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Hannah Arendt, medio siglo después

Noviembre, 2025

Nació en 1906 en Alemania, en el seno de una familia de origen judío. Estudió Filosofía, Teología y Filología Griega, teniendo como profesores, entre otros, a Martin Heidegger, Rudolf Bultmann, Edmund Husserl y Karl Jaspers. Tras el ascenso del nazismo en 1933 y un breve encarcelamiento, se exilió en París, y en 1941 emigró a Estados Unidos, donde ejerció la docencia en varias universidades. Por sus importantes aportaciones —en obras fundamentales como La condición humana, Los orígenes del totalitarismo y Eichmann en Jerusalén, además de sus reflexiones sobre la tragedia de la emigración o el futuro de Europa—, es considerada una de las figuras más relevantes de la teoría política del siglo XX. Hoy, 50 años después de su partida —falleció en diciembre de 1975—, el pensamiento de la filósofa e historiadora germano-estadounidense Hannah Arendt se muestra más vigente que nunca. Víctor Roura aquí la recuerda.

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Antes de cumplir los 20 años de edad, la estudiante Hannah Arendt —nacida en la alemana Hannover el 14 de octubre de 1906 y fallecida 69 años después en Nueva York hace justo medio siglo, el 4 de diciembre de 1975— se comprometía amorosamente con su profesor Martin Heidegger, quien la aventajaba 17 años: el filósofo había visto la luz primera en Messkirch el 26 de septiembre de 1889 y desaparecido de este mundo a los 86 años de edad, en su misma ciudad natal alemana, el 26 de mayo de 1976, un año después de su amante de toda la vida a pesar de estar casados ambos con otras personas: Heidegger con Elfride Petri desde el 21 de marzo de 1917 y Arendt con dos hombres, primero con Günther Anders (de 1929 a 1937) y luego con Heinrich Blücher (de 1940 hasta la muerte de su segundo marido en 1970)… sin destrabarse, nunca, tanto Arendt como Heidegger, de su relación amorosa.

Más que casada, ella, con el filósofo Anders o, él, con Elfride Petri, en el mundo cultural es sabido que Arendt y Heidegger prácticamente se amaron toda la vida, aunque no hayan compartido habitaciones ni ideologías similares, pues mientras Hannah Arendt se vio en la necesidad de partir de Alemania durante el nazismo por su ascendencia judía, Heidegger permaneció en el país con cargos importantes en el partido político de Hitler, si bien no dejaron de contactarse mediante cartas e incluso acercándose uno al otro, sobre todo terminada la Segunda Guerra Mundial, lo que exhibe, de muchos modos, la cara ambigua del amor.

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Decía la filósofa alemana Hannah Arendt que, siendo de algún modo refugiados, no les gustaba que los llamasen de esa manera. Preferían (“prefieren”) calificarse a sí mismos de “recién llegados” o “inmigrantes”: “Hasta ahora se consideraba refugiado a aquel que se veía obligado a buscar refugio por sus actos o sus ideas políticas. Y, ciertamente, nosotros también tuvimos que buscar refugio pero antes no habíamos hecho nada y la mayoría no albergábamos ni siquiera en sueños ninguna clase de opinión política radical. Con nosotros, el concepto refugiado ha cambiado. Refugiados son hoy en día aquellos de nosotros que tuvieron la mala suerte de encontrarse sin medios en un país nuevo y necesitaron la ayuda de los comités de refugiados”.

Antes de la Segunda Guerra Mundial, eran, confesaba Arendt, aún más susceptibles frente a dicho término: “Hacíamos todo lo que podíamos para demostrar a los demás que éramos inmigrantes totalmente corrientes. Explicábamos que habíamos tomado voluntariamente el camino hacia un país de nuestra elección y negábamos que nuestra situación tuviera nada que ver con el llamado problema judío. Éramos inmigrantes o recién llegados que un buen día habíamos abandonado nuestro país porque ya no nos gustaba o por factores puramente económicos. Queríamos conseguir un asiento nuevo para nuestra existencia, eso era todo”.

Arendt se exilió de Alemania en 1933 para radicar en París y de ahí, en 1941, huyó hacia Estados Unidos, donde enseñó filosofía política en las Universidades de Princeton, Chicago y Nueva York.

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Arendt se ocupó a lo largo de su vida de esta cuestión. Acaso nadie, antes que ella, había considerado como un problema filosófico el asentamiento de la gente en un país que no era el suyo: “De hecho —decía—, nuestra confianza es admirable, aunque lo digamos nosotros mismos, pues ahora, por fin, se ha reconocido nuestra lucha. Al perder nuestro hogar perdimos nuestra familiaridad con la vida cotidiana. Al perder nuestra profesión perdimos nuestra confianza en ser de alguna manera útiles en este mundo. Al perder nuestra lengua perdimos la naturalidad de nuestras reacciones, la sencillez de nuestros gestos y la expresión espontánea de nuestros sentimientos. Dejar a nuestros parientes en los guetos polacos y a nuestros mejores amigos morir en los campos de concentración significó el hundimiento de nuestro mundo privado”.

Pero inmediatamente después de su salvación (“y a la mayoría hubo que salvarnos varias veces”), comenzaron una nueva vida “e intentamos seguir lo mejor que pudimos los buenos consejos de nuestros salvadores. Nos decían que debíamos olvidar y lo hicimos más rápidamente de lo que nadie pueda imaginar. Nos daban a entender amablemente —decía Arendt— que el nuevo país sería nuestra nueva patria y al cabo de cuatro semanas en Francia o seis en Norteamérica pretendíamos ser franceses o norteamericanos. Los más optimistas incluso llegaron a afirmar que habían pasado toda su vida anterior en una especie de exilio inconsciente y que sólo gracias a su nueva vida habían aprendido lo que significaba tener un verdadero hogar”.

Para olvidar sin dificultades, “preferimos evitar cualquier alusión a los campos de concentración y de internamiento por los que hemos pasado en casi toda Europa, ya que eso podría interpretarse como una manifestación de pesimismo o de falta de confianza en nuestra nueva patria. Además, nos han insinuado a menudo que nadie desea oírlo; el infierno ya no es una representación religiosa o una fantasía sino algo tan real como las casas, las piedras y los árboles. Evidentemente, nadie quiere ver que la historia ha creado un nuevo género de seres humanos: aquellos a los que los enemigos meten en campos de concentración y los amigos en campos de internamiento”.

No hablan de su pasado ni siquiera entre ellos mismos: “En lugar de ello, hemos encontrado nuestro propio modo de encarar el futuro incierto. Puesto que todo el mundo planea y desea y espera, nosotros también lo hacemos”.

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Arendt decía no saber qué experiencias y pensamientos nocturnos poblaban sus sueños. No se atrevía a pedir detalles porque ella prefería también ser optimista, “pero me imagino que, al menos por la noche, pensamos en nuestros muertos o nos acordamos de aquellos poemas que un día amamos”.

Sin embargo, había algo que no encajaba en su (necesario, forzoso, inquebrantable) optimismo: “Entre nosotros hay algunos optimistas peculiares que difunden elocuentemente su confianza y al llegar a casa abren la espita del gas o de forma inesperada hacen uso de un rascacielos. Parece que dan prueba de que nuestra manifiesta alegría se basa en una peligrosa disposición a la muerte. Crecimos con la convicción de que la vida es el bien más alto y la muerte el horror más grande y hemos sido testigos y víctimas de horrores peores que la muerte sin poder descubrir ideal más elevado que la vida. Aunque la muerte ya no nos asustaba, estuvimos bien lejos de querer o de ser capaces de jugarnos la vida por una causa. En vez de luchar, o reflexionar sobre cómo arreglárselas para resistir, nosotros, los refugiados, nos hemos acostumbrado a desear la muerte a nuestros amigos y parientes. Si alguien muere, nos imaginamos alegremente todos los disgustos que se habrá ahorrado. Finalmente, muchos entre nosotros acaban deseando ahorrarse también unos cuantos disgustos y actúan en consecuencia”.

Hannah Arendt en 1933. (Wikimedia Commons)

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En Tiempos presentes, un libro póstumo de Hannah Arendt que compila siete textos escritos para la prensa entre 1943 y 1975 —el año de su muerte—, y que en 2002 editó en castellano la barcelonesa Gedisa, la cavilación sobre los refugiados es verdaderamente impresionante (a la vez que un autorretrato apabullante, implacable), sobre todo por su grado de indefensión en que se hallan: “El hombre es un animal sociable y su vida le resulta difícil si se le aísla de sus relaciones sociales —decía Arendt—. Es mucho más fácil mantener los valores morales en un contexto social y muy pocos individuos tienen fuerzas para conservar su integridad si su posición social, política y jurídica es confusa. Como no tenemos el valor de luchar por una modificación de nuestra posición social y legal, hemos intentado (muchos de nosotros, por cierto) cambiar de identidad. Un comportamiento curioso que todavía empeora las cosas. La confusión en que vivimos es en parte culpa nuestra”.

Pero algún día alguien, decía Arendt, escribirá la auténtica historia de la emigración judía de Alemania y tendrá que empezar con la descripción de ese señor Cohn, de Berlín, que era un superpatriota alemán, mas, refugiado en Praga en 1933, inmediatamente se convirtió en un patriota checo convencido, “un patriota checo tan fiel como antes lo había sido a Alemania”. Empero, hacia 1937, el gobierno checo, ya bajo la presión de los nazis, comenzó a expulsar a los refugiados judíos sin la menor consideración al hecho de que éstos estuvieran firmemente convencidos de ser futuros ciudadanos checos, y el señor Cohn fue a continuación a Viena y fue vienés al cien por ciento, y luego, radicado en París, fue francés irredento: “Dado que había adquirido una gran habilidad en desear cosas irreales, no se tomó en serio las medidas administrativas porque estaba seguro de que pasaría el resto de su vida en Francia”.

Nadie podía predecir la cantidad de locas conversiones que todavía tendría que llevar a cabo el señor Cohn, decía Arendt, mientras no fuera capaz de decidirse a ser lo que realmente era: un judío.

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