El escritor Haroldo Conti. / Ilustración: Secretaría de Derechos Humanos de la Nación (Argentina).

El mayo argentino: Conti, de ida y vuelta

El mes de mayo siempre estará ligado a la figura del escritor y docente argentino Haroldo Pedro Conti: el mayo de 1925 lo recibió en este mundo en Chacabuco, y el mayo de 1976 fue testigo de su secuestro y desaparición en Buenos Aires. De esto último, por cierto, ya se cumplen 45 años...


Un nuevo mes de ‘mayo’ ha llegado, y con él también ha llegado el recuerdo del escritor y docente argentino Haroldo Pedro Conti; o, al menos, eso suele ocurrir en las personas que siguen —corrijo: seguimos— su obra y figura desde siempre. Me explico: el mayo de 1925 lo recibió en este mundo en Chacabuco, y el mayo de 1976 fue testigo de su secuestro y desaparición en Buenos Aires; y de esto, por cierto, se cumplen ahora 45 años.

El borrador de una vida

En el cuento intitulado “Perfumada noche”, Haroldo Conti escribió la siguiente dedicatoria:

“(A mi tía Haydée, para que nunca se muera)”.

En ese simple y llano acto de escoger nueve palabras para construir un tierno y emotivo deseo de eternidad, puede mirarse a plenitud una radiografía del escritor argentino nacido en Chacabuco, provincia de Buenos Aires. Para el autor de la novela Mascaró, el cazador americano (1975), la escritura posee una virtud que le confería al ser humano una mínima ventaja, pero ventaja al fin, por sobre el olvido: si uno escribe acerca de tal o cual persona, en ese instante su existencia queda tatuada a fuego por encima de la otrora hoja en blanco. Ahí hemos asegurado que la desmemoria nunca gane la batalla… al menos, mientras la última mujer o el último hombre sobre la Tierra sean capaces de abrir un libro y leer la dedicatoria a la tía Haydée, por ejemplo.

Mientras los nombres de Pedro, Juan, María o Elena puedan ser escritos y exista, al menos, un ser humano con capacidad de leer; ni Pedro, Juan, María o Elena morirán del todo, parece susurrarnos Conti a manera de secreto revelado solamente a los amigos.

La muerte vencida, aparentemente, por un escritor y su máquina hacedora de palabras.

Pero… ¿por qué en Haroldo Conti existía una necesidad de preservar el frágil hilo de la vida por sobre el monopolio del silencio que instaura la muerte?

¿Para él qué era la vida?

Al inicio del cuento aquí referido, el autor legó una de sus reflexiones más recordadas dentro de su itinerario intelectual; sagaz, emotivo y honesto, afirmó en aquel primer párrafo de “Perfumada noche”:

La vida de un hombre es un miserable borrador, un puñadito de tristezas que cabe en unas cuantas líneas. Pero a veces, así como hay años enteros de una larga y espesa oscuridad, un minuto de la vida de un hombre es una luz deslumbrante.

Los días y las noches como prólogos de un escrito que nunca puede pulirse por completo… siempre hay prisa y errores, emergencia y sobresaltos, momentos de combate y etapas de agazaparse dentro de la trinchera… respirando rápido, sedientos, con barro en los zapatos y la ropa maltrecha a causa de las tristezas.

Nuestras vidas como borradores con correcciones; pero inacabados, a final de cuentas.

Repasemos entonces esa luz deslumbrante emanada de quien nació y fue desaparecido, casualmente, durante el mes de mayo; pero correspondiente cada suceso a diferentes años.

Literatura de forastero

El autor de Sudeste (1962), a sí mismo se definía como un escritor de frontera: “Tironeado por la patria chica (el pueblo) y, por el otro lado, sometido y obligado a estar en Buenos Aires”. Estamos ante alguien que, a pesar de no estar en su lugar natal durante ciertas etapas de la vida, se mantenía intensamente ligado a Chacabuco, esto al evocar una panadería o a su madre frente a una vieja cocina “Carelli” de tres hornallas, tal como Conti lo recrea en ese conmovedor cuento intitulado “Mi madre andaba en la luz”.

En ese escrito, nuestro literato aquí recordado confiesa que, incluso estando a 200 kilómetros de su casa, puede mirar perfectamente a su madre frente a la “Carelli”. Conti se asume como un escritor forastero, siempre cruzando fronteras, llegando y yéndose del pueblo hacia la capital porteña o viceversa, siempre de ida y vuelta; pero ello no le impide reconocer de dónde es… a dónde pertenece.

Además de tener el corazón en Chacabuco, al leer sus cuentos uno puede comprender que Conti es un militante y habitante de la memoria de los días, allí donde vive “ese puñadito de tristezas que cabe en unas cuantas líneas”; y, simultáneamente, también ahí hallaremos a ese minuto de la vida que es una luz deslumbrante, como poéticamente él mismo lo expresara.

Haroldo Conti escribía para que el manto del olvido no se echara por sobre lo que, impostergablemente, no debemos borrar:

Uno se pregunta si no es una tarea inútil la nuestra: eso de escribir fatigosamente, atornillarse a una silla sin saber si vamos a trascender este acto individual y llegar a un público. A veces, ocurre que las ganas de escribir son como una enfermedad y uno escribe para curarse; he dicho muchas veces que no escribo la historia sino las historias de los hombres concretos: escribo para rescatar hechos, para rescatarme a mí mismo. Podría decirles más: creo que toda mi obra es una obsesiva lucha contra el tiempo, contra el olvido de los seres y las cosas.

La belleza

Pero… en esa obsesiva lucha contra el tiempo y el olvido, ¿hay un espacio aún para la belleza o todo es un descarnado combate entre dos bandos? Conti creía que, incluso asumiendo un compromiso político como intelectual, esto no le prohibía o bloqueaba para combatir con armas cargadas de ternura, de infancia, de memoria y de arte.

¿Se puede cambiar al mundo, para bien, sin necesarias dosis de belleza que deseamos posea ese otro nuevo mundo al que aspiramos arribar? Conti, al igual que el periodista Antonio Gramsci, asumía la inevitable urgencia de prefigurar aquí y ahora aquello que deseamos habitar en el futuro. Para el autor de Todos los veranos (1964), escribir enarbolando a la belleza era una obligación, nada opcional ni soslayable, nada para elegir entre el sí o el no; la belleza en la escritura de quienes pretendemos transformar al mundo era, simple y sencillamente, un deber:

Creo, con Galeano, que nuestra suprema obligación es hacer las cosas más bellas que la de los demás; pero aun haciendo belleza, creo que podemos hacer una literatura política… pero lo político emergerá con naturalidad, no como una cosa impuesta.

¿Hoy qué nos puede decir Haroldo Conti a quienes pretendemos que América latina pugne por, de una vez por todas, dignificar la vida de millones y millones de seres humanos habitantes del subcontinente?

¿Se puede renunciar a la belleza sólo porque los tiempos apremian y aprietan?

¿Se escribe, se pinta, se canta, se toca, se actúa, se danza, o se esculpe desde un posicionamiento de izquierda y revolucionario, pudiendo prescindir de la belleza?

Se puede; pero Conti ataja al paso y exclama, sin dudas: ¡No se debe!

La libertad

En el extraordinario filme Homo Viator (2008), dirigido por Miguel Mato y protagonizado por el destacadísimo actor Darío Grandinetti, se puede apreciar un acercamiento notable y bien logrado a lo que era la vida cotidiana del escritor chacabuquense. En alguna escena de la película, por ejemplo, el espectador conoce la faceta de profesor de latín, ejecutada por Conti para, precisamente, mantener dosis y espacios de libertad al no verse obligado a trabajar en empleos absorbentes, de 8 horas o más, dentro de una oficina o supeditado a un jefe.

Durante varios años, el intelectual aquí mencionado sobrevivió económicamente a través de su sueldo como profesor en el Liceo No. 7. Y no recurrió a las becas estatales o de otras instituciones, como suele ser un modus vivendi de varios escritores en la actualidad; por el contrario, incluso en nombre de esa libertad que buscaba, rechazó su postulación a la Beca Guggenheim con sede en Estados Unidos, esto en el año de 1972.

Así lo dejó en claro al escribir una carta a los organizadores de dicho estímulo:

Mis convicciones ideológicas me impiden postularme para un beneficio que, con o sin intención expresa, resulta cuanto más no sea por fatalidad del sistema, una de las formas más sutiles de penetración cultural del imperialismo norteamericano en América latina.

No es sólo ni principalmente la cuestión de la beca Guggenheim en sí misma, sino de la política de colonización cultural de la que forma parte, en la que el imperialismo norteamericano no escatima en esfuerzos de organizaciones estatales, paraestatales y privadas.

En un audio que circula en Youtube, se escucha a Conti reflexionar acerca de la libertad. Sin titubeos, describe su manera de vivirla:

Nunca he aceptado trabajos si no son trabajos solitarios, que no me coarten y me dejen maniobrar libremente; he renunciado a muchas cosas por eso, he preferido un viaje o mandarme a mudar una aventura al dinero, o a tantos otros beneficios: la gloria. No sé si eso es creer en la libertad, pero es practicarla.

El compromiso del intelectual

Esa noción de libertad no le impedía asumir compromisos ni responsabilidades.

Es un terreno pantanoso que, aún hoy en día, sigue dando bastantes dolores de cabeza a los intelectuales en América latina: ¿la libertad implica no verse obligado a plantar posturas directas sin cortapisas? ¿El creador artístico puede ser imparcial ante los conflictos en el mundo? ¿Se puede separar la obra de los actos personales? ¿La creación artística misma debe ceñirse a temas acerca de injusticias y luchas populares o es el artista quien debe posicionarse sin, necesariamente, colocar a su obra dentro de un registro político?

Insisto, esto sigue siendo un tema que no ha encontrado conclusión dentro del campo artístico. Ejemplos hay varios: Julio Cortázar escribiendo el magnífico cuento “Reunión”, en el cual evoca la travesía de una guerrilla (la de Fidel Castro, Ernesto Guevara y compañía) o, en un registro más extenso, desde su novela El libro de Manuel (1973) con altos contenidos políticos. En otros casos, podemos recordar a algún gran escritor simpatizante de la Revolución cubana, pero también y, contradictoriamente, gran amigo del expresidente mexicano Carlos Salinas de Gortari. Inclusive hay artistas consagrados que, sin pudor alguno, han llevado sus conciertos musicales al Estado de Israel, sin importarles los injustos procederes que, desde tal país, se ejecutan contra el pueblo palestino.

Libertades o definiciones de libertades, al parecer, hay muchas, tantas como seres humanos habitan en la Tierra.

Haroldo Conti defendía una libertad en la creación, misma que no debía enemistarse con su compromiso político:

El compromiso lo asumo como intelectual, no exactamente como creador; creo que la creación es el terreno de la pura libertad. Yo no puedo comprometerme a escribir una novela política, con mensaje político; pero sí me puedo comprometer a firmar una solicitada, a aclamar por los presos políticos o rebelarme contra una injusticia… ¡eso sí!

El lugar de combate

En el filme Homo Viator, que lamentablemente no puede mirarse en México (o al menos eso me dice el rastreo que he realizado en la Internet), se da cuenta de un detalle íntimo dentro del mundo de Conti: arriba de su escritorio y cerca de su máquina de escribir, se hallaba colocado un cartelito que, en latín, decía:

“Hic meus locus pugnare
est et hinc non me removebunt”
(“Este es mi lugar de combate
y de aquí no me moverán”)

Varios militares tuvieron que irrumpir brutalmente, sin decoro ni dignidad, en la casa de Haroldo y de su compañera Marta Scavac. Transcurrían los primeros minutos del 6 de mayo de 1976. Así, durante seis horas los bárbaros golpearon, torturaron y amenazaron a la pareja; solamente de esa manera pudieron arrebatarlo tanto de la vida como de su lugar de combate.

¿Realmente los militares pudieron arrancarlo de su máquina de escribir y, con tal acto vil, acallarlo para siempre?

¿El combate terminó para Haroldo con su desaparición física?

¿No tendrían que haber quemado sus libros, borradores de cuentos y novelas, y todos los ejemplares de sus obras en cada biblioteca para que lo hubieran movido de su lugar de combate?

Los militares se equivocaron.

No pudieron desaparecer a Haroldo Conti, no por completo; pues dejaron intactos sus libros que, aún hoy, siguen pacientes esperando a que un lector los encuentre.

Conti, el obsesionado con el tiempo y el olvido, ganó.

Su nombre, tal como el de su tía Haydée, sigue leyéndose y pronunciándose; este escrito es un ejemplo de ello. La muerte y la desmemoria han perdido, otra vez, frente al escritor y las palabras. Las suyas y las mías.

En el bellísimo cuento “La balada del álamo carolina”, el ganador del Premio Casa de las Américas 1975, eligió un epígrafe aparentemente revelador de su destino:

Ciruelo de mi puerta,
si no volviese yo,
la primavera siempre
volverá. Tú, florece.
(Anónimo japonés)

¿Quién puede desaparecer a la primavera para instaurar el dominio del invierno?

¿Quién puede desaparecer al escritor que, hábilmente, dejó su nombre impreso en hojas de papel? Ni la tía Haydée ni tú, Haroldo, morirán, pues mientras existan ojos que lean dichos nombres, nadie podrá morir del todo, nunca.

La primavera siempre vuelve, Haroldo.

Y tanto el ciruelo como tu literatura, florecen.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *