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Jaime Sabines, en el centenario de su nacimiento

Marzo, 2026

Nació hace ahora cien años, en 1926. Partió de este mundo también en un marzo, de 1999. Se cumple en centenario natal del mexicano Jaime Sabines. Nacido en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas “donde todos nacen poetas hasta que no demuestren lo contrario”, dijo él mismo una vez—, Sabines poco a poco se fue convirtiendo en un vate imprescindible para miles de lectores en todos los países de lengua hispana, tanto por el carácter coloquial y comprometido de su poesía, pero, también, por su conmovedora claridad. Como señala en el siguiente texto la poeta mexicana Guadalupe Flores Liera: “Sabines mismo optó por una literatura realista y humana que pone al ser humano en contacto con el mundo en que vive, que no intenta sino escribir con el material que el tiempo ha puesto en sus manos. Una poesía cercana al hueso, con el lenguaje de la calle y de la vida cotidiana”. Recordamos al escritor mexicano en su onomástico.

A pesar de haber publicado su primer libro en 1950, la poesía de Jaime Sabines puede considerarse aún vanguardista en su expresión. Durante la lectura progresiva de su obra asistimos a la matización de su pensamiento, a la constante exploración de formas poéticas y al robustecimiento de sus primeras intuiciones. La duda, las inquietudes de la juventud, interrogan por la naturaleza y la esencia de las cosas; más adelante, las vivencias y la experiencia vital lo aproximan a la interioridad, a Dios, y lo devuelven a la comprensión de la existencia en la humildad, a un conocer que se basa en el autoanálisis y la tolerancia de los errores.

Poeta con conciencia de que lo era, de que nació “con una piel más delgada”, pero también con preocupación acerca de la dimensión moral de su tarea, sometió la creación al duro trabajo de la reflexión —antes aun de vertir en letras sus intuiciones y, más aún, antes de darlas a la publicación.

Sus primeros poemas poseen la fuerza de la madurez y los últimos la frescura que procede de su reconciliación incluso con los aspectos más complejos de la vida; llega a nosotros teñida de un sentimiento de humildad y de agradecimiento a pesar del desconsuelo y las desilusiones. En la poesía se Sabines se palpa el pulso de toda una época y el corazón de un hombre a quien lo único que le importa es la vida, la que cabe en el día a día.

Jaime Sabines no quiso ser un creador identificado con la cultura oficial, con grupos literarios, tendencias y, mucho menos, con los preceptos que convierten a la literatura en un ámbito asfixiante que propone un arte para unos cuantos. Aprendió que el esfuerzo constante en el ejercicio de la expresión devuelve al acto creativo una función determinante en el medio en que se desarrolla.

Pese a haber sido ignorado inicialmente por quienes en su momento detentaron la voz crítica que sancionaba la calidad dentro de los patrones vueltos academia y horma, Sabines insistió siempre en que bastaba vivir de cara a la verdad, salir siquiera al balcón o emprender una caminata para descubrir que la realidad no cabe en frases hechas, que es otra cosa, un conglomerado social cercado por la frustración y la imposibilidad de movilizarse y que, en mitad de este río vertiginoso que nos arrastra, defender la capacidad de emitir uno su verdad —y de vivirla— adquiría no sólo una dimensión épica sino que se trataba de la obligación propia de quien afronta la vida conscientemente como una ardua tarea cotidiana.

Sabines pertenece al grupo de escritores que ha contribuido a que los conceptos de escritura sean hoy otros. Se sintió apretujado en los pasillos estrechos de las formas consagradas por el mundo oficioso y se atrevió a producir el cambio a pesar de arrastrar la estigmatización por haber arremetido contra las normas, las palabras “poéticas”, el concepto de “corrección”, etc., mucho antes de que el principio de la transformación y de la transgresión se convirtieran en escuela. Hoy día se considera a su obra como determinante en el quehacer intelectual en nuestro idioma, ejemplo de ruptura con formas anquilosadas, de revitalización de los esquemas tradicionales, sobre todo los de procedencia popular, y ejemplo de una propuesta que convierte a la escritura en posibilidad de recuperar la capacidad de reflexión. Para Sabines, si la escritura no habla al hombre acerca de lo humano y del mundo en que vive, entonces no comprendía ni su función ni su razón de ser.

El poeta mexicano Jaime Sabines. / Foto: Rogelio Cuéllar (filmineria.unam.mx)

Sabines no se identificaba con el intelectual que se siente investido de características exclusivas y vive independiente no sólo de los grupos sociales marginales, sino también de los dominantes —de hecho en buena medida formó parte de estos últimos—. Más bien se puede afirmar que el poeta compartía la posición de Antonio Machado respecto a que la poesía es “palabra en el tiempo” y, por tanto, conciencia de las determinaciones, de las relaciones con los demás y del hecho de que no es posible crear al margen de las circunstancias sino sólo desde y en ellas. Su escritura no emprende una recreación de los hechos sino una representación sensible, una reproducción que convierte al lector en copartícipe de condiciones particulares y le permite asistir al instante concreto que genera la condición peculiar que produce el texto.

Así, su poesía es posibilidad de dialogar con el ser humano y su tiempo y, simultáneamente, un ser en concreto con otros seres humanos. Se trata de una visión vigilante que penetra el tiempo, de una necesidad ontológica, destino más que vocación, que pone al descubierto el resplandor de la vida y el contacto que bajo la forma de instantáneo es permanente nexo con la verdad. El lenguaje de Sabines transmite de manera concreta la experiencia que ha adquirido de la realidad quien decide asumirla en toda su riqueza y sus contradicciones; el lenguaje es el instrumento que le sirve para representar y transmitir, pero no es el fin, es la forma en que vierte sus intuiciones o sus convicciones, aunque proceda de una realidad cargada de tensiones. Por eso no reparó en la calidad o altisonancia de las palabras, empleó todo lo que le era necesario para expresar sus emociones, sin autocensurarse.

Esta voz, ya inconfundible en México, derribaba poéticamente los valores de una sociedad que se cubre con  la hipocresía, que pisotea sus propias leyes morales. Gran lector como fue, acudió al pensamiento filosófico y ético universal y lo convirtió en eje de su reflexión poética; la Biblia, Buda, Goethe, Camus, la poesía tradicional árabe, Heidegger, Huxley, etc., conviven en su obra de manera armoniosa, por esto predomina en sus versos el acento de un hombre reflexivo que percibe la vida como una situación límite que le revela constantemente verdades acerca de su naturaleza y lo devuelve a la conciencia de su condición de criatura en el mundo, polvo y ceniza, que vive en el tiempo su existencia como una tarea, un quehacer cotidiano y un proyecto a realizar con el único objetivo de salvaguardar su condición humana y su dignidad.

Todos los estados anímicos de lo que significó vivir la segunda mitad del dramático siglo XX se encuentran en sus páginas: la angustia existencial de la posguerra; la protesta contra el desarrollismo que hacía sentir al hombre encarcelado en su exilio de soledad y desamor; el anhelo de superar la dimensión superficial de la vida mecanizada para acceder a espacios profundos y humanos que le devuelvan la esencialidad perdida; las heridas de los deseos y los sueños que se astillan en el muro de lo formulario que produce el ansia incansable de ser otra cosa; el esfuerzo desgarrador por salvar la conciencia moral en medio de una civilización sin alma que exacerba y convierte en bastión el mito de la individualidad y rinde sin cesar culto al poder y la gloria.

Renuente a dejarse atrapar por el espíritu de la época y a convertirse en víctima de una sociedad de violencia que sólo produce imágenes apocalípticas, reacio a convertirse en evasor de su tiempo o en ideólogo del autoexilio que se deja arrastrar por la angustia vital, Sabines se sacudió incansablemente este matiz anímico de fin de siglo para impulsar sin descanso el enaltecimiento de la vida y de lo vivo.

Hombre de carne y hueso, antes que poeta, Sabines renunció a convertirse en el artista-víctima que ya no tiene lugar en el mundo industrializado, creía que el hecho de plantearse uno por lo menos la duda vital devuelve al ser humano a su calidad de tal, al tiempo en que la reflexión y la toma de conciencia son ya un primer paso para llevar a cabo la transformación de este mundo desacralizado que exacerba la radical soledad de los seres humanos, contingentes y efímeros ante lo Eterno.

Para Sabines la poesía no es un privilegio que salve a nadie de vivir y padecer como hombre, sino que es un ejercicio subordinado a la existencia —“sangre y huesos de la vida”— que contribuye a convertirla en práctica liberadora, en acto que comparte semejanzas con la experiencia de lo sagrado, en el sentido en que apunta hacia lo humano tanto como hacia lo divino, pues es tentativa de abrazar a lo otro y a los otros, comunicarse y actuar sobre la realidad, de manera tal que ésta se convierta en experiencia radical y el poeta en su escribano a sueldo, que no tiene derecho a distraerse ni a salirse de la aventura existencial en la que está embarcado. La poesía fue para Sabines, en fin, intento de frustrar la soledad, descubrimiento de la verdad, conocimiento de la realidad que remite de nuevo a ella misma pero enriquecida, es saber acerca de uno mismo y de algo inmanente que se manifiesta a través del ser humano.

La vida de que habla —“el inmenso territorio del hombre”—, el espacio físico de su poesía, es también un proceso orgánico que participa de las condiciones que definen todo lo vivo, lo vecino constante de la muerte: nacer es empezar a morir, vivir es ir muriendo, morir es concluir, pero es al mismo tiempo iniciar la cuenta regresiva hacia la reintegración al seno del que se fue creado. Mientras no se esté muerto no hay más remedio que vivir y participar de la experiencia de lo vivo, aun en medio de la angustia que desdibuja el mundo para volverlo abismo ante los ojos azorados del ser que recobra ante el misterio su sentimiento de primer habitante del mundo. Pero incluso la muerte es un acto libre que implica asumir la finitud, vivirla, esperarla y permanecer, hecho que puede ser más profundo y extraordinario que la promesa de la improbable inmortalidad.

Ante la idea de la muerte Sabines rescató su fe en la creencia de que la naturaleza misma dotó al hombre de su mejor arma para defenderse: el amor. Este sentimiento permea la vida y la convierte en perpetuo acto centrífugo que empuja al sujeto a ir hacia el objeto, fluir de sí mismo constantemente y derramarse sobre las cosas para envolverlas cálidamente o para poseerlas eróticamente. Esto implica la unión y el desprendimiento del yo para convertirlo en nosotros. El amor es movimiento, abandono de los propios límites, rescate de la desesperación, creación, acto de procreación y de entrega, es un ir más allá generoso que no implica solamente el goce y la confirmación del yo, sino la afirmación de lo amado en la comunicación y la comprensión que libra a ambos seres de la corrosión que producen  la soledad y el silencio. El amor, en fin, es comunión y no instinto, es conocimiento, es el reflector de la vida cotidiana, operación del alma y del cuerpo que obliga a pensar en ese sentimiento supremo como un acto de trascendencia que liga a los individuos y los salva de la aniquilación.

Esta reflexión lo llevó a transmutarlo todo en ente femenino y a combatir así la creencia de que el amor es una operación banal que además obnubila, porque para Sabines nada hay que ponga más en operación todas nuestras capacidades y nuestros sentidos que el sentimiento amoroso, ni nada que posibilite más rebasar nuestros límites y acceder a la dimensión que erradica la soledad. Unirse amorosamente con el mundo, solidarizarse con los otros y dar al mismo tiempo a toda su obra poética una correlación orgánica permite a cada texto apoyarse en el otro y cobrar así cada lectura más hermosa y compleja significación.

Quizá sea en virtud de esto que Jaime Sabines se convirtió en un autor tan querido y tan recitado en México. Finalmente parece que llegó a ser profeta en su tierra al haber conseguido realizar su propósito de convertirse en sangre y alma del pueblo que hoy día lo repite igual que a las obras populares en que encuentra vertidas su sabiduría ancestral y su esencia, pues Sabines mismo optó por una literatura realista y humana que pone al ser humano en contacto con el mundo en que vive, que no intenta sino escribir con el material que el tiempo ha puesto en sus manos. Una poesía cercana al hueso, con el lenguaje de la calle y de la vida cotidiana, que revela un profundo conocimiento de la naturaleza humana y convierte a la realidad en tangible y familiar para sus lectores.

No habrá quien no se vea transitando por sus páginas, a solas o en su compañía, trasmutado, convertido él mismo de peatón anónimo en voz poética, pleno de la sorpresa y el goce del encuentro en páginas que son reconocimiento, complicidad, solidaridad, consuelo, comunión y, tal vez, espacio para el amor.

Descubrir la poesía de Jaime Sabines, leerla, releerla, convierte la experiencia en puente que se cruza una y otra vez para realizar indefectiblemente el encuentro de dos soledades. Su poesía se convierte siempre en el lugar de la cita vehemente, su invitación es clara: tomar cada quien su vida en sus manos y producir con ese material la mejor de sus obras.

(México, 12 de febrero de 1994.)

Nota bene: el presente ensayo fue escrito originalmente en 1994. Desde Grecia —donde radica—, la poeta Guadalupe Flores Liera nos hace llegar esta aclaración: “Cuando preparé la antología de Sabines que publicó el FCE escribí dos prólogos, al maestro le gustó más el segundo, que fue el que apareció publicado; este texto que ahora envío se quedó guardado y lo encontré ahora. Lo actualicé y edité para conmemorar el 25 de marzo los cien años de su nacimiento. Por separado, también anoto un poema que escribí cuando me enteré de la muerte del poeta, que ocurrió el 19 de marzo de 1999. El poema lo escribí dos días después”.

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