Bob Dylan, octogenario

Músico y Nobel de Literatura.

Sin duda alguna, es uno de los artistas más influyentes no sólo de la historia de la música popular del siglo XX y principios del XXI, lo es también de la cultura toda desde los años sesenta —cuando inició su camino—, debido, sobre todo, al gran poder de sus composiciones. Y es que ellas, sus canciones, que han ejercido una influencia global desde que en 1962 se publicara su primer disco, conllevan un extraordinario poder poético y reivindicativo. Su estilo, que inicialmente bebía de las fuentes del folk de su país —Estados Unidos—, se electrificó en 1965 con el disco Highway 61 Revisited —considerado como uno de los mejores de la historia de rock— y desde entonces ha desarrollado una trayectoria esencial, fundamental. Cuando el 13 de octubre de 2016 la Academia Sueca le otorgó el Premio Nobel de Literatura estaba reconociéndolo como una de las voces más influyentes de la cultura de los últimos cincuenta años. Su nombre: Bob Dylan. Y este 24 de mayo cumple 80 años…


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El Nobel de Literatura en 2016, un año antes de los escándalos de la Academia Sueca por entramados de acoso sexual y de posibles actos corruptibles en la selección de los autores (que dejara, por lo mismo, vacante ese galardón en 2017) le fue concedido a Bob Dylan (Robert Allen Zimmerman, nacido en Minnesota el 24 de mayo de 1941) por el conjunto de su obra escritural en los ramos del folk y el rock, modificando asimismo la valoración de la música popular norteamericana.

A pesar de la controversia, inútil, que se desató en las redes sociales por esa decisión sueca, Bob Dylan es un autor que escribe canciones, así como Darío Fo era un escritor que hacía teatro o Pablo Neruda era un escritor que hacía poesía o Svetlana Aleksiévich es una escritora que hace periodismo.

A sus 75 años, Dylan recibió este premio justamente cuando estaba dedicado a grabar algunos de los álbumes más soporíferos de su historia con nostalgia por Frank Sinatra, pero discográficamente Dylan varias veces ha errado el rumbo (como cuando grabó álbumes declaradamente en alabanzas al Dios de los católicos); sin embargo, las más de las veces ha orientado posteriormente, con demasiada lucidez, su camino en las narrativas sin bandera, heterodoxas, sublimemente literarias, poesía bajo el manto de la música rock.

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Así como Eric Clapton se ha sentido incomodado por ese adjetivo de “Dios de la Guitarra” que se empecinan en adjudicarle unos cuantos debilitados comensales comentaristas de rock, del mismo modo Bob Dylan jamás se ha creído aquello que lo centran como el pitoniso del rock. Cumplidos los 75 años el 24 de mayo de 2016 —siete años menor que el canadiense Leonard Cohen, el otro literato del rock, fallecido el 7 de noviembre de 2016 a los 82 años de edad, un mes después del anuncio oficial del Nobel a Dylan—, el compositor ha publicado, en seis décadas de vida discográfica (iniciando en 1962), alrededor de medio centenar de grabaciones.

En 2001, cuando cumplió 60 años de vida, apareció su trigésimo primer álbum de estudio: Love and theft, un muestrario de 12 vigorosas y ásperas canciones que lo continuaron exhibiendo como un maestro indiscutible de la narrativa roquera, distanciado del comercialismo y del oropel que, hoy, dominan hasta al más escuálido rock. Vagabundo desde los 18 años, no terminó la universidad por faltar con asiduidad a las aulas. Recorrió diversos estados en busca de sitios donde exponer sus primeras canciones que son el aparador en su vasta fragmentación literaria.

—Cantaba para comer y cortaba hierba por un cuarto de dólar —ha dicho Dylan—. Estuve en la cárcel por sospechoso de robo a mano armada; me golpearon durante cuatro horas. Nunca les había hecho nada. Tenía tiempo para tocar la guitarra, para cantar y para escribir. Pero nunca tuve tiempo para preguntarme por qué lo hacía. Nunca fui pobre: siempre tuve mi guitarra y mi armónica.

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Abucheado en un sinnúmero de ocasiones porque no cantaba como un artista formal o porque, sencillamente, no sabía —no sabe— cantar, pero se empecinaba —aún se empecina— en ello, si bien lo suyo es la construcción literaria de canciones.

—En Central City, Colorado, tuve mi primer empleo —recuerda el compositor—. Era un sucio y destartalado antro de striptease. Tocaba unos minutos mis canciones y subían las chicas a hacer su número. La gente pedía a gritos que las chicas siguieran actuando, pero ellas se iban y yo tenía que amainar la tormenta con mis canciones folk. La noche se hacía larga, el aire se vaciaba; todo el mundo acababa borracho y los vómitos llenaban el local. Yo me ponía enfermo y perdía el control.

Dos años después de estas calamidades, en 1961, toca al lado de John Lee Hooker y graba, en dos rápidas sesiones de estudio, 12 piezas para un primer disco totalmente inadvertido. “Poco o casi nada se sabe de la vida privada de Dylan a partir del año 1962 —dice Jesús Ordovás en el libro Bob Dylan, el primero de la colección ‘Los Juglares’ de Ediciones Júcar, 1972, España—. Empieza a enredarse aquí el velo negro que cubre toda la existencia posterior del más famoso y desconocido músico popular de los años sesenta. Multitud de rumores e historias pasarán de boca en boca, creando una leyenda seudobíblica acerca de su vida y sus viajes, pero nadie a ciencia cierta sabe dónde está el mito y dónde empieza el hombre. Sus declaraciones públicas son una cortina de humo que le permite vivir al margen de intromisiones ajenas. La ambigüedad de sus respuestas y sus demasiado claras contradicciones son un desafío a un conocimiento racional de su personalidad real. El único camino que parece viable para llegar a un acercamiento de su obra poética y musical es seguir la huella de sus actuaciones públicas y de sus discos”.

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Así es.

Dylan es el cantante poeta (mejor: poeta cantante) que dice cosas a través de su música. No es, en lo absoluto, el gurú que la gente y, sobre todo, los críticos se empeñan en mirar —o mitificar: “¿Cuántos caminos debe un hombre caminar / antes de que sea considerado hombre? / ¿Cuántos mares debe una blanca paloma surcar / antes de dormir en la arena? / ¿Cuánto tiempo seguirán volando las balas de cañón / antes de ser prohibidas para siempre? / La respuesta, mi amigo, está soplando en el viento”.

Dylan no tenía, ni tiene, las respuestas a la mano. Con esta hermosa canción, “Blowin in the wind”, de 1962 (justo ahora hace seis décadas), Dylan logró visibilizarse en el panorama de la música.

—Pienso que los mayores criminales son aquellos que vuelven la cabeza cuando ven que algo está mal y saben positivamente que está mal —dijo Dylan en aquellos años—. Yo sólo tengo 21 años y ya sé que ha habido demasiadas guerras. Los mayores de 21 años deberían saberlo mejor que yo. Creo que lo primero que hay que hacer para resolver ese problema es hacerse la pregunta. Pero me parece que mucha gente no sabe lo que es el viento. Una buena forma de aprenderlo sería poner en una autopista a todos esos que hacen leyes para los demás. No dejes que nadie te diga cómo son las cosas. No permitas que nadie levante muros enfrente de tus ojos. Levántate por las mañanas y camina con los ojos bien abiertos. Olvida las frases hechas de los necios. No hay nada dicho. Los perros seguirán ladrando al otro lado de las vallas.

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Desde entonces, Dylan no ha cambiado.

Sus discos, acaso con la excepción de sus periodos religioso —el más debilitado de todos, y aun así supo crear un álbum magnífico en 1979 con este fervor divino: Slow Train Coming, que incluye la canción “Man gave names to all the animals”, que luego, dos décadas después, Dylan publicara como cuento infantil con ilustraciones de Scott Menchin— y sinatrero (sorpresivamente anodina, increíblemente soporífera) son la crónica de los tiempos que nos ha tocado vivir. Cuando cumplió los 60 años, “el cantante parece haber asumido un punto de vista semejante al que sostuvo Miles Davis durante casi toda su trayectoria —apuntó Mikal Gilmore, de la revista Rolling Stone—: la experiencia vital más auténtica se produce en el momento de la interpretación. Cada vez que los músicos tocan un tema, lo transforman; descubren una nueva posibilidad creativa”.

Reconocido ahora unánimemente como un crítico indiscutido del rock, Gilmore le recordaba a Dylan sus declaraciones cuando le entregaron el Grammy, a principios de los noventa, por el conjunto de su carrera:

—“Mi padre me dijo una vez ―dijo Gilmore que dijo Dylan—: Hijo mío, este mundo puede envilecernos tanto que hasta nuestros propios padres nos abandonan. Si eso sucede, ten fe en tu capacidad para cambiar de rumbo”.

—Mi intención era hablar del mundo maquiavélico en el que vivimos —respondió el poeta—. Cualquier acto, por inmoral que sea, está justificado si tiene éxito. Quería expresar lo que sentía esa noche: no pretendía hacer una declaración religiosa. Últimamente se oye hablar mucho de Dios: nos hablan de Dios todo el tiempo, pero lo único que sabemos con seguridad es que Dios es arbitrario. Y más vale que la gente tome conciencia de ello.

Gilmore replicó:

—Pero la palabra “arbitrario” implica otra concepción de Dios. ¿Podría aclarar este término?

Dylan fue tajante, como siempre lo ha sido:

—No. Puedes consultarlo en un diccionario. No me considero un sofista, ni un estoico, ni un burgués, ni cualquier otro personaje con el que la gente tiende a identificar a los demás. Soy una persona bastante corriente. No voy por la calle en un estado permanente de inspiración.

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Para hacer la letra de una canción, Dylan sólo obedece “los dictados” de su conciencia.

—Yo no tengo pensado trazarme ningún límite —dijo Dylan a Alan Jackson en “El País Semanal” del 7 de octubre de 2001—. Lo más probable es que un día me despierte y decida que ya estoy harto. Si ocurre así, no me costará nada retirarme. He hecho todo lo que deseaba hacer. Tengo la impresión de que no me queda nada por demostrar.

Cuando se oye el disco Love and theft, Jackson apuntó que “es como sintonizar una vieja radio de mica sin hilos. Aunque el sonido es limpio, la inspiración musical parece antigua. Y lo más sorprendente de todo, en esta era de composiciones rutinarias, de ganchos, coros y muestras, es que las doce canciones tienen una estructura y una esencia narrativas. Son una evocación de lo que era escribir canciones en otro tiempo: contar una historia”.

Acaso lo refutable sea eso de “la inspiración musical antigua”. Porque no se puede componer a la antigua. Es un disparate. Lo que quiso decir Jackson probablemente es que Dylan sigue sonando maravillosamente a Dylan. Estamos ante un Dylan impoluto, no contaminado, intacto, sin haber aprendido a cantar pero cantando como un adorable viejo roquero. Todas las veces que lo he escuchado en vivo —tres, en diferentes escenarios de la Ciudad de México—, Dylan es, por supuesto, más un poeta que un cantante, pero mucho más roquero que infinidad de personas que aparentan poderío por el solo hecho de cargar una guitarra eléctrica. Cuando lo miro en un foro, Dylan me parece un heterodoxo cuentacuentos con armónica y guitarra. De ahí que prácticamente todas sus canciones, en vivo, se parezcan unas a otras en su sentido melódico. Porque su fuerza reside en las letras, no en la música, que sólo es, ésta, un acompañamiento para decir lo que el escritor tiene que decir en sus conferencias sonoras. Su narrativa (es cierto: porque Dylan es narrador, más que poeta, como no hay ninguna duda de que Cohen es más poeta que narrador, aunque escriba novelas) es tan asombrosa que, por eso mismo, sus canciones son alargadamente lineales, ya que no es igual, nunca va a ser igual, cantar un poema que cantar un cuento. De ahí que a los ilustradores también les encante hacer historietas de sus textos, como lo refleja el libro Bob Dylan Revisited: 13 canciones adaptadas al cómic, que en 2011 publicó Norma Editorial. Por eso a ambos autores les ha sido otorgado el Premio Príncipe de Asturias por su aportación literaria a la música: a Dylan en 2007 y a Cohen en 2011, si bien al primero lo acomodaron en el rubro de las “artes” y al segundo ya, de plano, lo ubicaron en el de las “letras”. Entre los dos suman acaso una treintena de libros, fuera de sus grabaciones musicales, entre narrativa y poesía.

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De Tarántula, el libro que Dylan publicó en 1966: “Él desea morir. Él desea morir rodeado de campanas de catedral. Él desea morir cuando los tornados descobijan los techos de las casas & los pequeños bancos, y por la muerte me darán, dirá cuando muera: el voceador entra por la puerta trasera—el dedo gordo se asoma del zapato—lleva una cáscara de fruta con un número apuntado—llama por teléfono—después se suena la nariz”.

Así es Dylan. Beat como el mejor de los beats, superándolos a todos musicalmente, que se fueron muriendo o silenciando sus letras: con su narrativa, Dylan sigue diciendo que el rock aún es combativo, que esta música todavía puede ser confiable si los roqueros están decididos a seguir contando historias.

“Acuerdo histórico”

En diciembre de 2020 se dio a conocer la noticia —una bomba en términos de negocios y artísticos—: Bob Dylan había llegado a un acuerdo con Universal Music Publishing Group para vender su catálogo completo de más de 600 canciones, equivalente a seis décadas de carrera.

La transacción, que Universal Music catalogó como una de las adquisiciones más importantes en la historia de la música —lo llamó un “acuerdo histórico” —, incluye las más famosas canciones del único cantante que ha recibido el Premio Nobel de Literatura, temas icónicos como “Blowin’ in the wind”, “The times they are a-changing” o “Like a rolling stone”. También incluye sus letras más, como “Murder most foul”, una canción-poema de 17 minutos que habla sobre el asesinato de John F. Kennedy.

Por cierto: el sello discográfico no dio a conocer el monto de la compra, pero según The New York Times podría superar los 300 millones de dólares.

“No es ningún secreto que el arte de escribir canciones es la clave fundamental de toda buena música, y no es ningún secreto que Bob es uno de los más grandes maestros de este arte”, dijo el presidente de Universal Music Group, Lucian Grainge, en un comunicado.

“No es exagerado decir que su impresionante trabajo se ha hecho merecedor del amor y la admiración de miles de millones de personas en todo el mundo. No tengo ninguna duda de que en las décadas, si no en los siglos venideros, la música de Bob Dylan se seguirá cantando e interpretando y seguirá siendo querida en todas partes”, añadió.

Con sus 80 años —los cumple el 24 de mayo de 2021—, Bob Dylan es uno de los más grandes músicos estadounidenses: ha vendido más de 125 millones de discos y hasta antes de la pandemia seguía ofreciendo conciertos con regularidad. [Nota de la Redacción]

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