Diciembre, 2025
Es autora de más de treinta libros entre poesía, narrativa, ensayo y crónica. Recientemente, además, obtuvo el Premio Nacional Dolores Castro, en la categoría de ensayo. Hoy, Alma Karla Sandoval es una de las voces feministas más activas de México. Alejandra M. Escalante ha conversado con ella, pues ha puesto en circulación el volumen 2 de Cartas a una joven feminista, ahora bajo el título de Nuevas cartas a una joven feminista.
Es autora de más de treinta libros entre poesía, narrativa, ensayo y crónica. Recientemente, además, obtuvo el Premio Nacional Dolores Castro, en la categoría de ensayo. Hoy, Alma Karla Sandoval (Zacatepec, Morelos, 1975) es una de las voces feministas más activas de México. Conversamos con ella, pues puso en circulación el volumen 2 de Cartas a una joven feminista.
Periodista, escritora y poeta, reconocida por su mirada crítica al sistema patriarcal, Sandoval se ha convertido en una voz clave de la literatura mexicana contemporánea. Su obra, de carácter íntimo y crítico, aborda temas como la identidad femenina, la memoria, el cuerpo como territorio político y la desigualdad estructural.
Su experiencia como profesora por más de 15 años y las historias de sus alumnas inspiraron la escritura del primer volumen de Cartas a una joven feminista. Editado por Los Libros del Perro, y ahora bajo el título de Nuevas cartas a una joven feminista, en él retoma el formato de misivas para extender un diálogo íntimo y político sobre los silencios, la denuncia y la sororidad en México postpandemia.
En estas nuevas cartas, incorpora experiencias que ella atestiguó: las denuncias masivas de adolescentes en la Secundaria Técnica 33 de Yautepec; el feminicidio de una activista; su acompañamiento a madres buscadoras en Morelos; la pérdida de su paisaje afectivo tras el terremoto de Jojutla, y procesos personales como su divorcio, enfermedad y renacimiento creativo que atravesó durante la escritura. Su voz piensa el feminismo desde la vida cotidiana, el dolor compartido y la resistencia colectiva.

“Yo lo que he hecho toda la vida es escribir y leer”
—¿Quién es Alma Karla Sandoval?
—Soy una escritora, poeta, ensayista, profesora y narradora. También soy una maestra muy apasionada, una mujer viajera, muy viajera, que tiene 30 libros publicados y que desde muy jovencita supo que nadie le iba a regalar nada. He tomado en el camino del feminismo y el estudio de las mujeres una alternativa de escape a ciertas opresiones y violencias que pasamos todas.
—¿Qué momentos, tanto personales o profesionales, moldearon tu sensibilidad como escritora?
—Yo crecí en un pueblo caliente de Morelos que se llama Jojutla, una comunidad con menos de 50 mil habitantes, entre arrozales y cañaverales. Soy hija de un obrero que después se volvió empresario y de una secretaria; mis papás trabajaron mucho, vienen de la cultura del esfuerzo. No había librerías ni bibliotecas grandes, sólo la municipal, pero a mí siempre me gustó estudiar y escribir, bailar y cantar e inventar mis canciones. Como nunca ganaba en los juegos con mis primos, empecé a inventar mis canciones; esos juegos fueron mis primeros poemas. Sentía que las cosas me hablaban: guayabos, tamarindos, mangos.
“Escribía naturalmente, sin darme cuenta. En mi casa había libros. Por ejemplo, mis padres compraban enciclopedias. Siempre fui una niña muy inquieta. Recuerdo mi primer poema en un cuaderno de doble raya, como a los 9 o 10 años, pero desde los 5 o 6, cuando jugaba, yo poetizaba. Crecí en un barrio donde todos respetaban la identidad de cada uno, así que nunca me hicieron sentir rara por escribir”.
—Tu formación combina periodismo, literatura y ética, ¿cómo dialogan estas tres áreas en tu escritura?
—Primero estudié la licenciatura en periodismo. Tuve la enorme suerte de que un primo mayor había ido a estudiar a la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, y yo lo adoraba. Mi padre quería que estudiara una ingeniería o medicina, pero empecé a ganar concursos de oratoria y concursos literarios muy joven. Entonces me decían que estudiara derecho, sin embargo, no quería. Quería estudiar filosofía y letras, pero mis papás no me dejaban porque decían que me iba a morir de hambre. Así que me agarré del remo de mi primo que se había ido a estudiar periodismo. Hice el examen, me gané una beca y me vine a los 17 años. En la Septién encontré un taller de poesía con Dolores Castro. La literatura y la poesía, en mi formación universitaria, van juntas. Se fueron entrelazando los caminos.
“Cuando terminé la licenciatura ya había leído muchísima literatura, ya había escrito mucho y ya había tallereado poemas. Terminé la licenciatura y me gané la beca del PECDA y al siguiente año la beca del Fonca… Yo lo que he hecho toda la vida es escribir y leer”.
—Si miras hacia atrás, ¿qué desearías haber entendido antes sobre escribir y sobre ser mujer?
—Fernando Schwartz fue un viernes a hablar a la Septién y yo iba a todas las conferencias. Aunque deportes cero, yo escuchaba de todo. Recuerdo que abrían un espacio para preguntas y le pregunté por qué Televisa no tenía mujeres reporteras en deportes. Él se quedó sorprendido. Me dijo: si te interesa, acércate y te doy el teléfono para que vayas a hacer una prueba.
“Eso fue en 1997. Pasaron todavía 15 años para que entraran las primeras mujeres. Creo que fue una de mis primeras preguntas feministas: ¿por qué no hay mujeres?
“Cuando tuve la beca del Fonca, a los 22 años, éramos 12 becarios y sólo tres mujeres. Siempre éramos muy pocas. Me incomodaba. Trabajé en Televisión Azteca y también éramos muy pocas. ¿Dónde están las demás? Ahí empieza a surgir esta esquina feminista”.

“Un día una alumna me platicó que su novio le había prohibido hablar conmigo. Me dijo: todos dicen que eres la maestra loca, y si me ve contigo me va a terminar. Y la terminó”
—Hablemos un poco de Cartas a una joven feminista. ¿Cuál fue la experiencia que hizo que tuvieras la necesidad de escribir este libro?
—El Tec de Monterrey. Di clases en el campus de Cuernavaca durante unos 12 o 13 años; luego estuve en Puebla y en Santa Fe. Las alumnas se me acercaban mucho. Me escribían correos, conectábamos en las clases y me preguntaban qué hacer si un novio las trataba mal o si estaba bien querer hacer una maestría donde había pocas mujeres. Me contaban intimidades y yo les contestaba como podía. De ahí viene la correspondencia con ellas.
“Un día una alumna me platicó que su novio le había prohibido hablar conmigo. Me dijo: todos dicen que tú estás loca, que eres la maestra loca, y si me ve contigo me va a terminar. Y la terminó. Ahí dije: aquí hay una enorme violencia. En ese mismo año me divorcio, se cierra la carrera de comunicación, me dan menos materias, nunca me dieron planta, fui marginalizada y acosada. Me detectan un tumor en la tiroides. Y en septiembre fue el terremoto en Jojutla.
“El libro me salva. Lo escribí en nueve o diez días, una o dos cartas por día. Lo sacamos en una edición artesanal y fue un hit. No tuvo distribución, pero se convirtió en cuatro o cinco ediciones: Barcelona, Buenos Aires, Canadá, giras, Colombia. Yo no lo podía creer. De 2018 a 2020 estuve presentándolo en Barcelona, Oviedo, Vancouver, Buenos Aires, la FIL de Nuevo León. Y luego vino la pandemia”.
—¿Existe alguna carta del primer volumen que se haya sido especialmente doloroso o difícil de escribir?
—Fue un libro que se escribió llorando casi todo. La del terremoto, por estar tan reciente, fue una carta que escribí llorando mucho, porque era asumir la pérdida de mi topografía afectiva de la infancia: los lugares donde yo jugué habían quedado destruidos. Sabía que tenía que escribir esa carta para fijar la memoria y para que ese pueblo no quedara en el olvido.
“Sin querer escribí una carta que se convirtió también en una crónica. Yo estudié periodismo de la vieja guardia, de escritura, de crónica, de radio; una formación muy sólida y tradicional que pulió mi pluma. Y creo que hice lo que pude en ese momento, porque me acababan de operar dos semanas antes y andaba recogiendo escombros. Era un momento determinante”.
“Estas nuevas cartas exploran la soledad, el amor romántico y la edad: los tres grandes miedos con los cuales nos patriarcalizan”
—Ahora presentas Nuevas cartas a una joven feminista. ¿Por qué un segundo volumen?
—Son cartas postpandémicas. Después de la pandemia sucedió algo muy importante, en 2023. Me invitaron a presentar Cartas a una joven feminista en la Secundaria Técnica 33 de Yautepec. Cuando las maestras vieron el contenido del libro, organizaron que sólo las niñas de 13 a 16 años estuvieran en la cancha. Al final, 150 niñas estaban ahí.
“Yo llegué a hablar del libro y a responder dudas, y de repente llevaban preguntas sobre la violencia y el acoso. Una preguntó: ¿qué le diría a alguien a quien en la noche un familiar entra a su cuarto y le hace daño? Otra dijo: a mí me violaron a los ocho años. Y otra. Y otra.
“Estuve casi cinco horas. Las maestras no paraban de llorar, las chicas no paraban de llorar. Cambió todo: denunciaron agresores y violadores; tres chicas tuvieron que salir de la escuela; otros casos llegaron a ministerios públicos.
“Algo se movió en mí muy fuerte. Me di cuenta de que tenía una gran deuda y que tenía que escribir la segunda parte. La primera carta de esta nueva entrega, de hecho, empieza contando parte de esto, aunado al feminicidio.
“También me marcó el feminicidio de una amiga. Desapareció y encontraron su cuerpo con un balazo en la cabeza, a tres minutos de donde vivo, debajo del puente que llaman ‘el puente que no va a ninguna parte’. Ahí dije: yo tengo que escribir un nuevo libro. Estas Nuevas cartas a una joven feminista miran de frente el horror”.

—¿Qué carta del segundo volumen consideras la más urgente para el México de hoy y por qué?
—Me senté con cuatro madres buscadoras, que están haciendo toda la chamba ahorita. Morelos tiene un colectivo muy fuerte con su líder, Jael Jacobo Lugo; a ella le desaparecieron al hermano, ha sido atacada y escapó. En Facebook vi que solicitaban palas, cubrebocas, agua, porque salen al campo a buscar los restos. Querían un dron de bolsillo y se los compré. Me fui a sentar con ellas y platicar. Es la quinta carta. Fue un capítulo difícil, desgarrador.
“También hay un capítulo muy difícil que tiene que ver con dos relaciones anteriores, la reconstrucción y el amor romántico. Es un libro todavía más fuerte porque arranca con esta nueva oleada antifeminista y el avance de la ultraderecha. Noté que en seis o siete años todo empeoró… Estas cartas exploran la soledad, el amor romántico y la edad: los tres grandes miedos con los cuales nos patriarcalizan”.
“El feminismo es un encuentro entre mujeres distintas que se cuidan, que se apoyan, que se impulsan. Es una de las experiencias más salvadoras”
—El feminismo también cambia a quienes lo abrazamos. ¿Qué ideas feministas te han marcado?
—Muchas, muertas y vivas. Desde joven leía mucha poesía: Rosario Castellanos, Gabriela Mistral, Sor Juana. La poesía de las mujeres marcó mi devenir como lectora feminista. Marcela Lagarde, con El cautiverio de las mujeres, la leí como a los 20 o 21 años y me atravesó. También era un diálogo con El segundo sexo, de Simone de Beauvoir, que después leí. Son libros talismanes.
Otro libro que me marcó y que leí muy joven Mujeres que corren con los lobos, de Clarissa Pinkola. La vida me llevaría a conocer a Francesca Gargallo, quien también me marcó. Y Dolores Castro. Más recientemente, en Barcelona, tuve la gran suerte de conocer a Silvia Federici y a María Galindo. La presencia de estas maestras fue fundamental para seguir construyendo y para escribir otros libros. De 2018 para acá fue como una cascada de libros. Me sacaron del tumor benigno como si se hubiera destapado la lámpara de Aladino”.
—Existen varios mitos y malentendidos sobre el feminismo. Desde tu experiencia, ¿que sí es el feminismo y qué definitivamente no lo es?
—El feminismo no es una religión, no es un partido político, no es un dogma. Ninguna feminista tiene por qué representarme. El feminismo no es obligatoriedad, el feminismo no es una competencia.
“El feminismo sí es un encuentro entre mujeres distintas que se cuidan, que se apoyan, que se impulsan —explica Alma Karla—. Es una de las experiencias más salvadoras; quizá la ruta más efectiva de salvación de una mujer desde un matrimonio donde le pegan.
“México tiene el segundo lugar mundial en violencia intrafamiliar y en abuso sexual infantil. Ningún privilegio te exime: si te capturó un agresor, te va a pegar física, simbólica, emocional o psicológicamente. Esos golpes dañan muy agresivamente la autoestima de una mujer. Está tan normalizada esa agresión que muchas mujeres no saben que es violencia. Ese es el gran triunfo del patriarcado: que tú solita creas que no puedes.
“Y está la demonización del feminismo: que todas somos violentas, vándalas, lesbianas, aborteras, que no te gustan los hombres, que separas a la familia. Dicen: ‘Si ya tienen una mujer presidente, y ya pueden ir a la escuela y votar, ¿qué más quieren?’. Esa satanización hace que creas que es normal y que lo mejor es no hacer olas y callarte”.
—En polémicas recientes, como las declaraciones de Taibo II y la falta de escritoras en antologías y circuitos oficiales, se vuelve evidente que las mujeres siguen siendo minimizadas en el campo literario. ¿Cómo estas omisiones han marcado tu trayectoria, tu carácter y tu manera de posicionarte como escritora en México?
—Yo empecé escribiendo poesía y la poesía no se vende. Una cosa es ser escritora y otra cosa ser autora: la autora da la cara, mueve libros; la escritora necesita silencio, soledad y anonimato, que yo disfruto. Tengo muchos años de trayectoria y no me puedo quejar: 12 premios nacionales e internacionales, becas en Colombia, España, Estados Unidos. No puedo decir que nadie me ha reconocido.
“Pero el éxito masivo no me interesa; la autora podría comerse a la escritora, y yo tengo que cuidar a esa escritora que ‘cantaba canciones para el viento’. Prefiero impactar en la vida de otras: que sean 100 o 50, pero que me lean de verdad.
“Cuando llegan con Cartas a una joven feminista todo subrayado, si son 10, yo me muero tranquila. Es de una en una.
“Y cuando me enteré que esos chamacos no querían que sus novias hablaran conmigo, dije: ‘ahora voy a hablar con todas las que pueda’. Y así lo hago.”

“Quisiera ser recordada como alguien que abre caminos con una antorcha”
—Si tuvieras que escribir una carta a la joven feminista Alma Karla, ¿qué le advertirías?, ¿qué le celebrarías y qué le pedirías que no soltara jamás?
—Le celebraría su pasión y su intensidad, sobre todo en un mundo como el actual: zombificado, tecnoidólatra, consumista, narcisista, instagrameado y tiktoktizado; un mundo que quiere adormecer lo auténtico en las mujeres. Le diría: no abdiques de ti. No renuncies a tu intensidad, a tus ganas de vivir, ni por un hijo, ni por tus padres, ni por un gran amor. No dejes de amarte tú, no dejes de abrazar tu libertad. Todo el mundo va a operar para que renuncies a tu deseo y a tu sueño. Entonces: gánatelo todo. Participa en concursos, escribe, emprende, intenta todo, no descanses; identifica de qué verbos estás hecha. No tengas miedo a ser demasiado. No te achiques. Si eres una sirena, el mar también es tuyo. Que no te corten las alas.
“Es posible el casi todo: tener un hijo, dos, un compañero y tus sueños. Pero no seas para alguien antes de ser para ti. Haz lo que te hace feliz: arreglarte, ejercitarte, trabajar donde quieras, decir lo que quieras. Que nadie te diga qué ponerte, qué decir, dónde trabajar. Si ahí no respetan tu individualidad, tu identidad, tu autenticidad, ahí no es. Y si tu familia no te deja, puedes crear otra familia: tus amigas y tus amigos también lo son”.
—¿Cómo quieres ser recordada?
—Pasada por el corazón. En el sentido literal del recuerdo (recordis) y de la concordia (concordis), con corazón. Me gustaría saber que lo que escribí siempre fue mejor, que abrí caminos y cambié otros. Soy ambiciosa: quisiera ser recordada como alguien que abre caminos con una antorcha.
“Pero también me gusta la idea de haberlo hecho en lo pequeño, en lo individual, de una en una. Creo muchísimo en los pequeños actos milagrosos, en esas acciones anónimas que transforman sin que uno lo sepa. No en las grandes quemazones, sino en las pequeñas chispas que soplan y de repente incendian algo.
“Todas las mujeres traen una chispa. Así que lo único es soplarles o enseñarles que pueden ser su propio viento, su fuego, su tierra, su agua. Que pueden mantener sus ganas de vivir vivas.
“Lo creo porque lo he visto: mujeres de 12 años denunciando, alumnas de 20, mujeres de 30, 40, abuelas, buscadoras. Soy una fascinada con la fuerza de las mujeres.
“Y lo que más me sorprende es que creamos teniendo el mundo en contra. Por eso digo: benditas estas conversaciones, Alejandra”. ![]()




Muy interesante y con hechos tangibles
Lo más rescatable es la ayuda al Prójimo es como uno realmente trasciende en la vida sin esperar nada a cambio.