El tedio es como un animal hecho de nada que se va comiendo todo. Consiste en que las cosas van perdiendo sus diferencias y por lo tanto toda la realidad se va uniformizando hasta volverse una plasta apelmazada. No es un problema personal y no es culpa de uno. No es rutina. Tampoco es crisis ni caos. El tedio es un fenómeno social particular: es lo que acabó con el imperio romano y lo que está deshaciendo al imperio norteamericano.


No es una cosa del ánimo: es una cosa de la realidad; se parece al engrudo. Se le encuentra pegado en los adornitos de las repisas y en el cajón de los suéteres, en las tiendas cerradas y en los semáforos que aunque estén en siga están en rojo; y por eso el aire agarra consistencia de mazacote, que se respira como si uno anduviera con tapabocas en la boca, con tapaideas en las ideas, con tapasueños en los sueños.

Así que el tedio no es un problema personal y no es culpa de uno, porque no es desgano ni desaliento ni desmotivación, cosas que se corrigen con tantita buena cara y con ponerse a hacer el deber y el quehacer; tampoco es ansia, desesperación o angustia, las cuales se arreglan con juntarse con los demás y hasta con un poco de yoga. No es rutina, porque ésta tiene sus descansos, ni es monotonía porque ahí cuando menos se hace algo; tampoco es crisis ni caos, que luego hasta son divertidos y hacen que la gente salga a la calle y se organice y ponga orden y futuro. El tedio es un fenómeno social particular: es lo que acabó con el imperio romano y lo que está deshaciendo al imperio norteamericano. Y es bastante común: se da durante las guerras largas, en las lanchas y los trenes de los inmigrantes, en las hambrunas, en los bloqueos económicos como el de Cuba, en los enfermos crónicos, en las pandemias, en las cuarentenas, en los fines de año, en las cárceles de alta seguridad. Y en lo único que se parece a la vida es en que uno no está muerto. Se le identifica porque la “T”, que es una letra muy dura, no va, como en el aburrimienTo, hasta el final, para que se disuelva, ni en medio, como en el fasTidio, sino desde el principio para que se sienta: Tedio; para que se sienta con mayúscula.

El hecho social del tedio consiste en que de pronto las cosas se empiezan a parecer unas a otras, todas se van volviendo iguales a las de junto: un día se parece al otro día, la ropa de hoy es la misma que la de ayer, los chistes de los memes se vuelven el mismo chiste y la risa que dan es todas las veces la misma risa, las puertas para salir se confunden con las puertas para entrar y todas las escaleras llegan al mismo piso, el trabajo se parece al descanso y los dos al desempleo, el home se parece al office, ya no sabe uno si prendió la televisión o el microondas, las series de Netflix se ven en serie, la sangre se parece al atole, el aire se parece al engrudo, los gatos se parecen a los familiares y los parientes a las plantas de la maceta; las noticias se empiezan a parecer unas a otras hasta formar un amasijo de información que no dice nada, pero siempre se repite. Y, en suma, el extraño fenómeno del tedio, casi como de realismo mágico, consiste en que las cosas van perdiendo sus diferencias y por lo tanto toda la realidad se va uniformizando hasta volverse una plasta apelmazada donde ya no tiene caso hacer una cosa o la otra, porque ya ni siquiera uno mismo es diferente, sino indiferente. El tedio es como un animal hecho de nada que se va comiendo todo.

El tedio llega como una estación —como la primavera— y, de hecho, se le ve venir, y todos se preparan para el acontecimiento y se emocionan y se ponen creativos y se enorgullecen de su resiliencia y se cuentan anécdotas tiernas y graciosas y llenas de esperanza, pero, poco a poco, se va notando que las anécdotas son muy parecidas entre sí, que una creatividad se parece a otra creatividad, y que la emoción y la esperanza se van embotando hasta que llega el día en que ese día es igual al otro y ya no hay para qué esperar el sábado o el último de mes, porque el futuro ya es como el presente. Y no es exactamente un tiempo muerto, sino más exactamente es que el tiempo se ha muerto, mientras uno se queda vivo: por eso en el tedio se ve que el tiempo no se mueve y, a la vez, contradictoriamente, uno se da cuenta de que no le da tiempo de nada. Y cuando el tiempo se ha muerto ni siquiera se puede esperar a que acabe, porque eso significaría que sí está pasando, que sí se está moviendo. A los que les gustaba la eternidad, pues aquí la tienen, pero es la eternidad de las plastas.

En fin, al tedio no hay que tomarlo como un estado de ánimo, porque eso es una cuestión personal, sino como un estado del tiempo —como el frío o como la lluvia—, como un estado de la realidad. Y entonces hay que ser realistas; es decir, no creer que uno es el que se siente así, sino que es la realidad la que se siente así. Y lo que toca hacer es irla viendo como quien ve llover; y si le place, poner cara de desgano o desaliento o desmotivación, porque si pone otra cara se verá muy tonto. Y eso sí es un problema personal.

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