Ana Bernal-Triviño y las mujeres de Federico

Las protagonistas de Lorca vuelven para hablar de la actualidad…

La periodista y profesora desmenuza en esta entrevista los detalles de Las mujeres de Federico, un libro en el que las protagonistas de la obra de Federico García Lorca vuelven para hablar en (y de) la actualidad.


Están ustedes ante un libro luminoso, alegre, vivo. Un libro en el que, aunque el pellizco de dolor se te agarra por dentro, te da siempre una salida. Sabes que va a haber una salida. Muchas veces, incluso, te das cuenta de que llevas un montón de páginas sin parar de sonreír. Tanto es así que en este libro, con personajes de otros libros, hasta la muerte parece reversible. Las mujeres de Federico (Lunwerg Editores/Planeta Mx) continúa esas historias universales encerradas en la obra de Federico García Lorca. La periodista y profesora de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), Ana Bernal-Triviño, las saca de las estanterías, de los mundos en los que fueron creadas y las traslada hoy —en este siglo de algoritmos, de pandemias, de supuestos avances— a la Huerta de San Vicente, donde el poeta granadino pasó parte de sus últimos días antes de ser fusilado en 1936.

Ahí, en ese encuentro actual de Yerma, de doña Rosita, de Bernarda Alba y sus hijas, de Belisa, de la Novia… en ese encuentro en el que llegas a oler las flores y ver la luna sin necesidad de haber estado nunca allí, las mujeres de la obra de Federico García Lorca regresan para hablar y para hacer memoria. Y para poner las cosas en su sitio. Leer este libro, acompañado de las ilustraciones de Lady Desidia, es como ver en directo una obra de teatro pero con ellas, las protagonistas de verdad, sobre el escenario. Es como si estas mujeres estuvieran vivas. Porque, de algún modo, lo están. Bernal-Triviño les da la oportunidad de ser ellas mismas, de romper el silencio, de lidiar con la culpa, de superar los miedos, de buscar las herramientas para ser libres. Y, también, de ajustar cuentas con su autor, de pedirle explicaciones. “Hombre ya”, que diría doña Rosita.

Ana Bernal-Triviño. / Foto: Anaisbernal (Wikimedia Commons)

Sin grandes cambios

—Ha escrito un libro en el que los personajes, unos personajes tan particulares y profundos como las mujeres de Federico —alguna incluso muerta, como Adela—, viven y dan vida al escritor. ¿Cómo surge la idea?

Las mujeres de Federico era algo que estaba dentro de mí desde hacía muchísimo tiempo. No ha sido fortuito. Yo presenté este proyecto hace un año. Tuve seis meses para escribirlo. Pero mi pasión por Federico viene de muy atrás. Tú bien sabes que yo hice una carta a Federico en un diario que se llamaba Andalucesdiario porque Federico, para mi vida, ha sido alguien siempre muy cercano, y para toda mi familia. Los libros de Federico estaban en nuestra biblioteca. Yo he tenido la suerte de poder estudiar educación pública en el instituto y eso me acercó a La Casa de Bernarda Alba, que había que prepararla para Selectividad. Pero para mí no fue un autor más de los que tenía que aprender, para mí era un autor que me interpelaba con sus reflexiones, en cuyas obras las mujeres eran protagonistas y por eso las historias que mostraba para mí eran cercanas y, además, de Andalucía, de Granada, muy cerca de Málaga [de donde es la autora].

“Todo ese tipo de historias que también me evocaba la parte de las mujeres de mi familia, el hecho de que a mi propia abuela le sonara el nombre de Federico… Todo ese tipo de cosas… hacían que Federico fuera muy conocido en mi entorno familiar. Ha sido una persona a la que he recurrido cuando mi vida se retorcía y se retorcía muchísimo. En los textos de Federico siempre he encontrado respuestas que me han calmado, que me han ayudado a mirar más hacia adelante, porque nunca he querido perder ese espíritu de vitalidad a pesar del dolor, como también fue la vida de Federico ante la adversidad”.

Escrito en formato novela, el libro te habla, te interpela, te hace reflexionar sobre esas frases tipo ‘hemos avanzado muchísimo’, ‘esto ya no es lo que era’ y te pone delante un espejo en el que percibes que, aun con pasos adelante, el reflejo de aquellos años se sigue viendo por todas partes. «Lo entiendo, sé qué es así. Pero el matrimonio, de existir, no puede ser nuestra tragedia sino nuestro disfrute en libertad. No puede ser una vida entregada y una palabra sin vuelta atrás», dice por ejemplo Rosita. ¿Cuántas mujeres, cuántos niños y niñas viven hoy en una cárcel?

Si cambiáramos los nombres, el retrato, casi un siglo después, no varía mucho. Ni por el machismo ni por el contexto homofóbico en el que nos movemos:

—Yo quería reflexionar sobre esos dos aspectos y demostrar que, aunque pensamos que en teoría hemos avanzado mucho en derechos (y es cierto que parte de la sociedad sí lo ha hecho), sigue habiendo un reducto que, además, está potenciando y haciendo crecer la ignorancia, alentando ese odio en contra de las mujeres y de las personas homosexuales —sostiene la autora.

Pensemos en las agresiones homófobas en los últimos tiempos, en las declaraciones de ciertos miembros de la Iglesia: “En este ultimo año han ocurrido hechos que avalan incluso más la actualidad de este texto. Federico posiblemente hoy podría recibir una paliza por ser gay y las mujeres hoy siguen siendo juzgadas”, prosigue la autora.

Según su experiencia basada en el trabajo a diario con víctimas, existen tres constantes en las mujeres de Federico que no han desaparecido en la actualidad: la vergüenza, la culpa y el miedo. “Eso sigue estando en todas las víctimas de hoy —remarca—. Por eso es tan importante romper el silencio, compartir experiencias, porque solo así esas mujeres pueden avanzar”.

En la obra de Bernal-Triviño, el avance se introduce, poco a poco, en todas ellas, pero hay un ejemplo clamoroso de lo que supone toda esa escucha, todo ese hablar entre ellas y contar por lo que están pasando. Y es Bernarda. Esa mujer a la que llegas a odiar también puede transformarse. Hasta ella termina entendiendo qué significa ser libre: “E insisto —puntualiza Bernal-Triviño—, aunque pensemos que hemos avanzado mucho, la capa social que hay en contra de las mujeres que sufren violencia todavía permanece, todavía son señaladas y eso hace que muchas mujeres no puedan seguir avanzando hacia esa libertad, que es la que deberían conquistar”.

Algunas, como se quejan La Zapatera o la Criada en este libro, ni nombre tienen, como también ocurre en nuestra sociedad. “En la obra de Federico, los nombres están muy intencionados, no son fortuitos, y yo quería que muchas de ellas reivindicaran cómo querían ser llamadas. Nos pasamos toda la vida siendo nombradas, en boca de o por nuestras referencias con los hombres. Y yo quería que ellas tuvieran nombre propio, identificación propia, porque eso es lo que las va a definir ante la vida, tener una propia identidad”, explica.

El poder de la lucha colectiva

—En el libro, doña Rosita es la que organiza el encuentro con el que se gesta la maravillosa transformación. ¿Por qué la elegiste a ella?

—Doña Rosita ha sido un personaje que se ha llevado mucho al teatro, porque así fue concebido, pero creo que no tiene un nombre tan importante. Por ejemplo, a mí no me hablaron de doña Rosita en el instituto, pero sí me hablaron de Bodas de sangre, me hablaron de Yerma, me hablaron de Bernarda y de sus hijas, y creo que doña Rosita tiene una fortaleza y una entereza ante la vida increíbles. Y, por otro lado, su historia no se ha comparado, obviamente, con el nivel de la tragedia de Yerma, por ejemplo. Sin embargo, su vida es una vida de constante dolor y de espera [lleva esperando toda la vida a su primo para casarse, no tiene la opción de ser soltera porque le dé la gana] y doña Rosita representaba justo ese valor, el valor de la espera, que es lo que todas las protagonistas tienen en común y las mujeres de hoy seguimos teniendo: esa espera. Si pasamos violencia, esperamos que esa situación cambie; y cuando hemos superado esa violencia, esperamos que la sociedad cambie con la misma intensidad que nosotras.

Bernal-Triviño ve, además, en doña Rosita, el poder de la lucha colectiva: “Es la que más piensa en los demás. Ella se aísla en sí misma para que nadie vea su dolor. Tenía la capacidad de aunar a mujeres que venían de procesos muy traumáticos y ella los hacía más livianos. Y ese es un don que, en la psicología del propio personaje (que en eso he tenido que profundizar mucho, en la psicología de cada una), era un valor y me ayudaba a aunar el relato de todas”.

En el fondo, como explica la autora, el libro es un recorrido por el camino que afronta cualquier víctima: “Yo quería que fuera un libro de luz, por eso también las ilustraciones que hace Lady Desidia. Y la portada que al final comentamos que queríamos diseñar tenía que tener ese aire de luminosidad, de viveza, de alegría. Porque lo más importante que he aprendido en todo este tiempo es cuando la víctima se recupera, cuando la víctima vuelve a conseguir la energía para encauzar su vida, dejar atrás el dolor y volver a ser feliz. Volver a ver la sonrisa en una mujer que ha sido maltratada y ver que tiene ganas de comerse la vida es la mejor recompensa y el mayor desafío al que se enfrenta el machismo, porque demuestra que seguimos teniendo más poder que el dolor que nos intentan causar”.

Y el objetivo —prosigue— es que muchas mujeres que desconocen realmente cuál es la historia de las mujeres comprueben cómo la educación machista nos ata de pies y manos en muchas decisiones de la vida: “En cuestiones tan transcendentales como nuestras relaciones de pareja, la maternidad, las expectativas ante la vida… Yo quería que fuera también ese camino de reflexión en el que nos prejuzgamos entre nosotras mismas y cómo tenemos que tender más la mano para poder avanzar. Quería que esas mujeres pudieran verbalizar todas las situaciones trágicas que han vivido, enfrentarse ante ellas y, al final, liberarse por sí mismas, que fueran completamente independientes y saber que ese espacio de calma y paz existe. Que hay que hacer una travesía dolorosa, pero ese camino donde al final hay una luz se puede llegar a conseguir”.

Por eso están ustedes también ante un libro muy generoso. Muy especial. Por permitir, en estos tiempos convulsos de despedidas sin besos, que algo que no tiene marcha atrás como la muerte pueda parecer reversible, por permitirnos hablar con Federico aun estando muerto. “La verdad es que yo creo que todavía no he hecho el duelo de mis muertos. Y de mis muertos más recientes, ni mucho menos. Y tengo la necesidad de pensar que siguen viviendo de alguna forma. Ojalá la muerte fuera reversible. Por eso este libro es también un canto a la memoria, a la memoria histórica y a la memoria feminista. Porque defendiéndonos entre nosotras, seguimos honrando la memoria de tantas mujeres que han dado parte de su vida y de su esfuerzo para que nosotras hoy estemos aquí”.

Las mujeres de Federico también es, sin duda, un modo de recuperar la obra y la memoria del poeta granadino: “Una forma de recuperar su bondad, su nobleza. Harían falta muchas más personas como él para que este mundo fuera más humano. Lamentablemente, la muerte no es reversible pero para eso sirve la memoria, para que esa muerte no sea un portazo y que no haya nada más, sino que esa memoria sea como una semilla que pueda florecer en un futuro mejor”.

Y por eso, además, están ustedes ante un libro valiente, ante una autora valiente. “Yo tenía mucho miedo de asumir el papel de hacer que Federico volviera, y tenía que volver. Pero tenía miedo de que la gente no lo identificara. Mucha gente me escribe y me dice que no se atrevían a leer la obra porque pensaban que era como demasiado ambicioso a lo que me había enfrentado. Y yo no lo he hecho desde ese punto de vista de la ambición, sino intentando dar vida a uno de los míos, como si yo quisiera dar vida a uno de mis muertos. Una de las suertes que he tenido es que lo he leído tanto y he leído tanto, sobre todo sus cartas personales, que guardo mucho vocabulario, muchas de sus expresiones. Y eso ha sido como una seguridad que el propio Federico me ha dado”.

En esa relación de Bernal-Triviño con Federico, como a ella le gusta llamarlo, siempre ha existido, según explica, la necesidad de rebelarse ante el asesinato del poeta. “A mí me impresionó mucho cuando yo leí La Casa de Bernarda Alba en el instituto y mi profesora dijo que Federico fue fusilado. Y siempre me he preguntado qué más nos hubiera dado Federico de haber seguido vivo. Yo creo que, el hecho de que su obra quedara, sí ha hecho que me replanteara en muchísimas ocasiones qué sería de la vida de esas mujeres que Federico plasmó. Y ya cuando fui creciendo, en mi desarrollo como mujer feminista, pensé en muchísimas ocasiones qué sería de la vida de estas mujeres si vivieran hoy: ¿habrían cambiado sus vidas o sus vidas serían muy diferentes?”.

En resumen, están ustedes ante la historia que podría haber escrito el propio Federico si no lo hubieran matado. Una posible segunda parte de su obra. Y además, como dice Rosita, ellas no sólo han roto los muros de sus casas, de sus libros y de sus páginas. Han derribado los muros entre ellas mismas.

Texto publicado originalmente en La Marea; es reproducido aquí bajo la licencia Creative Commons.

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