Marzo, 2026
Así como las decisiones del presidente Donald Trump han puesto en controversia la realización de la Copa FIFA, un tipo distinto pero igualmente previsible de conflictos y controversias habrán de ocurrir con la nonagésima octava ceremonia de entrega de los premios Oscar que organiza la AMPAS —que, de unos años a la fecha se promociona como “La Academia” (The Academy en inglés), como si no existiese otra—, sobre todo por las agendas políticas en disputa, cada una envuelta en la forma de una película o de un desempeño artístico o técnico nominado, escribe en este artículo el periodista y comentarista de cine Sergio Raúl López.
¿A qué queda, pues, reducida la teoría del arte
como imitación de la naturaleza? ¿A qué la teoría
—no menos rancia— de la naturaleza como imitación
del arte? Ambas quedan conciliadas en esta fórmula:
el arte es cosa distinta, campo aparte en la naturaleza.
Alfonso Reyes “Fósforo” en La paradoja de la flor.
Las temporadas cinematográficas ocurren más allá de las meras fechas de estreno de los filmes. Sea en la cartelera comercial internacional u ocurra de manera previa en los grandes festivales o incluso directo en el catálogo de alguna plataforma de distribución audiovisual en línea, las trayectorias de esas obras quedará marcada por la recta final, tras medir los ingresos en taquilla, los galardones ante distintos jurados, la colección de recomendaciones y críticas, recorrer alfombras rojas e inclusive ofrecer mesas redondas y páneles de discusión, las más poderosas acabarán al final de la ruta en la ceremonia de entrega a lo más destacado del año por parte de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de los Estados Unidos (AMPAS, por sus siglas en inglés).
En efecto, me refiero a los premios Oscar, que este año realizarán su nonagésima octava ceremonia.
Casi centenarios, estos galardones inventados por los primeros y muy exitosos empresarios hollywoodenses para congraciarse y brindar un gesto de empatía para con sus empleados, sobre todo los técnicos pero también los actores, escritores, directores de fotografía y demás gremios que comenzaban a agruparse para defender sus derechos laborales. Una fórmula que ha perdurado hasta nuestros días y que, pese a sus varias crisis, yerros y pérdida de audiencia persiste como el más significativo de los trofeos fílmicos, incluso por encima de las palmas, osos, leones, leopardos, tigres, conchas, corales siempre dorados, jamás plateados, platinados ni broncíneos que se entregan en otros países y en distintos momentos del año.
El caballero desnudo blandiendo descomunal espada que convenientemente le cubre sus partes pudendas con una pátina de oro es el más preciado trofeo cinematográfico de cuantos existen.
Y su entrega remata, claro está, ese serial de glamorosas alfombras rojas, cenas de gala y etiqueta, con sus respectivos ganadores que es la así llamada temporada de premios que abre a inicios de año con los Critic’s Choice Awards y continúa con los Globos de Oro, los BAFTA de la Academia Británica, los SAG Awards del sindicato de actores, los PGA Awards del gremio de productores, los ASC Awards de la asociación de fotógrafos, los WGA Awards de la sociedad de escritores, entre muchas otras, en una maratónica secuencia que arranca incluso en octubre, medio año atrás y que involucra puntuales y costosas campañas de difusión para los distintos y numerosísimos votantes agrupadas en torno a unas siglas en común: FYC, es decir “For Your Consideration” o “para consideración suya” como podríamos traducirla en castellano.
Más miembros pero diversidad limitada
A cambio, para la nonagésima octava ceremonia de los premios de The Academy —el nombre corto de la AMPAS—, al 5 de enero de 2026 se reportaba un total de 10 mil 136 miembros —231 más que en diciembre de 2024—, mismos que aumentan a 11 mil 126 si hemos de añadir a los asociados eméritos, que si bien es una cifra que realmente ha sido engrosada desde el 2012, cuando se componía de 5 mil 765 votantes, de los cuales 94 % eran caucásicos —es decir blancos— y 77 % hombres, mientras que apenas el 2 % eran negros y los latinoamericanos menos de ese 2 %, con una media de edad de 62 años y únicamente el 14 % menores al medio siglo, como se publicó en un revelador reportaje de Los Ángeles Times, el 19 de febrero de 2012, signado por John Horn, Nicole Sperling y Doug Smith.
Titulado Desenmascarando a la Academia: Votantes del Oscar abrumadoramente blancos, masculinos (Unmasking the Academy: Oscar voters overwhelmingly white, male), el texto provocó un cisma trepidante en el seno de la asociación que le obligó a ampliar el censo de sus miembros, intentando diversificar las culturas, tonos de piel, orígenes y países de los que provienen, pues han invitado a realizadores de 93 países —el año anterior provenían de 79 países—, para representar el 24 % del total.

Claro está, si bien su número ha aumentado en 4 mil 371 integrantes —que deben aceptar la invitación y pagar religiosamente sus cuotas anuales—, aún no empata aquella cifra inicial, restando aún mil 394 para al menos igualar aquel censo tan masculino, blanco y viejo que la conformaba. Es decir, simplemente, que siguen siendo la mayoría, aunque en menor grado que hace 14 años.
Otro cisma provocado por el Los Angeles Times ocurrió el 21 de febrero de 2021 con otro reportaje esta vez titulado Los votantes de los Globos de Oro ante la turba: miembros acusan a la Asociación de la Prensa Extranjera de Hollywood de tráfico de influencias y faltas éticas (Golden Globes voters in tumult: Members accuse Hollywood Foreign Press Assn. of self-dealing, ethical lapses), en el que descubrían que una mínima parte de sus 87 votantes eran periodistas activos o no lo eran del todo además que aceptaban sin chistar invitaciones a cenas, regalos de lujo, viajes a exóticos sitios turísticos y otras canonjías que parecían más sobornos que elementos para facilitar su trabajo.
Como resultado, la longeva asociación (HFPA por sus siglas en inglés), fundada en 1943 y cuyos premios se instituyeron al año siguiente, se vio obligada a vender los Globos de Oro —sus activos, derechos y propiedades— a la compañía Dick Clark Productions (DCP) en sociedad con Eldridge y Penske Media Corporation, que organizan otros premios como los Billboard, los American Music, los Country, entre otros, además de revistas como The Hollywood Reporter, Billboard o Variety. La otra consecuencia es que, desde el año anterior, ya no hay votantes fijos sino que se renuevan anualmente y se les exige mantener su actividad profesional bajo reglas estrictas de comportamiento ético.
Así, actualmente su comité de selección se conforma por 399 votantes de la prensa internacional para la octogésima tercera emisión —de los cuales 39 son brasileños, 30 argentinos, 19 mexicanos, 11 españoles, siete uruguayos, siete chilenos, otros siete colombianos, tres guatemaltecos, para ejemplificar con la región iberoamericana—, puedan evaluar una película en particular tanto su agente de ventas internacional como su distribuidor ha de asegurarse de mantener proyecciones tanto físicas como en línea y proporcionar materiales escritos, conferencias o entrevistas con los elencos en cada uno de los más de ochenta países de los que proviene cada grupo.
Fenómenos similares ocurren con el resto de votantes de esta temporada de premios, por distintas ciudades y países, donde ocurren numerosas caravanas que incluyen estrenos de filmes, regularmente con visitas de sus respectivos elencos, mismas que van intensificándose conforme se acercan las fechas de las premiaciones y que finalizarán justamente con la premiación de la AMPAS hollywoodense. Aunque, claro, sólo para ser relevado por el otro circuito el de los grandes festivales en Berlín, Cannes, Venecia, San Sebastián, Toronto, Sundance y demás.
¿Una fiesta realmente mundial?
Los grandes espectáculos masivos realizados al interior de los Estados Unidos suelen ser bautizados como mundiales y, entre otros, podemos enumerar la Serie Mundial de su liga nacional de beisbol, las Finales de su liga profesional de basquetbol, el Súper Tazón de futbol americano, los premios Grammy a la producción de su industria musical o los Emmy a las emisiones televisivas y de plataformas, que si bien atraen el interés de las grandes audiencias internacionales y de los despachos de noticias, en realidad resultan fenómenos endogámicos, propios para el divertimento al interior de sus propias fronteras en los que difícilmente se cuelan invitados non gratos o, de plano, incómodos.
La situación cambiará este año con la realización trinacional de la vigésimo tercera Copa Mundial de Futbol de la FIFA, una fiesta, más que justa deportiva, en la que de manera inédita, participarán las selecciones de 48 países —en el pasado Mundial de Qatar compitieron 32 equipos nacionales mientras que en México 86 fueron 24 y en México 70 eran 16—, con duelos que detiene al planeta entero y que simbolizan, más allá del negocio, una rivalidad enmarcada en la convivencia y la solidaridad entre naciones, culturas, lenguas y mentalidades.
¿Cómo puede ocurrir una fiesta en un país que actualmente se encuentra en guerra con Irán, secuestró en una operación militar al presidente en funciones de Venezuela, que mantiene un embargo con Cuba y que apoya a Israel en su genocidio en Gaza y conquista del territorio palestino, ah, y que incluso amenaza a sus socios comerciales y coorganizadores de la Copa del Mundo, México y Canadá, con aranceles comerciales y otros castigos, e incluso con la intervención armada o de plano la anexión en sus territorios?

Así como las decisiones del presidente Donald Trump han puesto en controversia la realización de la Copa FIFA comenzando con el anuncio de la ausencia de la selección iraní por más que obvias razones o la de Rusia por su guerra con Ucrania —apoyada y envalentonada por la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), la Unión Europea y de los mismísimos Estados Unidos, sobre todo durante el mandato de Joe Biden—, un tipo distinto pero igualmente previsible de conflictos y controversias habrán de ocurrir con la nonagésima octava ceremonia de entrega de los premios Oscar que entrega la AMPAS —que, de unos años a la fecha se promociona como “La Academia” (The Academy en inglés), como si no existiese otra—, sobre todo por las agendas políticas en disputa, cada una envuelta en la forma de una película o de un desempeño artístico o técnico nominado.
Para empezar se encuentra, nada menos, que el presentador de la ceremonia Conan O’Brien, un conocido conductor de programas de entrevistas de medianoche que no suele especializarse por un compromiso político público ni por realizar demasiadas parodias o comentarios mordaces sobre el tema —no, al menos, como Stephen Colbert, Bill Maher o, muy abiertamente, Jon Stewart—, si bien Trump ha sido un blanco recurrente en sus exiguas críticas e incluso se pronunció abiertamente en contra del intento presidencial de censura en contra de Jimmy Kimmel. Así que cabrá esperar algunas declaraciones controversiales de su parte.
La candente categoría internacional
Si revisamos el listado histórico de películas ganadoras del Oscar en la categoría de Película Internacional nos encontraremos una quinteta interesante por distintos motivos. Si comenzamos con la que era indiscutible favorita para dominar este renglón tras obtener la Palma de Oro en Cannes, la producción mayoritariamente francesa Fue sólo un accidente (Yek tasadof-e sadeh, Irán-Francia-Luxemburgo-Estados Unidos, 2025), del proscrito e incluso encarcelado director iraní Jafar Panahi, es nada menos que la excusa perfecta al bombardeo de la antigua Persia por parte de Israel y Estados Unidos, al montar una comedia negra —de inspiración directa en La muerte y la doncella, tanto la obra teatral de Ariel Dorfman, de 1990, como el filme de Roman Polanski, de 1994—, cuando un empleado de un taller de reparación reconoce por la voz y el ruido al andar de su extorturador para emprender un periplo por Teherán para recolectar a otras víctimas para reconocerlo con precisión, primero, pero también para ayudarlo con su imposible venganza. Qué mejor que premiar a un valiente director exiliado en medio de una guerra contra el régimen que lo ha perseguido.

En las antípodas, la representante de Túnez se instaura como una de las grandes denuncias a la guerra de exterminio y limpieza étnica israelí en Gaza, La voz de Hind Rajab (Sawt Hind Rajab, Túnez-Francia-Territorio palestino ocupado-Reino Unido-Saudiarabia-Estados Unidos-Italia-Chipre, 2025), de la directora Kaouther Ben Hania es una puesta en escena —a veces torpe, a veces demasiado artificial—, que recrea las horas negras de angustia, desesperación y ruina de una unidad telefónica de la Luna Roja tras lograr comunicarse con la niña palestina del título —cuya voz real aparece en los diálogos—, única sobreviviente de su familia mientras huían de un barrio bajo amenaza de ataque y sus tortuosas, complejísimas e infructuosas negociaciones para que las FDI les permitan enviar en su rescate una ambulancia a tan sólo ocho minutos del lugar. Más que por valores actorales o de la puesta en escena, la agonía, la desesperación y la inacción ante la brutalidad de las armas son la mejor síntesis de lo que ha ocurrido en la zona con el asesinato de entre 17 y 20 mil infantes.
Luego que una denuncia, digamos tangencial, a la dictadura militar brasileña Aún estoy aquí (Ainda estou aqui, 2023, de Walter Salles )se alzara con esta categoría hace un año —y la nominación a Mejor Actriz para Fernanda Torres—, su actual representante se erige como una fuerte candidata con el thriller fantástico El agente secreto (O Agente Secreto, Brasil-Francia-Países Bajos-Alemania-Estados Unidos-México), de Kleber Mendonça Filho es una alegoría sobre los delirios paranoides desde la junta militar hacia abajo para temer y confundir como opositor a todo ciudadano, incluso cuando se trata de investigadores universitarios que se oponen a que un empresario corrupto y vomitivo, Henrique Ghirotti (Luciano Chirolli) venda sus investigaciones a conglomerados internacionales. Ubicado en el Recife setentero, con actuación estelar de Wagner Moura (Marcelo Alves encubierto doblemente como Armando o Fernando Solimões) en su híper momento de fama —ganó el Globo de Oro y está nominado al Oscar—, esta historia que mezcla cadáveres intocables en una gasolinera, la catarsis carnavalera, piernas fantasmales que cobran venganza, un exótico albergue de refugiados en el clandestinaje liderados por doña Sebastiana (una Tânia Maria imposible de olvidar) así como una partida de sicarios al servicio de Ghirotti que habrán de asesinarle —al igual que hicieron con su revolucionaria esposa mulata Fátima (Alice Carvalho)— en una historia que denuncia a los militares y a las dictaduras pero no a la intervención de la CIA o del propio Washington. Es decir que alerta sobre los salvajes brasileños y sus líderes sanguinarios pero no sobre la doctrina Monroe ni sobre el intervencionismo.

En tanto que la española Sirat. Trance en el desierto (Sirât, España-Francia, 2025), de Óliver Laxe nos presenta un espectacular tour de forcé en el desierto marroquí —aunque filmado en Teruel y Zaragoza, España, y no sólo en Marruecos— de un extraviado padre totalmente perdido tanto que busca a su hija, Marina. de la que no ha tenido noticias durante largo tiempo, Luis (un Sergi López forzudo que carga con el filme), en una fiesta de música electrónica, un rave, junto a su impulsivo y frágil hijo pequeño Esteban (Bruno Núñez Arjona), para acabar huyendo del ejército en medio de una guerra —civil, con otro país, mundial, no se sabe a ciencia cierta— con una troupe de impensables compañeros tatuados, de cabellos punks y ropas hippies, para intentar llegar a Mauritania a un baile aún más ilegal que el anterior, precipitados a peligros cuasi gratuitos como la falta de gasolina, de agua, absurdos precipicios y campos minados en un periplo suicida sin esperanza. Ganadora del Premio del Jurado en Cannes, esta película se pretende política pero en realidad avanza hacia la nada más que hacia la muerte gratuita pero ya obtuvo suficiente recompensa con la pura nominación.
Finalmente la película que debiera lograr esta categoría, e, incluso, pienso, la de Mejor Película, es la noruega Valor sentimental (Affeksjonsverdi, Noruega-Alemania-Dinamarca-Francia-Suecia-Reino Unido-Turquía, 2025), de Joachim Trier, una profunda cuanto descarnada exploración de las relaciones al interior de una familia dominada por dos artistas, el abandonador padre cineasta Gustav Borg (Stellan Skarsgård) que aparece de sorpresa en el velatorio materno ante las hermanas Nora (Renate Reinsve, en plenitud actoral y de fama), primera actriz del Teatro Real con serios problemas de autoestima que se promete jamás actuar en cine, y Agnes (Inga Ibsdotter Lilleaas), historiadora bastante más conciliadora, para avisarles que planea usar la casa familiar como escenario de su próxima cinta, que escribió ex profeso y en homenaje para que la protagonice su hija, que rechaza tajantemente la idea. Cuando el padre, en un festival playero internacional, convence a la estrella de Hollywood ávida de mostrar su capacidad artística, Rachel Kemp (Elle Fanning), de tomar el papel, los ensayos habrán de llevar la tensión al máximo extremo solo para que, al reventar todo, Nora descubra en el guión, ya leído por Agnes, un retrato de sí misma profundo y franco, que le demostrará que la figura paterna no estuvo tan alejada, después de todo. Si fuera un tema de valores cinematográficos y puesta en escena, diría que estamos ante una de las grandes películas del año.

Una decena en la mira
A diferencia de las otras 23 categorías que incluyen a cinco candidatos, la principal que reconoce a la Mejor Película, presenta una decena de nominaciones que, si bien, no compiten en igualdad de circunstancias —pues hay marcadas favoritas bien sea por la acumulación de nominaciones o por la cauda de premios que han cosechado—, también podemos hacer una disección política de algunas de ellas, respecto a la circunstancia presente en el ámbito global.
Además de haber logrado el mayor número de nominaciones en la historia con 16 —por encima de las 14 de La malvada (All About Eve, 1950), Titanic (1997) o de La La Land (2016)—, Pecadores (Sinners, Estados Unidos-Australia-Canadá, 2025), de Ryan Coogler, se destaca por la tan contemporánea mezcla de géneros, esta vez de terror y vampiros con un musical sobre el blues y otros ritmos, a la vez que una cinta de época ubicada en los años 30 del siglo XX en el Delta del Mississippi. Es la única película de cine dominantemente afroamericana con la doble actuación de la estrella Michael B. Jordan —obviamente nominado a Mejor Actor— en el que dos hermanos que trabajaban para la mafia de Chicago deciden montar un Juke Joint de blues pero han de enfrentar a una horda de vampiros que tocan música country y a un complot del Klu Klux Klan en lo que al final deviene en un homenaje emotivo al gran Buddy Guy. Su triunfo sería un recordatorio y una reivindicación del Blacks Live Matter así como de la denuncia del Oscar So White, de hace unos años.

El caballo negro de la noche —como ya lo fue en los Golden Globes— puede ser Hamnet (Reino Unido-Estados Unidos, 2025), de la directora de origen chino Chloe Zhao, una reivindicación en clave femenina de la figura del Cisne de Avon, William Shakespeare (Paul Mescal), desde el punto de vista de su esposa Agnes (Jessy Buckey con el Oscar a Mejor Actriz prácticamente ya en la mano), su casa y hogar, el bosque vecino y la medicina herbolaria —entre otros remedios incluso brujeriles—, para rematar con la reproducción de la puesta de Hamlet en el teatro The Globe, en una adaptación de la novela de Maggie O’Farrel. Además de reivindicar la fuerza creciente de las mujeres en el cine, sería la reivindicación de Steven Spielberg como productor pues esta es su décimo cuarta nominación en esa categoría, el mayor de la historia.
Pero quizás sea el momento de la autocrítica, en cuyo caso no hay cinta más pertinente que Una batalla tras otra (One Battle After Another, Estados Unidos, 2025), de Paul Thomas Anderson, adaptación/actualización de la novela Vineland, del subversivo Thomas Pynchon, en la que un grupo de guerrilleros autonombrado El 75 francés ataca centros de detención para liberar migrantes entre otras actividades ilegales con el objetivo de combatir y derrocar al sistema en un Estados Unidos en manos de supremacistas blancos, racistas y militaristas que dominan una sociedad multirracial de inmigrantes que muestran solidaridad y apertura los unos con los otros. Con un rubiecito Bob (Leonardo DiCaprio), un gran liberal adicto a la marihuana y muy cercano a los latinoamericanos enfrentado al coronel Steven Lockjaw (Sean Penn idéntico a Greg Bovino, la ex cabeza de ICE), no sólo ideológicamente sino por el amor y/o favores sexuales de Perfidia Beverly Hills (Teyana Taylor), que acabará como soplona al ser capturada, la guerra de guerrillas atravesará los años y las fronteras para ser heredada a Willa Ferguson (Chase Infiniti), hija mestiza de la guerrillera y el militar. En lo que inopinadamente acaba siendo un retrato actual del gran imperio vecino en decadencia, la película que tan oportunamente critica Estados Unidos hacia su interior y apunta a su corazón monetario, despiadado e intervencionista de una manera que realmente aportaría a la derrota de Trump en las ya próximas elecciones intermedias.
Qué decir del resto de candidatas, que probablemente no tengan tantas posibilidades al no ser grandes favoritas. Ahí está Marty Supremo (Marty Supreme, Estados Unidos-Finlandia, 2025, mal traducido pues el título se refiere a las pelotas de dicha marca, o sea “Marty Suprema(s)”), de Josh Safdie, otra cinta de época ubicada en los años cincuenta, sobre el campeón de ping-pong neoyorquino Martin Reisman (Timothée Chalamet, probable Mejor Actor), en plena tensión de posguerra, especialmente con un Japón en veloz recuperación, y con una sociedad aún en vías de capitalismo voraz hacia el deporte pero, sobre todo, feroz crítica a ciertos judíos que, tras el Holocausto, se permitían cualquier exceso y falencias éticas.

O la película sobre los conspiranoicos extremos que es Bugonia (Irlanda-Reino Unido-Canadá-Corea del Sur-Estados Unidos, 2025), no tan acabado filme de Yorgos Lanthimos, con una Emma Stone (como la empresaria Michelle) en gran duelo actoral con Jesse Plemons (Teddy) en plena crítica de la tendencia actual a creerse cualquier discurso anticientificista en plena época de información libre por la red global.
Dentro de ellas destaca el taquillazo del año, F1 (F1: The Movie, Estados Unidos, 2025), de Joseph Kosinski que es la típica superproducción de acción inspiracional y aspiracional del productor Jerry Bruckheimer sobre el piloto veterano de carreras Sonny Hayes (Brad Pitt), que ha de volver al máximo circuito para demostrarse a sí mismo su valía pero también para encausar al novato Joshua Pearce (Damon Idris) y así salvar a la escudería de su ex coequipero Rubén Cervantes (Javier Bardem), justo cuando un equipo estadounidense, Cadillac, se añade en la competencia mundial.
O, en las antípodas, la preciosista Sueños de trenes (Train Dreams, 2025), de Clint Bentley, una suerte de saga personal que recorre la larga vida del huraño leñador Robert Grainier (Joel Edgerton) y sus arduas labores en la peligrosa tala en el oeste americano, la formación de su familia, la pérdida de la misma en un incendio y sus incidentales amistades que va adquiriendo a lo largo de los años en medio de subyugantes paisajes naturales casi tanto como su depresión permanente e inacción desesperante.
Finalmente, y no porque vaya a perder todas sus categorías, se encuentra la más reciente obra de nuestro connacional vuelto héroe patrio y estampita votiva con olor a hot-cakes Guillermo del Toro, la película con la que soñó larguísimos años, la novela de Mary Shelley que lo llevó al género fantástico, Frankenstein (Canadá, 2025), pero que se quedó en eso, en un proyecto grandísimo de gran presupuesto pero con fallidas mutaciones en el tono y en el desarrollo de las historias, de los personajes y de las épocas para reinterpretar un clásico tan influyente en la cultura universal a su peculiar modo: con tonos moralinos de perdón entre padre y criatura monstruosa (Oscar Isaac con Jacob Elordi), casi cuñada Elizabeth que primero se promete con su hermano menor William (Felix Kammerer), luego se enamora del doctor Víctor y enseguida del monstruo y muere virgen (Mia Goth) y un patrocinador enfermo de sífilis que desea vivir más que apoyar a la ciencia (Christoph Waltz), pues pareciera más concentrado en los fastuosos vestuarios, en los castillos góticos y otros detalles de época —por cierto, no corresponde a la de la novela original, sino de mediados del siglo XIX—, que seguramente le granjearán alguna categoría, sobre todo con el poderío de Netflix detrás.
Colofón
Mientras comienzan a multiplicarse hasta el cansancio los críticos, comentaristas y recomendadores cinematográficos que juegan el siempre incierto y totalmente inútil ejercicio de las quinielas para tratar de adivinar cómo votará La Academia —sí, la AMPAS de 10 mil 136 votantes—, como si ejercer estos oficios equivaliera a simples casas de apuestas, salga quien salga ganador, estos grandes eventos mainstream de glamour, fama, estrellas, bromas, fabricantes de joyas, marcas de maquillaje, diseñadores de modas y miles de medios de comunicación que mantienen pendientes a millones de espectadores, merecen un ejercicio serio de análisis y aproximación, siempre con un pensamiento crítico que nos impida hundirnos en la más superficial de las emociones que es aplaudir a unos ganadores tan lejanos de nosotros como de nuestra sencilla vida cotidiana. ![]()



