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La poesía atrapa al poeta para siempre: 100 años de Jaime Sabines

Marzo, 2026

Mario Benedetti dijo de él: es «uno de los poetas fundamentales, no sólo de México sino de Hispanoamérica y la lengua castellana». Octavio Paz, por su parte, dijo de él: es «uno de los mejores poetas contemporáneos de nuestra lengua. Muy pronto, desde su primer libro, encontró su voz. Una voz inconfundible». Por su lado, José Joaquín Blanco fue más conciso: «El lector se encuentra frente a un extraordinario y logradísimo caso de poesía brutal». Y, sí: Jaime Sabines no sólo fue uno de los poetas más importantes del siglo XX mexicano, fue, asimismo, uno de los más admirados y leídos de nuestro país. En este texto para conmemorar el centenario del poeta mexicano, el periodista y escritor Víctor Roura no sólo recuerda al Sabines popular acaso el último gran poeta mexicano, también recuerda al otro Sabines: al escritor orgánico, al poeta oficialista, un poeta del lado de los detentadores del poder.

En 1983, durante el mandato presidencial de Miguel de la Madrid Hurtado, Jaime Sabines (nacido hace un siglo en Tuxtla Gutiérrez el 25 de marzo de 1926, fallecido seis días antes de que cumpliera 73 años de edad, el 19 de marzo de 1999 en la Ciudad de México) recibió el Premio Nacional de Ciencias y Artes en Lingüística y Literatura. Su discurso, breve, define al poeta y a la poesía: “Es claro que un poeta no escribe para recibir premios, pero si éstos llegan, ¡qué bueno! El poeta escribe por necesidad fisiológica, por necesidad ontológica, por fatalismo. La poesía, más que una vocación, es un destino. El poeta habla de la vida y sabe que la vida no es un concurso. Por más que quiera el poeta zafarse de la poesía, no puede hacerlo. La poesía lo atrapó para siempre. ¿Y quién es, después de todo, esta señora que maneja a los hombres como esclavos, o caballos de noria, o simples agujas con que teje sus tapetes de oro?”

¡Ah, la Señora Poesía!

“La poesía es el descubrimiento, el resplandor de la vida —decía Sabines—, el contacto instantáneo y permanente con la verdad del hombre. La poesía es una droga que se tomó una vez, un cocimiento de brujas, un veneno vital que le puso otros ojos al hombre y otras manos, y le quitó la piel para que sintiera el peso de una pluma. Quiero decir con esto que el poeta es el condenado a vivir. No hay distracción posible, no hay diversión, no hay posibilidad de salirse del mundo. Todo esto debe ser escrito, todo debe hacerse constar. El poeta es el escribano a sueldo de la vida. Y esto es odioso y repugnante muchas veces. ¿Es que hice el amor sólo para hablar del amor? ¿Es que me enamoré de los árboles y el viento sólo para hablar del campo? ¿Es que se murió mi padre y se murió mi madre y se murieron mis amigos porque era necesario que yo hablase de la muerte y estuviese chupando de su tubo infinito? A esta condición de instrumento, de simple instrumento, el poeta no se resigna. Y allí viene su pelea contra los dioses y el destino. Y quiere la comodidad pero no tanta, y desea la sensatez pero la desprecia, y pide la cordura en la asamblea de locos. Contradicción, incertidumbre, reunión de opuestos es el poeta, unidad verdadera y profunda. ¡La libertad! Toma tu libertad, me dijeron, y a ver qué haces con ella. Entonces fui libre en dos dimensiones y hasta en tres, como todo hombre, fui libre y fui feliz. Pero mi libertad de poeta aún no llega a la cuarta dimensión que es el silencio”.

Dieciséis años después, Jaime Sabines guardó silencio definitivo porque su libertad ha logrado entrar a la añorada cuarta dimensión, a esa dimensión inaprehensible que es la muerte, el último camino, la oscuridad de la morada perpetua que pertenece únicamente a los que se han ido pues, como decía Sabines, los muertos viven en un mundo que le es por completo ajeno a los que aún viven. A la muerte de su hermano Juan, ocurrida el 2 de marzo de 1987, Jaime escribió, pasado el tiempo, un texto desgarrador: “…Estuve año y medio acribillado, atolondrado, llorando. Quise escribirle un poema y no pude. A los seis u ocho meses agarraba la libreta y me acostaba aquí, en la cama, y no podía escribir porque me soltaba a llorar, era tan en carne viva el dolor. Esta es una especie de memoria que hay que desterrar porque es dañina; te mata. Después, con los años, viene otro tipo de memoria. Yo me acuerdo de mi viejo y de mi madre con gusto, los revivo, los paseo en mi vida. Esa memoria es constructiva, sana. La memoria del recién muerto, ese dolor, es necesario desterrarlo. Uno se debe dar cuenta de que la vida está adelante. Si uno quiere vivir se tiene que educar en el olvido, porque no se puede estar ya con los muertos. El olvido es la sobrevivencia. Cristo dijo una cosa maravillosa: ‘Dejad que los muertos entierren a los muertos’. Los vivos debemos vivir para los vivos, para hoy y para mañana. A veces los muertos te atrapan y no te quieren soltar, quieren hundirte con ellos en su tumba; entonces hay que decirles: Ya, quédate ahí tranquilo, yo me voy a caminar”.

Acaso el último gran poeta mexicano, acorde a esas inefables contradicciones e incertidumbres que le son inherentes al poeta —tal como concebía al poeta el vate Sabines—, el chiapaneco curiosamente derrumbó la imagen platónica que de un poeta se tenía perfilada desde la intromisión de los atormentados literatos franceses. Un poeta no tenía por qué ser forzosamente un rebelde, ni un bohemio, ni un contestador. Al igual que ese otro gran poeta mexicano, Octavo Paz, Jaime Sabines era, y lo fue durante toda su vida —como Paz—, un poeta oficialista, un poeta del lado de los detentadores del poder, un poeta que escasamente miraba a los de abajo por su elevada posición social (“lo único que no le vamos a perdonar al presidente Salinas de Gortari fue no haber matado a los guerrilleros de Chiapas”, declaró Sabines alguna vez en televisión, como si estuviera hablando de ripios e incómodas sintaxis).

Sin embargo, contradictoria que es la vida y con ella sus poetas, Sabines ha escrito tal vez los poemas más populares que se hayan escrito en México en los últimos cincuenta años del siglo XX, que lo mismo leen con fruición derechistas, ex izquierdistas, centristas e incluso izquierdistas.

Dotado de una finísima, y extraña, y profunda, sensibilidad, Sabines supo captar los diversos sentimientos que transpiran los humanos y traducirlos en un lenguaje hermosamente común. El poeta, en este sentido, nada tenía que ver con el político y el discursivo priista Sabines. Por algo, es considerado el poeta por antonomasia del amor. Porque, vamos, ¿quién no se conmueve ante unos versos como éstos?:

      No es nada de tu cuerpo
      ni tu piel, ni tus ojos, ni tu vientre,
      ni ese lugar secreto que los dos conocemos,
      fosa de nuestra muerte, final de nuestro entierro.
      No es tu boca —tu boca que es igual que tu sexo—,
      ni la reunión exacta de tus pechos,
      ni tu espalda dulcísima y suave,
      ni tu ombligo, en que bebo.
      Ni son tus muslos duros como el día
      ni tus rodillas de marfil al fuego,
      ni tus pies diminutos y sangrantes,
      ni tu olor, ni tu pelo.
      No es tu mirada —¿qué es una mirada?—,
      triste luz descarriada, paz sin dueño,
      ni el álbum de tu oído, ni tus voces,
      ni las ojeras que te deja el sueño.
      Ni es tu lengua de víbora tampoco,
      flecha de avispas en el aire ciego,
      ni la humedad caliente de tu asfixia
      que sostiene tu beso.
      No es nada de tu cuerpo,
      ni una brizna, ni un pétalo,
      ni una gota, ni un grano, ni un momento:
      es sólo este lugar donde estuviste,
      estos mis brazos tercos.

¿Quién, sin siquiera conocer los rasgos de su personalidad, de su silueta, no apreció a Sabines por su bella escritura?

El poeta, ahora, después de veintenas de operaciones inútiles, por fin yace tranquilo. Y los caminantes continuaremos amando su poesía mientras no venga por nosotros la insolente Muerte.

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