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El mundo de ‘los sin talento’

Febrero 2026

En esta nueva radiografía de lo social, Juan Soto es directo: podríamos decir que lo que va del siglo XXI es notoriamente el tiempo de los sin talento. Se trata, puntualiza en esta nueva entrega, de un lapso donde estos últimos han ganado notoriedad, entre otras cosas, gracias a las plataformas digitales. Y lo peor: se han convertido en celebridades vitoreadas por hordas de imbéciles que se regodean en la certeza del saber sin profundidad. Sí: atravesamos por un momento donde la formación es posible sin información, donde el talento sin genio y el genio sin talento se vitorean y aplauden. Se veneran y se les rinde tributo.

Según el Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, de Joan Coromines, entre el inicio del Siglo XII y hasta el Siglo XVI talento era una forma rara. Expresaba ‘capacidad’ y ‘dotes naturales’, mientras que una palabra parecida, talante, definía la ‘voluntad’. Tálanton —del griego— y talĕntum —del latín— designaban una moneda de oro, primitivamente ‘balanza’ y, luego, ‘cierto peso en oro’.

Coromines señaló que es probable que los sentidos de las palabras castellanas se deban a la parábola evangélica de los servidores que sacaron fruto de los talentos o suma de dinero confiados por su amo, mientras otro sirviente enterró sin provecho su tesoro. De acuerdo con esta interpretación se podría identificar un cambio importante en el significado que apuntó hacia las ‘dotes naturales que deben aprovecharse’ y, posteriormente, hacia la ‘disposición, propensión’ y ‘voluntad’.

Durante la Edad Media, agregó este destacado filólogo, lexicógrafo y etimólogo español, gracias a la tendencia a considerar más importante la buena voluntad que la inteligencia, debió generalizarse la acepción vinculada con la voluntad. Y esto es significativo, pues todo parece apuntar a que fue durante la Edad Media cuando el sentido de ‘dotes naturales’ quedó confinado al bajo latín y al pasar a las lenguas vulgares durante el Renacimiento se le atribuyó la forma semiculta talento; de donde viene, por ejemplo, talentoso.

Hoy día, el talento se asocia tanto con la inteligencia —entendida de una forma muy burda como una ‘capacidad de entender’—, como con la ‘aptitud’ —considerada una ‘capacidad para el desempeño de algo’. De alguna manera, hoy se piensa que una persona talentosa tiene una especie de ‘dotes naturales’ y ‘alguna capacidad’ especial para hacer algo. En consecuencia, se suele considerar que una persona talentosa es inteligente.

Sin embargo, vayamos más allá.

Goethe pensaba que el talento estaba asociado con la sinceridad, pero creía firmemente que para que un talento se desarrollara era necesario que alguien creciera en una nación donde circulara mucho espíritu y una sólida cultura. Da Vinci suponía que el talento se echaba a perder sin el ejercicio. Stendhal decía que no existía nada que odiaran más los mediocres que la superioridad del talento y que en sus tiempos era una verdadera fuente de odio. Conan Doyle, de modo similar, afirmaba que la mediocridad no podía reconocer nada que fuera superior, excepto el talento que reconocía el genio. Mientras que Balzac sostenía que no podía haber talento extraordinario donde faltaran profundos conocimientos metafísicos.

Algunos pensadores con ideas extrañas, asimismo, trataron de sostener que el talento era una especie de don otorgado por Dios, mientras que los pensadores de orientación pragmática atinadamente supusieron que, ni por asomo, era un don divino o algo que pudiera transmitirse o heredarse, sino que es algo que debe entrenarse y habilitarse. Vale la pena decir que, históricamente, en el ámbito de la filosofía y la literatura se le ha asociado con otra noción importante: el genio.

El mismo Coromines indicó que esta denominación apareció, tomada del latín genius, alrededor del Siglo XVI y que designaba una ‘deidad que según los antiguos velaba por cada persona y se identificaba por su suerte’, ‘la misma persona, su personalidad’. Derivado, a su vez, de gingĕre ‘engendrar’. La acepción de ‘grande ingenio’, ‘hombre de fuerza intelectual extraordinaria’, se habría tomado del francés a inicios del Siglo XIX. De genio derivan genial, genialidad, congeniar, congenial, ingenioso, ingeniosidad, ingeniar y hasta esa extrañísima palabra ingeniero. Y no olvidemos que ingenium, del latín, se puede entender como ‘cualidades innatas de alguien’. Esta idea embona muy bien con la de que el talento es algo con lo que se nace o con lo que algún dios ocioso decidió que una persona tuviera ya en el momento de nacer.

Hoy se asume que genio y talento están íntimamente vinculados. Se piensa que alguien con mucho talento es, casi de manera automática, un genio. Y ciertamente nuestra concepción del genio es distinta de lo que pensaba Schopenhauer, quien decía que los genios extraordinarios raras veces se abrían paso durante su vida porque, en el fondo, sólo eran comprendidos por los que eran afines.

Es muy diferente de lo que Séneca dijo cuando consideró que no existía ningún gran genio sin un toque de demencia. Ni por asomo se parece a lo que pensaba Flaubert, quién lo pensó muy bien diciendo que el genio no se podía copiar. Y, obviamente, es altamente contrastante con lo que Balzac afirmaba cuando decía que el mundo odiaba y procuraba calumniar el genio, pero que terminaba inclinándose ante él. Y también es muy diferente de lo que Blake defendía, pues señalaba que el progreso trazaba los caminos derechos pero que los caminos tortuosos, sin progreso, eran verdaderamente los caminos del genio. Nuestras concepciones actuales sobre el genio y el talento no se parecen mucho a lo que imaginaron grandes filósofos, artistas plásticos y escritores de otros tiempos.

Imagen: archivo – SdE.

Actualmente, existen consideraciones extremadamente banales que rayan en lo ridículo sobre el genio y el talento. Incluso podríamos decir que lo que va del siglo XXI es, notoriamente, el tiempo de los sin talento. Se trata de un lapso donde estos últimos han ganado notoriedad, entre otras cosas, gracias a las plataformas digitales y se han convertido en celebridades vitoreadas por hordas de imbéciles que se regodean en la certeza del saber sin profundidad. Sí, va de nuevo, como lo escribió el doctor en ciencias sociales, periodista y economista Vicente Verdú: vivimos en una cultura sin culto. Atravesamos por un momento donde la formación es posible sin información —el analfabetismo funcional es casi un régimen. Y, podríamos agregar, que vivimos en un mundo donde el talento sin genio y el genio sin talento se vitorean y aplauden. Se veneran y se les rinde tributo. Vivimos en un mundo casi gobernado por los talentos inútiles que han devenido industria.

La vulgaridad, la ridiculización, la majadería, etc., convertidas en espectáculo, son capaces de convocar a las masas dispuestas a pagar por una entrada o una suscripción en medios para reír a carcajadas mientras un cretino caracterizado de payaso o algo por el estilo ridiculiza a cuanta persona pueda subir al escenario para lucrar con el escarnio público que termina por divertir a los mentecatos. Convertido en espectáculo, el mundo del chisme y los rumores —que se hace llamar hoy periodismo de espectáculo— puede inundar las barras de los programas televisivos y distintos medios digitales para consolidarse como una forma de entretenimiento fútil, soez, grosero, vil, ordinario.

Transformada en espectáculo, la confrontación entre parejas, amigas, amigos, suegros y nueras, yernos y suegras, que se hacen confesiones frente a desconocidos ociosos reunidos en plazas públicas o a través de una transmisión a nivel nacional, hoy se ha afianzado como un negocio rentable para las infames celebridades que conducen reality shows o han posicionado sus canales en diversas plataformas publicitarias bajo el argumento de que las personas que aparecen ahí ‘participan voluntariamente’ en sus dinámicas a cambio de unos cuantos cientos o miles de pesos.

Sacar usufructo de las infidelidades de las personas y transformarlas en programas de televisión o dinámicas para las plataformas publicitarias y construir dichas situaciones como una forma de divertimento no sólo es ruin, sino denigrante. Estos tipos de espectáculos que terminan por entretener y divertir a millones de personas inundan los medios tradicionales y los que hemos estado viendo aparecer. Si algo caracteriza al entretenimiento de nuestro tiempo es su ínfima calidad. Si algo caracteriza a las masas es su gusto por el espectáculo indigno reforzado por su baja capacidad de discriminación. Reclaman con ahínco espectáculos abyectos, están dispuestas a pagar por ellos y saltan desaforadamente de uno a otro.

Nuestro tiempo es uno donde la medición de lo social, como bien lo ha señalado Steffen Mau, el sociólogo de la Universidad Libre de Berlín, forma parte esencial de nuestras vidas. Las cuantificaciones, que terminan por institucionalizar ciertos “órdenes de valor”, se han convertido en una especie de marcadores para evaluar y clasificar, entre otras cosas, el genio y el talento. Y aunque la historia de la cuantificación —esa rudimentaria forma de pensar— se remonte a varios milenios, hoy día las métricas son importantes para los medios digitales y las industrias del entretenimiento. Como bien lo señaló Mau en su libro de La sociedad del ranking, la disponibilidad de cifras en forma de estadísticas oficiales permitió técnicas de dominio que reemplazaron lo sagrado con objetividad y racionalidad.

Quizá por ello existan tantos zonzos alrededor del mundo que piensen que si un álbum musical o una canción se reproducen miles de millones de veces sean de calidad y el autor resulte ser, por descontado, un genio —casi un dios— y un talentoso. Quizá por ello abunden los pusilánimes que creen que una persona que balbucee y que sea capaz de llenar estadios de personas dispuestas a balbucear al unísono sea talentosa. Apegados a la universalización del lenguaje de las métricas cualquiera que las infle considerablemente puede ser considerado un genio. No importa que hable como lelo, cante como lelo, escriba como lelo, piense como lelo, se exprese como lelo y se vista como lelo. Total, este mundo parece haberse ido ya, desde hace tiempo, al carajo. Y ni vale la pena ensuciar esta respetabilísima publicación mencionando a aquel del que se hace referencia pues, seguramente, cualquiera que lea esto ya sabe de quién estamos hablando. Tremendo espectáculo debe ser escuchar a miles de personas balbuceando al mismo tiempo durante un concierto creando, de manera involuntaria, una filarmónica de babosos. Cualquier persona inepta con ayuda del Auto-Tune puede convertirse hoy en una celebridad.

Un mundo sin genio y sin talento es aquel que venera la banalidad, la superficialidad, lo viral, las métricas, la futilidad, la inutilidad, la simpleza, la estupidez, la incultura, la desinformación, la opinología, etc. En un mundo sin talento la calidad no es necesaria para ganar premios, reconocimientos, distinciones y hasta doctorados honoris causa. Vender mucho no es, para nada, sinónimo de talento. Es evidencia que la industria de los sin talento es rentable y funciona bastante bien. Un mundo sin talento y sin genio, que vitorea la inmundicia mediática, puede definirse muy bien con un comentario que hasta el sociólogo español Jesús Ibáñez solía soltar en tono provocador: “Coma mierda, cien mil moscas no pueden equivocarse”. Hoy son millones.

⠀⠀Epílogo 1: no, no es el espectáculo que nos merecemos. Es el espectáculo que, convertido en industria, reclaman los pusilánimes.

⠀⠀Epílogo 2: si ya leyó este artículo se le sugiere que ahora lo lea sustituyendo las erres por las eles y sabrá muy bien de lo que estamos hablando. Cante si quiere…

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