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Eraclio Zepeda, una década después

Las alas de don Chico

Agosto, 2025

Dejando de lado su —por decir lo menos— dudoso paso por la política mexicana (que casi siempre termina por engullir a todo aquel que se adentra a ella), Eraclio Zepeda fue un hombre nacido para la literatura. Practicó con destreza y dominio el cuento, la novela y la poesía; de igual forma, incursionó en la crónica, el teatro y la narrativa infantil. Cultivó también la tradición oral que lo sitúa al lado de grandes conversadores como Juan José Arreola y Juan de la Cabada. Nacido en Chiapas en marzo de 1937, partió de este mundo hace justo diez años, en septiembre de 2015. Víctor Roura recuerda al escritor mexicano.

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Por haberse introducido en la política, en un momento de definiciones éticas (o, en todo caso, en un momento de revelaciones de intereses económicos, donde la práctica derrumbaba a la debilitada teoría), Eraclio Zepeda dejó de contarnos historias, perdiéndonos, los lectores, de un magnífico narrador.

Pero, a ver, expliquémonos mejor.

Porque don Eraclio Zepeda —quien partiera de este mundo a sus 78 años el 17 de septiembre de 2015 en su natal Tuxtla Gutiérrez apenas nueve meses después de haber por fin recibido el Premio Nacional de Ciencias y Artes— siempre había estado en los asuntos de la política, desde su juventud, rebelándose, siendo aún preparatoriano, contra el gobernador Efraín Aranda quien aplicó, en 1955, el delito de resolución social por primera vez en Chiapas. Militante del Partido Obrero Campesino y del Comunista Mexicano, cofundador incluso del Partido de la Revolución Democrática, como lo había sido del Partido Socialista Unificado de México y del Partido Mexicano Socialista, antecedentes del PRD, oficial de milicias en Cuba cuando ocurrió el ataque estadounidense, en 1961, de Playa Girón, Eraclio Zepeda dio un giro radical a sus visiones políticas en 1994 —sólo un lustro después de creado el ahora disperso PRD—, precisamente el año de la aparición del Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

Nombrado secretario general del gobierno chiapaneco, a sus 57 años, tuvo (más bien: fue consciente de su actuación que, de tajo, negaba su pasado liberal, contestatario, replicante) que tomar las armas —por lo menos ideológicas— contra los ideales que él mismo abandonó. Como innumerables intelectuales de su estado (como el poeta Efraín Bartolomé y el propio Jaime Sabines declarando que mataran de una vez a todos los sublevados indígenas), de pronto su comportamiento político se convirtió justamente en lo que alguna vez impugnara: de súbito (¿impensadamente?, ¿conscientemente?), Eraclio Zepeda representaba todo aquello contra lo cual había luchado en los años anteriores.

Cosas de la vida.

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A una década de sus experiencias oficialistas, a sus 68 años, regresó a la literatura, de la cual, sin duda, era un maestro, y de la que no debió haberse retirado nunca. Horas de vuelo (Editorial Patria) es el título de su reaparición bibliográfica, curiosamente en la línea infantil, si bien los seis relatos incluidos continúan aquella magnífica maquinaria literaria que Eraclio Zepeda exhibió en volúmenes como Benzulul (1959) o Asalto nocturno (1974).

“Después de que Eraclio ha contado muchas veces sus cuentos, así, en vivo, con todo él, quiero decir —escribió en el prólogo Eduardo Casar (1952)—: con todos los lenguajes que son el tono, el volumen y la velocidad de la voz, la mirada, los gestos de la cara y el cuerpo, cuidando y observando la reacción que provocan sus palabras, un día acaba por escribirlos”. Eraclio Zepeda decía que, escribiéndolo, mataba al cuento, “que lo paraliza y lo congela —apuntaba Casar—. Yo digo que lo pone a dormir, que no lo mata, que lo duerme para que la curiosidad del lector lo despierte, y que, si lo congela, es para que el lector lo coloque en el vaso de su sed favorito y lo vaya tomando a tragos lentos”.

A estas alturas, decía Casar, “no está de más decir que los cuentos de Eraclio siempre dan la sensación de que ocurrieron en la realidad. Y eso pasó por la sencilla razón de que sí sucedieron. Y a ver quién le desmiente su verdad”.

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Como el pueblo quedaba entre abismos de montañas, a don Pacífico Muñoz, mejor conocido como don Chico, empezó a taladrarle la idea del vuelo.

Decía que para esas tierras “ir a pie es inútil y a caballo tontería”, de modo que lo indispensable era volar: “Si no es tanto lo encogido de estas tierras sino lo arrugado —argumentaba don Chico—. Montañas y montañas acrecentando las distancias. Si a este estado lo plancharan le ganábamos a Chihuahua… ¡Y ya vuelto llano, a caminar más rápido! Pero así como estamos, sólo vueltos pájaros para volar quisiéramos”.

Y así fue como la locura del vuelo, contaba Eraclio Zepeda, “se le fue colocando entre oreja y oreja a don Chico, como un sombrero de ensueño. Volar fue la única pasión que le impulsaba en el día, a otro día, a otro mes, para seguir viviendo un año y otro año más. Si no fuera por el ansia del vuelo habría muerto de tristeza desde hace mucho tiempo”.

La tierra desde el aire, decía don Chico, “está al alcance de la mano. Los caminos son más fáciles al vuelo. Qué cerca están los mercados y las plazas a ojo de pájaro. Los valles y los ríos y las cañadas y cañones, los campos sembrados, los ganados en potreros lejanos, las ciudades nuevas y las viejas construcciones perdidas en la selva y al fondo del mar”.

Eraclio Zepeda. / Foto: Conaculta/Secretaría de Cultura.

Don Chico inventaba, decía Eraclio Zepeda, “una prodigiosa geografía expuesta a los ojos en vuelo, ávidos ojos tratando de reconocer ranchos y rancherías, vados y ríos, caminos, pueblos, lagos y montañas vistas desde arriba, desde el sueño, desde el aire de un sueño”. Así que, metido con la idea hasta lo hondo de sí, don Chico decidió, en efecto, volar: “Entró a su casa, cogió una gallina, la pesó minuciosamente, anotó la lectura de la báscula, midió la distancia que va de punta a punta de las alas, escribió eso también, acarició a la gallina y la regresó al corral. Inventó un cálculo complicado para conocer la secreta relación existente entre el peso del animal y el tamaño de las alas que permite vencer la gravedad y levantar el vuelo”.

Y tenían que ser las alas de una gallina, porque en su corral no había palomas, que probablemente hubieran sido más adecuadas para su experimento, porque son de vuelos largos, pero tenía que atenerse a lo que tenía: “Habiendo encontrado la fórmula que explica la relación entre el peso de la gallina y el tamaño de sus alas, se pesó él mismo, escribió la lectura y, aplicando la fórmula descubierta, calculó el tamaño de las alas que habría de construirse para poder volar”.

Luego pensó en el diseño: “Pensó que el mejor material era el carrizo, ligero y fuerte. Se detuvo un momento para dibujar con un palito sobre la tierra el esquema de su estructura. Para recubrir la armazón nada mejor que el tejido del petate, la dúctil alfombra de palma”. Se suscribió a una revista sueca “donde aparecían lecciones de gimnasia y dedicó algunos años a esta dura disciplina”.

En el año sexto de su experimento “movía con destreza las alas. Con sus brazos aleteaba movimientos llenos de gracia, en un simulacro de vuelo, no de gallina torpe sino de agilísima paloma”.

Y llegó el día esperado.

Arriba del campanario, con las alas puestas, don Chico iniciaba “cauteloso el aleteo que habría de conducirlo a la gloria” cuando alguien del pueblo le pidió, si era verdad que iba a las alturas, que llevara “al cielo este queso a mi mamá que se murió con el antojo”, y luego otro, no se sabe si fue Ramón o Martín o Jesús, pidió que llevara chorizos y otros dulces y otras tostadas y otros jamones y otro aguardiente. “Cuando don Chico recurrió la pierna derecha, siguiendo la dirección al porvenir, abrió el espectáculo grandioso de sus alas” y el pueblo “escuchó el estruendo de carrizos rompiéndose y petates rasgándose en el aire y quesos rodando por la calle”.

El sobrepeso lo había matado, no su empeño científico.

—Si no fuera por los encarguitos —se dijo en el pueblo—, don Chico vuela.

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