Abril, 2026
El amor a una madre. La ausencia de ella. Su reencuentro. El final. Y, en medio de todo ello, también el odio y a la vez el deseo por el cuerpo femenino. Quirón fue un Centauro épico, jefe de la manada de centauros que por andar a sus anchas por el Olimpo griego eran llamados salvajes. Inmortal, ofreció su vida por la de Prometeo. Conmovido por el sacrificio de Quirón, nos recuerda en este texto Fernando de Ita, Zeus lo convirtió en la estrella que es la cuna de Sagitario, arquero como su padre simbólico.
Las praderas del flechador del cielo son las nubes que se acumulan en las alturas del mundo. Sagitario corre por aquellas pistas de cristales de agua como un Centauro en busca de su origen, que es el tiempo, porque es hijo de Cronos. Su madre, en cambio, es un árbol de Tilo que cuando fue la ninfa oceánide de la curación y la belleza se llamó Filira, hija de los titanes Océano y Tetis.
Pero ocurrió que Cronos se enamoró de ella y la hizo su amante. Descuidados como son los dioses, el padre de Zeus no tuvo cuidado de ocultar su amorío y Rea, su esposa, estuvo a punto de descubrirlo montando a la ninfa. Para evitar el hecho, Cronos se convirtió en Caballo en el momento exacto en el que descargaba su divino semen en la vagina de Filira. El resultado fue Quirón, un ser híbrido mitad hombre y mitad caballo. Cuando su madre vio lo que había parido se horrorizó de tal manera que renunció a darle pecho y crianza. Aunque era tan grande su vergüenza que le suplicó a Zeus que la exculpara de su forma humana; su deseo fue concedido y amaneció convertida en árbol. Pero de Tilo, cuyas hojas hervidas son de sabor tierno y sanador, como la infancia que no tuvo Quirón, el Centauro del Olimpo, ya convertido en Sagitario, sufrió tremendamente el rechazo materno.
Quirón fue un Centauro épico, jefe de la manada de centauros que por andar a sus anchas por el Olimpo griego eran llamados salvajes. En una de sus batallas con los dioses, Hércules le rozó un brazo con una flecha untada del veneno mortal de una Hidra, pero Quirón era inmortal y no podía morir, aunque tampoco evitar el insoportable dolor que le causaba la ponzoña. Así que renunció a su inmortalidad ofreciendo su vida por la de Prometeo, encadenado a perpetuidad por haber dado al hombre el milagro del fuego. Conmovido por el sacrificio de Quirón, Zeus lo convirtió en la estrella que es la cuna de Sagitario, arquero como su padre simbólico.

La ubre
En las praderas nocturnas del firmamento, la estrella de Quirón brillaba tan intensamente la noche que la loba halló a Remo y a Rómulo, fundadores de Roma, así que la grandeza que alcanzó su descendencia se debió a las tetas de una bestia y a la ubre de la cultura griega que mamaron con deleite hombres de la talla de Augusto, César, Marco Aurelio y Adriano. Gracias a esa influencia, la estrella de Kheiron latinizó su nombre a Sagitario el flechador del cielo, que ya no fue un Centauro heroico sino un ser sensible al amor humano, obligado quizá por la extinción de las ninfas en el imaginario colectivo. El error de Sagitario fue mirar desde su altura a las adolescentes que se bañaban en los ríos, a las mujeres que se entregaban a sus maridos y a sus amantes y a las prostitutas que se depravaban en los lupanares del mundo.
Como sus ancestros fueron tan poderosos como inmorales, no fue el decoro lo que evitó que Sagitario violara a las jovencitas que corrían desnudas por las riberas del Tíber; fue su infancia, mejor dicho, la soledad en la que se refugió de niño ante el abandono de su madre. Puesto que nunca jugó con otros infantes, bajaba de su pradera celeste a retozar con las púberes que al ver que no les haría daño se trepaban en su lomo, se colgaban de su cuello y le rogaban que les enseñara a tirar el arco.
Algo muy distinto sucedía con las mujeres casadas y perjuras; a ellas las trataba como putas imponiendo sus dones de caballo para montarlas por la grupa y hacerlas chillar como cerdas insaciables. De muy joven, Sagitario había mirado a Mesalina (esposa del emperador Claudio, quien también amaba a los griegos) exprimir entre sus piernas a cientos de hombres de todas las edades y condiciones sociales, y se forjó la idea de que así fue como su madre poseyó a Cronos y en venganza él destrozaba sexualmente a sus amantes, aunque jamás tiró en su vulva su semilla porque no quería tener hijos abandonados por su madre. Fue por ello que las amantes casadas de Sagitario ganaron fama como las mujeres del cunnus florulentos.
Con las putas no cogía, platicaba.
(Mi querido e imprevisible amigo Fabrizio León tiene un tratado sobre la importancia de no coger sino platicar con las putas. Espero que algún día lo publique.)
Le fascinaba, a Sagitario, escuchar las historias que las había llevado a vivir de su sexo, tan tremendas e inesperadas que Sagitario consideró seriamente que Aristófanes, Aristóteles y Menandro debieron irse de putas más seguido porque ni en las sátiras del primero ni en las lecciones del segundo ni en las llamadas “comedias nuevas” del tercero, hallaba un material tan rico para la comedia humana que en aquellos lupanares en los que, ya borracho, se orinaba literalmente de risa al oír las trampas, los amañes y los enredos que tejían las suripantas para estafar a los clientes nefastos.
Amor y dolor
Si es verdad que el amor de un hijo por su madre es orgánico (esto es, inevitable), el hijo abandonado por su paridora no conoce el amor sino su ausencia. En otras palabras: el amor duele porque el ser amado cavó un pozo en el alma del niño abandonado, y la desdicha es que no hay forma de llenar ese vacío amando a otras mujeres porque no son su madre. Esta paradoja de la vida la descubrió Sagitario demasiado tarde, luego de haber destrozado la vida de las mujeres que amó y abandonó por lo mismo. Porque no eran ella.

Lo que aumentaba la confusión emocional de Sagitario era que, en su condición de árbol de Tilo, su madre se había convertido en un remedio para el cuerpo enfermo y la mente fatigada. Sus hojas eran parte de la botánica de la época y en todos los hogares del imperio había un té de tila para templar los nervios o un amasijo de hojas maceradas en alcohol para curar las heridas, mitigar los calambres, bajar las calenturas, serenar el sueño. Los farmacéuticos antiguos y las curanderas veneraban el árbol de tilo que fue Filira porque llevó pan y vino a su mesa, y no faltó quien leyera en sus hojas el destino de quien las consultara porque la madre de Sagitario fue, como humana, una joven buena, ingenua, bondadosa, capaz de leer el futuro en la palma de la mano de los seres mortales.
Como signo del zodiaco, Sagitario está regido por Júpiter y su elemento es el fuego. Como hombre-caballo representa la unión de la fuerza animal con el poder intelectual y la elevación del espíritu, aunque su característica esencial es el amor a la libertad y la independencia, lo que lo convierte en un aventurero apasionado por los viajes y las experiencias desconocidas. Entre sus múltiples defectos está la impaciencia. No puede estar siempre en el mismo sitio, por ello recorre las praderas celestes disparando sus flechas al corazón de la constelación de Escorpión, como hizo Quirón con su arco, para hacerla sangrar de amor. Lo que no cuenta la leyenda es que al final de sus días el que sangró fue él porque aquella nube de estrellas le canceló el wasap.
En las praderas del tiempo, Sagitario se volvió viejo y fatigado por tantos años de aventura, recaló sin saberlo a la sombra de un Tilo que, de inmediato, le dio sosiego en la mente y consuelo en el cuerpo. Cuando comprendió que aquel Tilo era su madre, supo que ambos fueron juguetes del Moira griego y del Fatum latino. Ella fue víctima del Destino y él de su consecuencia. Filira no tuvo alternativa ante el poder de los dioses, Sagitario no tuvo remedio ante el abandono de Filira. Sin embargo, al final de la jornada lo que valió la pena fue el rencuentro de un Tilo con un caballo celeste que, gracias a ello, ya está listo para disparar con genuina alegría su última flecha: la de su muerte. ![]()



