Pablo Fernández Christlieb.

Si hoy no hay tiempo, no es precisamente por falta de tiempo sino por exceso de celular

Pablo Fernández Christlieb estrena libro: «Bobos contra babosos».

Si usted ha llegado a este texto dispuesto a leerlo o, al menos, a darle una oportunidad, sin duda pertenece al grupo de los bobos y no al de los babosos. Porque, como dice Pablo Fernández Christlieb en el libro Bobos contra babosos (y también en la siguiente entrevista), los bobos están siempre en Babia. Andan en la luna muy entretenidos pensando en la inmortalidad del cangrejo. Y nunca falta quien les pida que se despabilen, que pongan atención, pero ¿por qué deben hacer lo que los demás quieren? Ah, porque los del otro bando, o sea, los babosos, quieren imponerles deberes y hacerles cumplir con obligaciones para que aprovechen el tiempo, para que no dejen pasar las oportunidades, para que se apuren a llegar y, en suma, para que derroten competidores, aplasten subalternos y saquen ventajas: puro ganar-ganar, pues.


Más o menos de eso que dice arriba trata el libro más reciente de Pablo Fernández Christlieb (y también esta entrevista). De puros temas que no aparecen en el mapa de los políticos, los líderes empresariales o los expertos. Puros temas que se salen del tema como “Traer cambio”, “Los distraídos”, “El momento estelar”, “La barba de los vagabundos”, “Los albañiles”, “Los expulsados”, “Las ganas de fumar”, “Los veganos”, “El sentido de la vida” o, en efecto, “El estado de Babia”.

Publicado por Editoras los Miércoles, Bobos contra babosos propone, en su dialéctica, que en esta guerra los babosos creen que van ganando, pero no. Y lo creen nada más porque son capaces, por ejemplo, de embolsarse 35 millones de pesos en uno año (en 2021, por decir algo) ejerciendo (es mejor decir pervirtiendo) el noble oficio del periodismo. Y lo creen porque encuentran que, además, muchos les aplauden. Los babosos creen que van ganando porque llaman a sus letras liberales y obtienen (legalmente, dicen ellos) casi 300 millones de pesos del erario por publicidad en su revista y en su empresa maquiladora de historia, tan sólo en dos sexenios (de 2006 a 2018, por mencionar apenas un caso).

—Los babosos —nos dice Pablo Fernández Christlieb— creen que van ganando porque dominan el mercado, porque son los patrones; son los que levantan la voz, los que gritan. Los babosos nos hacen creer que el mundo es activo, emprendedor y perseguidor de triunfos. Pero la otra parte, la gente que no tiene los medios para andar cacareando todo eso, que no le interesa andar convenciendo a los demás, es mucho más grande. Los babosos nada más creen que van ganando, pero no: puede ser que los bobos seamos más. Y uno apela a eso: si alguien ve este libro en la librería sólo lo comprará si es bobo, no si es baboso.

Pero el aparato de propaganda de los babosos cuenta, ay, con mucho poder; un poder “conformado por noticieros, índices económicos, agencias de turismo, gadgets tecnológicos, editoriales de bestsellers, recetas de superación personal”, etcétera. No obstante, los bobos, escribe Pablo hacia el final de su libro, no van perdiendo porque saben sobrevivir: “Sólo que no usan micrófono ni hacen declaraciones, ya que su estrategia es de bajo perfil […] y se mantienen de manera que puedan ganar su vida y su guerra en paz, dedicándose a lo que aman, a lo que es su deber, a lo que les sale bien, que a veces hasta les gusta, cosas que difícilmente se pueden decir de los babosos”.

—¿Quién tiene tiempo, hoy, para pensar en la inmortalidad del cangrejo? —preguntamos a Pablo Fernández Christlieb.

—No: ya no hay tiempo. Pero si no hay tiempo, no es precisamente por falta de tiempo sino por exceso de celular. Me sorprende la gente en la calle o en el trabajo: uno ve que al primer instante prende el celular. Es un temor al aburrimiento, cuando bien podría uno estar en las nubes o pensando en la inmortalidad del cangrejo, baboseando o mirando a la nada. Ése es el tiempo que parece que ya no está. Ni siquiera aquel que se supone que uno tiene para descansar y distraerse porque no se distrae y no descansa. La idea de aprovechar el tiempo está impidiendo que existan ese descanso y esas distracciones. Lo que uno hace en libros como Bobos contra babosos y otros por el estilo es argumentar o abogar por el derecho a perder el tiempo. Se me hace que ya no se puede pensar en la inmortalidad del cangrejo, aunque es lo que uno quisiera y a lo que todo mundo aspira, pero resulta que es más difícil de lo que parece.

Pablo Fernández Christlieb. / Fotos de Alejandra Mireles.

—Un amigo, un excelente periodista cultural que desde hace años vive en Chihuahua, Óscar Enrique Ornelas, dice que el simple hecho de pensar es considerado, en ese lugar, un defecto de carácter. ¿Escribir, en estos tiempos, también lo es?

—Escribir es un refugio. No sé si sea un defecto o si sea una virtud, pero escribir es, como dice Mario Vargas Llosa (y ponlo donde quieras: en los bobos o en los babosos), algo así como impermeabilizarse contra la infelicidad. En ese sentido, sí, escribir es un lugar o un momento difícil de serenidad, de satisfacción, de tranquilidad. No hablo estrictamente de escribir para publicar, sino de escribir para lo que sea: para conocerse, para llevar un diario o para cositas más o menos así, que son espacios de serenidad. Puede uno encontrar esa serenidad, esa satisfacción, esa tranquilidad en muchas otras cosas también, como en hacer manualidades. A lo mejor escribir puede uno ponerlo entre las artesanías. Sobre todo porque tiene uno que entrar dentro de un ritmo que no es fácil, que es difícil. Por eso, una vez que uno lo logra, se siente soñado y muy contento. Y cuando uno termina no le importa siquiera publicar o no porque la tarea en sí misma valió la pena. Vamos a dejarlo en que escribir es una virtud que está vista como defecto desde el punto de vista de la productividad. Ésa es precisamente una de las paradojas de los reporteros: tienen que escribir, pero son evaluados o pagados desde el punto de vista de la productividad, cuando lo que necesitan es una calma, como decía Kapuściński, una calma larga, pero les piden que lo hagan aprisa y día tras día. No sé cómo le hacen.

—En uno de los 53 artículos de Bobos contra babosos dice que la única manera de arreglar el mundo es salirse del tema. Pero lo que sucede ahora es que todo el mundo quiere, precisamente, no sólo meterse al tema sino ser parte del tema.

—Podría uno pensar en Ucrania. De pronto, con la guerra, todo mundo se volvió experto en Ucrania. Pero lo mismo va pasando con muchos otros temas en los que hay tantos expertos. Todo el mundo se siente politizado, se pelean unos con otros, la polarización está fuerte, entonces salirse del tema vendría siendo la capacidad de pensar en algo que no estén pensando los demás, y hacerlo con un poco más de fondo: ponerse a leer un libro o ver una película sobre cualquier cosa de la que no se esté hablando, por ejemplo, o irse a la Cineteca (estoy pensando en mi hijo o en gentes que no están metidas en las noticias ni en las discusiones del día a día pero que, a la hora de usar el sentido común para opinar, de repente resulta que tienen un sentido común no dominado por las noticias ni por lo obvio). Creo que esto queda más claro con una anécdota que me contó Tomás Ibáñez. Durante la guerra de Irak de 2003 un gringo y un iraquí, medio funcionarios ambos, dieron una conferencia. El gringo, entonces, echó un rollo sobre la libertad y la extensión de la democracia. Pero en su turno, el iraquí sólo habló sobre el arte de la espera. ¡Y ya! Eso es salirse del tema. Salirse del tema no es estar fuera del mundo, sino estar en él en un nivel más profundo. Ése es el que quisiera uno. Es como la diferencia entre vivir en el día a día de la noticia, que en cuanto se publica ya es obsoleta, y vivir con la historia, que es algo más largo y permite entender más de fondo los problemas.

—Sé que usted, Pablo, es una persona que se refugia en sus distintas madrigueras: de libros, de escritura, de clases, de seminarios. No obstante, es capaz de advertir que, cuando menos en la Condesa, por donde usted pasa, “alrededor de las nueve de la mañana mujeres de muchas edades abren las tiendas y barren la banqueta, le echan agua, sacan letreros (del menú, de los tipos de manicure, de la lista de servicios, del precio de las fotocopias)”. Todo ello para “desperezar el changarro” y “alistar el mundo”, como escribe en el artículo que intitula “Nueve a. m.”. ¿Cómo es que escoge los temas de los que va a escribir? ¿Mientras camina? ¿Mientras convive con la gente? ¿Observando con detenimiento?

—Ja-ja. Uno ve a los que escriben en los periódicos y las revistas y, frente a los de junto, que sí saben muchas cosas, qué puede uno decir. Así que un día escogí temas sobre lo que nadie escribe y sobre lo que no se necesita saber nada para poder hacerlo. Más o menos como el de las mujeres que están barriendo a las nueve de la mañana. Entonces, decidí que mi tema va a ser la calle de diario y lo que va uno viendo ahí. Porque por muy encerrado que uno esté, uno tiene que ir a un lugar o a otro, uno tiene que ir por las tortillas y entonces ahí está el tema. Además, mientras hay gente que es capaz, como tú, de ir a entrevistar a alguien y hacerle preguntas, uno, por timidez o flojera, es incapaz de hacer eso: no voy a bares, no voy a restoranes, no tengo reuniones o juntas de trabajo con los colegas, por eso escojo los temas que existen y no aquellos de los que alguien me puede ilustrar o aquellos que salen de conversaciones en la cantina o en el restorán. Tomo lo que se me vaya apareciendo por la calle. De repente resulta que esos temas, de tan obvios, no se ven, y ahí ya tiene uno una especie de ganancia. También sorprende que esos temitas cotidianos, como el de las “Nueve a. m.” o el de “El aeropuerto” (que lo escribí con mucha rabia), cuando la gente los lee se da cuenta de que eso ya lo sabía. Dice Michel Tournier que cuando la gente lee un texto y dice “ah, sí, ése a mí ya se me había ocurrido” o “eso yo ya lo había pensado”, quiere decir que uno le atinó. Por ahí va entonces uno tirándole.

—Usted, además de escribir libros como el de Bobos contra babosos, compuesto por artículos que van apareciendo en diferentes medios, es autor de libros académicos como la Psicología colectiva un fin de siglo más tarde o La sociedad mental. Y es justo en ese mundo académico, al que usted también pertenece, donde he podido escuchar comentarios sobre sus artículos diciendo que en ellos habla de puros supuestos, de generalizaciones, o que no presenta información verificable.

—Ja-ja. Esto no lo anotes en la entrevista, pero de repente uno piensa que es por envidia, ¿no? Yo creo que, como te dije antes, me la paso leyendo libros, pero también me la paso escribiendo libros de psicología social gruesos, de los que ya no se publican, etcétera. Me consta, entonces, que los textos de los libros como Bobos contra babosos son suficientemente sólidos y tienen debajo, detrás o no sé dónde (porque lo importante es que no se note), tienen, sin que se note, ideas plagiadas de otros libros, de otros autores o de otro tipo de cosas. Tienen consistencia, no hay en ellos contradicciones que no sean meramente superficiales y tienen una idea de fondo. Los puedo justificar por ese lado. No son meras ocurrencias. O, bueno, la idea de la que nace cada texto quizá sea una ocurrencia, pero luego todos tienen un tratamiento con suficiente solidez. Vomitar datos, además de que es aburrido, eso sí que parece enormemente superficial.

—Hablando precisamente de envidias y envidiosos, no puedo dejar de preguntarle, por superficial que parezca, sobre los comentarios de algunos de sus alumnos de la Facultad de Psicología de la UNAM. La mayoría de ellos dice que usted “es inspirador”, que “es todo un rockstar” o que “es Dios, como dirían muchos”; claro, hay quienes declaran que se aburren en su clase porque no les gusta la filosofía o que necesitan leer bastante para entenderlo. Me encantó aquel que dice que usted “es muy cool porque trae su trip filosófico”. ¿A qué atribuye estas buenas opiniones sobre su trabajo como profesor?

—Ja-ja. Sí, lo que dicen estos comentarios me paraliza. Le pasa a uno como si quisiera obedecer las opiniones buenas, y eso no es bueno. Lo que sucede es que a uno le creen lo que dice porque se nota que yo me lo creo; me lo creo, al menos, mientras estoy dando la clase porque ya fuera de ahí no me creo nada. Se le nota a uno la pasión por lo que está haciendo y diciendo. Pero es meramente lo que hacen los cuentacuentos, más o menos. Por eso sale bien: lo que funciona en esta vida es la narración y cualquier cosa que esté narrada le interesa a la gente, aunque sean burradas. Porque eso se sostiene por más tiempo. Eso sí, una narración que tiene huecos o contradicciones severas no se sostiene. Pero de repente creo que los alumnos sienten que me creo lo que digo, y si yo me lo creo y le he echado tantas ganas y metido tanto tiempo, a lo mejor piensan que vale la pena. Es más o menos por ahí.

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