Las ventanas
Marzo, 2026
Las ventanas nos hacen mirar hacia adentro y, al mismo tiempo, crean un poderoso imaginario exterior. Como señala en esta nueva entrega Pablo Fernández Christlieb: hay algo en las ventanas que invita al pensamiento. Y es que no son sólo un mero elemento arquitectónico, las ventanas son también una metáfora y a la vez un símbolo; incluso, un recurso narrativo. Ya lo dijo Baudelaire: quien desde fuera mira a través de una ventana abierta, jamás ve tantas cosas como quien mira una ventana cerrada.
¿Quién se asoma a la ventana?: los aburridos, los abandonados, los niños en una pandemia, los que laboran en el hogar, y los gatos. Para eso son las ventanas chiquitas, las originales, las de Creta en el año tres mil antes de Cristo, las de las casas de pueblo, de los edificios de interés social, en donde quien mira al exterior resguarda para sí su intimidad, porque lo de adentro no se ve.
Porque las ventanas grandes son para iluminar y calentar la casa (los arquitectos dicen que es para integrar el paisaje, pero eso es parte de su rollo comercial), lo cual se necesita hacer en los países del norte, como se hizo en Holanda desde el siglo XVII, como la ventana —siempre la misma— que aparece en las pinturas de Vermeer, siempre alguien haciendo algo junto a esa ventana.
¿Y quién se asoma a la ventana?, no, a ésa no, a la otra, es decir, a la que se ve de afuera para adentro, de la calle para la casa: los importunos, los ociosos, los niños después de la pandemia volviendo del colegio, y el sol. Las ventanas son para que uno vea lo que no le importa.
Pero la verdad actual es que ya nadie se asoma a ninguna ventana, ni de ida ni de vuelta, porque ya no hay ni siquiera casas, sólo departamentos en tercero y cuarto piso, y desde ahí, lo único que se puede aprender es marcas de coches, porque es lo único que se nota, y el paisaje más lejano que se contempla son las ventanas del edifico de enfrente donde no hay nunca nadie: a la mejor cuando están las luces encendidas, cabe imaginarse la vida íntima en familia de los otros, que en realidad están viendo la tele.
La gasolina de las ventanas es la luz: sin ella no se pueden echar a andar. La luz de adentro es amarillenta, como de vela, cálida como le dicen los vendedores de focos; y la luz de afuera es blanca, del día. Y entonces, parece mentira que la palabra ventana no venga de luz, sino de viento (en inglés también se nota: wind-ow), o sea que se usaban para ventilar, abrirlas y orear o que entre el aire: en este sentido las ventanas del baño son las más auténticas, y las de las cantinas; y los ventiladores son como ventanas eléctricas. Cuando a las ventanas se les puso vidrio, por ahí del Renacimiento, dejaron de ser para ventilar y empezaron a ser para mirar.
Las ventanas son por excelencia la cosa transparente: una cosa verdaderamente transparente es aquélla que, primero, por un lado, se puede ver a través para averiguar qué contiene en su interior, de qué está hecha; y bien a bien, las ventanas están hechas de casa por dentro, porque es lo que tienen en su interior. Y segundo, por el otro lado, una cosa transparente es aquélla a través de la cual, desde dentro, se puede ver todo lo demás, el resto de afuera, o el paisaje, o el mundo, o si alguien pasa por ahí. Nada más que parece que el único problema es que, hoy en día, de ninguno de los dos lados hay nada digno de mirar, toda vez que, para ver para afuera, se inventaron otras ventanas más modernas, de segunda y tercera generación. En efecto, si una ventana es un marco por donde uno se asoma para ver el mundo, los libros resultaron ser, a partir de la Revolución Industrial cuando ya había muchos y baratos, la más vertiginosa de las ventanas para los paisajes más insólitos (ciertamente, había que saber leer, lo cual es una forma de vida interior): aquél que vivía dentro de la casa, para asomarse a la ventana de los libros, tenía que haber hecho el trabajo interior de aprender a leer, y de que le guste, que luego cuesta más trabajo, pero sólo así se vuelven los libros transparentes: para un analfabeto, son opacos; la ventana está cerrada.

Tal vez el gran adelanto tecnológico de las pantallas es que ya no hay que saber leer —ni tener vida interior—: cualquier cerebro hueco, el del perico por ejemplo, puede ver la compu o el celular y una serie o un meme sin pestañear. Y con ello la transparencia queda vacía, es decir, ahí está, pero ya no hay nada que ver a través de ella, porque lo que pasa en la calle ya no es de interés personal, y adentro de la casa la persona ya no es interesante.
Y finalmente, así como se decía que los libros son ventanas para ver el mundo, así se decía, por las mismas fechas y razones, que los ojos son las ventanas del alma, o sea, que quien estaba allá dentro podía ver a través de sus ojos, desde el fondo de su persona, lo que sucedía alrededor. Y por la contraparte, los oftalmólogos, los metiches, los psicólogos, y los enamorados, suspiraban por atisbar lo que había dentro de los ojos del otro, para saber de qué estaba hecho, cuáles eran sus males, sus sentimientos y, puestos gruesos, su inconsciente.
Pero a lo mejor, tanta luz de día, tanta información, tanto sacar los trapitos al sol, tanto presumir de La intimidad como espectáculo —como escribe Paula Sibila—; y al mismo tiempo, tanta decoración de interiores, tanto Ikea, tanto cambio de integrantes de la familia, acabó por resecar ya sea los interiores de las casas como las vidas interiores de las personas.
Y entonces, para no ser obsoletos ni anacrónicos, las ventanas fueron sustituidas en la nueva arquitectura por los ventanales, unas paredes de vidrio de piso a techo a todo lo largo, de una manera bastante ciega, porque ya ni afuera no hay nada que ver ni adentro nada que mirar.
Y consecuentemente, los ojos fueron sustituidos por lentes, unos grandotes, que se pusieron de moda, con graduación o no, claros u oscuros, para rayos UV y computadora, Ray Ban o patitos, redondos o de corazón —enormes—, como ventanales para la cara, detrás de los cuales ya no hay ojos que mirar, porque ya no son expresivos, porque carecen de alma, misma que se gastaron exponiéndola en Instagram. ![]()



