Agosto, 2025
Eliot Weinberger es un escritor bastante reconocido en México, entre otras cosas porque es el autor de aquel título célebre: Una antología de la poesía norteamericana desde 1950, editado en 1992 por Ediciones del Equilibrista. Posteriormente, Era le publicó 12 de septiembre / Cartas de Nueva York y Lo que oí sobre Iraq. Por su parte, el sello Atalanta le editó Algo elemental. Ahora regresa de la mano de Anagrama. Apuntan los editores en la contra: “Desde que se iniciara como escritor, Eliot Weinberger encontró en el ensayo un territorio inexplorado que a partir de entonces no ha dejado de investigar. Ha creado un fascinante compendio de antropología universal reduciendo la distancia entre la poesía y la narrativa hasta lo ínfimo, y así ha renovado profundamente la forma del ensayo contemporáneo. En estos Ensayos elementales el lector encontrará parte de los textos publicados a lo largo de su trayectoria, así como otros inéditos hasta la fecha”. Esther Peñas ha conversado con él.
Esther Peñas
Redescubrir algo antiguo y contribuir con alguna novedad. Ese es el propósito de la escritura de Eliot Weinberger (Nueva York, 1949) cuando “por salud mental” se adentra en culturas ancestrales, vidas de santos o mitologías arcaicas.
Según comenta él mismo, escribir sobre política “resulta alienante”, así que se entrega a la investigación y zurce con esos conocimientos una prosa de tono lírico cuya lectura resulta vivificante. De entre ella ahora ha escogido algunos de sus textos más queridos, que acaban de ser publicados por Anagrama en su nuevo libro Ensayos elementales; motivo que nos ha llevado a conversar con él.

“Somos la primera civilización que vive en un universo absolutamente inexplicable”
—¿Uno escribe para entenderse, para comprender el mundo, para poner cierto orden o para tantear, junto al lector, el sentido de vivir?
—Diría que todas las propuestas son válidas, se escribe un poco por cada una de las cuestiones que usted sugiere. Escribir permite entenderse un poco más, descubrir afinidades con uno mismo en las que antes no se había pensado; también se escribe para entender el mundo, para saber que hay otras maneras de hacer las cosas, de pensar, distintas a las nuestras e igualmente válidas; se escribe para poner cierto orden y saber de dónde venimos, y también para explorar con el lector el sentido de estar vivo y de vivir… Es una pregunta difícil. En realidad, cuando escribo no pienso en nada que no sea el propio asunto de la escritura. Escribo, sobre todo, para mí mismo, pero siento que la escritura es una manera de explorar el mundo y, en ese sentido, una celebración del hecho de ser humano, así como de la imaginación humana. Hay, digamos, dos tipos de escritores: los que escriben sobre el territorio, que podríamos llamar “granjeros”, y los que exploran, los “marineros”. Ambos son interesantes, aunque pertenezco a estos últimos.
—Pienso en el texto sobre las líneas de Nazca, esa “proeza de la ingeniería”, como las calificó el arquitecto Alexander Thom. ¿Nos relacionamos hoy en día peor con el misterio?
—No estoy seguro de eso. Antiguamente, el misterio era parte de la vida, pero hoy, aunque pudiera parecer que somos más descreídos, en el mundo moderno se da la paradoja de que, cuanto más conocemos el universo, cuanto más refinados son los instrumentos científicos que lo cuantifican o lo analizan, el universo es más misterioso. Somos la primera civilización, o más bien la primera época, que vive en un universo absolutamente inexplicable. Sabemos que nuestro universo está compuesto en un 95 % de materia oscura, pero no tenemos la menor idea de qué es eso. Ya no nos manejamos en el universo de Dante, que resultaba absolutamente “conocido”. Lo mismo sucede con cualquier tribu en el Amazonas, que sabían cómo funcionaba el universo, no había misterio. En cambio, habitamos ahora un universo más misterioso que antiguamente. Piense, asimismo, que sabemos que muchas de las cosas que nos suceden están relacionadas con el estómago, pero desconocemos cómo funciona el propio estómago.
“Toda la realidad es subjetiva, y en mis ensayos es eso mismo lo que más me interesa”
—Los rituales taoístas comienzan con la construcción de un altar que es un calendario y un mapa del universo. ¿Qué nos enseñan los rituales? ¿Hemos perdido lo sagrado?
—Qué preguntas… No sé si estoy respondiendo algo inteligente… Bueno, el ritual es siempre un reencantamiento de lo cotidiano, nos remite a la cualidad circular o cíclica del universo, eso es lo que hace que un ritual exista. Los aztecas creían que había que hacer unos rituales para que el mundo continuara. Si no realizabas estos rituales, el mundo se acababa. El problema de su pregunta es a quién alude ese “hemos”, el sujeto que emplea. Por ejemplo, los adolescentes que utilizan TikTok posiblemente habrán perdido su sentido de lo sagrado, pero hay millones de personas en el mundo que no lo han perdido. Están en las mezquitas, en las iglesias o en las sinagogas, viven en pueblos indígenas. Todo depende de a quién hagamos el sujeto de ese “hemos”.
—Pienso en la historia de Lieh Tzu, en el libro taoísta del s. III, la del hombre al que le desaparece un hacha y encuentra sospechoso al niño, hasta que su hacha aparece. ¿Cuánto de nosotros conforma la mirada del otro? ¿De qué modo conforma nuestra mirada lo mirado, cómo dejar que también lo mirado nos transforme?
—Me interesa mucho cuánto de nosotros mismos conforma la mirada del otro y cuánto de ella hay en lo que miramos. Pero esta es una pregunta muy difícil. Toda la realidad es subjetiva, y en mis ensayos es eso mismo lo que más me interesa, esa percepción subjetiva de la realidad, y sobre lo que otras culturas distintas a la nuestra “creen” que es verdad. En mis ensayos nunca invento nada. Nada es producto de mi imaginación. Todo lo que yo escribo en los ensayos viene de alguna fuente. Esas fuentes, por muy míticas que parezcan, no “creen” sino que “saben”. Desde ahí escribo. Hay culturas que creen que, al morir, el muerto se convierte en un árbol. Nosotros dudamos de que eso sea cierto, pero ellos “saben” que es así.

“A mí me ha atraído siempre el arte que explora lo que no se ha tanteado antes”
—A propósito de lo azul (que es un sonido). “He roto la frontera de los límites del azul y he entrado en lo blanco”, escribió Malevich. ¿Eso es el arte, romper fronteras?
—A mí me ha atraído siempre el arte que explora lo que no se ha tanteado antes, sabiendo que hay que conocer bien la tradición para poder romperla, ese es el arte que me interesa. Si piensa usted en la poesía de Estados Unidos, la de vanguardia, todos los poetas importantes hicieron dos cosas: crearon algo nuevo y redescubrieron algo antiguo. De esto último, por ejemplo, el I Ching, el provenzal, los metafísicos ingleses… trato de hacer eso mismo en mi escritura.
—Me vienen a la cabeza las visiones de santa Catalina, ¿cuánto de epifanía tiene la escritura?
—Nunca jamás había pensado en esto. No sé con exactitud cuáles son las virtudes de mi escritura, de haberlas. Siempre me ha gustado escribir, jamás he pasado por las agonías existenciales de las que hablan muchos escritores, me veo más, cuando escribo, como un carpintero que hace una mesa, la construye, la lija, la barniza, la adorna… Escribo tranquilo, en un estado de absoluta tranquilidad, así que no creo que mi escritura se corresponda con un estado epifánico o metafísico, aunque escriba sobre ello.
—¿Tenía razón Empédocles al afirmar que el mundo está constituido por dos fuerzas, el amor y la discordia?
—En estos días hay mucha más discordia que amor, pero sí, creo que tenía razón.
“Todas las edades de oro de la literatura han coincidido con edades de oro de la traducción”
—¿Merecería la pena pasar las tres horas en el Paraíso que disfrutaron Adán y Eva, según los cálculos de los expertos?
—Jajaja, ¿por qué no? Es divertido, no me diga, que haya cálculos de este tipo, especulaciones sobre cuánto tiempo estuvieron Eva y Adán en el Edén. ¿A quién no le gustaría estar esas tres horas allí? Además, la mayor parte de nosotros tiene en su biografía tres horas de su vida a las que le gustaría regresar.
—¿Por qué le fascina tanto la vida de los santos y el mundo angelical?
—Tenga en cuenta que escribo mucho sobre política estadounidense, algo que, sobre todo cuando gobierna Trump, me saca de mis casillas, así que, para mantener la salud mental, escribo sobre asuntos que están fuera del tiempo. Es cierto, me interesa mucho la vida de los santos, creo que son el origen o el verdadero realismo mágico. Al investigar sobre los ángeles, ha sido fascinante descubrir que casi todo lo relativo a ellos no está en la Biblia, sino que se inventó mucho después, incluso el atributo de las alas. La católica es la única religión a la que le preocupan seriamente las cualidades de estos seres. Tomás de Aquino, por ejemplo, un gran filósofo, especula sobre si los ángeles comen, si tienen o no memoria. Se pregunta, ya que no son seres físicos, ¿cómo es que hablan? ¿Cómo cantan las alabanzas al Señor en los cielos? Todas estas cuestiones no preocupan a ninguna otra religión. Al hinduismo, por ejemplo, le da igual cuántos brazos tiene exactamente Visnú. A mí me fascina todo este mundo, la jerarquía angelical, la naturaleza del Ángel de la Guarda…
—¿Por qué autores en lengua castellana siente especial querencia?
—Nombraría a Lorca, aunque sea una obviedad o un tópico, pero es que Lorca ha influido muchísimo en los poetas norteamericanos. También me interesan mucho los poetas latinoamericanos como Octavio Paz, Huidobro (traduje tres veces Altazor, hay muchas maneras distintas de hacerlo), César Vallejo… e hice una antología de los ensayos de Borges. De España, me interesan los poetas antes de la Guerra Civil. En general, puede decirse que la poesía depende, en gran medida, de la traducción, y todas las edades de oro de la literatura han coincidido con edades de oro de la traducción.