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Ahumada, una década después

La lúcida oscuridad

Enero, 2024

Enero lo vio llegar a esta tierra en 1956 y también lo vio partir, 57 años después, en 2014. Se cumple una década del fallecimiento del caricaturista y pintor Manuel Ahumada. Con un estilo inconfundible —que por momentos era melancólico, por momentos onírico, por momentos lleno de humor negro—, durante más de tres décadas Ahumada ejercitó la caricatura política, la historieta, la pintura y la escultura. Víctor Roura aquí lo recuerda.

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Con el nacimiento del diario unomásuno, en noviembre de 1977, la prensa en México comenzó a modificar, de raíz, sus hábitos convencionales, sus costumbres solícitas, sus totémicas características, al grado de permitir que un joven como Manuel Ahumada (Ciudad de México, 27 de enero de 1956 / 3 de enero de 2014), con apenas cuatro lustros de vida, interviniera de manera heterodoxa en las páginas de un rotativo.

En Estados Unidos el ‘comix underground’, con Robert Crumb a la cabeza (más otros radiantes e impresionantes altaneros como Jay Lynch, Kim Deitch, Gilbert Shelton, Justin Green o Skip Williamson), había ya invadido las publicaciones con la aquiescencia de arriesgados editores, que veían en los dibujos una alternativa informativa. Sin embargo, en nuestro país las palpitaciones [contra]culturales poseían otro ritmo, un poco menos cardiaco, más sosegado, más apegado a las ordenanzas del sistema establecido.

Un periódico catorcenal denominado Melodía, Diez Años Después se editaría en enero de 1979 (si bien su gestación ocurrió a finales de 1978: de ahí el subrayado de que salía a la luz exactamente una década después del asesinato masivo, impune, el 2 de octubre en Tlatelolco) con iniciativas diferentes hasta ese momento, incursionando en el periodismo cultural —sobre todo roquero— mediante un planteamiento basado en la narrativa tanto literaria como visual, abriendo sus puertas a jóvenes que no tenían cabida en los tabloides de circulación nacional.

Manuel Ahumada. / Foto: historietologo.blogspot

Allí, durante ese año, desfilaron caricaturistas como Mario Ontiveros Arthenack (excantante de Tequila), Agustín Reyes, Miguel Ángel, Heraclio, Saracho, Feggo, Pachuco, Mongo, Jaime Peralta, Alfredo Trejo, Waldo Lydecker (el crítico de cine Leonardo García Tsao), todos ellos con la aprobación generosa de Manuel Ahumada, quien se encargaría, con el tiempo, de la coordinación de historietas e ilustraciones de esa publicación, el mismo que invitara a unirse a dicha aventura periodística a ese otro gran dibujante: Luis Fernando.

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Porque un día Ahumada llegó a esa redacción, Dios sólo sabe cómo, con varios (excelentes) dibujos bajo el brazo, y no salió de allí sino con el compromiso personal, tan distante al cartonista gremial —que hace chistes y no para de buscarle a todo una broma improvisada, tal como los memes se impusieran posteriormente en los aparatos digitales.

No. Ahumada procedía de otra tesitura: no era el clásico comiquero a la vieja usanza de un Ochoa, por ejemplo, pero tampoco tenía por qué encajar en los vericuetos declaradamente ideológicos de un, digamos, Rius, o de un Magú. Tampoco como Naranjo o como HelioFlores, que se preocupaban no sólo de su digno trazo sino también de su contenido (como lo harían a la perfección posteriormente personalidades como El Fisgón, Helguera o un impoluto José Hernández), Ahumada se ocupaba por dejar en el dibujo alguna huella de la melancólica vida, porque Ahumada fue, toda su vida, un melancólico irredento, o abrumado, o perseverante en su lúcida natural oscuridad.

Quizá con algo de la brutalidad de los historietistas undergrounds, o tal vez con algo de los laberintos de la invención del movimiento pop sustancializado por Andy Warhol y por las alucinantes visiones de los incipientes videos del rock (no había otro creador tan ingente como Peter Gabriel, para Ahumada), probablemente sujeto a las periferias realistas de Edward Hopper, Ahumada se creó un camino propio como cartonista en los diarios, de modo que, por eso mismo, se metía a veces en problemas: en el unomásuno y en La Jornada pasó varios disgustos por sus ideas negras, de misticismo citadino, de blusista barriobajero.

Obra de Manuel Ahumada.

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Porque Ahumada no quería parecerse sino a sí mismo (¿por eso entregó el estupefacto dibujo de un astronauta comiendo en el espacio tacos de canasta —la portada del primer número del periódico cultural Las Horas Extras, el 18 de agosto de 1986—, que le valiera muchos años después la beca del Conaculta?), apolítico indisoluble como era (que no significa que no tuviera ideas sobre la política, por supuesto), Ahumada veía en su trabajo, más que la posibilidad de salvar al mundo, la oportunidad de perfeccionar sus trazos: un cartonista que se disculpaba por no ser como los demás a través de sus ambiguos decires plásticos: con Ahumada lo que no se apuntaba era precisamente lo importante, porque el dibujo lo estaba diciendo mortíferamente. Ahumada no era un cartonista de contenidos, sino de apreciaciones visuales. Por eso su trabajo de historieta deslumbra, porque allí sí se expandía en los detalles que nadie podía ver.

Ahumada siempre nos va a estar haciendo falta, porque no hubo, no ha habido, otro cartonista en la prensa provisto de herramientas francamente undergrounds extraídas de la historieta, de ahí su señera distinción de todos los otros.

Nota bene: Radio Educación, institución de la Secretaría de Cultura del Gobierno de México, ha comenzado sus actividades de 2024 con un homenaje póstumo al caricaturista y dibujante mexicano Manuel Ahumada, a 10 años de su fallecimiento. Se trata de la exposición Los trazos musicales de Manuel Ahumada, que estará abierta al público del 11 al 30 de enero de 2024 en sus instalaciones (Ángel Urraza 622, colonia Del Valle). La muestra puede visitarse de lunes a viernes de 10:00 a 18:00 horas. Entrada libre.

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