Febrero 2026
Decano de la crítica de cine en México, y también decano profesor en la ENAC (hoy: Escuela Nacional de Artes Cinematográficas, antes: Centro Universitario de Estudios Cinematográficos), Jorge Ayala Blanco puso en circulación hace apenas unos meses, en el último trimestre de 2025, su nuevo libro: La sapiencia del cine mexicano. Se trata de la vigésima entrega de su célebre abecedario del cine nacional, proyecto que inició en 1968 con La aventura del cine mexicano y al que le han seguido La búsqueda, La condición, La disolvencia, La eficacia, La fugacidad, La grandeza, La herética, La ilusión, La justeza, La khátarsis, La lucidez, La madurez, La novedad, La ñerez, La orgánica, La potencia, La querencia y La resiliencia del cine mexicano. A la espera de que en este 2026 vea la luz una nueva letra de esta monumental obra ensayística, el periodista Sergio Raúl López ha conversado con don Jorge Ayala Blanco.
Así como lo cinematográfico ha mutado angustiosa y radicalmente en sus 130 años —o más, dependiendo de la historiografía que elijamos—de existencia, no cabría sino esperar cambios similares en lo que pensamos —o asumimos— como la cinefilia clásica. Baste reconsiderar si esta práctica —que podemos definir también como pasatiempo, ejercicio o inclusive vicio— se mantiene tal y como fue moldeándose en los cineclubes o en las salas de arte de la primera mitad del siglo XX bajo un cierto canon tradicionalista y, si se quiere, conservador; o si ha ido modificándose con las décadas a la par que los listados definitivos —o definitorios por cierta historiografía y crítica emergida desde un Occidente gradualmente menos centralista y canónico pero con miradas más exotizantes y moralizantes— siempre en clara redefinición, en permanente reconfiguración.
¿Nos referimos al mismo cinéfilo que leía las hojitas volantes con fichas técnicas, argumentos y cierto comentario crítico, para acabar, al finalizar la proyección, en acalorados cine-debates con sus contertulios respecto al que actualmente recibe recomendaciones de algoritmos secretos e individuales generados de alguna plataforma audiovisual, así presuma de culterana?
¿La cinefilia que exigía tantas películas como lecturas relacionadas bien fueran literarias, filosóficas o inclusive técnicas, junto con visitas a museos y escuchas musicales especializadas lo mismo da en fonógrafo, lector láser o tocadiscos, en fin, una formación sólida en múltiples campos del conocimiento que será posible ejercer en este mundo globalizado, interconectado y videodependiente?
¿Puede, en fin, distinguirse al cinéfilo del consumidor del cine, así sea por la bolsita de barata lona —tote bag, pues— con la marca correspondiente de algún festival, película, distribuidora o plataforma como signo distintivo?
Fue precisamente el confinamiento a lo lago de elongadas semanas-meses del 2020 —con el consecuente cierre temporal de cines, teatros, auditorios, foros y locaciones— el que, pienso ahora, marcó con mucho mayor fuerza el diferencial entre cinéfilo vocacional y el mero consumidor, así sea masivo e incontrolable y hasta el incontinente que se pone el gafete de especialista por el simple hecho de la cantidad de títulos vistos. Es exactamente el mismo síndrome que ha alcanzado al oficio de la crítica de cine, un título al que una cantidad desbordada de aficionados se han apropiado de sus credenciales por el simple hecho de externar sus opiniones, gustos, fobias o preferencias absolutamente personales.
Pero si alguien ha de dominar el arte de la adaptación e incluso la capacidad de prever las incesantes mutaciones de la producción audiovisual ha de ser el santón mexicano con un haber de 63 años de publicaciones ininterrumpidas como crítico fílmico, 62 años como docente de las materias de análisis y apreciación en la Escuela Nacional de Artes Cinematográficas (ENAC antes CUEC) de la Universidad Nacional (UNAM) y a 57 años de la publicación del fundacional y abarcador volumen ensayístico La aventura del cine mexicano (Era, 1968), consolidados como un imponente y abisal abecedario que abarca ya una veintena de títulos.
Se trata del escritor, docente e investigador Jorge Ayala Blanco (Ciudad de México, 1942), un ser consagrado en síntesis y en desarrollo a lo fílmico en su más amplia extensión. Y que a sus 83 años de productiva, prolífica e imparable obsesión —diríase tenacidad casi maníaca— por la reflexión, por el pensamiento y por la recolección de datos y de todo tipo de información que le lleven a “esclarecer” su visión del mundo pero también para “obscurecer” y “complejizar” los fenómenos que estudia, sigue él tan vigente y casi tan activo como en sus inicios.

“Alguien me dijo que la pandemia me había hecho los mandados y así fue, porque pude concentrarme más en la elaboración de mis libros”
¿Cómo fue el tránsito de la pandemia y el confinamiento para el maestro de la crítica de cine en idioma castellano?
—Yo diría que, en lo personal, me fue bastante bien en la pandemia —explica con una certeza incontestable el profesor, a contraluz, desde el sillón de su estudio, lo que dota de un aura cuasi litúrgica a sus respuestas—. Por supuesto, lo digo tomando en cuenta la cantidad de amigos que perdí, y que eso fue lo más más doloroso. Afortunadamente, no perdí a nadie muy cercano. Así que permanecí en casa trabajando y no cambié demasiado mi rutina, que finalmente siempre ha sido ver películas, escribir sobre ellas y dar clases de cine. Entonces me encontré con la herramienta de las videollamadas en sistemas como Zoom, a través del que me mantuve en contacto con otras personas y pues visitaba a todo el mundo por teléfono. Alguien me dijo que la pandemia me había hecho los mandados y así fue, de alguna manera, porque pude concentrarme más en la elaboración de mis libros que son producto de mi investigación, que afortunadamente todo fue sostenido por la Universidad Nacional, institución que sostuvo mi postura, mi posición y no hubo mayor problema.
“Lo difícil fue, por supuesto, reciclarte, además que la cereza del pastel de todo esto fue que tuve covid; de hecho, lo he tenido dos veces. Pero sé exactamente, o al menos intuyo, el sitio y el día en que lo contraje: fue el día que se levantó oficialmente el confinamiento. Ese día se me ocurrió ir a ver una película mexicana en el Cinemex Insurgentes y creo que el baño estaba infectado o algo por el estilo, porque exactamente a los tres días ya estaba en cama y con los síntomas. Afortunadamente ya estaba vacunado, incluso con el refuerzo, así que fue desagradable pero no mortal.
“Previamente ya había ido a una función de prensa en el Cine Tonalá, me acuerdo muy bien, pero antes me acostumbré a pedir las películas a los propios cineastas o a través de amigos que te pasaban los enlaces o te invitaban a sus casas a ver alguna; también los festivales mismos tenían ediciones híbridas, cosa que me pareció formidable. Claro, todo fue muy paulatino y justo cuando ya me sentí libre fue exactamente cuando me infecté. Entonces fue muy chistoso, pues devino nada más que en una anécdota”.
“Creo que lo híbrido es un resultado interesante de la pandemia, al expandir la posibilidad de ver películas y de comunicarte con los demás”
Aunque como veinteañero visitaba frecuentemente los foros de filmación —intrigado por los procesos obreriles e industriales que ocurrían al interior de los grandes estudios tanto para películas nacionales como internacionales e incluso ha aparecido como actor de cuadro en los largometrajes La derrota (1973, de Carlos González Morantes), El infierno tan temido (1975, de Rafael Montero) y los cortometrajes Los no invitados (2003, de Ernesto Contreras), en el que interpreta a un científico con todo y pajarita (Experto 1); Sombras del cielo (2008, de Víctor Velázquez), donde nada menos hace de Dios, o Sombras bajo los párpados (2009, de Arián Sánchez), en el papel del Esposo, o ya no en el terreno estricto de la ficción, sino como cabeza parlante en distintos documentales que van de Los rollos perdidos (2012, de Gibrán Bazán) a la miniserie Cien años con Juan Rulfo (2017-2018, de Juan Carlos Rulfo)—, la condición audiovisual provocada por el confinamiento le volvió aún más presente en las pantallas.
Así, la red mundial y las tecnologías audiovisuales en línea potenciaron el empleo de las videollamadas gracias a las cámaras y micrófonos instalados en cada computadora personal, lo que le permitió como docente dictar sus cátedras para alumnos virtuales desde y hasta el hogar; estudiar los estrenos mediante enlaces electrónicos, otorgar entrevistas e inclusive tener acceso a un amplio acervo de conocimiento sin que nadie dejara la comodidad —y seguridad— de su casa. Su rostro apareció, gracias a esta inusitada combinación de factores, en centenares de monitores por cientos de recovecos electrónicos.
—Fui el protagonista, digamos —nos dice el profesor Ayala Blanco—. Además de impartir las clases en ENAC, donde sí me cuidaron mucho, pude presentar dos libros juntos del ‘Abecedario’, los correspondientes a la O y la P: La orgánica y La potencia del cine mexicano, con la ventaja de que podía difundirse mejor. Yo creo que lo híbrido es un resultado interesante de la pandemia, a mí me parece realmente una conquista, al expandir la posibilidad de ver películas y de comunicarte con los demás. Estuve dando clase en línea en conexión híbrida e incluso tuvimos reuniones de maestros, consejos y todo tipo de reuniones académicas y siempre pude participar desde casa.

“Para mí, el fortalecimiento de las plataformas es también el triunfo del cine pasteurizado, con películas más controladas y, yo diría, la victoria del algoritmo”
Tan radicales fueron las modificaciones a la vida cotidiana, en el tsunami mundial que fue la pandemia, que Jorge Ayala Blanco decidió reunir en un apartado que nombró como el Pentateuco Pandémico los recientes cinco libros, entre la veintena publicada hasta la fecha, del enorme corpus ensayístico conocido comúnmente como el Abecedario del Cine Mexicano, relativo a las secuelas culturales y audiovisuales que la pandemia global del covid-19 arrastró consigo. Este apartado se compone de cinco años y sus correspondientes letras, mismas que abarcan del 2019 al 2024, compuesto por La potencia del cine mexicano (2021), La querencia del cine mexicano (2022), La resiliencia del cine mexicano (2024) y el más reciente, La sapiencia del cine mexicano (2025), todos bajo el sello ENAC-UNAM, para rematar en unos pocos meses con la aún incógnita letra T —que define, por el momento, como la “Vitamina T”, con ese celo tan propio de su autor por no revelar el concepto sobre el que conducirá las críticas de dicho volumen—, que verá la luz en algún momento del primer semestre del 2026. Un prurito más de los muchos que conforman parte del aura mítica que rodea a su personaje e incluso de las patologías obsesivas que conforman su metodología tan personal e irrepetible para ejercer la crítica fílmica.
—Con eso ya termino el Pentateuco porque de sí ya es importante la salida total de la pandemia aunque, en realidad, nunca regresamos al 2019 —explica con curiosidad, más que con nostalgia—: nos encontramos en otra etapa, ya empezó otro mundo, nada que ver con el anterior. Nunca sabremos realmente qué estaba pasando y qué podría haber pasado, porque finalmente la distribución y, sobre todo, la exhibición del cine mexicano se pasó a las plataformas de streaming, a los sitios electrónicos de videos en línea. Es un cambio total en la exhibición cinematográfica pero que finalmente influye en la producción e incluso en un cambio de temáticas. Para mí, el fortalecimiento de las plataformas es también el triunfo del cine pasteurizado con películas mucho más controladas y, yo diría, la victoria del algoritmo.
“Claro está, desde el punto de vista de elaboración de los libros, finalmente tengo la misma disciplina e incluso casi la misma postura desde La aventura del cine mexicano (Editorial Era, 1968), que escribí entre los 23 y 24 años como becario del Centro Mexicano de Escritores y que apareció publicado cuando ya tenía 26 años. Y es que en nuestra generación éramos precoces y no lo sabíamos. Ya nos manejábamos como adultos, en esta cosa podríamos llamar la neofilia del año 68, que me la pasé un poco de noche. Yo escribía con una prosa que podría ser intemporal, la de un joven o la de un anciano, de una gente madura, un adulto. Creo que mi postura estaba formulada desde el epígrafe, una cita de Roland Barthes tomada de su libro Crítica y verdad (Critique et vérité, Éditions du Seuil, París, 1966) que comenzaba diciendo: ‘Mientras la crítica tuvo por función tradicional juzgar, sólo podía ser conformista, o sea juzgar conforme al interés de los jueces. Sin embargo, la verdadera crítica de las instituciones y de los lenguajes no consiste en juzgarlos, sino en distinguirlos, en separarlos, en desdoblarlos’.
“En lugar de distinguirlas y desdoblarlas yo digo desmontarlas. Y ahora pienso que estuvo bastante bien adoptar esa postura porque no me convertí en recomendador de películas ni glosador de guiones y temas, sino en un analista que habla realmente de lo que está en la pantalla. Eso me parece lo único que importa puesto que lo que queda es, finalmente, la película misma, lo que estoy viendo, las imágenes y sus acciones internas.
“Yo siempre desconfío, incluso siempre lo cito entre paréntesis o ni siquiera hago caso de lo que los cineastas declaran de sus propias películas, porque creen que añadieron algo y no es cierto, a lo mejor en pantalla hasta vemos lo contrario, muchas veces es lo contrario, claro”.
“Con Amores perros empezó la sublimación del viejísimo cine mexicano; eclipsó todas las películas valiosas del año 2000”
No es un tema menor. Resulta muy frecuente que los realizadores no sólo desestimen sino directamente denigren o desacrediten las opiniones de la crítica cinematográfica rigurosa, acusándola de no poder opinar sin antes haber pisado siquiera un set cinematográfico, de ignorarlo todo sobre cámaras, lentes, luces o maquillaje y, aún más, descalificarla por el hecho de no haber ganado ni siquiera un premio Oscar/Ariel/Palma dorada/(o)Diosa plateada. Ambas actividades forman parte de una industria que, en el caso mexicano, no alcanza siquiera a serlo —dado que depende del subsidio estatal hace medio siglo sin generar los suficientes ingresos para mantener engrasada su maquinaria productiva—, pero cuyos fondos públicos no incluyen al periodismo cinematográfico, deteniendo su derrama/desparrame económico en los distribuidores, los publicistas, los diseñadores, los relacionistas públicos e incluso, recientemente, en las celebridades de las redes sociales digitales, llamados eufemísticamente creadores de contenido y popularmente como influencers.
Pero la crítica, así incómoda, así confrontativa, así dura, resulta necesaria en el resto de poderosas industrias audiovisuales en otros países, pues acompañan al entendimiento del público general pero también de los propios creadores, aunque no lo quieran entender.
—Pues a mí qué me importa—expresa tajantemente el profesor que inició en 1975, al lado de María Luisa Amador, la investigación titulada Cartelera cinematográfica que abarca los estrenos en México desde 1912 y hasta 1999, y de la que se prepara una edición digital de libre consulta al público.
Y cita algunos ejemplos que corroboran tal aserto: al creer que pusieron en pantalla a la mujer que fue la poeta chiapaneca Rosario Castellanos, atrapada en un matrimonio infernal con el filósofo y periodista capitalino Ricardo “el Güero” Guerra, miembro del grupo Hiperión, en el largometraje Los adioses (México, 2017), de Natalia Beristaín: “Pues no es cierto. Es una víctima pobre, ¿no? Pobrecita, ¿verdad? De un tirano que se llamaba Ricardo Guerra. No es cierto, yo los conocí. Vamos, lo que veo en la pantalla es una deformación, una distorsión total de la realidad y una victimología abominable”.
O en el caso de la controversial En busca de Emilia Pérez (Emilia Pérez, Francia-México-Bélgica, 2024), de Jacques Audiard, misma que había visto mucho antes que empezaran los diversos escándalos alrededor gracias a sus marchantes: “Y la vi, la disfruté muchísimo, escribí sobre ella y sí, había algunas cosas que me parecieron un poco ridículas, mismas que señalé en su momento, pero nada más. Luego, cuando mucho después estalló el escándalo me dije que no tenía por qué modificar nada de mi visión, ni una letra. Me había referido a lo que había visto en la pantalla y al único referente anterior que tenía, que es la obra misma de Jacques Audiard, un extraordinario cineasta con películas espléndidas como El profeta (Un prophète, Francia-Italia, 2009) y demás, que claro que son espléndidas”.
Respecto a la obra de Alejandro González Iñárritu, quien celebró con una gran campaña publicitaria —siendo originalmente él mismo un publicista— el estreno de su ópera prima, Amores perros (México, 2000), a un cuarto de siglo de distancia y de quien coincidentemente reaparece en La sapiencia del cine mexicano con su séptimo largometraje, Bardo: Falsa crónica de unas cuantas verdades (Estados Unidos-México, 2022): “Sigue siendo el mismo cineasta abominable que siempre ha representado, para mí, lo que más detesto en el cine mexicano, que es el esquematismo, el tremebundismo, la complacencia de la violencia machista, sigue siendo el mismo cineasta. Me da exactamente lo mismo si su protagonista es (Daniel) Giménez Cacho, Gael (García Bernal) o Javier Bardem, películas que se promovieron con miles de dólares, especialmente en el estreno de Amores perros, por la que surgió una de las frases que me parecieron abominables, rechazables de antemano: que ahí empezó un nuevo cine mexicano y no, ahí empezó, precisamente, la sublimación del viejísimo cine mexicano y que eclipsó todas las películas valiosas del año 2000, porque la película es del año 1999. Si algo significan mis críticas de esas dos películas, es que representan exactamente 25 años de estar desleyendo ese tipo de cine que manipula y explota hasta sus últimas consecuencias la culpa judeocristiana. El mundo es otra cosa, nada que ver con ese sentimiento”.

“Una de las intenciones del libro es recuperar un centenar de filmes de todo tipo de los que nadie se ocupa”
Un conjunto de 106 filmes aparecen analizados en La sapiencia del cine mexicano entre largometrajes y cortometrajes de ficción y documentales, agrupados, como es costumbre, en este corpus, en los títulos de los realizadores con tres o más cintas (“La sapiencia summa”, con 24 textos), para aquellos que lograron un segundo largometraje (“La sapiencia secunda”, apenas 9) o la mayoría que hace su debut cinematográfico (“La sapiencia prima”, con 22), seguida de la dedicada al género documental (“La sapiencia documenta”, con 20) y de la del cortometraje (“La sapiencia mínima”, con 6 ensayos) y cerrar con la dedicada al cine dirigido por mujeres en la sección más abundante (“La sapiencia femínea”, con 25 títulos).
Curiosa paradoja, la mayor parte de estos títulos fueron vistos por el autor en 2022 cuando los estrenos de producciones mexicanas en complejos de exhibición comercial fue de 88 —23 de ellos dirigidos por mujeres y tres dirigidos al público infantil—, según el Anuario Estadístico de Cine Mexicano 2022 (Imcine, 2023) y 87 de acuerdo al informe Resultados definitivos. 1º de enero al 31 de diciembre 2022 (Canacine, 2023). Es decir que la capacidad ayalesca por mirar todo tipo de obras, desde las más comerciales hasta las más independientes, las que vieron los menos o las que no tuvieron estreno en salas es sorprendente: lo devora prácticamente todo y lo lleva haciendo desde hace más de seis décadas.
En el caso de La sapiencia del cine mexicano, al igual que en los recientes volúmenes del Abecedario Cinematográfico, la portada sirve de vehículo para el homenaje a la película que considera más destacada, en este caso El hoyo en la cerca (México-Polonia, 2021), de Joaquín del Paso.
Empero, resalta casi subrepticio pero con total justicia, otro homenaje realizado a la directora, actriz, guionista y productora Claudia Sainte-Luce, ya que el libro contiene tres ensayos a igual número de obras suyas que abren el capítulo dedicado a las realizadoras, “La sapiencia femínea” al dividir el apartado “La sapiencia femisacrifical” en el “Lado A: La sapiencia femisacrifical deshijada”, dedicado a estudiar y desmontar su tercer largometraje de ficción El camino de Sol (México, 2021) y enseguida el “Lado B: La sapiencia femisacrifical legendaria”, para el texto correspondiente al cortometraje La isla de los sacrificios (México, 2021) y rematar todavía con un “Lado C: La sapiencia femisacrifical presenciadivina”, en el que aborda su cuarto largometraje, El reino de Dios (México, 2022). Todo un homenaje a la prolífica y proteica directora.
—Tengo tres críticas —advierte sobre esta singularidad— porque son espléndidas las películas. Incluso creo que la más valiosa de las tres es un cortitito que se llama La isla de sacrificios (2021), que es de Veracruz y que para mí es un extraordinario ensayo hipercondensado sobre la negritud en México, incluso llevado hasta los orígenes legendarios, porque es una película sobre la mezcla de razas durante la colonia española y durante la Nueva España, más en la idea de la vivencia de la negritud. A mí me parece que es una pequeña joyita esa película de la que nadie se ocupó.
“Entonces, es sensacional hacerle un homenaje, de modo que precisamente esta maravillosa cineasta abre la sección femenina con tres de sus películas totalmente distintas entre sí —El camino de Sol (2021) y El reino de Dios (2022) completan la tripleta—. Cambia en cada una y eso a mí me encanta, que ninguna de sus películas se parezca a la anterior, me parece maravilloso, porque es una manera de desarrollo personal. Finalmente se desvió desde su ópera prima —Los insólitos peces gato (México, 2013)— hacia esa película de buscadoras, la madre despojada del hijo que le desaparecen o la del niño obsesionado por la idea de Dios.
“Es una autora que no está entre los santones del cine mexicano, como tampoco lo está Joaquín del Paso. Y esa es, precisamente, una de las intenciones del libro, recuperar un centenar de filmes de todo tipo de los que nadie se ocupa y que rompen con todos los moldes y los estereotipos que se quieren crear sobre el cine mexicano”.
“De lo que se trata es de pelar las películas como plátanos o naranjas, para ver qué tiene adentro, sacarles el jugo y descubrir a qué sabe”
Lo que importa, al final de cuentas, es la película misma, repetirá como mantra el crítico y ensayista que ha anticipado, con décadas de ventaja, los problemas del cine contemporáneo mucho antes del paso del celuloide al formato digital o del estallamiento de los géneros cinematográficos clásicos hacia las mixturas y la ruptura del relato formal hacia las formas más caprichosas y personales de contar a través de lo que denomina delirios narrativos; o incluso de predecir, nada más ver El Imperio contraataca (The Empire Strikes Back, Estados Unidos, 1980, de Irvin Kershner), la amenaza hollywoodense del nuevo serial explotado infinitamente y no sólo con la telenovela espacial Star Wars, mismo que se refleja en su tercera serie libresca, la del cine internacional, de la que han aparecido once volúmenes, mismo que ha detenido sus apariciones hace ocho años con El cine actual: Delirios narrativos (ENAC-UNAM, 2018), para darle prioridad de salida al abecedario nacional.
Es por ello que encuentra claves particularísimas e irrepetibles en cada una de las películas que estudia:
—Por ejemplo, Tú eres mi problema (2021), de Álvaro Curiel de Icaza, que me parece muy rescatable porque es una visión muy particular, muy subjetiva pero perfectamente objetivada, de la relación madre e hijo, que se lleva hasta sus últimas consecuencias y es muy valiosa aunque nadie la pela. Precisamente se trata literalmente de pelar todas esas películas como plátanos o naranjas, para ver qué tiene adentro, sacarles el jugo y descubrir a qué sabe. A mí me parece muy importante eso o rescatar películas de cineastas que de pronto desaparecen.
“Hay un personaje que me parece muy rescatable, que es precisamente David Torres Labansat con un par de filmes, El hombre búfalo (2020) y Putrefixión / Un video de Nina Temich (2022), que es un cineasta que filma en blanco y negro, películas que apenas por ahí medio rescataron en un Foro Internacional de Cine de la Cineteca Nacional y que nunca llegaron a cartelera, ni siquiera a la cartelera de la propia Cineteca, siendo que son de las más intuitivas del cine mexicano. O incluso películas que están dentro de lo que podría ser el surgimiento de la nueva óptica del Instituto Mexicano de Cinematografía (Imcine), las películas oficiales. Nadie escribió en México de la película Mamá (2022), de Xun Sero, ni de la película Negra (2020), de Medhin Tewolde Serrano, que para mí son extraordinariamente valiosas y que me significaron una especie de regalo: agarrar in vitro realmente la genealogía de esos temas, que son los que se están protegiendo más por la nueva administración, el nuevo enfoque que son películas sobre comunidades indígenas y afrodescendientes, filmadas por ellos mismos. Eso es lo que me parece formidable, ya no es Luis Alcoriza, el madrileño buñuelizado que hace una película sobre un indio tarahumara para la que tiene que disfrazar a Jaime Fernández y ponerlo en contraposición con Ignacio López Tarso para hacer una película de 1964, que podía habernos entusiasmado en el momento, pero hoy es radicalmente distinta de cualquier película hecha por los propios miembros de una comunidad indígena hablada en su lengua madre y finalmente destacando y las relaciones que ellos establecieron desde adentro con esa comunidad, incluso con su propia madre: hacer una película sobre tu madre y cómo tuvo que enfrentarse a los valores de los mestizos o hacer un ensayo vivencial sobre la discriminación de los afrodescendientes, pero visto desde adentro. Me parece formidable”.

“Sería divertido un récord Guinness; sí, un récord a la resistencia”
Finalmente, la sapiencia se aleja, como bien plantea en el prólogo de este libro, de la sabiduría, de la sensatez, la sensibilidad; se trata, más bien, de una colección se saberes minúsculos, prácticos, aprendidos sobre la marcha y en la práctica, lecciones de vida y de sus cambios abruptos, como a los que nos acostumbramos antes, durante y tras la pandemia:
—Como siempre ocurre con los títulos de mis libros, tuve una gama de posibilidades para elegir el término correspondiente a la letra s, pero sapiencia me pareció interesantísimo pues no se trata de buscar la sabiduría, sino los saberes particulares. Es un término mucho más modesto e íntimo, mucho más personal, claro. En ese sentido, yo creo que las películas sí tienen alma. Dudo que los seres humanos la tengan, pero las películas sí… Por cierto que el realizador tampoco. Yo trato de penetrar hasta ahí, a ese espíritu, un aliento.
Y si bien oculta con particular pericia el título de sus próximas entregas, que será la clave sobre la que desarrollará el centenar y más de ensayos que contendrán, lo que tiene muy claro, desde hace muchos años, es el querer completar todas las letras del abecedario, hazaña que se antojaba imposible, pero cada vez más a la mano dada su lucidez, su buen estado físico y su entrega absoluta a su proyecto ya no intelectual, sino de vida: la letra zeta. E incluso acepta, con sonrisa maliciosa, que el reconocimiento que le sigue es aparecer en las listas del libro de récords Guinness más que ninguno otro, si bien ya recibió la Medalla Salvador Toscano, el Premio Fénix, la Medalla de la Filmoteca de la UNAM, dos veces la Medalla UNAM al Mérito Académico y un homenaje por trayectoria en la Dirección de Literatura del INBA.
—Posiblemente llegue a la Z, que obviamente va a ser, y ya lo he dicho mil veces, La zozobra del cine mexicano, porque es la más bella de todas las palabras del idioma castellano y en eso coincido con nada menos que con López Velarde, que su gran poemario se llame, simplemente, Zozobra (1919). No zafiedad, que eso es muy despectivo. Y si termino el abecedario aún tendré un par de letras más, la ché y la doble ele. Así que escribir un libro que se llame La chingonería del cine mexicano o La llaneza del cine mexicano, me parece estupendo, increíble. Y pues ya bajamos la cortina y que se siga el cine.
“Y sería divertido un récord Guinness, ¿no? Yo creo que difícilmente encuentras que se vuelva a repetir el caso de un mundo de crítica tan rico como el que yo viví. El que me tocó fue sensacional. Incluso con persecuciones, cuando te podían llevar a los tribunales por haber hecho una crítica negativa. Me parece genial.
“Así que, sí, me tocó un mundo genial de crítica de cine, sobre todo tomando en cuenta que lo practico como un arte… o al menos trato de que se convierta en un arte, en un género literario como cualquier otro. Finalmente, es toda esa idea del Texto, así con T mayúscula. Aunque no haya un Premio Nobel para la crítica de cine. Por lo menos sí hay para guionistas, como el húngaro László Krasznahorkai, colaborador de Béla Tarr… Pero, además, con el Nobel de la Paz fue la devaluación total, ya es de risa loca, ¿no? Por eso es mejor un récord Guinness, sí, a la resistencia”. ![]()



