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Sin red

Enero, 2026

No es cierto que para estar al día, o que todo lo que uno quiera saber, esté necesariamente en la red, y que lo que no está en línea es trasto viejo en desuso. Pero, sobre todo, no es cierto el cuento completo de fondo de que los seres humanos ya viven en la red. De hecho, escribe en esta entrega Pablo Fernández Christlieb, estar todo el tiempo metido en internet y las redes es solamente un vicio como cualquier otro, porque la auténtica vida sigue siendo sin red. En la calle y en la casa y en la tienda pasan cosas sorpresivas, encantadoras, acuciantes, interesantes, terribles, problemáticas, frente a las cuales el celular con todo y video sale sobrando.

“Red” tiene dos connotaciones: primera, que se trata de una serie de nudos de cuerda en donde todos los nodos o puntos terminan conectados unos con otros, como la de los pescadores o las hamacas, y por extensión, las relaciones entre personas de un grupo donde todos interactúan con todos y se hace la red de chismes de la oficina; y la segunda, que se trata de quedar atrapados en el sistema de nudos y no poder salir de ahí, como los pescados o al que agarraron de puerquito en el chisme.

Y por extensión, la red de redes, o internet, tiene las dos connotaciones. La primera, donde el celular está conectado con la computadora y hasta con el refrigerador, y el mail está conectado con el facebook y los archivos y el tiktok, y con las noticias y con, otra vez, los chismes, es cierta. La segunda, según la cual quien entra en la red queda atrapado porque una aplicación lo remite a otra y le manda anuncios y le pone canciones y nunca acaba y se puede pasar la eternidad yendo de plataforma en plataforma y de noticia a chisme con lo que le quieren hacer creer que si uno entra ya no puede salir de ahí, es falsa.

Es falsa porque no es cierto que todo lo que uno deba o quiera saber, o para estar al día, esté necesariamente en la red, y que lo que no está en línea, en streaming o spotify o en google, es trasto viejo en desuso. Pero sobre todo, porque no es cierto el cuento completo de fondo (el metarrelato) de que los seres humanos ya viven en la red, esto es, de que la realidad es computacional y que por lo tanto las personas ya son digitales, que es la mentira general en la que consiste la gran apuesta de los dueños de la red, ya que admitir que somos virtuales y conectivos, nos hace desear ser así y por ende podérnosla pasar como gran sentido de la vida con el hecho de que los oídos sólo oigan audífonos, los ojos sólo vean pantallas, el único dedo que exista sea el pulgar para teclear, los profesionistas sólo piensen con su inteligencia artificial y los adolescentes se suiciden con su character.ai. El mito de las redes sociales consiste en creer que ahí vivimos y que por lo tanto estar ahí es nuestra manera de ser. Parece que los primeros que se lo creyeron fueron los intelectuales, ahí los ve uno escribiendo en los periódicos sobre la serie que vieron en netflix.

Lo curioso de esta mentira fabricada es que se logra por el hecho de que todos hablan de las redes, de su instagram y threads y su whatsapp, y cuentan que apenas se levantan consultan su celular y no pueden vivir desconectados. En efecto, lo curioso es: 1) que todos hablan, que 2) el mundo de las redes es el tema de conversación, de lo que se concluye que 3) el mundo virtual es el tema de conversación, pero no es la conversación; porque la conversación no está allá, sino en el lado de acá, en el mundo real, ése cósico, no informático, en la mesa de la cocina, el pupitre del colegio, la sala de espera, el metro cuando nos tocó sentados. O sea que se vive en este mundo que le insisten las redes que no cuenta.

Ilustración: J.D.R. | SdE.

Tan sí cuenta que en rigor uno puede enterarse de lo que acontece en las redes aunque no tenga celular nada más de estar platicando con los demás, aquí sentados, y ni siquiera es el tema de conversación más interesante ni más acuciante; ni estar conectados es lo más entretenido. En la calle y en la casa y en la tienda pasan cosas sorpresivas, encantadoras, acuciantes, interesantes, terribles, problemáticas, frente a las cuales el celular con todo y video sale sobrando, una cara que lo mira de reojo, una enésima marcha o bloqueo, un mendigo que pide, un desconocido que saluda, una moda rara, el contratiempo a contrarreloj del aguacero, un bebé nuevecito. Vivimos sin red. De hecho, lo que verdaderamente se cuenta al regresar del día son las cosas que no pasaron en internet, sino aquí, en la vida real, la señora que se le fue la media, la música de la tambora, el gato que nos vio feo, al que mataron en la esquina, es decir, lo que genuinamente es digno de decir —y el pobre obvio que quiera contar lo que vio en su pantallita no resultará muy bienvenido. Lo que cuenta, lo que se cuenta, está del lado de acá, donde la gente es de carne y hueso.

Hablar de lo que le pasa a uno y escuchar lo que le pasa al otro y que no pasa por internet sigue siendo no sólo el tema de conversación, sino la conversación en sí, con sus gestos, tonos, titubeos, equivocaciones, ignorancias —y quien interrumpa para corroborar el dato en su smartphone ya la regó todita. Y todavía son actuales las cosas antiguas como los enamoramientos y los abandonos, y a la gente le sigue importando muchísimo los acontecimientos de siempre como la muerte o el qué dirán y otros misterios. No sólo hay pantallas y teclados, todavía hay puertas y ventanas, cepillos de dientes, chiles rellenos, cánceres, sueños y alguna cosita preciosa que uno tuvo entre las manos: la vida cotidiana sigue como en el Renacimiento o en el siglo XIX, y sigue siendo la vida, para la cual, las redes son un tema de conversación entre otros, incluyendo el tema, cuento, chisme, mentira, mito, de que ya somos seres digitales.

Estar todo el tiempo metido en las redes es solamente un vicio como cualquier otro, porque la auténtica vida sigue siendo sin red, y lo otro es una herramienta útil. Ciertamente, la pretensión (de dinero y de control) de los dueños de las redes es que la gente no salga de ahí hasta que crea que está atrapada y empiece a querer vivir así porque no hay de otra.

La pretensión —y la apuesta— es que no las apague, porque si las apaga, puede que ya no vuelva a prenderlas.

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