José de Jesús Sampedro echa una mirada al pasado para alumbrar breves fragmentos de la vida: “Él tiene ahora apenas diecisiete años. Los cumplió justo al mediodía del día 2 de noviembre. Véanlo ir de vuelta allá hacia su obvia casa paterna: pensativo, absorto, meditabundo…”.


Él tiene ahora apenas diecisiete años. Los cumplió justo al mediodía del día 2 de noviembre. Véanlo ir de vuelta allá hacia su obvia casa paterna: pensativo, absorto, meditabundo. La luna inerme es luna llena y alrededor la hueca calle la absorbe toda como un igloo y la compacta o la amplifica toda de acuerdo a un trazo urbano propicio o adverso o neutro siempre a los fantasmas crueles de la ciudad (de Zacatecas: matizo atendiendo a lo inteligible sólo del texto) que de imprevisto asolan, benignos. Véanlo. Estuvo en la función ya última de un moderno cine llamado Rex (moderno bajo la premisa de circunscribirlo de manera estricta a la aún asombrosa audiencia característica de la década de los sesenta: matizo aquí también esto) al que habitualmente asiste porque le conforta percibirse sustrayéndose a lo ordinario. Véanlo. Deducirán ustedes entonces que ningún problema impropio lo atenaza (o lo perturba al menos) y es cierto. O mejor: casi cierto. Un ejemplo basta y sobra para explicarlo. El futuro examen de Cálculo Diferencial e Integral le suscita un periodo breve de insomnio pero ni ustedes ni tampoco yo podríamos inferir que constituye un problema impropio de un muchachito que estudia esta materia al nivel de la indecisa escuela preparatoria. No obstante, desde que leyó un raro libro (y créanme: ignora incluso debido a qué lo adquirió), y desde que escuchó la canción aquella al atardecer entresacándola de las bocinas del enorme radio Philco de su papá, intuye que carece de algo e intuye que algo hay (contiguo, ignoto) convocándolo, esperándolo. Lo anterior explica a ustedes que vaya él de vuelta a casa pensativo, absorto, meditabundo. Como si el futuro examen triplicara en tromba su obscenidad y dictaminara condenarlo al ridículo. Para colmo, la película le parecería ineludiblemente triste y repasarla así después libertaría del cauce ciego a su tristeza alterna, a su nostalgia limpia, a su fe inmune e impune. Véanlo. La calle acaba y curva y llega hasta su infuso barrio y comprende al cabo que experimenta un enigma que comienza a fascinarlo, a aterrarlo, a insinuarle asociaciones dentro de las cuales subsiste todavía su rauda infancia (aunque de continuo confundiéndose entre lo veraz y entre lo inusual y entre lo ficticio). Véanlo. La inerme luna aporta un complementario grado a su expectativa y le anima incluso a decirse que no olvidará nunca ya al muchachito hermoso diciéndole no lo olvidará nunca ya, y que decírselo lo obliga a sujetarse a una especie atroz de fidelidad porque presupondrá una disciplina extrema (dura: implacable), y concluye en que únicamente gracias a la magnitud implícita en el compromiso que asumió el acto de vivir la vida adviene noble y bello y digno. Ahínco: pausa. Véanlo. Abre una puerta y entra y cierra una puerta y la zozobra tierna que lo esbozó divaga y gira en el aire. A propósito: el libro al que aludí era Nadja, “Like a rolling stone” la canción, Georgy Girl la película. Soy su Yo. El Que Fue. El Que Es. Yo. El muchachito…

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