Las ocho décadas de Bob Dylan

El arte de escribir canciones.

Arquitecto de la música popular por casi 60 años, Bob Dylan es un tesoro lleno de folk, blues, rock y góspel. Su influencia abarca desde su estilo como letrista y compositor, hasta su estilo a la hora de cantar e interpretar las letras de sus canciones. Este 24 de mayo llega a sus ocho décadas de vida, motivo para acercarnos a su figura, su obra y, sobre todo, a su arte de escribir canciones. (Incluye aquí tres listas de reproducción.)


Único, inimitable, irrepetible

Resulta que no: no había viajado en un tren de carga, sus padres no estaban muertos y, por cierto, tampoco se llamaba Bob Dylan. Visto fríamente, ese muchachito que deambulaba por las calles de Nueva York, a inicios de la década de los sesenta —con guitarra y armónica en mano y llamado Robert Zimmerman—, era un farsante. En realidad, era un joven judío de clase media que había atravesado el país desde el Medio Oeste en un sedán de cuatro puertas, un Impala del 57. “Salí escopeteado de Chicago y atravesé con la directa puesta en ciudades humeantes, carreteras sinuosas, prados cubiertos de nieve”, confesó más tarde. Hoy lo sabemos: buena parte del resto de su historia era entonces mentira. Excepto sus canciones, claro, que decían la más pura verdad.

Complejo, irascible y un tanto extravagante, Bob Dylan es una de las grandes personalidades de la música contemporánea. Vea si no: en sus casi 60 años de oficio, a partes iguales ha sido observado, examinado, estudiado, endiosado, divinizado, injuriado y también vilipendiado. Ha sido analizado, mitificado, denostado, amado y odiado, pero pocas veces comprendido. Hoy, ya está fuera de toda duda: es único, inimitable, irrepetible, infinito…

¿Exageración?

No. Hay un antes y un después de Bob Dylan en la música y en la cultura popular. No existe periodo, corriente, recodo o tendencia que Dylan no haya explorado, tocado o incluso propiciado: como compositor, por ejemplo, fue pionero en varias escuelas en la composición de canciones: desde letras confesionales hasta narraciones sinuosas, alucinantes y llenas de conciencia y puño en alto. Como vocalista, rompió la noción de que un cantante debía tener una buena voz para poder actuar, redefiniendo así el papel del vocalista/interprete en la música popular. Como músico, por otra parte, provocó el surgimiento de nuevos géneros, incluyendo el country-rock, el folk-rock y lo que ahora ha dado en llamarse “americana”.

Y esa es sólo la punta de sus logros. La fuerza expansiva de Dylan ha sido lo suficientemente evidente desde el apogeo de su popularidad en los años sesenta: por ejemplo, el cambio de los Beatles hacia la composición introspectiva nunca habría sucedido sin él. Y hay más: al cantar sus inquietudes se convirtió, primero deliberadamente y luego a su pesar, en portavoz de por lo menos tres generaciones.

Eso sí: siempre por delante de sus oyentes, Dylan pasó del fervor político-social y las visiones apocalípticas a las bondades del matrimonio y luego a los horrores del divorcio, de buscar la fe a refunfuñar ante las noticias televisivas. Sin embargo, en Dylan siempre ha existido una sensación de compromiso con el mundo. Así, cuando en 1964 dejó de escribir canciones de protesta, empezó a escribirlas acerca de la injusticia, la hipocresía, la maldad, el prejuicio, la explotación, la crueldad, el amor profano y el amor sacro. Hoy por hoy, su influencia ha hecho eco y se ha expandido —como dice la frase— hasta el infinito y más allá.

“El secreto está en la carnada”

Bob Dylan —registrado al nacer como Robert Allen Zimmerman, en mayo de 1941— comenzó en la música hacia finales de los años cincuenta y principios de los sesenta. Publicó su primer álbum de estudio oficial en 1962.

Entre otras cosas, la grandeza de Dylan viene dada por su modo de escribir las letras de sus canciones, textos que podrían ser definidos como verdadera poesía, sobre todo si se comparan con el nivel medio de la producción musical global. Aunque para tener su sentido completo deben ser estimadas desde el envoltorio sonoro que las viste, sus letras también pueden ser examinadas y leídas por sí solas.

Sin ser demasiado profundo aquí, las fuentes de inspiración de la poética dylaniana son muchas y frecuentemente opuestas: van desde los poetas franceses del siglo XVI y el blues rural de los años veinte y treinta, pasando por el folk de Woody Guthrie —su primer maestro y guía—, Shakespeare, la biblia, pero también el lenguaje fragmentario de la publicidad o los medios de comunicación.

Y aquí aclaro: si el Dylan público puede ser analizado, estudiado, amado u odiado, el Dylan privado desprende un gran misterio. Más aún, cuando se trata de hablar de su oficio. De todas las cosas interesantes que ha dicho y que sigue diciendo Dylan, acaso las más intrigantes y luminosas a la vez son todas aquellas que se refieren al arte de escribir canciones. Y, sobre todo, al arte de escribir sus canciones. Aquellas que sólo pudo y puede y podrá escribir él y que —como le dice a la cámara de Martin Scorsese para su documental No Direction Home— tuvo que componer porque necesitaba cantarlas y no las hallaba por ningún lado. Como allí mismo comenta Dylan: de haber existido “Highway 61 revisited”y “Blowin’ in the wind” y “Like a rolling stone” y “Visions of Johanna” y “Just like a woman”, entre tantas otras, él sólo se habría limitado a interpretar material ajeno.

En Crónicas, el libro fragmentario de memorias que publicó en 2004, Dylan confiesa: “No estoy muy seguro de cuándo se me ocurrió empezar a componer mis propias canciones. Jamás se me habría ocurrido algo comparable a las letras folk que ya cantaba para expresar mis impresiones sobre el mundo. Supongo que vas entrando poco a poco. No te levantas un buen día y decides que necesitas escribir canciones, sobre todo si ya eres un cantante con un repertorio considerable y cada día aprendes otras nuevas. Siempre se puede presentar una oportunidad de convertir algo que ya existe en algo que aún no había cobrado forma. Eso es quizá el principio. A veces, sólo quieres hacer las cosas a tu manera, averiguar por ti mismo qué hay tras el telón oscuro. No es como si vieras venir las canciones y las invitaras a pasar. No resulta tan fácil.

“Quieres componer canciones colosales. Quieres hablar sobre las cosas extrañas que te han pasado, que has visto —continúa Dylan—. Tienes que conocer bien algo, comprenderlo, y trascender entonces el lugar común. La precisión escalofriante con que los compositores de antes trataban los temas de sus letras no era una menudencia. A veces, al escuchar una canción, tu mente pegaba un brinco. Percibías cierta analogía con tu manera de ver las cosas. Yo nunca juzgaba una canción como buena o como mala, para mí sólo había distintas clases de canciones buenas”.

Ya lo dijo el cantautor Arlo Guthrie, hijo de Woody: “Escribir canciones es como pescar en un arroyo; arrojas el anzuelo y te sientas a esperar que algo muerda. El problema es que con Dylan pescando corriente arriba nadie atrapa nada aquí abajo”. Palabras que, cuando se las comentaron a Dylan, provocaron una sonrisa y un suspiro y un “Bueno, el secreto está en la carnada”.

El amanecer de todo

“Cuando supe por primera vez que había sido merecedor de este Premio Nobel de Literatura”, dice Dylan al inicio de su discurso de aceptación del galardón (en 2016), “tuve que preguntarme cómo exactamente mis canciones se relacionaban con la literatura. Quería reflexionar sobre ello y ver dónde estaba la conexión.

“Si tuviera que volver al comienzo de todo, creo que tendría que empezar con Buddy Holly. Buddy murió cuando yo tenía alrededor de dieciocho años, él tenía veintidós. Desde el momento en que lo escuché por primera vez, me sentí emparentado. Me sentí vinculado, como si fuera un hermano mayor. Incluso pensé que me parecía a él. Buddy tocaba la música que yo amaba: la música con la que crecí: country western, rock’n’ roll y rhythm and blues. Tres propuestas separadas de la música que entrelazó y fundió en un solo género. Una marca. Y Buddy escribía canciones —canciones que tenían bellas melodías y versos imaginativos. Y cantaba muy bien —cantaba con distintas voces. Él era el arquetipo. Todo lo que yo no era y que quería ser. Lo vi sólo una vez, y eso fue unos días antes de que partiera. Tuve que viajar cien millas para verlo tocar y no me decepcionó.

“Era poderoso y electrizante y poseía una dominante presencia. Yo estaba a sólo seis pies de distancia. Estaba hipnotizando. Miraba su cara, sus manos, la forma en que marcaba el ritmo con el pie, sus grandes gafas negras, los ojos detrás de las gafas, la forma en que sostenía su guitarra, la forma en que se paraba, su traje elegante. Todo sobre él. Parecía mayor de veintidós años. Algo en él parecía permanente, y él me saturaba de convicción. Entonces, de repente, sucedió lo más extraño. Me miró directamente a los ojos y me transmitió algo. Algo que no sabría definir. Y me dio escalofríos”.

Uno o dos días después de eso, narra Dylan en su discurso, el avión en el que iba Buddy Holly cayó. “Y alguien —alguien a quien nunca antes había visto— me dio un disco de Leadbelly con la canción ‘Cotton fields’ en él. Y ese álbum cambió mi vida allí, en ese momento. Me transportó a un mundo que nunca había conocido. Fue como si se desatara una explosión. Como si hubiera estado caminando en la oscuridad y de repente la oscuridad se iluminase. Era como si alguien me pusiera las manos encima. Debo haber escuchado ese disco cien veces.

“Estaba en un sello discográfico del que nunca había oído hablar, dentro del cuadernillo lleno de anuncios de otros artistas del sello: Sonny Terry & Brownie McGhee, The New Lost City Ramblers, Jean Ritchie, ‘string bands’. Nunca había oído hablar de ninguno de ellos. Pero pensé que si estaban en el mismo sello con Leadbelly, tenían que ser buenos, así que necesitaba escucharlos. Quería saberlo todo y tocar ese tipo de música. Todavía tenía sentimientos por la música con la que había crecido, pero en ese momento la había olvidado, ni siquiera pensaba en ella; en ese momento ya se había ido”.

Entre Robert Johnson, Woody Guthrie y Rimbaud

En Crónicas, Dylan cuenta el modo minucioso en que estudió, por ejemplo, las canciones de Robert Johnson, el cantante de blues rural de los años treinta, casi completamente olvidado a comienzos de los sesenta: “Copié las letras para examinar con detenimiento la construcción, la asociación libre que usaba, las luminosas alegorías, las verdades envueltas en la abstracción del sinsentido”.

Dylan conocía ya en profundidad las largas tiradas de versos parecidas a sermones del cantante folk Woody Guthrie, su ídolo de juventud. A la alquimia le faltaba un único elemento, que llegó por mera coincidencia o como un azar travestido en destino. Suze Rotolo —una artista estadounidense y novia de Dylan entre 1961 y 1964 (la misma chica que aparece en la portada del disco Freewheelin)— lo introdujo hacia 1961 en la obra del poeta francés Arthur Rimbaud, sobre todo Una temporada en el infierno y las Cartas del vidente. Todo entonces tuvo sentido, explica Dylan. “Ojalá alguien me lo hubiera mencionado antes”. Rimbaud fue el reactivo que hizo posible la condensación imaginaria del folklore de Guthrie y los blues de Johnson con la prosa espontánea de Jack Kerouac, otro de los nombres decisivos en su educación artística, especialmente en su manera de escribir a golpes de sueños o iluminaciones, sin mirar nunca atrás. Como el mismo Dylan lo dijo: “Escribo siguiendo cadenas de imágenes”.

Cadenas de imágenes poéticas

En una entrevista que sostuvo con el periodista y crítico Robert Hilburn —publicada en Los Angeles Times en 2004 y calificada por varias publicaciones como legendaria—, Dylan explica su proceso de escritura.

Hilburn explica ahí que lo que le resulta más cómodo, y quizá más interesante a Dylan, “es hablar de cómo convierte la vida, las ideas, las observaciones y las cadenas de imágenes poéticas en canciones por medio de su oficio”.

“Hay tantas formas de abordar algo en una canción”, le dice Dylan a Hilburn. “Una forma es dar vida a los objetos inanimados. Eso lo hace muy bien Johnny Cash. Tiene esa frase, que dice: ‘Un barco carguero dijo: ella estuvo aquí, pero se fue, chico, se fue’. Es genial. ‘Un barco carguero dijo que ella estuvo aquí’. Eso es arte de verdad. Si haces eso una vez en una canción, le das la vuelta a partir de ese momento”.

El proceso que Dylan describe radica más en un trabajo regular que en la inspiración súbita: “Cuando trabajaba en ‘Like a rolling stone’ —le dice a Hilburn—, no estaba pensando en lo que quería decir, solamente pensaba: ¿queda bien esto para la rima?”.

Sin embargo, le comenta Hilburn, es innegable que hay también un elemento de misterio. A lo que responde Dylan: “Es como si un fantasma hubiera escrito una canción así. Te regala la canción y desaparece, se va. No sabes qué significa. Sólo que el fantasma me eligió a mí para escribir la canción”.

Dice Hilburn, y dice muy bien, que a lo largo de los años algunos oyentes se han quejado de que las canciones de Dylan son demasiado ambiguas, que parecen ser simplemente un ejercicio narcisista a base de juegos de palabras. Pero la mayoría de los críticos afirman que el auténtico punto fuerte de Dylan son sus imágenes a veces contrapuestas. En el pop estadounidense, señala Hilburn, son pocos los que han escrito con regularidad versos tan inquietantemente bellos y tan desafiantes como su “Just like a woman”, una canción de mediados de los sesenta: “Ella siente como una mujer, así es. / Ella hace el amor como una mujer, así es. / Y anhela como una mujer. / Pero se desmorona / como una niña”.

Como sucede con tantas de sus obras, la canción parece referirse a muchas cosas al mismo tiempo. Explica Dylan: “No se me dan muy bien las definiciones. Aunque pudiera decirte de qué trata la canción, no lo haría. Es el oyente el que tiene que hacerse una idea de lo que significa para él”.

Sin embargo, más adelante Dylan cede un poco: “Ésta es una canción muy amplia. La frase: ‘Pero se desmorona como una niña’ es una metáfora. Es igual que un montón de canciones basadas en el blues, en las que pueden estar hablando de una mujer, pero en realidad no están hablando de ninguna mujer. Puedes decir mucho cuando utilizas metáforas”.

Después, tras otra pausa, añade: “Es una canción urbana. Es como mirar algo extremadamente potente, como la sombra de una iglesia o algo así. Yo no pienso en términos laterales como escritor. Ése es un defecto de los viejos escritores de Broadway… Son muy laterales. No hay nada circular, nada que aprender en la canción, nada que te inspire. Yo siempre intento darle la vuelta a una canción. Si no es así tengo la sensación de estar haciendo perder el tiempo al oyente”.

Darle vuelta a la canción

Dylan dijo una vez que en los años sesenta escribía canciones tan deprisa que no quería irse a dormir porque le daba miedo perderse alguna. También dijo una vez que se empapaba de influencias con tanta rapidez que le costaba mucho apagar la luz por la noche. En un momento de la conversación con Robert Hilburn, le cuenta que alguien le dejó un libro de poemas de François Villon:

“Él escribía de cosas de la misma calle y las convertía en verso”, dice Dylan. “Te dejaba pasmado y te hacía plantearte por qué no podías hacer lo mismo en una canción”.

“Veía a Villon hablando de visitar a una prostituta y yo le daba la vuelta: yo no visitaría a una prostituta, yo hablaría de rescatar a una prostituta. Una vez más se trataba de darle la vuelta a las cosas, como ‘el vicio es salvación y la virtud puede ser tu ruina’”.

Escribe Hilburn: cuando escuchas a Dylan maravillarse aún con citas como la anterior de Maquiavelo o con “lo bello es inmundo y lo inmundo es bello” de Shakespeare, se entiende por qué sazona sus canciones con frases que siempre nos hacen cuestionarnos nuestros supuestos; versos clásicos como “No hay mayor éxito que el fracaso y el fracaso no es un éxito en absoluto”, de “Love minus zero/No limit”, de 1965.

Dylan atribuye todo el mérito a la tradición: “Yo no inventé esto”, le recalca a Hilburn. “Robert Johnson cantaba alguna canción y, de la nada, podía aparecer algún dicho de Confucio, y tú te quedabas como diciendo: ¿y de dónde salió esto? Es importante darle siempre la vuelta a las cosas de alguna forma”.

Eso sí: Dylan no le encontraba sentido a la disciplina de escribir todos los días: “Bueno, no soy un compositor tan serio”, dice. “Las canciones no me vienen así como así. Normalmente se cuecen durante un tiempo y descubres que es importante guardar los pedazos hasta que estén completamente formados y unidos unos a otros”.

Dylan se fue perfeccionando en el arte de escribir canciones con todo lo que le pudiera servir, tanto si era aprender viejos blues y canciones folk como empaparse en literatura.

“Yo había leído un montón de poesía cuando escribí muchas de aquellas primeras canciones —le cuenta Dylan a Hilburn—. Estaba metido en los poetas básicos. Los leía como otros leen a Stephen King. También los había leído de pequeño. Las cosas de Poe me dejaban anonadado en varios sentidos. Byron y Keats y todos esos. John Donne… O Byron. Él sigue y sigue y tú no sabes ni la mitad de las cosas de las que habla, ni la mitad de la gente a la que se refiere. Pero sí puedes apreciar su lenguaje”.

Y entonces se encontró al lado de los poetas beat. “No podías evitar entusiasmarte ante la idea de una poesía dicha en las calles, públicamente. Siempre había un poeta en los clubes y tú escuchabas los versos; Ginsberg y Corso eran tíos que tenían mucha influencia”.

“Yo quería hacer algo que perdurase”

Dylan ha dicho con frecuencia que él nunca se propuso cambiar la música pop o la sociedad. Sin embargo, escuchándolo y leyéndolo queda claro que estaba imbuido de los ideales que veía en la obra de Guthrie —su mayor influencia— y que se había propuesto ser fiel a ellos. A diferencia de otras estrellas de rock anteriores a él —que simplemente querían estar en las listas de éxito—, el objetivo de Dylan era otro: la trascendencia.

“Siempre admiré a los artistas auténticos, los que tenían dedicación, y aprendí de ellos”, le comenta a Hilburn. “La cultura popular generalmente llega a su fin con mucha rapidez. La arrojan a la tumba. Yo quería hacer algo que perdurase junto a los cuadros de Rembrandt”.

¿Y qué llega primero, las palabras o la música?, le pregunta Hilburn en otro momento.

Dylan contesta: “Bueno, tienes que entender que yo no soy un melodista. Mis canciones están basadas en viejos himnos protestantes, o en canciones de la familia Carter, o en variaciones del esquema blues. Lo que pasa es que cojo una canción que conozco y empiezo a tocarla mentalmente. Ésa es mi forma de meditar. Hay un montón de gente que mira una grieta de la pared y medita, o cuenta ovejas o ángeles o dinero o cualquier cosa, y es un hecho demostrado que eso les ayuda a relajarse. Yo no medito con ninguna de esas cosas. Yo medito sobre una canción.

“Por ejemplo, escribí ‘Blowin’ in the wind’ en 10 minutos; me limité a poner palabras a un viejo spiritual, probablemente algo que aprendí de los discos de la familia Carter. Ésta es la tradición de la música folk. Usas lo que has recibido en herencia. ‘The times they are a-changin’ probablemente venga de una antigua canción popular escocesa”.

En la conversación, Dylan recalca que sus rimas no son perfectas: “Lo que yo hago y muchos escritores no hacen es tomar un concepto y una línea que realmente quiero poner en una canción y si no encuentro forma de simplificarla, por más que haga, la dejo como está: entera y verdadera, y busco la forma de cantarla de manera que encaje en el esquema rítmico. Prefiero hacer eso a reventarla o perderla porque soy incapaz de rimarla”.

Hilburn le pregunta sobre “Subterranean homesick blues” de 1965, una de sus canciones más radicales en la que fusionó el folk y el blues y de la que John Lennon dijo una vez que era tan cautivadora a todos los niveles que le hacía preguntarse cómo podría competir alguna vez con ella.

“¿De dónde venía aquello?”, le pregunta.

Dylan le responde que la inspiración data de su adolescencia. “Es de Chuck Berry, un poco de ‘Too much monkey business’ y algo de las canciones scat de los años cuarenta”.

De nueva cuenta: beber de todos lados y de todos los rincones.

“Yo soy apenas el cartero”

Dylan a menudo ha optado por dinamitar su propia estatua, en cuanto a su genio y figura y obra. Suele lanzar frases y apuntes para confundir al enemigo. Citas como las que siguen: “Esos llamados conocedores de la música de Dylan, yo no siento que conozcan ni siquiera una partícula de lo que yo soy o de lo que me preocupa. Es absurdo, gracioso y triste que toda esa gente dedique tanto de su tiempo a pensar en qué, sobre quién. ¿Yo? Aprendan a vivir, por favor. Están desperdiciando sus vidas”. “Yo no soy lo que importa. Lo que importa son las canciones. Yo soy apenas el cartero. Yo soy el que entrega las canciones”. “La gente podría saber todo sobre mí a través de mis canciones, pero hay que saber dónde buscarlo”. “Mis canciones no son otra cosa que yo hablando conmigo mismo. Tal vez suene egoísta, pero así son las cosas”. “Si no pueden comprender mis canciones se están perdiendo de algo. Si no pueden entender los relojes verdes, sillas mojadas, lámparas púrpuras o estatuas hostiles, también se están perdiendo de algo”. “Puedes utilizar una canción para hacer cualquier cosa, ¿sabes?”. “En realidad no importa de dónde viene una canción. Lo único que importa es adónde te lleva”.

En una entrevista radiofónica de mayo de 1963, el periodista Studs Terkel le comenta a Dylan: da la impresión de que podrías escribir acerca de cualquier tema en el mundo.

—Cualquier cosa en la que valga la pena pensar, merece ser cantada —le responde.

Los temas, le dice Dylan a Hilburn en la cita entrevista, “no han sido nunca un problema”. Cuando el músico empezó, la guerra de Corea acababa de terminar.

“Aquello fue una pesada nube sobre las cabezas de todos —señala Dylan—. La cosa de los comunistas era aún bastante gorda y el movimiento de los derechos civiles estaba empezando. Así que había muchos temas sobre los que escribir. Pero yo nunca me puse a escribir de política. No quería ser un moralista político. Había gente que hacía eso precisamente. Phil Ochs se centró en lo político, pero todos tenemos muchas facetas y yo quería seguirlas todas. Podemos sentirnos muy generosos un día y muy egoístas al momento siguiente”.

“Cualquier idiota puede escribir canciones”

“¿Componer canciones? ¿Qué sé yo sobre componer canciones?”, le responde Dylan a Paul Zollo en otra legendaria conversación, esta vez de 1991 para la revista SongTalk.

Con toda la razón de su parte, Zollo escribe allí que Dylan fue el instigador, el que sabía que las canciones podían ir más lejos, que podían abarcar más. Dylan sabía que las canciones podían contener una riqueza lírica y un significado que trascendiera ampliamente el alcance de todas las canciones pop anteriores. Que podían poseer tanta belleza y poder como la mejor poesía y que, al estar escritas con ritmo y rima y fusionadas con música, podían hablarle a las almas.

Dylan rápidamente descartó los formatos antiguos y comenzó a crear otros nuevos, explica Zollo en la entrevista. Rompió todas las reglas de la composición de canciones sin abandonar el cuidado y el sentido artesanal que las sostienen. Trasladó la belleza lingüística de Shakespeare, Byron y Dylan Thomas, y la expansión y experimentación beat de Ginsberg, Kerouac y Ferlinghetti, a la poesía folk de Woody Guthrie y Hank Williams. Y cuando el mundo todavía se debatía aceptar este nuevo estilo, puntualiza Zollo, volvió a llevar la música a un nuevo lugar, al incluir en ella la electricidad del rock and roll.

“Básicamente, demostró que todo puede hacerse”, le señaló Robbie Robertson, de The Band, a Zollo. Por su parte, John Lennon le dijo que fue escuchar a Dylan lo que le permitió dar el salto de escribir canciones pop vacías a expresar la realidad de su vida y las profundidades de su propia alma. Cuando Zollo le preguntó a Paul Simon cómo había dado el salto de canciones rockeras de los años cincuenta como “Hey schoolgirl” a escribir “The sound of silence”, el músico le dijo: “No creo que pueda deberse a alguien más salvo a Bob Dylan”.

En cierto momento de la charla, Zollo le pregunta a Dylan:

“—Tus canciones a menudo nos remontan a otros tiempos. Están repletas de imágenes míticas y mágicas. Una canción como ‘Changing of the guard’ parece tener lugar hace siglos, con versos como ‘Le afeitaron la cabeza / Se debatía entre Júpiter y Apolo / Llegó un mensajero con un ruiseñor negro…’. ¿Cómo te conectas con una canción así?

“—Una canción como ésa… No hay modo de saberlo, a menos que haya alguien que la disponga en orden cronológico, para ver qué motivación había detrás de ella —responde Dylan—. Pero en cierto sentido, naturalmente, no es diferente de cualquier otra cosa mía. Es la misma cantidad de versos métricos que un poema. Para mí, es como un poema… Las melodías en mi mente son muy simples, muy simples, están basadas en la música que todos hemos escuchado al crecer. Eso y música que se remonta más atrás, más allá, baladas isabelinas y todo eso…”

En otro momento, Dylan lanza este dardo: “El mundo no necesita más canciones”. A lo que Zollo responde: “¿Tú crees?”.

Entonces, Dylan contesta: “Sí. Ya hay suficientes. Hay demasiadas. De hecho, si nadie escribiera más canción a partir de hoy, el mundo no sufriría por ello. A nadie le importa. La gente tiene bastantes canciones para escuchar, si eso es lo que quiere hacer. Cada hombre, mujer y niño de este mundo podría recibir, digamos, cien discos y nunca tendría que escuchar una canción repetida. Ya hay bastantes canciones. A menos que alguien venga con un corazón puro y tenga algo que decir. Esa es una historia diferente. Pero en cuanto a escribir canciones, cualquier idiota podría hacerlo. Si me vieran a mí escribir una canción se darían perfectamente cuenta de lo que quiero decir. [Risas] No es una cosa tan difícil. Todo el mundo puede escribir una canción, lo mismo que todo el mundo tiene esa gran novela en su interior”.

“Soy un artista del trapecio”

“No me llamo poeta porque no me gusta la palabra. Soy un artista del trapecio”. Fue la respuesta que un joven Bob Dylan dio en una entrevista en 1965 a la pregunta de si se consideraba un genio de las palabras. La crítica ya por entonces se rendía a sus composiciones, y también por esas fechas el músico ya respondía a contrapié, con su inconfundible estilo, que evidenciaba un personaje fuera de lo común.

Como todo mundo hoy lo sabe, o intuye, las canciones tienen diversos planos; son, por decirlo de alguna forma, objetos tridimensionales: comprenden la palabra, la música y la voz. Pero Dylan advirtió siempre que lo importante de sus canciones eran las palabras y, en segundo lugar, la música. A Paul J. Robbins, de LA Free Press, le dijo en marzo de 1965:

“La palabra poesía no puedo definirla, ni siquiera trataría de hacerlo. Hubo un tiempo en que pensaba que Robert Frost era poesía; en otras ocasiones he pensado que Allen Ginsberg era poesía; algunas veces pensé que François Villon era poesía… Pero la poesía no está realmente relegada a la página impresa… Oye, que yo tampoco soy de los que dice, ‘Mira a esa chica caminando, ¿no te parece poesía?’ No me voy a rebanar la cabeza con el tema. Las letras de las canciones… Lo que pasa es que quizá resulten más extrañas que en la mayoría de las canciones. A mí me sale fácil escribir canciones. Hace mucho tiempo que lo hago. Y las letras de las canciones no las escribo simplemente para cubrir el expediente, las escribo para que se puedan leer. Si se le quita aquello que es propio de la canción: el ritmo, la melodía, todavía las puedo recitar. Y no hay nada de malo con las canciones en que uno no puede hacer lo mismo… canciones que sin compás ni melodía no se aguantarían. Porque no están concebidas de ese modo, ¿sabes? Las canciones son canciones… No creo en la necesidad de esperar demasiado de nada en concreto”.

Regresando a la entrevista con Zollo, él le pregunta: “Van Morrison dice que eres nuestro mayor poeta vivo. ¿Te ves así?”

Tras una pausa, el músico responde: “A veces. Está dentro de mí. Está en mí lo de entregarme como poeta. Pero es un esfuerzo. Es un gran esfuerzo”.

Entonces Dylan prosigue como sólo Dylan podría hacerlo: “Los poetas no conducen coches. Los poetas no van al supermercado. Los poetas no tiran la basura. Los poetas no están en la asociación de padres. Los poetas, ya sabes, no protestan contra el Consorcio de la Vivienda, o lo que sea. Los poetas no … Los poetas ni siquiera hablan por teléfono. Ni siquiera hablan con nadie. Los poetas escuchan mucho y… normalmente, ¡saben por qué son poetas! El mundo no necesita más poemas, tiene a Shakespeare. Hay suficiente de todo. Lo que sea, hay suficiente”.

Lirismo exquisito, temas atemporales

Aunque Van Morrison y otros lo han llamado el mejor poeta del mundo, Dylan ha insistido en varias ocasiones que no se considera como tal. Sin embargo, ha escrito poesía que se encuentra entre la más hermosa y potente que el mundo ha conocido, poesía de amor e indignación, de misterio y misericordia, de abstracción y claridad, de vida y de muerte. Sus traductores están convencidos de que ha conseguido una síntesis muy difícil de lograr entre tradiciones musicales y literarias.

“El trabajo de Dylan es una apuesta contra lo convencional, carece de los juicios morales fáciles, el discurso pop o las frecuentes concesiones a la audiencia”, escribió Bill Wyman en un artículo de opinión de 2013 en The New York Times. “Su lirismo es exquisito; sus preocupaciones y temas son atemporales; y pocos poetas de cualquier época han tenido una influencia tan universal con su trabajo”.

Exceptuando lo bíblico, que es un elemento central que se puede hallar desde sus primeras canciones, y desde luego Shakespeare, las distintas lecturas que Dylan va haciendo en cada época aparecen en sus canciones: lo absorbe todo. Es una figura para la que no pasa el tiempo, porque atraviesa las épocas. En sus letras están Rimbaud, Petrarca, decenas y decenas de citas tomadas del blues y del country, incluso de periódicos…

Sólo los que alguna vez se han sumergido en su revelador universo, reconocerán que Dylan es un poeta en toda regla, además de un artista rozando el genio. Por eso, no es de extrañar que a largo de su carrera haya sido reconocido (sobre todo en las últimas décadas) por sus composiciones, interpretaciones y grabaciones. Ha sido galardonado en la música, el cine, la literatura y en el cultura.

Sus discos le han válido varios premios Grammy, Globos de Oro y un Oscar. Su nombre se halla en el Salón de la Fama del Rock and Roll, el Salón de la Fama de Compositores de Nashville y el Salón de la Fama de los Compositores. En enero de 1990, fue investido Caballero de la Orden de las Artes y las Letras por el Ministro de Cultura de Francia Jack Lang. En el año 2000, ganó el Premio de Música Polar de la Real Academia Sueca de Música. En junio de 2007 fue premiado con el Príncipe de Asturias de las Artes, y un año después recibió un reconocimiento honorario del Premio Pulitzer. Y, claro, en octubre de 2016 la Academia Sueca le otorgó el Premio Nobel de Literatura.

El premio Pulitzer, otorgado por la Universidad de Columbia, los periódicos Washington Post y New York Times y la agencia Reuters, le fue concedido a Dylan por “su profundo impacto en la música y la cultura popular americana, gracias al poder poético de sus composiciones”. El Principe de Asturias, por su lado, señaló en su acta: “Austero en las formas y profundo en los mensajes, Dylan conjuga la canción y la poesía en una obra que crea escuela y determina la educación sentimental de muchos millones de personas. Por ello mismo, es fiel reflejo del espíritu de una época que busca respuestas en el viento para los deseos que habitan en el corazón de los seres humanos”. Mientras que el Nobel de Literatura se le concedía “por crear un nuevo medio de expresión poética dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”.

El poeta beat Allen Ginsberg fue el que más defendió la obra de Dylan como un legado literario a premiar: en 1996 fue uno de los principales organizadores de un comité de campaña en Estocolmo, apoyado por Gordon Ball, profesor de la Universidad de Virginia.

Ginsberg afirmaba: “Dylan es uno de los más grandes bardos y juglares norteamericanos del siglo XX y sus palabras han influido en varias generaciones de hombres y mujeres de todo el mundo”. Ball, por su lado, escribió: “Aunque es conocido como músico, sería un grave error ignorar sus extraordinarios logros en el campo de la literatura. Dylan ha devuelto la poesía de nuestra época a su transmisión primordial a través del cuerpo, revivió la tradición de los trovadores. Su obra excede los límites de la cultura popular”.

No son los únicos que han elogiado las letras poéticas de Dylan. Los libros y los estudios acerca de su obra dan para cubrir una biblioteca. El Instituto de Estudios de Bob Dylan, creado en 2017 por la Universidad de Tulsa (Oklahoma, EUA) calcula que existen más de dos mil libros escritos sobre el autor de “Desolation row”. Desde aquellos que ofrecen las letras de sus canciones, y que son de los más vendidos en el sector, hasta los que analizan cada detalle de su dilatada carrera. Uno de los más destacados es Dylan poeta: visiones del pecado, donde el prestigioso profesor Christopher Ricks califica al autor de “Visions of Johanna” como uno de los grandes rimadores de la lengua inglesa.

2020: pandemia, encierro, alto total y disco nuevo

Recordemos: voluntariosamente evasivo, lo que Bob Dylan canta, escribe o declara frente a una grabadora no es necesariamente la última palabra: es legendaria su reputación de crear historias de su vida. Y su ya mítica alergia a los medios de comunicación tampoco ayuda mucho a comprender los materiales de su creación. Hace décadas que ha transformado en un arte su búsqueda precipitada de la invisibilidad.

Por eso sorprendió que el año pasado, en medio del confinamiento por la pandemia de coronavirus, Dylan le concediera una entrevista a Douglas Brinkley, catedrático de la Universidad de Rice, para hablar de su nuevo álbum, Rough and Rowdy Ways, en las páginas de The New York Times.

En una conversación distendida —debemos recordar que Dylan está en paro total de su gira interminable por las razones de sobra conocidas—, el músico evoca el pasado y revela en sus propios términos el significado de la mortalidad.

Le pregunta Douglas Brinkley: la canción “I contain multitudes” tiene una frase poderosa: “Duermo con la vida y la muerte en la misma cama”. Supongo que todos nos sentimos de esa manera cuando llegamos a cierta edad. ¿Piensas a menudo en la mortalidad?

Dylan responde: “Pienso en la muerte de la raza humana, en el largo y extraño trayecto del simio desnudo. No es por ser ligero en ello, pero la vida de todos es pasajera. Todos los seres humanos, sin importar su fuerza ni su poder, son frágiles cuando se trata de la muerte. Lo pienso en términos generales, no de manera personal”.

En otra parte de la conversación, Brinkley le dice a Dylan que hay mucho sentimiento apocalíptico en la canción “Murder most foul”. ¿Te preocupa que en 2020 lleguemos a un punto sin retorno, que la tecnología y la hiperindustrialización se opongan a la vida humana en la Tierra?

“Claro, hay muchas razones para mostrarse aprehensivo al respecto”, responde el músico. “Definitivamente hay mucha más ansiedad y nervios que antes. Pero eso sólo aplica a las personas de cierta edad como tú y como yo, Doug. Solemos vivir en el pasado, pero esos sólo somos nosotros. Los jóvenes no tienen esa tendencia. No tienen pasado, así que todo lo que saben es lo que ven y escuchan, y se creen cualquier cosa. En 20 o 30 años, todos estarán en la delantera. Cuando veas a alguien que tiene 10 años, sabrás que tendrá el control en 20 o 30 años, y no tendrá idea del mundo que conocimos nosotros. Los jóvenes adolescentes de ahora no tienen pasado que recordar. Así que quizá lo mejor es adoptar esa mentalidad en cuanto podamos porque así será la realidad.

“En cuanto a la tecnología, nos vuelve vulnerables a todos. Pero los jóvenes no piensan así. Eso no les importa. Las telecomunicaciones y la tecnología avanzada forman parte del mundo en el que nacieron. Nuestro mundo ya es obsoleto”.

Enfilado, el profesor Douglas le pregunta sobre la escritura de canciones: “I contain multitudes” tiene partes sorprendentemente autobiográficas. Los últimos dos versos expresan un estoicismo agresivo, mientras que el resto de la canción es una confesión cómica. ¿Te divertiste lidiando con los impulsos contradictorios de ti y de la naturaleza humana en general?

“No tuve que lidiar mucho con eso —explica Dylan—. Es el tipo de situación en la que acumulas versos de corriente de conciencia y después lo dejas así para pulirlo todo. En esa canción, los últimos versos se escribieron primero. Así que esa era la dirección de la canción desde el principio. Obviamente, el motor de la canción es la frase que la titula. Es una de esas cosas que escribes por instinto, como en un estado de trance. La mayoría de mis canciones recientes son así. La letra es lo verdadero, lo tangible; no son metáforas. Las canciones parecen conocerse, y saben que puedo cantarlas, vocalmente y rítmicamente. Casi se escriben solas y cuentan conmigo para cantarlas”.

Al final, Douglas le pregunta cuál es su estado de salud. “Parece que estás en muy buena condición física. ¿Cómo haces que la mente y el cuerpo funcionen en conjunto?”, le pregunta.

Responde Dylan: “Esa es una gran pregunta, ¿no? ¿Cómo lo hacen las personas? La mente y el cuerpo van de la mano. Debe haber algún tipo de conciliación. Me gusta pensar que la mente es el espíritu y el cuerpo, la sustancia. No tengo idea de cómo se integran esas dos cosas. Simplemente trato de continuar en línea recta y seguir adelante, tener el mismo nivel”.

He aquí al Bob Dylan del siglo XXI. Apacible y bien consigo mismo a sus 80 años. Un Dylan casi en la misma línea de flotación del que existía en el año 1997. En aquel momento, cuando le hicieron hablar sobre su estado de ánimo, le preguntaron si se le podría aplicar la palabra feliz. Dylan se rió.

—Creo que es difícil encontrar la felicidad, así en general. La época de la alegre juventud ya ha pasado. Creo que se puede tener delirios en la juventud, pero cuando uno se hace mayor, las cosas suceden de verdad.

Y tiene razón Dylan. Tiene mucha razón…

Tres listas de reproducción

Bob Dylan, 80 años: Este es Bob Dylan

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Bob Dylan, 80 años: Singles

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