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Ahora Jaramar se memoriza

Enero, 2026

Jaramar Soto es un nombre ya familiar en el espectro cultural mexicano. Y no es para menos. Lleva cuatro décadas y media en el ámbito musical, primero siendo integrante en diversos ensambles —sobre todo de música antigua—, luego como solista o colaborando en otros proyectos. Aunque también pinta —con gran calidad—, es en el canto donde Jaramar se mueve con más soltura. A diferencia de otras cantantes —que han encontrado una fórmula para entregar el mismo disco—, Jaramar ha sabido cambiar en cada proyecto, yendo de un estilo a otro, de un género a otro. Partiendo de la tradición, en sus álbumes ha reunido canciones que dibujan un viaje que recorre la lírica popular y la expresión poética hecha canción desde el medioevo hasta nuestros días. Víctor Roura ha conversado con ella, pues ya circula y puede escucharse —tanto en plataformas como en forma física— su nuevo disco doble, bajo el título de Memoria.

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Jaramar Soto, en el repertorio íntimo de la música popular mexicana, destaca notablemente por su característica vocal ajena a los estereotipos comerciales. Desde fines de los setenta del siglo XX, con aquel grupo Escalón —que ganara, de manera por demás legítima, unánime, definitiva, un concurso, como los que ya no se hacen en la televisión, en la ya olvidada Imevisión que luego, a partir del 2 de agosto de 1993, se convertiría en TV Azteca propiedad de Salinas Pliego—, esta mujer (nacida en la Ciudad de México el 3 de agosto de 1954 mas avecindada en Guadalajara desde finales de los años setenta) no ha parado de producir maravillosas grabaciones, aproximadamente tres docenas hasta las dos primeras décadas del siglo XXI si contamos todas ellas incluidas con los grupos Escalón, Ars Antiqua, Caída Libre, El Cuarteto Latinoamericano y las participaciones como invitada en discos ajenos, pues como suyos (el último, doble, intitulado Memoria —aunque dividido en dos secciones: El tiempo circular y La invención de mí—, lo presentó a fines del pasado noviembre en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris, en la Ciudad de México) suman menos de una veintena —en total, con los grupos que ha participado, entre colaboraciones e intervenciones en soundtracks o coreografías, el número de álbumes producidos se aproxima a los 40— comenzando (como Jaramar, nada más) con Entre la pena y el gozo de 1993.

“La guitarra, vehículo para comunicarme con el mundo

—Jaramar, desde un comienzo, ha sabido caminar en una ruta musical completamente diferente a la costumbre comercial, ¿de dónde salieron todas estas ideas sobre la concepción artística, hubo alguien en específico que influyera en tu visión musical, alguna mujer de los tiempos pasados?

—Creo que mi concepción artística tiene más bien que ver con mi educación —responde Jaramar—, con la familia sui géneris de la que vengo y con el medio en el que crecí. Mis papás eran artistas, mi mamá bailarina de la época de oro de la danza mexicana, y mi papá un notable museógrafo y también pintor y diseñador. Crecí acompañando a mi mamá a los teatros y a mi papá a los museos, rodeada de algunos de los artistas más brillantes de su generación. Además fui hija única. Todo esto evidentemente me marcó y me dio referentes sobre el compromiso artístico y sobre la búsqueda de una identidad creativa. Además ellos, en especial mi papá, me dejaron siempre claro que esperaban grandes cosas de mí.

“Por fortuna, además de crecer pensando que sería bailarina y pintora, fui una estudiante dedicada y eventualmente conseguí una beca que me permitió irme fuera de México, lejos de la influencia directa (y el modelo) de mis padres y encontrar mi propia visión de la vida y mis propios referentes. Pero sin duda lo aprendido con y a través de mis padres fue determinante. Por mi mamá y gracias a los años que estudié danza para convertirme en bailarina (lo abandoné a los 17 años) descubrí el gozo de expresarme a través de mi cuerpo en un escenario, y por mi papá adquirí una inquietud y formación cultural y una alta exigencia con mi trabajo.

“Lo determinante fue cuando, al dejar de bailar, pedí una guitarra de regalo y empecé a cantar. El gozo de expresarme a través de mi cuerpo se convirtió en el gozo de descubrir un instrumento de expresión totalmente mío, que no venía de mis padres, y que además fue mi vehículo para salir de mí misma y comunicarme con el mundo.

“Además debo decir que mi abuela paterna estudió en el Conservatorio y fue una magnífica maestra de canto que desde los nueve años empezó a darme clases, clases muy en serio pero sin expectativas profesionales y como algo que hacíamos ella y yo juntas. Eso hizo que me diera cuenta de que mi voz era una poderosa herramienta expresiva y, cuando decidí que se convertiría en mi vehículo de expresión, ya tenía los medios para manejarla”.

La cantante, compositora y pintora mexicana Jaramar. / Facebook Jaramar Oficial.

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A flor de tierra (1999), por ejemplo, contiene 12 piezas de la más diversa tesitura americana, desde composiciones chilenas y venezolanas hasta peruanas y mexicanas, pasando por Cuba y Colombia, de donde extrajo, en esta última nación, la hermosa canción “La casa en el aire”: “Yo voy a hacerte una casa en el aire solamente pa que vivas tú. Después le pongo un letrero muy grande de nubes blancas que diga: La Luz”, de modo que nadie nunca, debido a la imposibilidad del vuelo humano, vaya a molestar a los enamorados.

—Es una música asombrosa gracias al complejo trabajo de tu voz —dije una vez a Jaramar, hablando precisamente de “La casa en el aire”, del colombiano Rafael Escalona.

Se mostró extrañada.

—Y ésa la incluimos casi por no dejar —dijo—. Qué raro que te guste tanto. Llegué a tener mis dudas sobre ella.

Me imagino la ardua labor de una digna cantante, y con esto quiero decir a una artista que vela por su arte —no que viva amparada por las decisiones de terceros, que es lo que acontece con la extensa mayoría de los considerados ídolos masivos—, tratando de elegir con decoro su catálogo, con el insomnio subsecuente.

No dudo que a Jaramar Soto le ocurran estas situaciones.

Cuando grabó su disco Lenguas (1998) incorporó dos canciones mexicanas: “Sandunga” y “La tortuga”.

“Aunque distintas del resto —escribió en el cuadernillo de su siguiente grabación: A flor de tierra—, pronto se convirtieron en favoritas, infaltables en nuestras actuaciones en vivo”.

Tal vez por eso se animó a grabar su disco Que mis labios te nombren (2006), que contempla varias piezas de distintos compositores mexicanos, incluyéndose por fin ella misma con “Luna”, su primera apuesta profesional en esta lid.

“Una exploración de mí misma”

—El nuevo disco doble está dividido en dos partes: la ausencia y la construcción humanas, ¿cuánto tardaste en concebir este armado musical, por qué justamente estas dos adjetivaciones: ausencia y construcción?

—Es curioso y muy interesante que dividas Memoria en esas dos partes —contesta Jaramar—. Digo curioso porque yo, en el proceso de trabajo, más bien dividí el proyecto en “Mi memoria heredada” y “Mi memoria imaginada”, y no lo había percibido como Ausencia y Construcción, que me parecen muy precisas.

“Te contesto por partes: empece a trabajar de lleno en el proyecto a principios del 2021, pero llevaba unos cinco años pensando en el tema de la memoria. Por una parte como esa corriente subterránea, omnipresente, que venimos arrastrando, pero sobre todo como una obra de creación que vamos remodelando a lo largo de la vida, que nos define y que cuando la perdemos, desaparecemos.

“En 2021, gracias al gran regalo que significó obtener una beca del Sistema Nacional de Creadores (que realmente fue una tabla de salvación para mí en ese tiempo oscuro que fue la pandemia) pude ponerme a darle forma. La pandemia además me proporcionó las condiciones perfectas para trabajar en el proyecto de manera continua. El proceso de escritura (siempre empiezo escribiendo), de creación de la música, del vestido armónico y elaboración de las maquetas de ambas partes de Memoria me tomó dos años y poco más, y fue un proceso totalmente en solitario. Después vino el trabajo con los músicos para la elaboración de los arreglos definitivos. El disco (ambas partes) se grabó durante la segunda mitad de 2024.

“Ahora, la segunda parte de tu pregunta: ausencia y construcción.

“Sorprendente tu percepción. No concebí precisamente así este proyecto, pero ahora me doy cuenta de que tienes toda la razón y estoy sorprendida, y agradecida de tu escucha cuidadosa.

Ausencia. Pensando en la memoria heredada decidí tomar como punto de partida para Memoria 1 las cantigas de amigo del siglo XIII, un género que he cantado mucho y que me enamoró desde el principio, en las que la voz de las mujeres canta en diálogo con el mar sobre la ausencia del ser amado que se fue por ese mar, por eso la ausencia. Esas cantigas son cantos de amor y de añoranza y yo las usé como tema de inicio con la idea de hacer mis cantigas de amigo, explorando la temática e inspirándome en las líneas melódicas y la estructura, pero por supuesto que en el proceso de exploración el tema se amplió a mis propias preguntas existenciales.

Construcción. Como te decía, la idea que originalmente me atrapó fue la de la memoria como acto de creación, de una construcción de la identidad, que se va moldeando y recreando a lo largo de la vida. Y de la libertad que eso implica. Todo eso explorado desde un punto de vista muy personal.

“Todo el proyecto es profundamente personal, una exploración de mí misma”.

Jarama con su grupo en la antesala del concierto que ofrecieron en el Teatro Esperanza Iris de la Ciudad de México, en noviembre pasado. / Foto: Lety García | Facebook Jaramar Oficial.

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Apoyada por un numeroso contingente de veteranos músicos (como el imaginativo arreglista jalisciense Alfredo Sánchez, que ha recorrido con ella parte de su ya larga trayectoria), Jaramar transforma en algo nuevo prácticamente todo lo que canta (en su nuevo álbum doble el disco El tiempo circular, acústico, estuvo arreglado por Álex Fernández en los tratamientos de la música de cámara mientras el disco segundo —La invención de mí—, de corte electrónico, fue arreglado por Luciano Sánchez con la colaboración de Andrés Sánchez y Enrique Escotto; la propia Jaramar aclara que Luciano Sánchez “fue el productor de todo el proyecto Memoria y responsable de la grabación y la mezcla, la masterización estuvo a cargo de Gerry Rosado”), aunque se trate de canciones clásicas, como “Flor de azálea” o la antiquísima “La Llorona”, que se renuevan en su voz, que adquieren enteramente otro contexto sin perder su esencia: canciones siempre nuevas.

Jaramar, en este sentido, es una cantante única en el panorama nacional. Porque no sólo está introducida en hacer renacer el canto popular mexicano (como Georgina Meneses, como Gabriela Fernández, como Susana Harp, como las Hermanas García, o como lo fue el Negro Ojeda), sino se introduce en corrientes inexploradas (“aventuras”, las llama modestamente la propia Jaramar) por una artista popular, como las canciones de cuna o nanas: Duerme por la noche oscura, que le produjo en 2004 el Fondo de Cultura Económica; o la revisión poética, obviamente musicalizada, de Nezahualcóyotl: Si yo nunca muriera, que le produjo en 1997 el Instituto Mexiquense de Cultura; o la breve antología de la poesía femenina hispanoamericana desde el siglo XV hasta el presente: Que nadie, nadie creerá el incendio, título tomado de un verso de la infaltable Sor Juana Inés de la Cruz, que Edmundo Navas editara en su Opción Sónica en el año 2002.

Cómo no habría de mencionar siempre a Jaramar cuando se habla de la música mexicana, con estos álbumes que son una maravilla, en la lista primordial de las nuevas cantoras de México.

Memoria, el proyecto más personal de todos”

—Ahora que el tiempo se nos viene encima como nunca antes, ¿Jaramar prefiere alguna grabación de la casi veintena de álbumes que ha edificado?, ¿alguno del que ahora no escuche en lo absoluto?, ¿alguno que prefiera por encima de los demás? —pregunto a Jaramar.

—Uff, esto es difícil de contestar.

“Creo que a lo largo de los años he seguido cantando canciones de todos mis discos, algunas por lo menos, que por supuesto se han ido transformando sonoramente conforme la alineación de los músicos con quienes trabajo ha ido cambiando, y eso es muy interesante porque las ha mantenido vigentes y frescas. Pero también hay algunas que he dejado de cantar totalmente, porque hay demasiado repertorio en mi discografía.

“Sí puedo decir que, independientemente de que hay canciones muy queridas y pertinente en todos mis discos y por eso las sigo cantando, sí hay discos que me han marcado, seguramente por el momento de mi vida en que surgieron, o por los colaboradores, o por el contenido y lo que éste significó:

Entre la peña y el gozo, por supuesto, por ser el inicio y el que marcó el rumbo e identidad inicial de mi proyecto personal.

Lenguas, porque fue la maduración de mi lenguaje personal.

Diluvio, que fue el inicio de mi colaboración con Gerry Rosado, quien cambió mi percepción de mi voz y sus posibilidades expresivas y me ayudó a perder el miedo a los procesos de grabación, y que sobre todo es el disco en el que me reconocí como compositora. También el primero en el que me sentí realmente respetada por el equipo de producción.

El hilo invisible, porque fue la prueba para mí misma de que podía soñar y que ese sueño se convirtiera en realidad; que había ganado el suficiente respeto para que gente inmensamente talentosa se subiera a mi barco. Y, bueno, luego vino la cereza del pastel, el Latín Grammy.

Sueños, un proyecto sumamente ambicioso, multidisciplinario, totalmente de creación, en el que encabecé un equipo de gente talentosa que creía en él. Y el resultado fue muy emocionante.

“Y Memoria, por supuesto, el proyecto más personal de todos, en el que he sentido que estoy realmente conduciendo el barco, y que me llena de orgullo”.

Una pintura de la Jaramar para la portada de su disco.

Admirar a Lhasa

—De las cantantes que han figurado a tu lado, como Lila Downs, Eugenia León, Georgina Meneses o Iraida Noriega, ¿con quién te identificas más, o alguna extranjera como Natalie Merchant, Martirio, Susana Rinaldi o Estrella Morente?

—Ufff, una pregunta sumamente difícil.

“Por supuesto tengo cantantes súper admiradas que son referentes constantes: Elis Regina, Cassandra Wilson, Mariza, Marisa Monte, Liza Minnelli, Barbara Hannigan, Ute Lemper, Judi Dench cantando “Send in the clowns”. ¡Y hombres, como Mike Patton y Frank Sinatra!

“Pero si pienso en alguna que admire y con la que me identifique se me ocurre Lhasa de Sela (por su trabajo, por el contenido de sus canciones, por su camino)”.

“Darme cuenta de que ese camino mío valía la pena”

—Cuando iniciaste en la canción popular prácticamente Jaramar estaba sola en el camino, ¿qué recuerdas satisfactorio de todo aquello?

—Sobre todo haber empezado, haber decidido que necesitaba iniciar un camino propio, y darme cuenta de que había bastante gente que pensaba que ese camino mío y las elecciones que estaba haciendo valían la pena.

“Una forma de ser yo misma”

—Ahora que intitulaste Memoria a tu nuevo disco doble, ¿la reminiscencia de la soledad femenina, acaso, no es una pesarosa carga musical en Jaramar?

—Siempre. Pero a pesar de que ha sido una temática que aparece recurrentemente en mis discos, no la percibo precisamente como carga, sino como una forma de ser yo misma, de autonomía. Y no estoy completamente sola, tengo el privilegio de gente querida y brillante muy cerca de mí y de mi trabajo.

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Jaramar no se parece a ninguna de las artistas que florecieron después, como Lila Downs (1968), Georgina Meneses (1974) o Iraida Noriega (1971), que llegaron cuando ya Jaramar caminaba en la ruta de la absoluta independencia vocal, acaso solitaria en la vía vanguardista de la música, porque personalidades como la sinaloense Amparo Ochoa (1946-1994) gravitaba, invicta, por las atmósferas del son, sin los rebuscamientos sonoros por donde Jaramar se sumergía impredeciblemente. Precedida, Jaramar, por mujeres como María Grever (1885-1951), Amparo (fallecida en enero de 2021 a los 84 años de edad) e Imelda (fallecida el 19 de julio de 2004, no se sabe si a los 65 o 66 años de edad) Higuera Páramo (Las Jilguerillas, originarias de Michoacán) o la texana Chelo Silva (1922-1988) que cantaban, tenían que hacerlo, lo que los hombres escribían, al grado de que todas ellas lloraban por el amor de una mujer… ¡siendo todas ellas mujeres!

Jaramar tuvo una aparición inédita en el medio musical sin prestarse a ninguna fisura comercial: sus álbumes, casi una veintena desde que dejó a los grupos con los cuales ha grabado también, la exhiben como una Diosa de la Música popular, Diosa sencillamente porque no se parece a nadie. Era ya una costumbre contemplar a las mujeres cantar como si fueran hombres, adoloridas por las mujeres que amaban… hasta que prácticamente llegó Jaramar, en la década de los setenta, para que una mujer cantara, por fin, de sí misma, con voz propia. Y aunque reprodujera estas mismas piezas de antaño la diferencia es que Jaramar se apropiaba de las canciones, no al revés (como sucedía con Chelo Silva, por nombrar a una ya mencionada: no, al crear versiones inusuales de estas composiciones Jaramar las hacía suyas, no las reproducía con idénticas sonoridad e intenciones.

Jaramar Soto recuerda a la neoyorquina Lhasa de Sela (fallecida a los 37 años, el 1 de enero de 2010, en Canadá a causa del cáncer de mama), una compositora en efecto distinguida por su trabajo que, con sólo tres discos de estudio, en algunos momentos me trae a Jaramar de vuelta: precisamente son estas mujeres las que otorgan vida a la música.

Y a Jaramar la tenemos en México, para nuestra fortuna.

Una obra de la propia Jarama ilustra también el segundo tomo de su disco doble.

Un universo existencial de música siempre independiente

Hago a Jaramar una inusual pregunta relacionada con un asunto publicitario con el cual ella, y lo sé muy bien, está muy distanciada de llevar a la práctica (suena a un punto fenecido de su carrera, acaso por eso mismo era bueno saber su opinión de aquella estrategia ajena):

—Pese a la ausencia del fortalecimiento publicitario (lo que en los grandes emporios discográficos se conoce como payola: la compra de espacios para alimentar la venta), Jaramar ha ofrecido conciertos en el mundo entero, asunto que no han logrado ni los grandes vendedores de discos comerciales en México, ¿ha sido una agotadora labor esta vasta experiencia musical?

—Desde hace años, de hecho desde los inicios de mi carrera, con Escalón, entendí este trabajo como la combinación de varios campos que era necesario abarcar: la creación de la música que sería mi identidad sonora y los conciertos que harían que esa música (y yo, como el vehículo) tuviera contacto directo con un público que la recibiera; la producción y distribución de discos que registraran ese trabajo y permitieran que un público más amplio conociera mi trabajo; la difusión, es decir la interlocución con quienes podían ser mis aliados para ampliar el alcance. Y como, por la naturaleza de mi trabajo y también por el control que ésta me da, mi universo de existencia musical siempre ha sido la independencia, he necesitado involucrarme personalmente en todas esas áreas promoviendo, gestionando, buscando aliados y, en general, creando un equipo de colaboradores que se suban a mi barco y me acompañen en cada proyecto.

“La forma como todo esto funciona se ha ido transformando radicalmente y ha sido necesario entender los nuevos mecanismos y buscar la manera de seguir construyendo mi camino sin perder el rumbo.

“Por supuesto que a veces es agotador, y nunca deja de ser una actividad de alto riesgo en la que al iniciar cada proyecto no tengo claro cómo voy a lograr llegar al final. En mi caso, la gestión independiente de mis proyectos no sólo incluyen las partes creativa y musical, sino también necesito resolver los temas de financiamiento, producción, distribución y, por supuesto, el tema importantísimo de los conciertos, que son la principal fuente de ingresos para mí y mi equipo. Complicado y cansado, pero todo parte de una necesidad fundamental de expresión y exploración que ya son parte de mi vida, el motor diría yo. Eso, junto con la gran emoción de cantar y hacer nuestra música en el escenario acompañada de músicos a los que admiro y quiero, y el agradecimiento que siento al recibir la respuesta del público, hacen que no tire la toalla… aún”.

Una búsqueda de sí misma

—Artistas en la música como Jaramar en México son un caso singular; en pocas palabras, ¿cómo definirías tu trabajo creativo?

—Yo diría que, en términos generales, mi trabajo creativo es una búsqueda de mí misma y de los vehículos que me permiten expresar lo que voy explorando y descubriendo. A la distancia, puedo decir que yo soy cada vez más yo misma en la medida en que avanzo en el camino, cada vez que me paro en el escenario y abro la puerta de lo que soy. Mi discografía es como un mapa de ese camino de exploración y descubrimiento.

“Además de esto, puedo decir que mi principal preocupación es que cada uno de mis proyectos signifique un nuevo desafío, que me lleve a un espacio en el que no he estado antes y que me sirva como herramienta de descubrimiento y crecimiento artísticos, en todos los sentidos. Independientemente de que se trate de un proyecto de música antigua, de música tradicional o de mis propias composiciones en una búsqueda más experimental como La invención de mí, debe ser un reflejo de mi voz personal, creíble y honesto”.

Sin perder la esperanza

—Una educación cultural como la que recibiste no se aprecia en la actualidad debido al apogeo de los aparatos digitales que entretienen a las juventudes hacia caminos, digamos, materialistas, ¿dónde está quedando la música en los apartados culturales de hoy?

—El tema de la educación en estos tiempos, de las elecciones que hacen las nuevas generaciones, es muy importante, pero fíjate que yo no pierdo la esperanza, a pesar del bombardeo incesante de estímulos y de las ofertas facilonas muchas veces proporcionadas por las instituciones que en lugar de ofrecer opciones culturalmente interesantes y distintas prefieren irse por las opciones masivas.

“Digo que no pierdo la esperanza porque soy mamá, y también tengo una pequeña nieta, y veo que mi familia hace elecciones valientes de vida, y es precisamente por su cercanía y ejemplo que yo me siento obligada a no perder el rumbo.

“Por ejemplo, ahora mismo está terminando la maravillosa Feria Internacional del Libro de Guadalajara [domingo 7 de diciembre de 2025] que, año tras año, se llena de ríos de gente muy joven cargada de libros, escuchando a los escritores, haciendo preguntas. Todo esto hace que yo no pierda la esperanza y que siga buscando públicos de todas las edades dispuestos a recibir mi trabajo”.

¡La construcción de un álbum doble!

—Con la aparición de las redes sociales que han expulsado la artesanía de los discos, ¿Jaramar hubiera realizado lo que hasta ahora ha creado?

—Ciertamente los mecanismos de consumo de la música y las formas en que la gente se comunica, busca y escucha música se han transformado vertiginosamente, pero yo sigo existiendo dentro de todo eso. No me hace feliz que los hábitos de consumo de la música y las exigencias de las agregadoras y sus algoritmos promuevan que la gente no escuche los discos completos, o incluso las canciones completas, pero yo sigo buscando la manera de existir en esos canales sin dejar de hacer los discos como yo necesito que sean. Por ejemplo, en estos tiempos de inmediatez en el consumo, decidir hacer un álbum doble (¡doble!) que incluye un formato físico hecho con todo el cuidado que merece.

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En 1996 Jaramar escribió la canción “Si yo nunca muriera”: “Lloro, me aflijo. Pienso, digo. Y en mi interior lo encuentro: si yo nunca muriera, si nunca desapareciera. Donde no hay muerte”, hacia allá es donde quisiera estar la cantautora, en un lugar donde la muerte no existiera, donde la humanidad la conquistara, pero jamás nos da conclusiones, de manera que no sabemos qué le ocurriría, por lo menos, a la propia pretendiente de la inmortalidad. (La voz de Jaramar es su música, don inaccesible quizás en la actualidad.)

Una cosa sería cierta: las buenas canciones nunca cesarían en su ir y venir.

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