positivo. Como argumenta Rebecca Johnson: “Esta guerra ha desnudado por fin las ilusiones de la disuasión nuclear. Esto no es un juego de guerra ni una película. Esto es la vida real, con errores reales y terribles consecuencias humanitarias”.

Como mínimo, los líderes harían bien en desactivar inmediatamente los sistemas nucleares y en avanzar hacia un mundo libre de armas nucleares mediante la ampliación del Tratado de Prohibición de las Armas Nucleares de la ONU. Entró en vigor hace sólo 14 meses, pero ya cuenta con 83 Estados firmantes.

Más allá de las repercusiones militares, la guerra de Ucrania supondrá una gran carga para gran parte del Sur Global, que ya está luchando con las consecuencias económicas y sociales de la pandemia de la covid-19.

Un reciente estudio de la principal agencia de la ONU dedicada al comercio y el desarrollo, la UNCTAD, ha expresado su preocupación por “las dos ‘F’ fundamentales de los mercados de productos básicos: los alimentos y los combustibles”, siendo Ucrania y Rusia actores globales. El enorme papel de Rusia en el mercado mundial de la energía es bien conocido, y ambos países representan conjuntamente el 27% de todo el comercio de trigo y el 53% del comercio de aceite de girasol, muy utilizado en el Sur Global para cocinar.

La UNCTAD informa además: “Hasta 25 países africanos, incluidos muchos países menos desarrollados, importan más de un tercio de su trigo de los dos países, y 15 de ellos importan más de la mitad”. Según la secretaria general de la UNCTAD, Rebeca Grynspan, “el aumento de los precios de los alimentos y el combustible afectará a los más vulnerables de los países en desarrollo, presionando a los hogares más pobres que gastan la mayor parte de sus ingresos en alimentos, lo que provoca dificultades y hambre”.

Si la guerra interrumpe el transporte de mercancías por ferrocarril entre China y Europa, se producirán más complicaciones. Ello obligará a transportar más mercancías en barcos que recorren rutas marítimas ya saturadas, lo que provocará nuevos retrasos en las cadenas de suministro, mientras que los costes del combustible aumentarán aún más las presiones inflacionistas internacionales.

La guerra provocará un aumento de la inflación en todo el mundo, pero los más pobres serán los que más lo sientan, ya sea en el Norte o en el Sur Global, perjuicios que apenas se tienen en cuenta al analizar el impacto de la guerra.

Todo esto tiene como telón de fondo los problemas más amplios del posible colapso del clima y el sistema económico neoliberal: como sostiene Mary Kaldor, profesora en la London School of Economics, el fundamentalismo del mercado contribuyó en gran medida al ascenso de Putin.

Superar estos retos globales era una tarea ingente antes de la guerra y ahora se hace más difícil por sus consecuencias. Eso no es excusa para no trabajar por un mundo más pacífico, aunque el cúmulo de problemas pueda parecer desalentador. Nadie puede asumirlo todo, pero los papeles individuales son vitales. Además, el trabajo puede ser más fácil si se reconoce este panorama más amplio, un papel claro para organizaciones como openDemocracy.

[Rafael Poch-de-Feliu fue corresponsal en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania de la eurocrisis.]
[Paul Rogers es profesor emérito en el Departamento de Estudios sobre la Paz y Relaciones Internacionales de la Bradford University, en el norte de Inglaterra, e integrante honorario de la Joint Service Command and Staff College. Es asesor en openDemocracy-]
[“Cambios de régimen”, artículo de Rafael Poch, originalmente apareció en CTXT / Revista Contexto. El artículo de Paul Rogers, por otra parte, fue publicado en openDemocracy. Ambos textos son reproducidos aquí bajo la licencia Creative Commons.]

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