La trilogía literaria huach de Adrián Curiel Rivera

Circunstancias yucatecas…

Cumplido un ciclo, el escritor mexicano Adrián Curiel Rivera se armó de valor para soltar las amarras y emprender un nuevo viaje. Un impulso lo llevó a dejar Madrid para establecerse en Mérida cuando el siglo XXI todavía estaba despertando; fue como si el título de doctor en Literatura Española e Hispanoamericana recién obtenido le hubiera inyectado las agallas propias de los navegantes que se lanzan a conquistar el mundo. En Yucatán, nos cuenta aquí Eugenia Montalván Colón, la obra literaria de Adrián dio la pauta para establecer el nacimiento de la “literatura huach”.


MÉRIDA, Yucatán.


Cumplido un ciclo, el escritor Adrián Curiel Rivera (Ciudad de México, 1969) se armó de valor para soltar las amarras y emprender un nuevo viaje. ¿Adónde? A Yucatán. Un impulso grande lo llevó a dejar Madrid para establecerse en Mérida cuando el siglo XXI todavía estaba despertando; fue como si el título de doctor en Literatura Española e Hispanoamericana recién obtenido le hubiera inyectado las agallas propias de los navegantes que se lanzan a conquistar el mundo contando, tan solo, con una embarcación temerariamente ligera.

Ahora, en pleno 2022, todos los días surcan la mar fragatas diminutas y frágiles tripuladas con desesperación y hambre, mientras otros migrantes hacen olas al cambiar su lugar de residencia con pasaporte y cuentas bancarias en dólares. Sea como sea, emprender una vida nueva requiere coraje, y cada experiencia es única, así se trate de una madre soltera “sin-papeles” ambicionando futuro a costa de naufragar, o de un chico recién egresado de la Universidad Autónoma de Madrid que decide volver a su país, pues de fondo la misión es la misma: encausar el impulso primordial de la existencia cueste lo que cueste.

Frente a un destino manifiesto, la travesía de Adrián Curiel Rivera supuso un viraje en las coordenadas: del Distrito Federal, como se llamaba entonces, hacia el sureste de México, y este cambio de rumbo dio la pauta para el surgimiento de un subgénero en el corpus de la literatura mexicana actual.

Las características de la obra de Adrián Curiel Rivera dan la pauta para establecer el nacimiento de la “literatura huach”, fundada, precisamente, en la originalidad con la que el autor escribe sus novelas y relatos a partir de que decide venir a vivir a Mérida hace 18 años, el 12 de diciembre de 2003.

Curiel Rivera se aventura a narrar con lujo de detalle los hechos que observa y asimila (sin otra alternativa) al iniciarse o adentrarse (paulatinamente) en una realidad distinta a la que conocía, ya fuera en la Ciudad de México, donde nació, o en Madrid, donde había pasado los últimos años de su vida, y lo hace en su legítimo carácter de “huach”.

Así que, retomando los conceptos planteados en el primer párrafo, sustento que esta nueva corriente literaria se funda en el impulso que incita al autor a buscar un nuevo sitio en el mundo para establecerse y luego, ya habiendo llegado, escribir sobre los rasgos de la cultura imperante en el territorio recién descubierto, específicamente una ciudad, Mérida, capital de Yucatán, en el profundo sur de la República Mexicana.

En Yucatán se acostumbra llamar “wach” o “huach” a los que llegan a vivir a Mérida (u otras poblaciones del estado) provenientes del centro de la República, especialmente a los inmigrantes de la Ciudad de México. Y en dicho término, según la definición que aporta Miguel Güemez Pineda en su Diccionario del español yucateco (Plaza y Janés, Ciudad de México, 2011), “va implícita cierta carga despectiva”.

¿Qué más despectivo que el grafiti que durante largos meses ocupó la pared de un predio situado en una calle bastante transitada del centro de la ciudad?: “¡Fuera huaches de Yucatán!”

En la tendencia al rechazo de los huaches confluyen la apariencia física, el acento con el que hablan, su comportamiento y el apellido; esos son los rasgos que generan animadversión de manera más evidente, y son la causa que inhibe las relaciones sociales con los yucatecos, que siguen pensando que “todos los huaches son odiosos”.

En el día a día es común que un huach escuche a bocajarro la pregunta incisiva: ¿usted no es de acá, verdad? Con esta expresión impostergable, por ejemplo en una reunión de padres de familia, queda excavado el hueco donde se hunde cualquier intención de convivencia.

Actualmente, incluso, se cree que hay que desconfiar de los originarios de “Huachilandia” que vienen a vivir a Mérida porque son agresivos, prepotentes o conflictivos, características supuestamente contrarias al tradicional espíritu amable y sosegado de la población local.

Yo nací en Durango, pero vivo en Mérida desde hace 33 años y, sin embargo, todavía paso por “huach”, como lo evidencia la siguiente anécdota: resulta que en el mostrador de una tienda le hice ver a un hombre que estacionó mal su vehículo ocupando el espacio de tres autos impidiendo que otros nos estacionáramos cómoda o correctamente; la dependienta le pidió que moviera su auto; el aludido me miró furioso diciendo: “Pinches huaches”, y salió de la tienda mentando madres.

Las peripecias tragicómicas que narra Adrián Curiel Rivera en su novela Blanco Trópico (Alfaguara, 2013) se leen como un cúmulo de sinsabores con los cuales se identifican infinidad de huaches al adentrarse en la vibra espesa que transpira la aún casi impenetrable Mérida para los recién llegados, empezando por el trámite que representa el alquiler de una casa.

Los huaches recién inmigrados desconocen los usos y costumbres locales, desde luego, pero independientemente de los casos conflictivos que seguramente hay, la mayoría se adapta a la ciudad y a su gente con muy buen ánimo porque ante todo predomina el anhelo de una vida nueva próspera y tranquila, anhelo que hace fluir total disposición para asimilar el clima, la gastronomía y las costumbres, como por ejemplo dormir en hamaca; eso no obsta para que no advirtamos las diferencias en la idiosincrasia, diferencias que tienen que ver con la posición geográfica de Yucatán, su herencia cultural, sus tradiciones, la imponente influencia de la cultura maya y ese aire separatista que priva en un amplio sector de la sociedad yucateca, ante todo entre los más adinerados. [Como antropóloga y periodista cultural he escrito artículos, entrevistas y reportajes acerca de aspectos característicos de la sociedad yucateca, empezando por el propio español yucateco, influenciado por la lengua maya.]

A finales del siglo XX y principios del que está corriendo, empezó a establecerse en el centro de Mérida una comunidad de huaches y extranjeros que poco a poco cambió la apariencia de esta zona semiabandonada al comprar casas y restaurarlas para vivir en ellas o para abrir negocios. Como consecuencia de esta expansión, llegaron nuevas marcas de todo el espectro mercantil, creció la oferta académica (en tanto se multiplicaron exponencialmente las escuelas y universidades) y creció y se diversificó el campo del saber en la medida de que también se establecieron aquí varios centros de investigación (de todas las disciplinas científicas) poblados por una gran cantidad de huaches, a lo cual hace referencia directa Adrián Curiel Rivera en Blanco Trópico. Es el caso, por ejemplo, de las instituciones que dependen del Instituto Politécnico Nacional, la Universidad Nacional Autónoma de México, el Centro de Investigaciones Científicas de Yucatán (CICY) y otros más recientes, como el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), establecido en el Parque Científico de Yucatán, macro desarrollo enfocado a las ciencias de la tierra, la geofísica, la nanotecnología, etcétera.

Adrián Curiel Rivera, además de ser escritor, forma parte de la oleada de investigadores que no ha cesado de llegar a Mérida; él se estableció aquí como uno más de los fundadores del Centro Peninsular en Humanidades y Ciencias Sociales (Cephcis) de la UNAM, que actualmente dirige. Pero, independientemente de contar con una plaza académica, llegó con un haber de libros de su autoría a cuestas. (Los libros de relatos Unos niños inundaron la casa (1999), Madrid al través y Mercurio y otros relatos (2003), y las novelas El Señor Amarillo (2004) y Bogavante (publicada en en 2000 en España y reeditada en 2008 en México), entre otros títulos.)

Cuando Adrián Curiel Rivera llegó a Mérida no existía una colonia de huaches tan grande como la que habita hoy la capital de Yucatán, poblada también por cientos de extranjeros (la mayoría de Estados Unidos y Canadá) resueltos a adaptar su vida a esta urbe pacífica que oferta casas y terrenos a buen precio y que poco a poco se va poblando de restaurancitos hechos a partir de recetas gourmet de todo el mundo. Hace 20 años Mérida era una ciudad todavía contenida en términos geográficos y poblacionales. La mancha urbana no se había expandido hasta donde llega hoy salpicada de supermercados, changarritos de comida, bazares de ropa de segunda, tiendas de materiales de construcción y gasolineras al por mayor.

Adrián Curiel Rivera tomó un avión a Mérida cuando a este destino todavía no concurría la cantidad de vuelos que registró la bitácora de 2021 (a pesar de las mermas que ha representado la pandemia); en efecto, todavía en ese entonces ni los cielos de la península ni el Peón Contreras (cuando toca la Orquesta Sinfónica de Yucatán) se veían tan concurridos como ahora.

En su novela Blanco Trópico, Curiel Rivera funda una nueva perspectiva desde la cual es posible apreciar a la ciudad de Mérida. El protagonista Juan Ramírez Gallardo es sumamente sensible a las consonancias de Mérida, entendiendo por consonancias los ritmos de vida de la calle en armonía con los de los hogares, como si cierta linealidad traspasara de un ámbito a otro, carácter distintivo de una provincia que ya no existe.

El autor nombra “Blanco Trópico” al escenario de sus avatares en lugar de ubicar al lector en Mérida, y esta licencia redimensiona las características esenciales de este polo urbano cuya transformación percibimos a lo largo de esta novela que, a la postre, presenta una gran retrospectiva del perfil citadino que aún se percibe, si bien conforme pasan los años da paso a una nueva fisonomía…

En su obra, Curiel Rivera rememora pasajes autobiográficos de sus primeros días en la ciudad con suficiente apego a lo que habrán vivido —y todavía viven— muchos huaches recién llegados en cuanto al encontronazo que supone el clima: del calor extremo a la heladez, pasando por el vértigo que representan las amenazas de huracán, las plagas de moscos y otros insectos, etcétera…

La inserción de Juan Ramírez Gallardo en el medio académico de Blanco Trópico da la pauta para que el escritor narre, con pleno conocimiento de las actitudes de los colegas especialistas en múltiples campos de la investigación, ese ámbito ultra cauteloso y celoso que es apenas la mínima expresión de una ciudad cuya naturaleza es cien veces más compleja que aquella que encara un centro de estudios universitario.

Aislados de su pasado, Juan Ramírez Gallardo y Marcia, su esposa, se conformaron con beber “Casillero del Diablo”, pues: “En esa época, era evidente, no existía en la isla la más mínima cultura de vino”. Al ser tan reducida la oferta vinícola, está por demás decir que para Ramírez Gallardo fue toda una odisea conseguir —mediante temeraria excursión en taxi por toda la ciudad— un bendito sacacorchos.

El proceso de adaptación del personaje, las dificultades implícitas, las reflexiones circunstanciales, así como el sudor que impregna profusamente todo su cuerpo —hasta las partes íntimas— está descrito con pelos y señales, aunque —a la vez— con verdaderos aires de triunfo coronando cada uno de los múltiples desafíos, de modo que el lector o lectora huach que decida sumergirse en Blanco Trópico se verá identificado/a, mientras que la contraparte —la sociedad yucateca— verá su reflejo en una retrospectiva desvanecida, pues la cultura es dinámica, cambiante… Contra todo pronóstico, para unos y otros lectores, sin embargo, lo recomendable es adentrarse en la obra de Adrián Curiel Rivera bajo una estrategia individual de reflexión, de autoconocimiento…

Los sucesos autorreferenciales que el autor expone explican el proceso histórico de una ciudad a la cual se amolda, una ciudad donde, por fin, compra casa. Y considero un acierto rebautizar a Mérida como Blanco Trópico para exacerbar los rasgos distintivos de la ciudad en los que nos encanta regodearnos, especialmente en alusión a la blancura tenemos la tranquilidad, la seguridad, los cielos impolutos, la pureza de espíritu de la gente, los bajos índices de criminalidad, la luz diáfana del atardecer… Y en cuanto al trópico, el calor, la alegría de vivir, los ánimos encendidos para el amor, la calidez de la sonrisa franca, la camaradería y el gusto por tomar cerveza, ¡cómo no!

La segunda novela de Adrián Curiel Rivera, Paraíso en casa, publicada por Alfaguara (2018) ya no alude a Blanco Trópico como epicentro de la acción, pero sucede aquí mismo, en Mérida, y el personaje protagonista es otro álter ego del propio autor, ahora llamado Regino Félix Félix, un ingeniero nacido en la Ciudad de México en 1964 que decide mudarse a Mérida en los albores del siglo XX a consecuencia de un asalto (saliendo de una sucursal bancaria en Plaza Coyoacán con tres mil dólares) que le causa un desbalance mental difícil de superar.

Regino intenta sobreponerse a su desventura asistiendo al taller literario “Elenita Poniatowska” en el que es boicoteado por un yucateco defensor de la moral de sus aburguesados paisanos, un tirano de la cultura oficial autoproclamado cronista con sobrepeso de méritos y también de kilos, autor del libro “Amar a Mérida”, quien detenta poderes especiales para denostar cualquier intento del huach por escribir.

Regino intenta construir una novela intitulada Paraíso en casa en la que el protagonista es a su vez un escritor que acaba expulsado de su matrimonio y su casa al salir a la luz pública —en redes sociales— el desliz que tuvo con una empleada de Wallmart.

Por razones distintas el propio Regino sufre la pérdida de su aparentemente feliz rol de esposo orillado a un divorcio inminente.

Regino Félix Félix provoca incomodidad con el tema de su novela, porque la armonía familiar es uno de los valores arraigados de la sociedad yucateca tradicional que el cronista defiende a capa y espada.

Curiel Rivera narra múltiples situaciones límite a lo largo de las páginas de Paraíso en casa porque expone aspectos inquietantes de la personalidad femenina completamente al desnudo: sexo por dinero, matrimonio por dinero, divorcio por dinero… y así, otros tantos chantajes.

Alfaguara se instaura como el sello que respalda y afianza la literatura huach con esta obra de Adrián Curiel Rivera publicada cinco años después de Blanco Trópico, en 2018. Este sello de prestigio internacional, sin embargo, no ha hecho (porque aún podría hacerlo) una gran campaña de difusión de estas dos obras que simbolizan un subgénero naciente con un gran potencial. No obstante, fue el propio Adrián Curiel Rivera quien en el último semestre de 2021 se encargó de hacer referencia (o rebambaramba) a la instauración del concepto literatura huach, resultado de mi apreciación y valoración de su obra, en múltiples entrevistas a raíz de la publicación de su libro de relatos Amores veganos (Lectorum, 2021).

En Amores veganos, el libro, están contenidos relatos desde la perspectiva del huach ya integrado totalmente a la cultura yucateca como padre de familia, esposo, amante, director de un centro de estudios humanísticos, todo lo cual da como resultado una relación de simbiosis verdadera entre la perspectiva analítica del autor y su apego al medio.

“Día de patineta” es una espléndida apología de la cultura maya viva; la historia sucede entre Mérida y el municipio de Calcetok, comunidad prácticamente mayahablante, donde la gente está enraizada a unas grutas que misteriosamente prodigan sencillez y bondad.

“Amores veganos”, el relato, exhibe una relación de pareja fatídica, con escenas sexuales exponencialmente turbulentas por peligrosas, dado que el acto sexual (uno de tantos) sucede en el balcón de un hotel de cinco estrellas que con probabilidad sea, dadas las referencias tácitas, el Fiesta Americana. ¿Quién si no un huach —o una huach— se aventuraría a gemir de placer a los cuatro vientos de cara a las espléndidas arboledas de la Avenida Colón?

Obviamente el aeropuerto internacional de la ciudad de Mérida “Manuel Crescencio Rejón” (próximo a ser reemplazado, por cierto) juega un papel crucial en determinados pasajes de la literatura huach, particularmente por ser el lugar de traspaso de la realidad ajena a “la verdadera”, la única que realmente es. Al transgredir el espacio aéreo perteneciente a Blanco Trópico, los huaches inadvertidamente son absorbidos por la masa cultural de este incomparable Paraíso que desprende un sutil aroma a cochinita pibil, sobre todo a la hora del desayuno… Y es que a partir de traspasar la puerta del aeropuerto se suscita una vorágine particular, y Curiel Rivera la describe a fondo desde una mirada esperpéntica; es decir, haciendo notar que aun la más grotesca irrealidad es posible, por ejemplo: Mérida poseída por una jauría de perros. El relato “Salida número catorce”, incluido en el libro Día franco (UNAM, 2016), describe la miserable vida de Damián, un huach cuarentón que finalmente se libera de los lastres que lo agobian conduciendo a toda velocidad su automóvil por el periférico. Este relato junto con “Un anciano en la azotea”, incluidos en el mismo volumen, describen —en su brevedad— particularidades de la ciudad visualmente muy atractivas, como el deambular de las patrullas de policía…

Sugiero leer Blanco Trópico, Paraíso en casa y Amores veganos como una trilogía para comprender el profundo cariz de una aparente relación imposible entre dos polos opuestos desde el punto de vista cultural y político (Mérida y la Ciudad de México) que, sin embargo, está tomando un cauce inusitado conforme avanza el siglo XXI.

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