Deslizar para actualizar

A las plataformas publicitarias como Facebook, Twitter, Instagram o TikTok lo que les interesa es que sus usuarios pasen horas navegando sin distraerse con los acontecimientos del mundo real. Y para ello está, nos dice Juan Soto en su colaboración más reciente para Salida de Emergencia, el desplazamiento infinito, que empuja a los usuarios a seguir mirando en un recorrido que no termina nunca. Mientras se sigan desplazando, siempre encontrarán algo distinto que ver. Su objetivo es claro: que los usuarios permanezcan el mayor tiempo posible en una plataforma sin abandonarla.


El ingenio aforístico, sin lugar a duda, fue uno de los pilares fundamentales de la cultura oral. Para ésta, la capacidad de memorizar también fue importante. Pero al llegar la imprenta las cosas cambiaron. La lectura y la escritura desplazaron, en buena medida, al ingenio aforístico. Nuestras formas de conocer el mundo y de comunicarnos se modificaron. La confianza en la palabra escrita e impresa sigue siendo superior, hoy día, a la que se le tiene a la palabra hablada.

Es cierto: epigramas, obiter dicta, contes morals, chanzas y anécdotas siguen siendo piezas fundamentales de la cultura y el sentido común de la sociedad, pero no son (en su conjunto) elementos expresivos a partir de los cuales se pretendería dar una explicación convincente acerca de algún acontecimiento social, económico o político en un salón de clases, por ejemplo. Con la llegada de la televisión, las formas de comunicación volvieron a cambiar y junto con ellas nuestras formas de ver, entender y relacionarnos con el mundo también. Las imágenes, en algún sentido, le fueron arrebatando el poder a la palabra impresa y escrita. La convicción de ver para creer no se debe a los medios audiovisuales, sino a la tradición ocularcentrista a la que pertenecemos (donde la visión ocupa un lugar privilegiado en la forma de conocer).

Neil Postman, ese distinguido seguidor de McLuhan, quien se convenció de la idea de que la forma más clara de ver a través de una cultura era prestar atención a sus instrumentos de conversación, propuso (inspirándose en Nietzsche) que toda epistemología es la epistemología de una etapa de desarrollo de los medios. Es decir, que cada medio trae consigo una epistemología distinta o, por lo menos, que cada medio promueve una epistemología diferente para ver, entender, pensar, experimentar, etc., el mundo y la realidad. Hablar de los medios implica hablar, inevitablemente, de su epistemología y reconocer que, las más de las veces, pasa casi siempre inadvertida. No somos particularmente diestros para identificar las consecuencias que los medios tienen sobre nosotros y nuestras vidas. No somos capaces de mirar con claridad la forma en que los medios modelan y controlan nuestras formas de asociación, interacción y expresión en diversos ámbitos de la vida. Solemos pasar por alto la forma en que nos imponen temas de conversación, pensamientos, afectos, cosmovisiones, formas de hablar, gustos, deseos, modos de diversión, etc. Los medios suelen cambiar la manera en que pensamos.

Pero vale decir que no todos los medios cambian de la misma forma el pensamiento social. La radio y la televisión, por ejemplo, nos permitieron saber qué estaba pasando al otro lado del mundo sin haber salido de casa (colonizaron los espacios privados). Mientras fueron adquiriendo mayor movilidad, gracias a que se hicieron más pequeños y se modificaron tecnológicamente, devinieron ubicuos. Su movilidad garantizó que fueran con nosotros a casi todas partes (colonizaron los espacios públicos). Con la llegada de Internet (“el primer medio verdaderamente global”), las plataformas digitales y social media, todo cambió nuevamente. El paradigma de la revolución digital (que presumía que los nuevos medios desplazarían a los viejos) se vino abajo y el paradigma de la convergencia (que asumió que los viejos y los nuevos medios interaccionarían de formas cada vez más complejas) parece haberse cumplido. La convergencia mediática ha alterado las relaciones tecnológicas existentes, las industrias, los mercados, los géneros y el público, como bien nos lo hizo saber Henry Jenkins (profesor de Comunicación, Periodismo y Artes Cinematográficas de la Universidad del Sur de California).

Pensar en las consecuencias del cambio tecnológico implica pensar más allá de las tecnologías mismas. Implica mirar hacia la cultura, la vida cotidiana, sus hábitos, sus prácticas e, incluso, sus costumbres. Nuestra capacidad de concentración, gracias a Internet y a los dispositivos móviles, se ha modificado. La idea de leer un libro sin hacer caso de las múltiples notificaciones que llegan al teléfono celular gracias a los sistemas de mensajería instantánea parece ser, hoy día, algo muy lejano. Cualquiera que acostumbre escribir textos utilizando la computadora como máquina de escribir ultramoderna sabe que debe sortear la tentación de echar una mirada a las múltiples ventanas que tiene abiertas en una sesión para no distraerse. Buscar información acerca de casi cualquier cosa puede hacerse, sin problema alguno, utilizando un buscador de Internet: desde la receta de Jauja para hacer caldo de pollo o conocer los efectos secundarios de las vacunas contra la covid-19, hasta saber dónde se puede adquirir el último libro de moda de Yuk Hui o Eric Sadin para citarlo en el próximo ensayo. Basta con saber surfear en los mares de la información digital para dar con los datos precisos casi sin tener que lidiar con el mundo real. Internet, los dispositivos móviles y las plataformas digitales están modificando nuestras formas de vida en múltiples sentidos.

Como Nicholas Carr —autor de Superficiales: lo que Internet está haciendo con nuestras mentes (libro que figuró como uno de los finalistas del premio Pulitzer) y quien curiosamente recibió el premio Neil Postman por parte de la Media Ecology Association—, muchos vivimos juventudes analógicas y, tras un cambio repentino, arribamos a la adultez digital. Otros no experimentaron ese cambio repentino. Para otros no hay registro de cómo la web se integró al trabajo, al estudio, a la vida social o a las comunicaciones. Cuando llegaron al mundo, Internet simplemente estaba ahí. Millones de usuarios alrededor del planeta, como marca la tradición, no conocen ni ha de interesarles su historia. Para tener una idea sobre cómo los dispositivos móviles, las redes sociales e Internet han modificado nuestras vidas hay que hacernos preguntas que versen sobre lo más elemental (tal y como los fenomenólogos se hicieron preguntas sobre la vida cotidiana en su momento). Así, pues, ¿se ha preguntado cuáles son los efectos del scroll infinito sobre nuestras vidas o acerca de quién fue su diseñador o inventor?

Aza Raskin, uno de esos típicos arrepentidos del mundo tecnológico, no se cansa de advertir cómo es que a las plataformas publicitarias (Facebook, Twitter, Instagram o TikTok, entre otras) les interesa que sus usuarios pasen horas navegando sin distraerse con los acontecimientos del mundo real (porque ya los pueden visualizar ahí y no es necesario contaminarse con él). Sin lugar a duda, el desplazamiento infinito empuja a los usuarios a seguir mirando porque se configura como un recorrido que no termina nunca, como un trayecto que por más que uno se siga desplazando siempre encontrará algo distinto que ver (y publicidad, obviamente).

La exposición a contenidos bajo el régimen del scroll infinito modifica sustantivamente nuestros hábitos de conocer e informarnos. No es algo con lo que hayamos estado relacionados históricamente. El contenido de un libro, por ejemplo, discurre de un capítulo a otro. El de una obra de teatro, de un acto a otro. El de una serie de televisión, de un episodio a otro y de una temporada a otra. Pero tienen un final. Uno puede respirar tranquilo cuando ha terminado de leer un buen libro. Y quizá quiera otro, pero tendrá que esperar a que se escriba y se publique. En el caso de las plataformas publicitarias parece que está garantizado que siempre habrá algo distinto que ver: los usuarios de Facebook subieron en promedio 147 mil fotos por minuto durante 2020 mientras en Instagram los usuarios publicaron unas 350 mil historias por minuto el mismo año. Y si tomamos en cuenta que TikTok se instaló, también en 2020, unas 2 mil 704 veces por minuto en diferentes dispositivos y que Twitter acumuló unos 319 usuarios nuevos por minuto, pues todo parece apuntar a que siempre habrá alguien que quiera publicar o mostrar algo.

El desplazamiento infinito representa una actividad distinta a muchas de las que conocemos (y que conocíamos). Su objetivo es claro: que los usuarios permanezcan el mayor tiempo posible en una plataforma sin abandonarla. Es una actividad muy distinta a la navegación: ir de un puerto a otro o de una página a otra. El desplazamiento infinito implica la pérdida de referentes porque no hay un punto de partida y otro de llegada. Y debe tomarse en cuenta que la actualización de los contenidos en las plataformas publicitarias también es infinita: basta deslizar la pantalla de arriba hacia abajo para que aparezcan nuevas historias y publicaciones. Hacer scroll infinito es equivalente a caer sin terminar con el brusco y seco encontronazo con el piso. Es equivalente a una muerte anunciada que nunca llega. Es un recorrido interminable que ni siquiera se constituye como un eterno retorno de lo mismo (a pesar de lo repetitivo que pueda ser). El scroll infinito es, sin duda, una de esas formas (que no la única) de hacer funcionar las plataformas publicitarias de manera eficiente para impedir que los usuarios se aparten de ellas mientras gozan —riendo a solas— de mirar contenidos, casi siempre banales, a través de las pantallas iluminadas de sus dispositivos móviles.

La entrega dócil a los medios y la calidez con la que recibimos los dispositivos tecnológicos y utilizamos las redes sociales sólo es una parte del problema. Todo lo que hacen las empresas, sin decirnos, por tener nuestra atención (y obviamente nuestro dinero) es más preocupante aún: el tiempo promedio diario dedicado al uso de Internet por parte de un individuo de entre 16 a 64 años fue, en 2020, de 6 horas y 54 minutos, considerando todos los dispositivos desde donde se conecta. Mientras pensemos que el problema somos nosotros solamente, los psicólogos seguirán vociferando rabiosamente en los medios que debemos salvar a los niños y a los jóvenes de las garras de las nuevas adicciones del sigo XXI vinculadas al uso de Internet, los dispositivos tecnológicos y las redes sociales. Y también seguiremos sumidos en la imposibilidad de comprender que, en las redes sociales, como nos sugirió Geert Lovink (el fundador del Institute of Network Cultures), nuestras relaciones son los medios idóneos para facilitar transacciones de mercado. Los indignados, los anticapitalistas y los autoproclamados salvamundos de espíritu mesiánico de Facebook seguirán sin darse cuenta que con sus publicaciones alimentan el sistema y hacen del desplazamiento infinito algo aún más indescriptible, paradójico e inesperado. Que con su síndrome del túnel carpiano lo paguen.

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