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«Valor sentimental»: cuando cada familia infeliz lo es a su manera

Febrero, 2026

Pocos cineastas están tan en sintonía con la vida interior de los jóvenes como Joachim Trier. En magníficas películas como Reprise, Oslo, 31 de agosto y La peor persona del mundo —filmes que además le han elevado de estatus, ha explorado los sueños artísticos y los deseos frustrados de personajes que intentan, a menudo sin éxito, descubrir quiénes son. En su más reciente cinta, Valor sentimental, el cineasta noruego amplía esa fatalidad a un drama familiar “minimalista y refinado, renuente a elegir formulismos propios del género como el chantaje sentimental o la cursilería”, escribe Alberto Lima en esta entrega de ‘La Mirada Invisible’.

Valor sentimental (Affeksjonsverdi),
película de Joachim Trier;
coproducción Noruega-Alemania-Dinamarca
Francia-Suecia-Reino Unido-Turquía;
con Renate Reinsve, Stellan Skarsgård,
Inga Ibsdotter Lilleaas, Elle Fanning. (2025, 133 min).

Durante los primeros minutos de La peor persona del mundo (2021), quinto largometraje del cineasta noruego nacido en Dinamarca Joachim Trier (Copenhague, 1974), la protagonista afirma: “Mi pasión siempre fue lo que sucede adentro, las pasiones y sentimientos”. Dicha frase bien podría funcionar como el principio fundacional para resumir el núcleo de la joven carrera fílmica de Trier, y, además, porque precisamente en su más reciente obra, Valor sentimental (2025), continúa la exploración minuciosa y medida de los entresijos y contradicciones del alma humana.

En la contemporánea ciudad escandinava de Oslo, Noruega, la guapa actriz Nora Borg (Renate Reinsve) lidia con el pánico escénico, sostiene amoríos con un miembro del elenco de la compañía teatral que es casado (Anders Danielsen Lie), y a raíz del fallecimiento de su madre psicóloga, deberá junto con su hermana historiadora Agnes (Inga Ibsdotter Lilleaas) confrontar la presencia de su distante padre, el cineasta Gustav Borg (Stellan Skarsgård), quien a propósito de la exequias se hospedará en la vetusta casa que ha visto pasar varias generaciones de la familia, y aprovechar también la visita para presentarle a la hija actriz un proyecto de película donde ella sería la protagonista. Sin embargo, dadas las viejas rencillas de Nora hacia el padre, rechazará el papel, recayendo éste en la bella y afamada actriz rubia estadounidense Rachel Kemp (Elle Fanning), luego de quedar maravillada ante la proyección de uno de los filmes anteriores del cinerrealizador durante el festival de Deauville, Francia, provocando entonces que mientras sucedan los preparativos para el rodaje de la futura cinta —gracias al financiamiento de Netflix—, las facturas de las cuentas pendientes entre los tres miembros de la familia Borg comiencen a ser ajustadas, atendidas y resueltas.

Fotogramas de Valor sentimental, película de Joachim Trier.

Con guión original escrito en colaboración con su infaltable guionista Eskil Vogt, el sexto largometraje de Joachim Trier —ganador del Gran Premio en el festival de Cannes 2025, y ostentando nueve nominaciones al Oscar a celebrarse en marzo próximo, incluyendo mejor película y mejor dirección— es un drama supremo, minimalista, señorial y refinado, renuente a elegir formulismos propios del género como el chantaje sentimental, la cursilería o la estimulación lacrimógena porque en el filme no hay lugar para aspavientos ni azotes, gracias sobre todo a una edición depurada y de ritmo en general suave del también infaltable Olivie Bugge Coutté, con esos ya característicos fundidos en negro tan propios del cine de Trier para acentuar cambios de episodios y dar pie a nuevos tonos dramáticos. Edición además que es elíptica cuando se requiere, como nos lo hace saber que la actriz estadounidense Rachel Kemp ha aceptado el papel protagónico, o bien cuando ella misma, al sentirse incapaz de lograr captar el pathos del personaje, opta por renunciar. Pero la edición adquiere vigor durante las secuencias pertinentes, tal y como sucede en una entrevista que termina de manera incomoda, luego de hacer estallar al director Borg tras defender a su actriz de un troll de TikTok que pretendía hacerse el periodista. Y para lograr el involucramiento y comprensión del espectador, está la fotografía con mucha cámara en la mano de Kasper Tuxen, fiel al detalle mientras registra con vivacidad el colorido y los detalles de esa casa añeja que es testigo silencioso de los avatares emocionales de los Borg, con aquel calentador antiguo que desde que Nora era niña servía para escuchar conversaciones ajenas, logrando así secuencias espléndidas como la llegada del amanecer en la playa de Deauville, en donde el jubiloso director Borg detiene un carro tirado por un caballo, y el cual terminará llevando de vuelta al hotel a una entusiasmada Rachel, o ese jardín familiar donde el propio cineasta sufrirá un colapso, y también está ese tono azulado de los últimos instantes de la tarde de un verano noruego donde en un plano silente padre e hija fuman juntos y en paz, como preludio a una ríspida secuencia que mostrará un amargo cruce verbal entre ambos.

Un contrapunto notable en la cinta es ese humor discreto que aparece de manera sutil e inesperada, ya vislumbrado desde un principio con la corretiza que pega Nora hacia los camerinos cuando ésta es invadida por el pánico escénico y comienza a desgarrarse el vestido, el cual será reparado ahí mismo con cinta por las encargadas del vestuario, mientras otros miembros sujetan a la joven; o la mentira que le cuenta el viejo zorro director a la actriz Rachel acerca de que la madre de éste se ahorcó con ayuda del taburete donde la chica está sentada, cuando en realidad es un vil taburete de Ikea; o los omnipresentes carteles publicitarios colgados a lo largo de las escaleras eléctricas del metro, que parecen recordarle de modo burlón a Nora el rechazo a un papel escrito únicamente para ella; o el no abrazo entre el padre y el yerno de éste (Andreas Stoltenberg Granerud); o los regalos de cumpleaños que el abuelo director le da a su nieto de ocho años con películas bien pesadas como La pianista (Haneke, 2002) o Irreversible (Noé, 2002).

Existen constantes conceptuales que vertebran el cine de Trier, las cuales aparecen ya desde su opera prima Reprise/Vivir de nuevo (2006) con ese joven escritor psicótico cuya fragilidad emocional termina con sus aspiraciones literarias, y que se emparenta tanto con el hijo adolescente ensimismado y retraído a causa de la muerte de la madre en Más fuerte que las bombas (2015), como con la joven universitaria incapaz de controlar sus repentinos y mortales ataques psicokinéticos en La maldición de Thelma (2017), y también con la otra joven en La peor persona del mundo (2021) quien, imposibilitada de hallar asidero emocional, divaga de una profesión a otra al igual que de parejas, para hermanarse todos con la actriz Nora, cuya personalidad destemplada a causa de una niñez traumática por el divorcio de sus padres, que no ha logrado formar un hogar ni consolidar siquiera una relación estable, y que mantiene un rencor soterrado hacia su padre, es sólo en el escenario donde su otro yo logra templarse.

Pero además está otro tema recurrente: el conflicto con la figura paterna. Es el padre viudo de Más fuerte que las bombas abrumado porque no puede comunicarse con el adolescente hijo abstraído, mientras a escondidas tiene un romance con la profesora del chico; es el severo padre de La maldición de Thelma, que vive resentido con la hija luego de que por culpa de ésta muriera su bebé en el río congelado y con la fatal consecuencia de que la esposa, tras lanzarse de un puente, acabara en silla de ruedas, y como parte de una opresiva y férrea educación religiosa, obliga a la hija pequeña a poner las manos encima de la llama de una vela para que sepa cómo van las cosas en el infierno; es el padre que poco se interesa en la vida de su hija metomentodo en La peor persona del mundo, al grado de ni siquiera asistir al cumpleaños de ésta elaborando una serie de mentiras baratas. Y entonces llegamos al cineasta Gustav Borg —interpretado de manera soberbia por el sueco Stellan Skarsgård—, que carga esa pena por el suicidio de la madre luego de que años atrás fuera torturada y acusada de traición durante la ocupación nazi en Noruega, que mantiene una difícil y lejana comunicación con la hija mayor Nora —interpretada de manera soberbia por Renate Reinsve—, con quien se identifica pero a la vez juzga despiadadamente y con la que de pronto intenta acercarse con ocasionales y prolongados monólogos telefónicos que sostiene con la contestadora de ella sólo cuando, gracias al alcohol, tiene el valor de buscarla; mientras que con la otra hija, Agnes —interpretada de manera magistral por Inga Ibsdotter Lilleaas—, que siendo niña actuó como protagonista en el filme que deslumbrará muchos años después en Deauville a la actriz estadounidense Rachel Kemp —interpretada de manera soberbia por Elle Fanning— para ponerla por un instante en el centro del universo y luego desaparecerla de su vida, aunque ella ya adulta sea más tolerante y amorosa hacia él, para redundar en el cine, o mejor dicho, gracias al cine dentro del cine, en el plano secuencia final de la película por fin hecha que será la redención/reconciliación de los Borg, porque otro gran tema presente en las películas de Trier es el arte como forma de conocimiento, poblado por escritores, fotógrafas, actrices, directores de cine en búsqueda de sanación y, sobre todo, autodescubrimiento.

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