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Viajar para leer

Febrero, 2026

Estados Unidos existe en infinitas dimensiones y una de ellas está habitada por mi familia. Así me relaciono con este país, así lo percibo y así crucé…”, escribe Eugenia Montalván en esta nueva entrega de ‘Para que no se me olvide’. “No vi ningún hotel en mis caminatas, pero sí heladerías artesanales, fuentes de sodas (como las de antes) e iglesias protestantes.

La semana pasada entré a una librería creada, deliberadamente, para agradar a los clientes, para brindarles una experiencia sugestiva en un lugar bonito: Our Next Chapter, así se llama.

Un día antes la había visto desde la acera de enfrente al salir de una cafetería, pero tuve la impresión de que “no funcionaba” (como si fuera un aparato eléctrico), así que no crucé la calle. Caminé hacia mi lado izquierdo, sobre la misma cuadra, para ver detenidamente las tiendas (windows shopping) en lo que llegaba mi hermano Gabriel por mí. Eran las 5 de la tarde. Hacía frío.

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Our Next Chapter se localiza en el número 325 N de la calle principal de Conway, en Carolina del Sur. Conway es una ciudad en expansión, sede de la Coastal Carolina University, a 15 minutos de Myrtle Beach, adonde viajé para empezar el año.

Gabriel reside en Estados Unidos desde el 2006. No corre peligro de ser expulsado, es un ciudadano leal a sus principios, muy trabajador y sonriente. Fui a visitarlo para vivir un verdadero invierno y sentir, con mis ojos, la nieve. Mentira. Supe de la tormenta estando allá. El hielo dejó de ser una amenaza en un país ardiendo.

Cuando niña, crecí creyendo que era el destino de la salvación. Allá cruzaron de mojados mis primos; siendo chamacos, igual que Gabriel y yo. De Durango a Texas, ¡sin papeles! Ahora somos adultos y seguimos batallando, arriesgándonos a vivir.

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Estados Unidos existe en infinitas dimensiones y una de ellas está habitada por mi familia. Así me relaciono con este país, así lo percibo y así crucé Migración, mirando respetuosa al agente que me dio la bienvenida.

De Myrtle Beach en México se sabe poco o nada, y de Conway, ¡menos!

En Conway, a diferencia de Myrtle Beach, hay una gran biblioteca para la investigación (y no solamente consulta), la Horry County. En Myrtle Beach, a diferencia de Conway, hay mar y una rueda de la fortuna.

Fotos: Eugenia Montalván.

Revisé el catálogo digital, elegí tres libros y, tan pronto como los pedí, Lory, la bibliotecaria, me los entregó sonriente en una mesa cómoda, frente a la ventana que da a la 5th Avenue. No me pidieron identificación ni que registrara mis datos en una hoja, ni que dejara mis pertenencias en el casillero de un locker. El acceso es totalmente libre. Trabajé en una sala espaciosa casi para mí sola, con café en la mesa y tranquilidad total. Volví una y otra vez.

Al segundo día, después de terminar mi sesión de lectura, caminé hacia Our Next Chapter por la calle cerrada al tráfico que no caminé en mi primer recorrido, una estrecha calle con edificios viejos de ladrillos rojos y pórticos elegantes.

De cerca es otra cosa: ¡Funciona! Sus aparadores tienen todo el estilo Conway, decorados con animalitos y flores. Entré.

Aluciné con la decoración. Aluciné con la manera en la que están colocados los libros, aluciné con los sillones negros para lectura de la trastienda; aquí es posible hojear cualquier título sin compromiso.

—Can I take photos?

—Sure!

Una gata negra con el pelo brillante se dirige cautelosa a su plato de comida, totalmente de forma protagónica. La escena quedó registrada en mi cámara.

Observo la pasión de los gringos por encuadernar sus libros con pasta dura, sello distintivo que los caracteriza por milenios; aun los libros académicos del año pasado editados en Nueva York e impresos en China están empastados así.

Reviso a vuelo de pájaro (con la gatita al acecho) el estante de ofertas. Libros usados con pasta blanda, 3 dólares, y a 4 los de pasta dura. Elijo uno que me parece útil. Hasta entonces mantenía la firme voluntad de viajar ligera.

Al acercarme a la caja a pagar intento hablar con el encargado que porta orgulloso una camiseta azul marino con el logo de Our Next Chapter estampado en blanco. Se muestra amigable, pero mi mente aún no sale del flechazo provocado por los objetos de colección exhibidos en vitrinas: legos estrambóticos, un piano de juguete con teclas de marfil, la vieja máquina de escribir con el carrete puesto, porcelanas blancas, robots miniatura… Sobre uno de los mostradores, perfectamente doblados, me llaman unos calcetines de rallas que dicen: “Todavía puedes comprar más libros”. Yo no soy de souvenirs. Evito la tentación. Aprecio cada cosa en su lugar y hasta ahí, contenta con saber que esta clase de objetos existen. Una minúscula libreta acapara mi vista; me imagino escribiendo en sus renglones. El poder de mi mente se debilita.

Resuenan vibrantes pero sutiles notas musicales. Credence Clearwater Revival inhibe mis palabras. Pido la cuenta, pago en efectivo, recibo mi cambio y alcanzo a decir: Beautiful place. Thanks. I’ll come back tomorrow.

§§§

24 horas después cruzo el umbral y voy directamente al mostrador con toda la intención de saludar de mano a Tom. Por la mañana, en la oficina del Visitor Center (localizada en lo que fue el edificio de correos), una chica de nombre Susan me habló de él. Vino de otra ciudad, era dentista; un accidente le imposibilitó continuar trabajando diestramente en la boca de sus pacientes. Optó por reinventarse y lo sedujo la fama que se ha ido ganando Conway como refugio para ciudadanos libres, amantes de la naturaleza y desenganchados del consumismo.

Tom Martiré, procedente de Connecticut, es de origen italiano. Martiré significa Mártir, me dijo al escribir su nombre en mi libreta.

—Mártir, martirio, en español —le digo.

Sufrir, sufrimiento… Dos palabras se cuelan fugazmente por ahí.

Él y su esposa Liza montaron este negocio aventurándose con fe ciega. Se sostienen de las ventas al turismo, principalmente.

¡Ojo! No vi ningún hotel en mis caminatas, pero sí heladerías artesanales, fuentes de sodas (como las de antes) e iglesias protestantes, siendo especialmente vistosa la Metodista (fundada en 1919) con un panteón al costado. Sobre la calle principal, dos esculturas en bronce representan la fauna nativa: ardilla y lagarto, “Maggie The Squirrel” (Brittany Clark) y “Augustus The Alligator” (Chris Kunk), ambas realizadas por estudiantes de la Costal Carolina University (2017).

Tom me cuenta que el turismo llega una vez al año, ante todo con motivo del Halloween, cuando la ciudad entera se viste de gala con fantasmas, calaveras, calabazas, brujas y monstruos… En esas fechas, los espíritus de las leyendas de la tradición oral (registradas también en múltiples versiones en los libreros de la biblioteca) se dan baños de luz en el río y corren de un lado a otro…

En esta temporada, Our Next Chapter ostenta en su escaparte corazones rojos; seguramente alguno que otro enamorado vendrá.

La gata negra se coloca a un metro de mis pies, distancia exacta para entrometerse en mis pensamientos, palabras y acciones.

—What is the cat’s name? —Obviamente me veo obligada a preguntar.

—SuzieQ Great Reader.

—Ok!

Tom y yo charlamos unos minutos acerca de migrar, emprender y soñar con vender libros. No le digo que sé algo de su historia; él me la cuenta y se levanta el suéter para mostrarme los tendones de su brazo derecho, donde empieza la mano; es su herida, su martirio. Dejó el consultorio dental para sumergirse en un mundo ajeno que todavía está aprendiendo a amar.

En este encuentro los dos sonreímos. Yo, nerviosa, él con reservas. Le hablo de mi origen y profesión. Recuerda el libro que compré y me dice que se ha reeditado consecutivamente (o eso entendí).

Gabriel me llama desde la calle. Está esperándome.

—¡Ven!

Los presento. Intercambian tarjetas. Se caen bien.

En la carretera, de regreso a Myrtle Beach, mi hermano percibe la felicidad que me da este lugar aparentemente detenido en el tiempo, con historia, pequeños negocios familiares, boutiques de ropa hand made y un expendio de local honey.

Delta cancela mi vuelo. Llega la luna llena y con ella, la nieve.

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