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Daniel Cosío Villegas, medio siglo después

Marzo, 2026

Hoy es recordado como uno de los intelectuales mexicanos que marcó la historia cultural de nuestro país. Y, sí, razones sobran. Nacido en julio de 1898, Daniel Cosío Villegas fue un hombre de muchas vocaciones: fue historiador, economista, sociólogo, ensayista, editor y diplomático. Además, fundó la Escuela Nacional de Economía, el Fondo de Cultura Económica y participó en la creación de El Colegio de México. Escritor y ensayista, sus estudios sobre la República restaurada, el Porfiriato y la Constitución de 1857 son imprescindibles para entender esas épocas de la historia mexicana. Fallecido en marzo de 1976, Víctor Roura lo recuerda al cumplirse medio siglo de su partida.

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Con el ensayo “La industria editorial y la cultura”, escrito en 1947 (un año antes de que apareciera el primer suplemento cultural a cargo de Juan Rejano y dos antes de que comenzara a cimentarse la mafia cultural de Fernando Benítez) e incluido en su libro Extremos de América, que el Fondo de Cultura Económica puso en circulación en 2004 luego de cincuenta y siete años de su primera edición, Cosío Villegas se nos aparecía como un prestidigitador de palabras, un ensayista agorero, un visionario ilustrado: las cosas tan no habían (no han) cambiado en lo absoluto en más de medio siglo —entonces, ahora ya son casi ocho décadas— que su crónica aún continúa asombrosamente vigente.

“La característica más importante del libro como mercancía —apuntaba el propio sociólogo Daniel Cosío Villegas, quien fundara el Fondo de Cultura Económica en 1934— es la de que satisface una necesidad que para la inmensa mayoría de los hombres es la menos apremiante de todas las necesidades imaginables. Esto quiere decir que la industria editorial está expuesta, como quizás ninguna otra, a los movimientos cíclicos de auge o bonanza y de crisis o depresión. Cuando se inicia un auge económico y mientras alcanza su plenitud, el libro sigue siendo la mercancía cuya compra se deja para el final, para cuando todas las demás necesidades estén satisfechas. En cambio, si principia a sentirse, o simplemente se vislumbra o se presiente un cambio importante en la situación económica general en el sentido de la depresión, la primera mercancía que sufre en sus ventas es el libro, pues el presupuesto del individuo o de la familia principia por ajustarse sacrificando los gastos menos necesarios o apremiantes: y rara vez se da el caso de que una persona no pueda aplazar, y aplazar hasta la muerte, la compra de un libro, aunque sea un devocionario”.

Cosío Villegas (desaparecido de esta vida hace medio siglo, fallecido el 10 de marzo de 1976 en su ciudad natal, la capital de México), en ese momento, ignoraba que pronto, muy pronto, un grupo literario sólidamente comandado por el ya mencionado Fernando Benítez armaría para sí, excluyendo o de plano eliminando a los que no pertenecieran a su círculo, el cuadro idóneo —según su criterio, por supuesto— de la cultura escritural en el país, el mismo que ahora, aun con los ya desaparecidos —y con los nuevos, que son numerosos, igual de acomodados y aparentemente críticos del sistema que los protege y compensa, porque “la política es la política” con el PRI, con el PAN, con Morena o con el que venga—, se toma el derecho de contemplarse en la cima de la fama intelectual. No había más panorama que el que ellos dibujaban: estaban en las giras oficiales (en mayo de 2013, por ejemplo, el funcionariato priista, como antes lo hiciera el funcionariato panista, que entre intelectuales panistas y priistas y ahora morenistas se confunden y se fusionan, se presentó en la Feria del Libro de Suiza con seleccionados literatos, que eran los que siempre viajaban por el mundo representando las letras mexicanas porque así lo había querido la rectoría cultural —¡ahora Gonzalo Celorio es nombrado Premio Cervantes porque ya no hay de dónde escoger!—, sin consenso ni evaluaciones de calidad sino por decisión grupuscular, federada, autoritaria, continuando la estrategia benitezeana: estaban todos los que eran, ni más, ni menos, tal como ahora que están los que son, nomás eso faltaba), en las aulas escolares, en las mesas redondas, en los cuadros de honor, en los comunicados de prensa, en las colecciones bibliográficas del Estado, son becados, pensionados de por vida, son amigos de Dios y del Diablo.

Y el Fondo, que es decir Cosío Villegas, fue creado justamente para aceptar la pluralidad en la creación de las letras, si éstas poseen, nada más, la suficiente calidad en su desarrollo, no una fuente donde se despliegan los compadrazgos, las amistades, el influyentismo, como ha sido visualizado por el PRI, por el PAN y, cómo no, por Morena.

Por supuesto Daniel Cosío Villegas se percató (agorero como era: él es el teórico fundamental de los planteamientos políticos existentes en el país, el exégeta del presidencialismo, tesis que todos hacen como suya —y cuando digo “todos” en efecto me refiero a todos los teóricos contemporáneos de la política: la política es la política, ahora y siempre) de este vigoroso frente armado por una camarilla de intelectuales —priistas, panistas, morenistas, da igual el color del partido que fuere—, mas su participación, por aquella rescisión suya (directa, sin cortapisas, de Cosío Villegas) de la beca a Octavio Paz en 1958, no fue —lamentablemente para Cosío Villegas— decisiva. Más bien, la mafia, dado el alto prestigio de su personalidad (la de Paz), se vio en la obligación de incluirlo —esporádicamente— en su hermético grupo. Pero esta seguridad que desplegaban (¿despliegan aún?) los “héroes” de la cultura nacional contrastaba, efectivamente, con la cuestión bibliográfica privada del país, en manos —ahora— de la industria española.

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Y de esto hablaba Cosío Villegas en 1947: “Quizás el inconveniente mayor que ofrece este mercado en que debemos operar los editores de habla española es su pobreza, pobreza que debe ser juzgada en los dos aspectos más trágicos para un editor: por una parte, la simplemente económica; por otra, la espiritual. Es evidente que si el campesino mexicano obtiene como jornal medio o ingreso personal, en su explotación ejidal, la suma de un peso o un peso y medio por día [si convertimos este miserable peso de hace ocho décadas en los pesos actuales, podemos apreciar que, en realidad, significativamente casi viene siendo lo mismo], no puede esperarse que ese campesino sea comprador de libros [aunque vaya a saber uno cómo le hace esta gente para tener, y lo tiene, celular], como no lo es de ninguna otra cosa que no sean los alimentos más necesarios y la más parca de las vestimentas. También es natural que México no sea un gran mercado de libros si sólo la tercera parte de la población mexicana sabe leer [hoy en día, según el censo de 2024, alrededor de 4.4 millones de mexicanos mayores de 15 años no saben leer ni escribir, lo cual viene a representar una tasa de analfabetismo del 4.7 por ciento, si bien una de cada tres personas no tiene el hábito de leer, aunque sí puede hacerlo]. Y casi sobra decir que esta situación de pobreza económica y espiritual de México es la que priva en la gran mayoría de los países de habla española, con excepciones en cuanto a la gravedad pero no en cuanto a que el nivel de riqueza o de cultura de ellos pueda compararse con el de países de una civilización más hecha”.

Daniel Cosío Villegas. / Foto: Secretaría de Cultura federal.

Si bien Cosío Villegas hablaba de que, en 1947, sólo una tercera parte de la población mexicana sabía leer, en la primera década del siglo XXI la proporción ciertamente se superó en abundancia aunque se ha modificado drásticamente la tesitura: hoy menos personas no saben leer, pero no se sabe todavía leer libros debido, acaso, a la nula capacidad educativa escolar (en el hogar la cada vez peor televisión nacional ha sido desplazada por las pantallas digitales que, para desgracia mexicana, no rebasa el coeficiente intelectual que poseían los caminos de la televisión, mismos donde circulan ahora la mayoría de las redes sociales), que convierte a los jóvenes en [¿involuntarios?] entusiastas receptores de la banalidad.

Vamos, el ex presidente Vicente Fox Quesada, el primer mandatario mexicano del siglo XXI, el primer panista al frente del país (y que en algo aportara alguna esperanza en el mexicano, esperanza finalmente frustrada por la opacidad y la ignorancia y la ambición del panista iletrado, católico, parlanchín, mentiroso por naturaleza), ¡recomendaba a la ciudadanía no leer periódicos para no enfrentarse a su triste realidad!

“Cabría preguntarse por qué hay tan pocas librerías en nuestros países, y concretamente en México —apuntaba Cosío Villegas en 1947, pero lo mismo puede cuestionarse en estos días, cuantimás cuando la gente ahora, si lee, prefiere la lectura digital—. Pues debe convenirse en que mientras todo el mundo se inclina a pensar que las condiciones antihigiénicas de vida del mexicano sólo son comparables a su tradicional y hasta ahora incurable ignorancia, descubrimos que en el país hay muy cerca de cuatro mil droguerías o boticas, en tanto que sólo hay, como máximo, ciento cincuenta y nueve librerías [ahora el número de éstas se ha visto reducida angustiosamente]”.

Quizás esas cuatro mil boticas quedaban muy chicas para las innumerables que había, y todavía hay, a lo largo del país (seguramente ahora hay más farmacias que cantinas, que ya es mucho decir), pero quién sabe en lo concerniente a la cifra de las librerías… cada vez menos (y ahora con el empeño empresarial de la desaparición del papel para que los soportes digitales vivan su auge electrónico, el asunto se torna cada vez peor). Decía Cosío Villegas que a una droguería entraba cualquier persona (“lo mismo el rico que el pobre, el niño o el anciano, el culto y el ignorante”), pero no a una librería. Un inculto puede entrar a una farmacia, pero no va a entrar a una librería (si la hallare a su paso), ni por una imperdonable distracción: “Puede verse que el estado de Aguascalientes —apuntaba Cosío Villegas— se da el lujo de gastar en educación pública, por año y por habitante, la desorbitada suma de… ¿cuánto se imaginan ustedes?: ¡veintiocho centavos!”

Creo que la situación —y no quiero hacer la conversión respectiva para no darme de topes en la pared— no ha variado en realidad gran cosa.

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