Un motivo para ir a La Habana
Noviembre, 2025
En esta nueva entrega, Eugenia Montalván Colón nos lleva al Vedado, un barrio emblemático de la burguesía cubana… Pero, sobre todo, nos cuenta —¿nos lleva a?— su reencuentro con María Elena Llana, periodista y escritora, también profesora y guionista de radio y TV, considerada una de las más importantes cuentistas cubanas contemporáneas: “La vejez en María Elena es un encanto y ella lo sabe. Ha vivido sus casi 90 años de vida consciente de su belleza física, de su presencia carismática y, algo que yo no sabía, de la hermosura de sus piernas, ¡tremendas piernas!”, escribe aquí…
El pasado 3 de octubre de 2025 encontré a María Elena Llana comprando chancletas (es decir, réplica de Adidas) en la puerta de su casa. No le avisé que estaba en La Habana porque se resiste a usar el Whats.
—María Elena, a estas alturas, ¿qué es la vida sin Whats?
Vestía un camisón blanco largo, hasta el suelo, de tirantes, hecho de una exquisita fibra natural que se conoce y todavía se vende como algodón.
El vendedor, un mulato joven, apuesto, sonriente y seductor le decía que le quedaban bien las chancleticas color plata en sus delicados pies, pero —aun así— puso a sus pies todos los colores del mismo número que traía en una inmensa bolsa de plástico negro resistente.
María Elena se los probó todos sin enseñar los dedos, traía medias gruesas de nylon color piel.
Piel blanca, como el algodón.
Nació en la provincia de Cienfuegos, al oriente… con su atrayente y peculiar bahía, pero desde hace décadas habita una casa del Vedado, de un piso, con ventanas de madera y cochera subterránea.
Aquella mañana, en el portal del edifico, María Elena exponía su delgadez con la elegancia de una figura de aparador de la Quinta Avenida de Nueva York. Brazos abiertos a la altura de los hombros y las manos planas delicadamente apoyadas en las paredes enmarcando el vestíbulo. Espigada, con una escalera al penthouse a sus espaldas y el elevador en su flanco derecho, la mujer se persuadía a sí misma de comprar.
Cuerpo y piel en primer plano y muchas palabras de trasfondo en la conversación con el vendedor de calzado.
—¡Chica, no te vi llegar! ¿Desde cuándo estás acá? ¿Cuándo llegaste?
Abrazo sin aspavientos.
Beso comedido.
El vendedor intuye que también compraré chancletas…
Los vecinos —en tertulia callejera— intuyen que soy mexicana…
¡Oh, destino! la cabecilla (rubia) del grupo me reconoce luego luego; la noche anterior estuve con mis amigos tomando unas cervecitas servidas en la mesa por ella. Cervezas y maní, en El Vedado, por supuesto.
¡Tremenda alharaca!
—Llegué ayer, María Elena. ¿A cómo las chancletas?
—Dos mil pesos.
Tipo de cambio conveniente para extranjeros, mexicanos incluidos.
$455 pesos cubanos por un dólar.
Dos mil entre $455 es igual a $4,40 dólares, menos de cien pesos mexicanos.
Comodidad a la puerta.
Cero regateo.
—¡María Elena, yo te las regalo!
—No, chica, no, está bien que estamos en crisis, pero no es pa’ tanto.
En las chancletas plateadas sobresale la punta de los pies larguiruchos de María Elena. Se lo digo. Ni modo.
—¿Tú crees?
—Claro, María Elena.
—Tienes razón, chica, ¿por qué no te las pruebas tú?
—A ver…
—¡Son para ti! —comenta el mulato.
Sin bajar la vista escarba en la bolsa detectando medidas más grandes…

La vejez
La vejez en María Elena es un encanto y ella lo sabe. Ha vivido sus casi 90 años de vida consciente de su belleza física, de su presencia carismática y, algo que yo no sabía, de la hermosura de sus piernas, ¡tremendas piernas! Hasta ahora me lo dijo. La conocí en Mérida; fuimos compañeras en la redacción del Por Esto! ¡Hace muchos años!
Como periodista de Prensa Latina fue corresponsal en China y otros países asiáticos; es escritora, ganadora del Premio Nacional de Literatura 2024 y, en 2022, el Fondo de Cultura Económica le reeditó su libro de relatos Casas del Vedado, una ya célebre colección de historias con cortinas hechas de muselina, manteles bordados, pianos, candiles, mármoles y olor a abandono, óleos… ¡y espíritus!
La obra de María Elena eleva al lector a los niveles de la inconsciencia con sus diálogos inverosímiles.
¿Qué es real y qué no?
En su más reciente libro, titulado Cuentos de viejos (Ediciones Aldabón de Matanzas, 2019), con el ímpetu y la fuerza propia de la mujer sabia y, ademas, longeva, María Elena incursiona en el diálogo.
Ella domina el género, y aunque realmente se trata de un cuento o un relato, decidió presentarlo así, como va… como surgiría una conversación en la esquina.
Ojo, son diálogos potenciados con la experiencia del aquí y ahora, y exclusivamente entre dos personas. Por ejemplo:
UNA: Lo peor de los viejos es que se anclan en el pasado.
DOS: Porque ya no tienen futuro.
El balón va de un lado a otro, ni UNA ni DOS lo dejan caer…
Palabra tras palabra, la intención es jugar…
¿Jugar a escribir? ¿A eso ha llegado María Elena?
¿Suena a sacrilegio?
Quizá, pero es el acierto de esta figura histórica.

Malecón
Su casa del Vedado está a unos pasos del malecón.
El sol le llega directo cuando despierta de la siesta.
La estufa es un “vejestorio socialista”, pues “en 50 años jamás se ha roto”. Aquí prepara su café.
La brisa ventila cada una de las diminutas pieza de cerámica que conserva bajo llave en la vitrina.
Así de intacta permanece la memoria de María Elena. Ni las olas altas que bañan la calle salpican su pasado.
Colecciona sus recuerdos pulcros, tal como luce la seda china enmarcada en su sala…
¡La trajo de allá! Se acuerda cuándo la compró, dónde, quién se la envolvió en un fino papel de China… y cuánto pagó por ella.
¡Envidia!
Yo que escribo esto para que no se me olvide… diría que de esta casa del Vedado tengo grabado el sonido del timbre, el olor de la cocina, la textura de las sábanas color aguamarina…
La portada de la revista Social colgada en el pasillo que conduce a su habitación… ¡Los sillones propios de los años setenta!
Todo en su histórico sitio.
Propongo dejar la casa del Vedado y cruzar a gustar la tarde (así decimos en Mérida: gustar la tarde).
—¿Y si te entrevisto aquí?
Para qué le pregunto si no ha dejado de hablar…
Ella es así.
—¡Ay, chica!
Eso responde cuando le pido que pare… que guarde silencio… que pose… que mire a la cámara…
Miro el cielo rosa.
En las arrugas de María Elena se aloja el mar. ![]()



