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Fin de la Segunda Guerra Mundial, hace 80 años

La indecible crueldad

Agosto, 2025

Al igual que lo que sucede con su inicio, la fecha exacta del fin de la Segunda Guerra Mundial tampoco tiene un consenso universal. Algunos señalan que concluyó con el armisticio japonés del 14 de agosto de 1945; sin embargo, generalmente se ha aceptado que el conflicto terminó con el Acta de Rendición de Japón: el acuerdo firmado sobre la cubierta del USS Missouri en la bahía de Tokio el 2 de septiembre de 1945. En lo que no hay duda, para vergüenza del propio ser humano, es que fue el conflicto bélico más importante del siglo XX y es ya una de las páginas más oscuras de la historia humana. Hoy, los investigadores siguen estudiando cada rincón de esta guerra que —de 1939 a 1945— provocó entre 60 y 70 millones de muertos, borró del mapa ciudades enteras, en la que se usaron por primera vez armas nucleares, y durante la que los nazis llevaron a cabo uno de los más horrorosos crímenes: el Holocausto, el exterminio industrial de alrededor de seis millones de judíos. Ahora que se cumplen 80 años de su terminación, en las siguientes líneas Víctor Roura conmemora la fecha. (Por cierto: la rememoración —en este 80 aniversario del fin de la conflagración— resulta más pertinente que nunca: cuando el gobierno judío de Israel está llevando a cabo su propio genocidio en Palestina).

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Decía el filósofo vienés Günther Anders (1902-1992), en su libro Nosotros, los hijos de Eichmann (Paidós), que ciertos comentaristas políticos, e incluso historiadores y especialistas, “han inventado la versión de que Hitler no habría considerado ni llevado a cabo su exterminio masivo como una acción espontánea, sino sólo, lo que evidentemente acaba equivaliendo a una defensa, como una reacción, como una simple respuesta, como un fenómeno de eco. Efectivamente, pocas han sido las agresiones cometidas en los dos últimos siglos que no se hayan colgado a sí mismas la etiqueta de defensivas. Pero Hitler y sus Eichmann, dicen, en cierto modo habrían ido más allá de lo que hasta ahora se creía en lo concerniente a su engaño de sí mismos y de los demás: es posible que estuvieran convencidos del delirio de tener que imitar a los (supuestos) primeros agresores, a los primeros exterminadores. Sus exterminios no habrían tenido otra meta sino prevenir la propagación de los (supuestos) exterminios masivos que se habían desencadenado y seguían desencadenándose en la Unión Soviética; es decir, prevenir la propagación de la barbarie bolchevique en el corazón de Europa; con el fin de evitar estas atrocidades también ellos las habrían cometido. Así, pues, habrían imitado atrocidades para cometer atrocidades”.

Esta “imitación”, ¿habría podido entenderla y ponerla en marcha Hitler, y así también su padre —pregunta Anders a Klaus, el hijo de Eichmann, criminal de la guerra, uno de los responsables de la solución final en los asesinatos masivos durante la Segunda Guerra Mundial (finalizada oficialmente hace ocho décadas, el 2 de septiembre de 1945), a la que, por cierto, Adolf Eichmann sobreviviera diecisiete años más—, como un antídoto?: “¿Sería por ello tal vez menos culpable su barbarie, y la de los Eichmann? ¿O incluso meritoria? ¿Al menos a los ojos de Hitler y de su padre, pues antes que ellos hubo otros bárbaros? ¿No podrían justificarse, con un argumento como éste, todos los crímenes sin excepción? ¿Y todo criminal sin excepción? ¿No implica dar vía libre a todo y a todos? A esto se suma el hecho de que, en verdad —dice Anders, salvado de morir en los hornos nazis, al igual que su esposa Hannah Arendt (con quien estuvo casado hasta 1937)—, en el caso de Hitler y de su padre no se trató de acciones en eco, de la repetición de las atrocidades cometidas por otros. Ciertamente, en la Unión Soviética de Stalin millones de personas perdieron la vida del modo más miserable o fueron asesinadas del modo más horrible, pero sin recurrir a una justificación programática, filosófica o moral. Sin embargo, y no tenemos derecho a ocultar esta diferencia, a Stalin jamás se le ocurrió la idea de una aniquilación industrial de masas humanas, o, más exactamente, la idea de una producción sistemática de cadáveres, tal como Hitler y su padre hicieron realidad”.

Al morir Adolf Eichmann, ejecutado en 1962 por sus planeados crímenes en los campos de exterminio, Günther Anders escribió al hijo de aquél, Klaus, una larga carta, donde, con cautela en un principio, apunta que “nunca es fácil encontrar el tono y la palabra apropiados para dirigirse a un hijo que ha perdido a su padre. Pero escribirle a usted, Klaus Eichmann, es algo que me resulta especialmente difícil. No porque sea usted hijo de su padre, es decir un Eichmann, y yo, por el contrario, uno de aquellos judíos que lograron escapar del aparato de su padre y que sólo siguen con vida porque casualmente no fueron asesinados. No es esto lo que se interpone entre usted y yo, el concepto un Eichmann no debe entenderse en este sentido. Nunca debe designar a quien desciende de un Eichmann, sino única y exclusivamente a quien siente, actúa y argumenta como un Eichmann. Ni usted ni nadie tiene por qué ser víctima del principio de corresponsabilidad familiar, del que gente como su padre no tuvo el menor escrúpulo en servirse y en virtud del cual perecieron tantos miles de personas. La procedencia no es culpa alguna, nadie se forja su origen, tampoco usted”.

La explosión de la bomba atómica sobre Nagasaki, en 1945, creó una nube en forma de hongo. Fotografía tomada desde un B-29 a una altura de 18 km. (Wikimedia Commons)

Argumentaba Anders que, en esta vida, “hay una regla sencilla, una regla de reciprocidad, que dice así: ‘Sólo podemos respetar a quien respeta a los demás’. Y ni usted mismo [se dirige a Klaus] se atreverá a afirmar que su padre ha hecho algo semejante. Excepto, tal vez, en el seno de su familia o en su círculo de amistades. Lo que ignoro. Pero, ¿qué importancia podría tener esto? ¿Qué importancia podría tener frente al respeto que hizo imperar en su cargo? Pues lo que aquí entendía por tal (la obediencia dócil a las órdenes dadas, el respeto concienzudo, y en esa medida falto de conciencia, a las instrucciones dictadas por el aparato, la aplicación con la que establecía sin errores los horarios, el exceso de celo con el que despachaba a todo aquel que todavía estaba pendiente de ser despachado, como si fuera una mancha irritantes) todo esto significaba (independientemente de lo que por otra parte pudiera significar, y para ello me faltan verdaderamente las palabras, pero no sólo a mí, sino al lenguaje mismo) la destrucción explícita del respeto: en efecto, su padre [el responsable de la eliminación de los judíos en los campos de exterminio] se ha acreditado únicamente por el no respeto explícito al ser humano y por el desprecio explícito de la vida humana”.

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Anders, conforme avanzaba su carta, se iba mostrando más duro, y es que la irracional matanza no puede tener, nunca, una justificación, tal como lo hacía, como si se tratara de un arduo y disciplinado trabajo (mucho rigor en la difuminación de las masas humanas), Adolf Eichmann: “En su caso se trata de algo totalmente personal: de hacer soportable su propia existencia. Usted no podrá salir de su propia piel [le dice Anders a Klaus Eichmann]. La idea de ser, entre millones de personas, precisamente aquel que está condenado a cargar toda su vida con el peso de ser el heredero de la época monstruosa, esta idea ha de penetrar en usted como un veneno; y es probable que, desde el momento en el que supo quién es, usted no haya comenzado un solo día sin pronunciar estas dos palabras cargadas de maldiciones: Precisamente yo. Con esto no quiero persuadirle de que usted haya merecido esta maldición. Lo que quiero decir es, antes bien, que seres tan abominables o tan miserables como su padre o como usted mismo no han surgido por casualidad en nuestro mundo actual, sino que los Eichmann son muy significativos del estado actual de nuestro mundo, e incluso inevitables”.

Klaus, el hijo de Eichmann, jamás se dignó a responder la carta de Anders. No sólo eso, sino que, poco tiempo después, declaró que su padre tenía la razón y que justificaba, por entero, su actuación en los campos nazis.

El tema es, aún, inagotable.

La húngara Agnes Rosner, a seis décadas de distancia de su propia amarga experiencia en Auschwitz, presentó su libro El espejo de Águi, en 2003, que trata de aquella supresión masiva judía a cargo de Adolfo Hitler, ese hombre que, pese a su evidente e insalvable crueldad, aún en la actualidad es un héroe para alguna gente desinformada o, simplemente, insensible, que no alcanza a comprender la catástrofe humana que representó ese humillante asesinato de seis millones de judíos durante la Segunda Guerra Mundial.

La Cúpula de Genbaku, la estructura del único edificio que permaneció en pie cerca del lugar donde explotó la primera bomba atómica el 6 de agosto de 1945, es hoy en día el Memorial de la Paz en Hiroshima. GC photographer/Shutterstock

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Decía el oficial de las fuerzas aéreas Claude Eatherly (Estados Unidos, 1918-1978) que, aquel 6 de agosto de 1945, él estaba al frente del avión de comando, el Straight Flush, encargado de bombardear un puente situado entre el cuartel general y la misma ciudad de Hiroshima, que había sido elegida como el blanco principal de la estrategia norteamericana: “Durante unos 45 minutos sobrevolé el objetivo —anotaba Eatherly— con el fin de examinar los grupos de nubes que ocultaban parte del blanco. Unos 15 aviones japoneses volaban a 15 mil pies de altitud (unos cinco mil metros), pero no intentaban alcanzar la altitud a la que yo volaba, unos 29 mil pies (diez mil metros, aproximadamente). Estos aviones desaparecieron muy pronto. Por lo que respecta a las condiciones meteorológicas de este 6 de agosto, sobre la ciudad de Hiroshima había cúmulos dispersos situados entre los 12 mil y 15 mil pies de altitud. Estas nubes parecían avanzar hacia Hiroshima a una velocidad de entre diez y 15 millas por hora. Cuando hacía estas observaciones eran aproximadamente las 7:30 de la mañana”.

El punto de mira era claramente visible, según el piloto Eatherly: “El blanco era un puente cuya destrucción debía perjudicar gravemente al cuartel general japonés. Las condiciones meteorológicas me parecían ideales: como sólo era visible el objetivo pero no la ciudad, ésta no sufriría daño alguno, y el lanzamiento de la bomba sobre el cuartel general haría que el ejército comprendiese la fuerza de destrucción del arma y se convenciese de la necesidad de firmar la paz y de poner fin a esta terrible guerra. Envié mi mensaje codificado al bombardero, mensaje que representaba el ‘Adelante’ definitivo, ordenándole así bombardear el objetivo principal”.

Pero su esperanza, aclaraba Eatherly, “no se cumplió: las nubes situadas sobre Hiroshima desaparecieron, el bombardero erró el blanco por unos tres mil pies (un kilómetro) y destruyó la ciudad de Hiroshima. No creo que se tratase de un error voluntario, sino simplemente de un fallo que hizo que la bomba no alcanzase exactamente su objetivo”.

El alzamiento de aquel hongo infernal que matara a 200 mil japoneses no lo olvidaría nunca Eatherly, al grado de arrepentirse de aquella su acción militar. Desde ese 6 de agosto de hace ya ocho décadas, Eatherly tomó la valiente decisión “de dedicar el resto de mi vida a erradicar la guerra y a luchar por la destrucción de todas las armas nucleares”.

Pero, por supuesto, el gobierno estadounidense jamás lo haría entrar en sus cabales, recluyéndolo desde entonces a hospitales psiquiátricos para tratar, según sus autoridades, de volverlo en sí, de mantenerlo callado, de ajustarlo nuevamente a sus aguerridos y ateridos principios políticos.

Eatherly se había salido, pues, demasiado del huacal.

Portada del periódico militar estadounidense The Stars and Stripes, del 2 de mayo de 1945, informando la muerte de Adolf Hitler. / Foto: US Army. (Wikimedia Commons)

Enterado entonces de este insólito acontecimiento, el filósofo Günther Anders se apresuró a escribirle una larga carta al piloto, mismo que, también de manera asombrosa, le contestó en diversas ocasiones ratificando su decisión de exhibir al mundo su arrepentimiento, resultando de este intercambio epistolar el libro Más allá de la conciencia (Paidós, 2003): “Usted sabe muy bien lo que sucedió. No en vano siguen ensordeciendo sus días los gritos de los heridos, y no en vano se cuelan en sus sueños las sombras de los muertos. Usted sabe que lo que ha sucedido ha sucedido —dice Anders a Eatherly—, que no es meramente fruto de su imaginación. Usted no se deja embaucar por sus sandeces [de aquellos que, queriéndolo corregir, tanto médicos como funcionarios del Estado norteamericano, se ven obligados a determinar su sufrimiento y su esperanza de expiar su culpa como una enfermedad]. Y nosotros tampoco nos dejamos engañar por ellos. No queremos saber nada de esa clase de ‘consuelos’. No, no para usted, sino para nosotros. Para nosotros, el que usted no haya podido superar lo sucedido es consolador. Y lo es porque demuestra que usted sigue intentando hacer frente al efecto (antes inimaginable) de su acción; porque este intento, aunque fracase, indica que usted ha logrado mantener viva su conciencia, a pesar de haber sido una simple pieza del aparato técnico y de haber cumplido perfectamente su función. Y el que usted haya podido hacerlo demuestra que todos podemos hacerlo, que cada uno de nosotros también ha de ser capaz de hacerlo. Y saberlo, y este saber se lo debemos a usted, es para nosotros consolador”.

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El problema es que los esfuerzos de Eatherly por exhibir su sentimiento eran inútiles, ya que el gobierno estadounidense prefirió mantenerlo encerrado como si se tratara de un demente: ningún militar, faltaba más, tiene derecho a expresar sus ideas personales, pues los soldados, les guste o no, están para obedecer silenciosamente a su gobierno. El caso Eatherly no podían soportarlo, mucho menos cuando el filósofo Anders metió su cuchara en el asunto y difundió el tema, vienés como era, en toda Europa y aún más allá de sus límites.

Soldados rusos junto a la Puerta de Brandenburg | Cordon Press.

“Yo soy judío —escribió Anders al presidente John F. Kennedy el 13 de enero de 1961 pidiendo, inútilmente, por la libertad de Eatherly en una célebre carta que jamás le fuera contestada por el mandatario norteamericano—, perdí a mis amigos en las cámaras de gas de Hitler. Con estas palabras: ‘Yo me limité a cumplir órdenes’, los funcionarios del exterminio intentaron lavarse las manos; estas palabras se parecen demasiado a aquellas que pronunció Eichmann y que todavía circulan por la prensa internacional: ‘En verdad, yo no fui sino una pequeña pieza de la maquinaria, limitándome a cumplir las instrucciones y las órdenes del reich. No soy ni un criminal ni un asesino en serie’. No, Eatherly no es el hermano gemelo de Eichmann, sino que, para nuestro consuelo, es justamente su polo opuesto. No es el hombre que pretende disculpar su inconsciencia apelando a la maquinaria de la que fue parte, sino el hombre que reconoce que esta máquina representa una terrible amenaza para la conciencia. Y de este modo señala certeramente lo que hoy constituye nuestro principal problema moral, alertándonos de un riesgo fundamental: cuando apelamos al aparato del que creemos ser meramente una pieza inconsciente y consideramos totalmente justificada la frase: ‘Nosotros sólo hicimos lo que hicieron los demás’, cancelamos la libertad de la decisión moral y la libertad de la conciencia, convertimos la palabra libre de la expresión el mundo libre en el término más vacío e hipócrita”.

De ahí, dice Anders, la “grandeza de Eatherly”, que consiste “precisamente en haber tenido la valentía de dar la vuelta al argumento con lo que se ha sustraído a la perversión moral dominante”.

Eatherly proclamaba: “Aquello en lo que yo sólo he participado es también algo que yo he hecho; objeto de mi responsabilidad no son solamente mis actos individuales, sino todos los actos en los que he participado”.

Pero Eatherly nunca fue liberado: se liberó a sí mismo escapando de la cárcel hospitalaria, luego de lo cual, por obvias razones, su voz moral se perdió para siempre en las multitudes.

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